Las desviaciones intelectuales de Beatriz Sarlo

“Vos no tenés alma”, le decían cuando niña, quizá prefigurando su inclinación a entenderlo todo. Sus últimos libros son sobre viajes que realizó por América Latina, la obra de Juan José Saer y los vínculos entre celebridad y política, temas que reflejan la versatilidad de una de las críticas culturales más influyentes de Argentina.

por Patricio Tapia I 5 Noviembre 2019

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Entre las cualidades que destacaba Beatriz Sarlo de Susan Sontag se contaban la independencia y la curiosidad ante los más distintos acontecimientos: “No está condenada a ellos profesionalmente y puede escribir sobre ellos con la soltura del ensayista”, escribió a propósito de la autora de Contra la interpretación, de quien también subrayó su estado de alerta permanente ante la actualidad. Estas mismas cualidades podrían atribuirse a la propia Sarlo. Y ambas las han aplicado a objetos similares —aunque Sontag, a diferencia de Sarlo, también incursionó en la narrativa—: la crítica literaria, la interpretación social sobre la base de la historia y las configuraciones simbólicas, el análisis político, a veces una mezcla de todos ellos.

Siendo una de las intelectuales más reconocidas de Argentina, Beatriz Sarlo (Buenos Aires, 1942) ha sido una flâneuse que ha deambulado por distintos ámbitos: el académico (fue profesora de literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires y ha dictado cursos en distintas universidades norteamericanas y europeas), el editorial (fue directora por tres décadas de la revista Punto de Vista) y el del periodismo, especialmente el político. Sarlo siempre se interesó y escribió sobre política, pero desde el año 2003 fue una de las analistas más agudas (y también más devastadoras) del kirchnerismo. Con posterioridad, no ha sido menos aguda ni menos devastadora con la gestión de Macri. Actualmente tiene una columna política semanal en el diario Perfil y en septiembre pasado entrevistó a Alberto Fernández, el presidente electo.

En su más reciente visita a Santiago, el mes pasado, Sarlo habló de ciertas formas del populismo y abordó la discusión de si el Estado tiene que intervenir o no en la prosecución de la felicidad de los individuos, del fútbol como el único principio de agregación que queda en muchas sociedades o bien de la comparación simbólica de Macron y Macri: la foto presidencial del presidente de Francia, en que aparece apoyado en su escritorio con un libro a cada lado, dos novelas clásicas francesas del siglo XIX; Macri, en cambio, no tiene tal foto, pero sí la imagen de su asunción, bailando en el balcón de la Casa Rosada una cumbia de Gilda. Las ideas falsas que están presentes en la promesa de felicidad de quienes no quieren enfrentar los obstáculos que su país tiene, también las ejemplificó con Macri y un discurso en el que dice: “Creo en la honestidad y humildad de los argentinos”.

Éramos bastante ignorantes, creíamos que íbamos a descubrir la América profunda en cuanto pusiéramos un pie en Bolivia; creíamos que descubriríamos el pasado americano en cuanto subiéramos a Machu Picchu.

De sus tres últimos libros, Viajes es el más anómalo dentro de su obra. En los otros dos ha dedicado su atención a la crítica literaria y la interpretación social. En Zona Saer estudia y presenta a Juan José Saer como un autor “a contrapelo” y sin duda el más importante narrador argentino del siglo XX después de Borges. En La intimidad pública disecciona el fenómeno de la celebridad mediática y las transformaciones en la esfera pública que ha supuesto: desde los “mediáticos” a las “estrellas”, desde la intimidad de los políticos a la utilización de los niños. Después de los escándalos como forma de lograr celebridad, aparece la erotización de la maternidad como método para revertirlos: el embarazo y la lactancia como un espectáculo más.

En Viajes, Sarlo recuperaba el recuerdo (por las fotos que le enviaron) de sus andanzas juveniles latinoamericanas, la mayor parte durante los años 60 y 70, conociendo a los jíbaros o la ciudad de Brasilia recién inaugurada, entre otros lugares y personas.

 

¿Siguió viajando después, eran otro tipo de viajes?

Eran otro tipo de viajes, completamente diferentes. Los viajes de los últimos 30 años son viajes de trabajo. En muchos casos permaneciendo meses, viviendo en otras ciudades. Es decir, viví en Cambridge, Inglaterra, durante muchos meses; viví casi un año en Berlín. En esos viajes de trabajo eventualmente el turismo puede ser una actividad subordinada. Hoy ya casi puedo decir que viajo solo cuando trabajo, a diferencia de esos viajes de la adolescencia y de la juventud en que trabajaba para poder viajar.

