George Steiner, un coleccionista en su propio museo

Con la muerte de Steiner esta semana desaparece una de las figuras que podían unir crítica, teoría de la literatura, filosofía, lingüística y estudios de traducción, construyendo puentes teóricos y cruzando fronteras culturales. Con sus virtudes y defectos, entre admiradores y detractores, es una labor que ha de reconocérsele. El crítico Thomas Meaney recorre su obra a la luz de su último libro de conversaciones.

por Thomas Meaney I 6 Febrero 2020

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Para los lectores nacidos bajo la dispensación Reagan-Thatcher, la obra de George Steiner tiene curiosamente una cualidad como de otro mundo: sus preocupaciones pueden parecer tan remotas, su escritura tan opaca, que uno bien podría haber tropezado con un volumen de Sainte Beuve. La curiosidad tiene menos que ver con su método de crítica —la mente de Steiner es demasiado sutil para los métodos—, y menos aún con la forma en que erige los caprichos de su gusto en una autoridad tambaleante. Más bien, se relaciona con la forma en que Steiner evoca un mundo desaparecido, un lugar perdido de utopía literaria, de gran seriedad y determinación, a través del cual él te guía como un coleccionista en su propio museo.

En sus memorias Errata (1997; Siruela, 1998), Steiner se esforzó mucho por mostrarse yendo y viniendo  entre las grandes sombras intelectuales del siglo XX: ¿quién más puede sostener haber tenido a Claude Lévi-Strauss como su maestro de escuela secundaria?, ¿y a Leo Strauss y Allen Tate como decisisvos instructores universitarios?; ¿quién, un cambio de carrera desde el periodismo financiero a la crítica literaria basado en 10 minutos con Robert Oppenheimer?; ¿o tener vacaciones con R. P. Blackmur y almuerzos de trabajo con Gershom Scholem en la misma mesa de Berna donde Gershom Scholem tenía almuerzos de trabajo con Walter Benjamin?; ¿o el casi llegar a los golpes con el historiador de derecha Ernst Nolte hablando de los crímenes de Martin Heidegger, lo que solo fue evitado por la intervención de… Hans-Georg Gadamer? Pero hay que recordar con quien uno está tratando: George Steiner ya leyó su pasaje diario de Parménides en el original antes de que uno haya desayunado.

Según cualquier cálculo, Steiner es uno de los mayores críticos de la segunda mitad del siglo XX. Pero si sus logros no tocan a las generaciones más jóvenes, puede tener algo que ver con el meticuloso desmembramiento de él hecho por James Wood en la revista The New Republic en 1996. El artículo de Wood era menos un asesinato del padre que una jactancia derribando a un tío un poco excéntrico. En la década de los 90, junto con Harold Bloom, Steiner fue uno de los protestantes más estridentes contra el  posmodernismo y la deconstrucción, que junto con la bajeza de la cultura estadounidense, habían conspirado para bloquear todas las nuevas ofrendas en el altar de la “grandeza”. Wood diagnosticó el fetiche de la “grandeza” de Steiner, en contraste con el de Bloom, como una aversión elitista y pretenciosa a la posibilidad de un vigoroso arte democrático. El meollo del argumento de Wood era que Steiner era el tipo de lector que, aunque había venido detrás de Saul Bellow solo unos años después en la Universidad de Chicago, no pudo reconocer el genio demótico de Bellow porque estaba demasiado ocupado creando sus listas de los que valen la pena en un mundo donde, para horror de Steiner, la gente miraba a los cuadros de Vermeer mientras masticaba su sándwich. El ensayo de Wood en The New Republic entregó un veredicto del cual la reputación de Steiner no se ha recuperado completamente: Wood ahora ocupa el antiguo puesto de Steiner como crítico literario principal en The New Yorker. No está claro si Steiner perdía su tiempo como árbitro principal del gusto literario norteamericano, pero no es difícil sospechar que siempre sintió que estaba visitando tugurios cuando escribía para revistas de papel couché estadounidenses: se le puede imaginar haciendo muecas porque sus delicados sondeos de Céline y Canetti tengan que compartir espacio con anuncios de desodorante e impermeables.

