Julieta Kirkwood: la tejedora del feminismo que todos miran hoy

Su obra más emblemática, Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, fue reeditada por LOM. El pasado 8 de marzo su nombre “bautizó” una de las estaciones de metro, y tanto en el cine como en los partidos su figura es digna de homenajes. ¿Qué hace que la refundadora del feminismo de los 80 esté conectando tan finamente con las nuevas generaciones? Aquí, los que la conocieron y la leen ayudan a descifrarlo.

por Gabriela García I 22 Agosto 2019

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Todos los que conocieron a Julieta Kirkwood concuerdan en que estaría luchando con las nuevas generaciones de feministas. Que si el cáncer no se la hubiera llevado a los 48 años, quien refundó el movimiento feminista de los 80 y fue precursora de los estudios de género en el país, habría sido una más de la “cuarta ola” que está haciendo historia.

Ser testigo de una marcha como la que reunió a 400 mil personas el pasado 8 de marzo era uno de los anhelos de la socióloga y cientista política de la Universidad de Chile que, hasta su muerte, en 1985, fue profesora e investigadora en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). En marzo de 1982, escribió en la revista Furia sobre la importancia de manifestarse en el Día Internacional de la Mujer: “A veces un solo símbolo sí basta para comprender que todo es político; que todo va a ser tremendamente político para todas las mujeres. Y entonces, quizá –en otro día– nos reencontraremos y aprenderemos todas, una y otra vez, a colmar nuestras futuras Alamedas”.

Kirkwood no pudo ver el enorme número de mujeres que pobló las calles este año, pero su nombre fue pegado con adhesivo en una de las estaciones de metro que fueron intervenidas el pasado 8 de marzo. Y su obra inspira a las feministas que desde 2014 han transformado el cuerpo en un discurso político que demanda cambios estructurales al sistema para terminar con las asimetrías de poder y la violencia de género.

Además, la editorial LOM reeditó la emblemática obra Ser política en Chile. Las feministas y los partidos (1986), y la realizadora Manuela Piña está haciendo un documental: “Desde la mirada de nuestro contexto, queremos que quien quiera hoy familiarizarse con ella pueda hacerlo”, explica la directora.

Los partidos políticos también la honran: si en el Parlamento hay una bancada feminista que lleva su nombre y que está compuesta por diputadas que van desde Karol Cariola del PC hasta Marcela Sabat de RN, partidos como Revolución Democrática realizan escuelas de formación. Antonia Atria, coordinadora del Frente Feminista de RD, explica que Julieta las representa, “porque era una feminista militante que incluso en un contexto de dictadura, sostuvo tanto al interior de su partido (el PS), como a través del liderazgo y su presencia en movimientos sociales, que las demandas de las mujeres no podían ser relegadas a un segundo lugar”. Y continúa: “Ella nos enseñó a no disociar la práctica de la teoría feminista con todas las complejidades que eso conlleva”.

A contrarreloj

Leerla es entrar en el universo de una persona que para encarnar el feminismo y participar activamente en distintas organizaciones sociales y políticas que protestaron en dictadura, primero estudió exhaustivamente el papel de las mujeres en la historia de Chile.

En 1972 pasó a ser parte de Flacso y allí, leyendo a Simone de Beauvoir, Marcuse, Sartre, y también investigando a las obreras del salitre, a los primeros clubes de mujeres y a los movimientos sufragistas, fue anudando los sustratos teóricos sobre los cuales se rearticuló el discurso reivindicatorio contemporáneo.

Nacida el 5 de abril de 1937, fue una niña que creció escuchando los relatos de una madre que tuvo el valor de oponerse a un matrimonio concertado sin su consentimiento. Y que la incentivó a ser independiente y tener ideas propias.

“Moza insolente, sonrisa fácil y pelo desordenado”, como la describe su amiga Patricia Crispi en el prólogo del libro póstumo Tejiendo rebeldías; Julieta hablaba poco, pero escribía y tejía sin parar.

Memorables eran sus intervenciones en las reuniones que tenía con las mujeres en los 80: aparentemente concentrada en los palillos, sentada en un rincón, escuchaba los argumentos de todas, y cuando los ánimos se crispaban, pedía la palabra: “Ella meditaba tejiendo”, comenta Crispi. “Hasta que hablaba y parecía que lo hacía desde más arriba o desde más afuera. Julieta era capaz de sintetizar a la perfección el centro del problema, pero también planteaba ideas que elevaban inmediatamente el diálogo. Era como si la crisis de salud que la acompañó durante su vida le hubiera dado un alto grado de sabiduría”.

El cáncer la hizo trabajar a contrarreloj. En 1972 pasó a ser parte de Flacso y allí, leyendo a Simone de Beauvoir, Marcuse, Sartre, y también investigando a las obreras del salitre, a las mujeres en los campos, a las mutualistas, a los primeros clubes de mujeres y a los movimientos sufragistas, fue anudando y desanudando los sustratos teóricos sobre los cuales se rearticuló el discurso reivindicatorio contemporáneo.

Ana María Arteaga, periodista y socióloga que editó Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, recuerda cuando la acompañó a sus encuentros con las líderes del Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH), Elena Caffarena y Olga Poblete. Compartiendo té, Julieta les preguntaba qué había pasado en tal y cual época. Y de qué manera las mujeres habían sorteado el patriarcado. “El afán de saber de Julieta era muy original, porque no había habido mujeres que se dedicaran a seguirles el hilo a las conductas políticas y feministas desde tan atrás. Era una estudiosa muy meticulosa”, dice Arteaga.