 

También era una viajera más ingenua entonces…

Sin duda. Era, o éramos, porque viajábamos en grupo y constituíamos un colectivo en primera persona, éramos bastante ignorantes, creíamos que íbamos a descubrir la América profunda en cuanto pusiéramos un pie en Bolivia; creíamos que descubriríamos el pasado americano en cuanto subiéramos a Machu Picchu. Éramos muy jóvenes, con una enorme voluntad de comunicación con la gente y con un respeto sacramental por los campesinos que íbamos encontrando. También por el sur de Chile fueron esos viajes, que creo que no están contados en mi libro, donde descubrimos que en el sur de Chile tomaban el mate igual que nosotros (no que los argentinos que toman diferentes tipos de mates), pero el mismo mate que los porteños. Fuimos objeto en Chile de la hospitalidad: campesinos que nos veían pasar a dos kilómetros, salían a buscarnos a caballo, nos invitaban a su casa y carneaban un cordero. Recorrimos el sur de Chile, que era una zona contenciosa limítrofe en ese momento (se habían agarrado a tiros los gendarmes argentinos con carabineros chilenos), a la altura del lago Vintter, que era justamente por la altura en que nosotros cruzamos. Siempre fuimos antibelicistas en todos los casos; es decir, si había un motivo de enfrentamiento entre ambos países, ahí estábamos nosotros para afirmar que ese motivo no debía existir. Desde ese sur cruzamos hasta arriba. Fuimos hasta Arica en tren y después seguimos hacia Perú. Fueron, en realidad, varios viajes. Como le digo: trabajábamos para poder viajar. Hoy es a la inversa, viajo porque trabajo.

 

Me irrita mucho que haya diputadas que sientan que están liberando a las mujeres cuando amamantan en la sala del Congreso, porque lo que me pregunto es si las mujeres que están de uniforme permitiendo el ingreso al Congreso, podrían también estar amamantando.

 

Y de los viajes posteriores, más hacia las metrópolis del hemisferio norte que latinoamericanos, ¿no ha pensado dejar registro de ellos?

Creo que no. Ahora, nunca se puede decir que no. Uno nunca sabe del todo cuál es el momento en que hay un deseo de escritura que a uno lo captura y decide escribir sobre eso. Si así fuera, posiblemente sería Berlín el lugar que yo, si alguna vez escribo sobre esos viajes, evocaría. Es una ciudad con la cual tengo una relación muy próxima. He vuelto decenas de veces a Berlín. Es una ciudad musical por excelencia y, por lo tanto, tengo una relación muy estrecha con ella. Además, dado que fue destruida durante la guerra, es una ciudad de gran arquitectura moderna. Tal vez escribiría sobre Berlín. He escrito algunos cuadros de escenas en Nueva York, sobre todo escenas en pubs y lugares en que se toca jazz…

 

Así tuvo un encuentro fortuito pero silencioso con Susan Sontag.

Sí, fue que coincidimos en el mismo espacio en un cine y, por supuesto, no le hablé. Yo creo que a la gente conocida no hay que hablarle. Si alguien conocido está en un cine, viendo, en ese caso una película de Fassbinder que duraba 15 horas, Berlin Alexanderplatz, bueno, estaba Sontag, pero uno no puede acercársele y decirle: Ay, Sontag, yo la he leído mucho y yo la enseño en la universidad. Uno no tiene que hablarle a esa gente porque son relaciones remotas e imposibles o imposibles por lo remotas.

 

Si de gente “conocida” se trata, en La intimidad pública usted analiza un fenómeno del que nadie está libre. Señala que, como todo el mundo, está sometida a una cierta exposición a las celebridades mediáticas. ¿Por qué decidió escribir sobre ellas?

No podría dar una respuesta de por qué, sino del momento en que surgió el deseo de escribir ese libro, que lo recuerdo perfectamente. Era un domingo en la tarde, cuando a uno se le ocurren las peores y quizás las mejores ideas, estaba sentada en mi casa y de repente le digo a mi marido: voy a escribir sobre la celebridad mediática. Me preguntó: “¿Eso?”, con tono extrañado. “Eso”, le dije. Y al día siguiente me puse a escribir el libro. Mi mecánica de escritura es rápida, porque viene también de escribir mucho para el periodismo. Así que se me ocurrió a comienzos de 2018 y estaba escrito en julio del mismo año y la editorial me lo sacó de las manos. Me lo sacó en un sentido bueno, porque yo no me releo. Termino de escribir, corrijo de manera obsesiva, pero después no lo toco más. Fue un libro rápido que se me impuso como tema. Es decir, no sentí ni la obligación ni estética ni intelectual ni moral, sino que “cayó” como caen las casualidades.

 

La hinchada de Boca es transocial, pero es una pirámide que se ensancha muchísimo en su base, tiene una enorme base popular. Macri fue primero presidente de Boca, sobre cuya gestión no puedo opinar nada (hablaría de algo que no sé). Pero eso le dio una gran popularidad.