No es difícil sospechar que siempre sintió que estaba visitando tugurios cuando escribía para revistas de papel couché estadounidenses: se le puede imaginar haciendo muecas porque sus delicados sondeos de Céline y Canetti tengan que compartir espacio con anuncios de desodorante e impermeables.

Si Un largo sábado, el libro de conversaciones de Steiner con la periodista francesa Laure Adler, ha de ser bienvenido es porque expone más claramente que sus recientes soliloquios de memorias cuáles son sus fortalezas y debilidades. A pesar de su antigua oposición al psicoanálisis, tenemos ante nosotros a Steiner en el diván, hurgando a través de sus recuerdos, recortando pensamientos sometidos a una buena manicura, pero también en una disposición de ánimo para reinstaurar algunos de sus principales planteamientos. Algo dice que este libro esté traducido del francés, uno de los varios idiomas europeos que Steiner conoce con más que fluidez. También algo dice que Steiner, quizá más que cualquier otro crítico de lengua inglesa, sea leído con interés en todo el continente: en alemán, algunos de sus libros aparecieron originalmente en las prestigiosas ediciones del Wissenschaftsprogramm de Suhrkamp, junto con las de Jürgen Habermas y Niklas Luhmann; su obra en ocasiones ha aparecido antes en italiano que en inglés; en Francia y en partes de Europa del Este es tenido por un sabio indiscutible, mucho más allá de su estatus en la anglósfera como crítico. Hacia el final de estas conversaciones, Steiner habla de sí mismo con falsa modestia como un “cartero” de los grandes maestros, trayendo las noticias de la obra de ellos. Pero incluso si sus logros se limitaran a estas entregas, ya estamos en deuda con él. Es probable que los lectores en inglés se hubieran enterado mucho más tarde de Paul Celan, Thomas Bernhard y Walter Benjamin si no hubiera sido por el infatigable proselitismo de Steiner.

Varios de los momentos más reveladores e interesantes en las conversaciones de Steiner con Adler dependen de las Grandes Personas que Steiner ha Conocido. En algunos de estos encuentros, él sale muy bien, casi a pesar de sí mismo. Es hijo de padres judíos vieneses, quienes alejaron a la familia de la amenaza fascista dos veces, primero a París, luego a Nueva York, donde Steiner asistió al Lycée Français, cuya facultad estaba conformada por una lista extraordinaria de emigrados.

Para sus estudios de pregrado, Steiner se mudó más al oeste, a la Universidad de Chicago, donde formó parte del experimento educativo llevado a cabo por Robert Maynard Hutchins, en el que prometedores niños de 13 años — los compañeros de clase de Steiner incluían a Richard Rorty, Robert Bork y Robert Silvers— fueron intencionalmente arrojados a dormitorios junto con los soldados estadounidenses que regresaban de la guerra.

The New Yorker lo llamó el más grande imán para jóvenes neuróticos desde la Cruzada de los Niños. Cuando Steiner ingresó por primera vez en un seminario del filósofo político exiliado de Weimar, Leo Strauss, sobre los diálogos de Platón, Strauss indicó que el nombre de un filósofo contemporáneo —“quien es, por supuesto, estrictamente incomparable”— no se mencionaría en la clase. ¿Quién podría ser?, Steiner preguntó fervorosamente a sus compañeros mayores de clase. Cuando supo el nombre, Steiner se apresuró a ir a la biblioteca, donde inmediatamente sacó una copia del áun no traducido Sein und Zeit (Ser y tiempo), de Martin Heidegger. Aunque poco podía captar del sentido de sus párrafos iniciales, Steiner estaba decidido a continuar. El resultado, varias décadas después, fue su Heidegger (1978; FCE, 1983), que todavía puede ser la introducción más intelectualmente apasionante y accesible al pensador. Una de las principales virtudes de Steiner como lector es su disciplina intelectual: simplemente no se rinde cuando encuentra dificultades en un texto, sino que toma la resistencia a su comprensión como un reto.

