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Septiembre 26, 2018

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Karl Ove Knausgård, escultor del tiempo

Hoy se están publicando muchos libros que se adscriben a la literatura del yo. Lo que hace especial a Knausgård, lo que tiene a tantos lectores hipnotizados con su prosa morosa, con sus detalles superfluos incluso, con su recorrido sin escalas entre las estaciones de la infancia, la juventud y la adultez, no son los litros de alcohol o el desenfreno sexual o los secretos ominosos. Es la cercanía.

por álvaro matus

Ocupamos un lugar en el tiempo. Eso lo sabe todo el mundo. Pero son muy pocos los artistas que aspiran a describir al ser humano cargando no solo un cuerpo sino también sus años, esa lenta acumulación de experiencias que configuran los recuerdos y los deseos. Quizá por ello, plasmar el tiempo ha sido la mayor aspiración de los gigantes: Vermeer en la pintura, Proust en la literatura, Tarkovski en el cine.

¿Literatura autorreferente y egótica? Probablemente. Pero Knausgård es el primero en mostrar sus propias debilidades. Y su vida, por otro lado, carece de espectacularidad.

Este fue el listón que quiso saltar Karl Ove Knausgård, un noruego de 49 años que dio forma a uno de los proyectos literarios más extremos de hoy: escribir su vida en seis tomos y 3.600 páginas; titular al proyecto Mi lucha, tal como lo hiciera Hitler con sus alucinaciones políticas; y lograr que lectores del mundo entero escuchen su voz y sientan, sí, que sientan que la lluvia los empapa como lo hiciera con él en Tromøya o Bergen en los años 80, que sientan la vibración y ansiedades del primer enamoramiento, que sientan el agua que corre en el baño mientras un amigo se lava las manos, que sientan la expectación de un joven de 18 años que llega a Håfjord para ser profesor de niños chicos, que sientan los microscópicos cambios de humor a lo largo de una tarde planchando camisas, que sientan el temor ante la agresividad de un padre impredecible y esa suerte de piadoso consuelo que llega con su muerte, que sientan la manera en que el hastío se pega a la piel durante un veraneo en que los niños no paran de dar quehacer, que sientan lo difícil que es volver a formar pareja luego de una experiencia de fracaso, que sientan lo terrible que es la enfermedad devorando el cuerpo de una anciana cuya voluntad es apenas un recuerdo horadado por los temblores, que sientan la manera misteriosa en que los rasgos se heredan de abuelos a hijos y de hijos a nietos, que sientan que entre los que fuimos ayer y los que somos ahora no existe separación alguna, porque los cuerpos contienen las horas del pasado.

Knausgård le ha dado a su proyecto la forma del tiempo. No solo por este concepto, sino también por su ambición de totalidad, su trabajo ha sido comparado con el de Proust. Cuando sus libros traspasaron las fronteras de Noruega, Mi lucha ya había vendido 450 mil ejemplares y desde luego desató polémica, sobre todo por los volúmenes centrados en la muerte del padre alcohólico y en la separación de su primera esposa.

¿Literatura autorreferente y egótica? Probablemente. Pero Knausgård es el primero en mostrar sus propias debilidades. Y su vida, por otro lado, carece de espectacularidad: los dolores y alegrías, anhelos y frustraciones son equiparables a los de muchos contemporáneos que se debaten entre las exigencias profesionales, la rutina matrimonial, la crianza de los hijos o una familia de origen que, sin ser perfecta, tampoco es una condena.

Hoy se están publicando muchos libros que se adscriben a la literatura del yo. Lo que hace especial a Knausgård, lo que tiene a tantos lectores hipnotizados con su prosa morosa, con sus detalles superfluos incluso, con su recorrido sin escalas entre las estaciones de la infancia, la juventud y la adultez, no son los litros de alcohol o el desenfreno sexual o los secretos ominosos. Es la cercanía. Knausgård es un romántico cuyo arte apuesta por los sentimientos, un arte que está en guerra con la distancia. No en vano los lectores de Mi lucha aseguran haber conocido a otro ser, y agradecen que haya compartido con ellos sus inseguridades, fantasías, afectos y reflexiones acerca de la vida. Habría que preguntarse cuánto más lejos puede llegar la literatura.

 

Ilustración: Daniela Gaule.

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