 

Le llama la atención que las “famosas” publiquen sus fotos amamantando. En Escenas de la vida posmoderna mencionaba las cirugías estéticas, incluidas las mamarias, que pedían de regalo las jóvenes de los años 90. ¿No podrían estar exhibiendo sus adquisiciones pasadas?

Yo creo que esas son ya más viejas. Las de los años 90 que pedían de regalo cirugías ya deben tener más de 40. Pero ahí hay algo que me molesta y tiene que ver con la desigualdad social. Porque una mujer que va a su trabajo y amamanta en una estación de tren u ómnibus está incómoda, no tiene un lugar donde ubicarse, puede ser objeto de miradas o despreciativas o irónicas de los que pasan. Ahí hay un clivaje respecto de las celebridades, “estrellas” o diputadas de la nación que bajan al recinto de sesiones amamantando a su bebé. La secretaria de esa diputada, ¿puede amamantar a su bebé en la recepción del despacho de la diputada? Ahí creo que hay una diferencia que no es solamente entre celebridades mediáticas y el resto del mundo, sino que también tiene que ver con el trabajo que se realiza y la posición en que se encuentra en la “pirámide” de esos trabajos. Me irrita mucho que haya diputadas que sientan que están liberando a las mujeres cuando amamantan en la sala del Congreso, porque lo que me pregunto es si las mujeres que están de uniforme permitiendo el ingreso al Congreso, podrían también estar amamantando. Y desconfío que sea de ese modo porque nunca vi ninguna.

 

Menciona también ciertos vínculos entre figuración y política. ¿Es cierto que alguna fama inicial de Macri se relacionó con su aparición en “revistas sociales”?

Yo creo que fue más importante, y primero, su relación con Boca Juniors. Lo que Boca significa en la Argentina es mucho más que otros cuadros de fútbol que se enfrentan. La hinchada de Boca es transocial, pero es una pirámide que se ensancha muchísimo en su base, tiene una enorme base popular. Macri fue primero presidente de Boca, sobre cuya gestión no puedo opinar nada (hablaría de algo que no sé). Pero eso le dio una gran popularidad. Es cierto que esto fue acompañado, naturalmente, por las revistas sociales, porque estuvo casado con una modelo y después estuvo casado con otra modelo, lo que le dio presencia mediática, pero yo creo que Boca fue el gran escenario.

 

En Zona Saer destacaba la importancia de la poesía en la obra de ese autor. ¿Qué importancia ha tenido la poesía en usted?

Mucha, pese a que es una dimensión estética con la cual estoy en deuda, porque he escrito muy poco sobre poesía. Pero ha tenido mucha importancia, en primer lugar, en la relación con los poetas. Con Diario de Poesía, publicación que aparece en los años 80 y su gente, Daniel Samoilovich que la fundó, con Martín Prieto y Daniel García Helder, todavía mantengo una relación muy estrecha. Fui muy amiga de Juana Bignozzi mientras vivió en la Argentina, antes del exilio, y después nos volvimos a encontrar cuando regresó, ella fue muy importante en mi relación con la poesía: yo tendría 23 años cuando ella publica Mujer de cierto orden, yo voy a esa presentación y quedo totalmente magnetizada por esa poesía que me parecía que superaba la poesía coloquial de la década anterior de la cual ella venía también. He tenido mucha relación con los poetas, pero es algo con lo que estoy en deuda. Ahora se avecina que vaya a escribir sobre Juana Bignozzi.

 

Alguna vez citó con aprobación a Sontag: “Es más importante entender que recodar”. ¿Considera que hay algo más importante que entender?

Si examino mis falencias, quizás sea también importante un sentir en común. Hablo del examen de mis falencias porque mi desviación es típicamente intelectual. Y el sentir en común es muy secundario respecto de esa desviación típicamente intelectual. Tal vez la desviación de Sontag también fuera típicamente intelectual, pues es alguien a quien yo he admirado y admiro mucho. Probablemente todas las desviaciones de quienes admiro son típicamente intelectuales, como Roland Barthes. Sin duda, los cientistas que más valoro dejan de lado esa dimensión, como Pierre Bourdieu o Raymond Williams, aunque Williams de repente la hace aparecer. Es posible que yo haya privilegiado la dimensión intelectual o quizás solo tengo una dimensión intelectual y yo sea como me decían de chica: “Vos no tenés alma”.

 

 

Foto: Beatriz Sarlo, enero de 1967, en el pueblo de Samaipata, Bolivia. Un par de meses después el Che Guevara y otros guerrilleros tomaron la farmacia de ese pueblo en busca de medicinas. Crédito: Alberto Sato.

 

La intimidad pública, Beatriz Sarlo, Editorial Seix Barral, 2018, 182 páginas, $12.900.

 

Zona Saer, Beatriz Sarlo, Editorial UDP, 2016, 120 páginas, $16.500.

 

Viajes, Beatriz Sarlo, Editorial Seix Barral, 2014, 267 páginas, $11.900.