Hacia el final de estas conversaciones, Steiner habla de sí mismo con falsa modestia como un “cartero” de los grandes maestros, trayendo las noticias de la obra de ellos. Pero incluso si sus logros se limitaran a estas entregas, ya estamos en deuda con él.

Pero hay otros momentos en estas entrevistas donde Steiner desciende a la autoparodia. Uno de estos es el encuentro con Robert Oppenheimer. Steiner ha venido a la Escuela de Estudios Avanzados de Princeton para entrevistar a Oppenheimer para The Economist; Oppenheimer cancela la reunión en el último momento. Steiner es invitado a la oficina del especialista en Platón, Harold Cherniss. Cherniss, al sentir algo especial en el periodista financiero, le muestra a Steiner un pasaje de Platón que está editando. Hay una laguna que Cherniss está tratando de llenar. “Oppenheimer entró y se sentó detrás de nosotros”, cuenta Steiner. “Era la trampa ideal: si las personas con las que estás hablando no pueden verte, se sienten paralizados y te vuelves dueño de la situación”. Oppenheimer le pregunta al joven periodista financiero qué debería hacerse con el pasaje. Steiner gana tiempo con una ronda de tartamudeos. “Un gran texto debe tener un espacio vacío”, declara finalmente Oppenheimer. Pero el joven periodista financiero no será menospreciado tan fácilmente. Aquí está el recuerdo de Steiner de su propia respuesta: “Ese es un cliché pomposo. Primero, su afirmación es una cita de Mallarmé. Segundo, es el tipo de paradoja con la que se puede jugar ad infinitum. Pero cuando se intenta preparar una edición de Platón para el simple mortal, es mejor que se llenen los espacios vacíos”. Oppenheimer ahora está contra de las cuerdas, pero aún no está dispuesto a rendirse. “No, especialmente en filosofía es lo implícito lo que estimula la argumentación”, responde. Fin. El joven periodista financiero no necesariamente ha ganado, pero está contratado. Steiner renunció a su puesto en The Economist y se instaló como  junior fellow en la Escuela de Estudios Avanzados.

Lo que inquieta respecto de la historia no es que sea una historia bien cincelada del triunfo de la mot justetotsaniert, o totalmente renovada, se podría decir—, sino que su diálogo implacablemente vivaz hace que todos los recuerdos de Steiner de sus mejores líneas se mezclen en una monumental cita de hermética brillantez. Lamentablemente, muy seguido lo vemos en una misión para salvar su reputación de inteligente cuando nadie se ha molestado en cuestionarla.

Los pasajes más fascinantes de Un largo sábado se refieren a uno de los temas determinantes de Steiner: las profundidades del mal humano y sus perturbadoras conexiones con la alta cultura. Adler le pregunta a Steiner sobre Israel. Steiner es un famoso antisionista, pero aquí va más allá, condenando a Israel como un perpetrador del mal. “Soy un esnob ético completo”, Steiner le dice a Adler. “Soy éticamene arrogante; al convertirse en un pueblo como todos los demás, los israelíes han perdido esa nobleza que yo les había atribuido”. Para Steiner, la nobleza del judaísmo radica en su excepcionalismo cuando se trata de la humillación de otros pueblos (exactamente cuándo comenzó la humillación de los palestinos, no es una cuestión para él). “La más alta nobleza es haber pertenecido a un pueblo que nunca ha humillado a otro pueblo”, escribe. Steiner confía en un apoyo poco convencional para su tesis de que Israel ha robado a los judíos su gran activo de superioridad ética: Hitler, Heidegger y Solzhenitsyn. Cuando Hitler dice que “la conciencia es un invento judío”, Steiner no podía estar más de acuerdo. Cuando Heidegger dice: “Somos los invitados de la vida”, Steiner toma esto como la expresión ética más conmovedora que conoce. Cuando Solzhenitsyn dice: “El virus del comunismo, del bolchevismo, es totalmente judío y ha infectado a la santa Virgen de Kazán y a la teocracia rusa”, Steiner escenifica su mejor tipo de gesto irónico.

Los pasajes más fascinantes de Un largo sábado se refieren a uno de los temas determinentes de Steiner: las profundidades del mal humano y sus perturbadoras conexiones con la alta cultura.

Algunos de los mejores libros de Steiner —Nostalgia del absoluto (1974; Siruela, 2001), por ejemplo—, son intentos de leer a los escritores judíos a contracorriente de su propia huída del judaísmo. En Un largo sábado, Steiner hace un poderoso comentario cuando sugiere que el mayor llamado para el judío moderno es ser un incansable incauto ético, y que el antisemitismo es una característica ineludible de la modernidad: “Una especie de protesta humana: ‘¡Basta ya de dar la lata!’. Es un protesta frente a la lata moral que representa el judaísmo”.

Una de las provocaciones de larga data de Steiner es que el mal humano no solo no es ajeno a la alta cultura, sino que ha formado algún tipo de pacto con ella. Esto normalmente se combina con su otro punto de vista que lo acompaña: que es más probable que un gran arte se produzca bajo la tensión del totalitarismo y el autoritarismo que bajo los regímenes democráticos. (“Me pregunto por qué”, reflexionó alguna vez Philip Roth, “todos los escritores que conozco en Checoslovaquia detestan el régimen y desean apasionadamente que desaparezca de la faz de la tierra. ¿Ellos no entienden, con Steiner, que esta es su oportunidad de ser grandes?”). Ambas afirmaciones han sido exageradas en repetidas ocasiones a lo largo de los años, hasta el punto de que el mantra de Bach-era-interpretado-en-Buchenwald se ha transformado en la mente de Steiner en una afinidad necesaria entre el gran arte y la depravación. En un modo completamente provocador, le confiesa a Adler que, como alguien que está ocupado con un gran trabajo durante muchas de sus horas de vigilia, es menos probable que él respecto de la mayoría de los otros ciudadanos salve al proverbial espectador de ahogarse: “Pero cuando vuelvo a casa y oigo a alguien que grita ‘Socorro’ por la calle, es posible que mi oreja oiga algo, pero no escucho. He ahí toda la diferencia entre oír y escuchar. Habría que acudir inmediatamente; pero no lo hago, porque la agonía real en la calle tiene una especie de desorden y de contingencia que no alcanza la inmensidad trascendente del sufrimiento que se describe en una gran obra de arte: música, pintura o poema”.

Atención, lector: ¡hay una forma malvada de negligencia cultivada por el arte elevado hacia lo cotidiano! Se puede salvar a una persona que se está ahogando y se puede memorizar a Mallarmé, pero no se puede hacer ambas cosas. Con todo, este especie de confesión solo muestra lo que ha estado expuesto durante mucho tiempo en el pensamiento de Steiner: que su falta de voluntad o incapacidad para salvar a las personas que se ahogan realmente no tiene nada que ver con el arte, y no contiene una paradoja insoluble, sino que está relacionado con su propio estilo personal. Menciona, por ejemplo, que cuando los israelíes le responden que no puede criticar a Israel sin vivir allí, acepta que para tener una postura ética “tendría que estar allí, tendría que estar en medio de la calle soltando mi absurda perorata”. Esta no es una imagen de sí mismo que él saboree.

Una de las provocaciones de larga data de Steiner es que el mal humano no solo no es ajeno a la alta cultura, sino que ha formado algún tipo de pacto con ella. Esto normalmente se combina con su otro punto de vista que lo acompaña: que es más probable que un gran arte se produzca bajo la tensión del totalitarismo y el autoritarismo que bajo los regímenes democráticos.

En otro momento del libro, Steiner cuenta su casi pelea a puñetazos con Ernst Nolte en una celebración del centenario de Martin Heidegger en Friburgo. Steiner se aplaca cuando Gadamer dice: “¡Steiner!, ¡Steiner! Cálmese. Martin era el más grande entre los pensadores y el más mezquino entre los hombres”. Todo se arregló después de eso; nada satisface tanto a Steiner como una buena paradoja. Pero quizá el más interesante de los pronunciamientos éticos de Steiner no se menciona en Un largo sábado. Retrocediendo a 1967, cuando Noam Chomsky (quien sería un candidato interesante para una sección de Nostalgia del absoluto) publicó “La responsabilidad de los intelectuales” como un suplemento especial en The New York Review of Books, Steiner le impuso la pregunta de qué deberían hacer los académicos en tiempo real para detener la guerra de Vietnam. Chomsky admitió que no tenía una respuesta adecuada y confesó estar avergonzado de que todo lo que estaba dispuesto a hacer era no pagar sus impuestos, pero que tal vez, si fuera más valiente, viajaría a Hanoi para ser un rehén. Steiner, se siente, atrapó a su hombre. La futilidad de los gestos de Chomsky es patética a los ojos de Steiner, de manera que retirarse de la responsabilidad política se convierte en una cuestión de mantener la dignidad personal.

Hay algunos pasajes iluminadores en este libro sobre la técnica sexual de Steiner. Como un buen médico, Adler discute lo que le produce erecciones a Steiner, y le cita uno de los pasajes más lascivos de Steiner: “A.M. se enorgullecía de la espesura de su ‘zarza ardiente’. Los jardines son el escenario de las citas, de los hechizos sexuales (como en Tasso). Para empezar, mi lengua tenía que rozar, pero solo rozar, el rocío de los pétalos exteriores.  La penetración solo podía seguir con un rallentando y una liviandad casi insoportables. A las violetas hay que…”.

Estas pueden ser palabras de sabiduría en el momento Weinstein, pero Adler podría tomar solo un poco de eso. Los principales sonrojos en Un largo sábado vienen en la forma de provincianismo, un cargo que usualmente no se le atribuye a Steiner. Sus inexactitudes sobre países extranjeros (“Malasia … donde se crece hablando tres lenguas”) y sus representaciones sub-tabloides del Islam no son dignas de él. Steiner admite que “perdió el tren” cuando se trata de jazz, rock y rap, y que si bien reconoce que algunas películas son grandes, todavía sospecha que incluso las mejores apenas se pueden ver dos o tres veces, “pero la cuarta vez, está muerta. Totalmente muerta”. Sugiere que ninguna mujer ha producido algo grandioso en la ciencia salvo un impulso sádico o fascista, pero luego admite que podría estar equivocado al respecto.

Lo que aparece al final es que nunca fueron los juicios específicos de Steiner lo que importaba, ni sus tensas oposiciones, o las interminables listas de ángeles y demonios, sino más bien algo que vibraba entre líneas: con Steiner las distinciones entre la vida y la literatura se desvanecen casi completamente. En algún momento, a lo largo de su extendida ocupación como mandarín, se convirtió en algo parecido a un personaje de novela. A veces el personaje se parecía a un profesor de Nabokov vagamente sonriente, o uno de esos improbablemente mundanos invitados a la cena en la mesa de los Guermantes. Steiner impone sus gustos sobre ti como un hombre desesperado que ha convocado un ardor ex cátedra para ahogar la persistente sensación de que puede ser solo un cartero. Pero siempre fue más la pasión de sus entregas, antes que los mensajes mismos, lo que conseguía pasar.

 

Artículo aparecido en TLS, publicado con autorización del autor. Traducción de Patricio Tapia.

 

Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler, George Steiner, Editorial Siruela, 2016, 140 páginas.

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