María Inés Bravo, bibliotecaria de Flacso, optó por no devolver los libros que Kirkwood pedía a los anaqueles; los dejaba aparte: adentro estaban llenos de papeles con citas suyas que volvía a consultar otra vez, pues entregar bibliografía como profesora era una de sus pasiones.

La antropóloga Sonia Montecino, que fue alumna suya y editó Feminarios, compilación de sus cursos, seminarios y charlas, agrega que “nos transmitía que no podíamos quedarnos solo con la rabia de la historia de nuestras subordinaciones, sino superarla y convertirla en algo crítico y político”.

 

Boletín del Círculo de Estudios de la Mujer (1983). Gentileza de Memoriachilena y Academia de Humanismo Cristiano.

 

Julieta trabajaba gran parte del tiempo desde su casa, porque en la Flacso tenía que compartir oficina con el sociólogo Enzo Faletto. Ubicada en La Michita, la comunidad que Fernando Castillo Velasco construyó en La Reina, escribía papers y organizaba reuniones y seminarios en el Círculo de Estudios de la Mujer: una organización de profesionales que Julieta cofundó en 1979, como una instancia de análisis y difusión acerca de la condición de la mujer, y que funcionó al amparo de la Academia de Humanismo Cristiano.

Junto a Ana María Arteaga, además, iba planeando las ediciones del Boletín del Círculo o lo que publicaba en Furia, que era un medio organizado por un colectivo de mujeres socialistas. Julieta mantenía dos cajas de plátanos: una que iba llenando con textos ya terminados, otra con las ideas que quería desarrollar a futuro.

“Cuando iba a verla me pedía feedback”, cuenta Arteaga. “Julieta era una historiadora, buscaba los orígenes de las primeras protestas y organizaciones, y de ahí agarraba un hilito y hurgaba. Ponía en contexto y explicaba las contradicciones y los ‘nudos’ entre los políticos y las feministas, detectando qué intereses estaban en pugna ahí”.

Para José Joaquín Brunner, entonces director de Flacso, ella tenía la capacidad de disentir sin perder el humor y la paciencia, pese a los tiempos turbulentos. “Es difícil revivir ahora el entorno de temor y esperanza, de lucha y renuncia, de apasionada defensa de las libertades intelectuales que vivíamos”.

Mientras a Enzo Faletto lo definió como “el mejor desafío para mi porfía feminista intelectual”, Brunner y ella coincidían “en un cierto existencialismo, en la convicción anti-autoritaria, en la pasión por la lectura y el trabajo intelectual, en Weber más que en Marx”.

Todos –con matices y preocupaciones individuales– tendían a converger hacia el polo de la renovación socialista. En el plano académico, lo frecuente era estudiar la historia política contemporánea de Chile, la teoría democrática y el desarrollo del Estado en América Latina, los procesos políticos bajo el autoritarismo o la educación en condiciones de mercado. Ella, en cambio, se concentró en los fenómenos de la sociedad civil, sobre todo en la discriminación de las mujeres. “Los nudos de la sabiduría feminista”, “El feminismo como negación del autoritarismo” y “La formación de la conciencia feminista en Chile” son algunas de sus investigaciones que inspiraron a feministas de varios países de América Latina y del norte.

Una historia de desigualdades

Kirkwood hace visible la opresión de las mujeres desde comienzos del siglo XX en Chile. Y también les da voz a las luchas y los esfuerzos colectivos que estas emprendían en busca de esa liberación.

Militando en el PS, era consciente del machismo que imperaba dentro de los partidos políticos de izquierda desde la constitución de la república, y de alguna manera intentó luchar desde adentro.

Para Kirkwood no era posible que la recuperación de la democracia y menos la renovación del socialismo, se pudieran materializar si se mantenía en reserva –o diferido– el problema de la mujer. Su famosa frase: “Democracia en el país y en la casa”, también era una forma de cuestionar a sus congéneres.

 

Marcha Día de la Mujer, 8 de marzo, 2019. Fotografía: Paola Irazábal.

 

“¿Por qué tanto enojo, porque un día se me ocurre dudar de la izquierda? Cuando la izquierda durante un siglo y medio nos ha dejado en la oscuridad a las mujeres. (…) quiero decirlo, expresarlo, verbalizarlo y sacarlo de esta cosa de lo prohibido, de lo no tocado”, escribió en marzo de 1983. Célebre es la vez que lideró con un grupo de feministas una manifestación en las escalinatas de la Biblioteca Nacional, con la consigna “Democracia ahora”, en un lienzo que medía 15 metros (y que lo metieron bajo los abrigos de piel para trasladarlo). “Las mujeres –recuerda Arteaga– no éramos consideradas un peligro hasta que salíamos a la calle. Pero al rato llegaban los pacos a reprimirnos, y si te tomaban presa no era seguro que aparecieras. A Julieta le gustaría ver lo que está pasando ahora. No se habría desnudado, nuestra revolución era más bien intelectual, pero la de ahora tiene menos miedo: es desde el cuerpo, desde las tripas”.

Cuando Kirkwood escribió sobre la ley de divorcio en el Boletín del Círculo en 1982, desató la indignación de la Iglesia Católica. Y la Academia de Humanismo Cristiano decidió quitarle el patrocinio al Círculo de Estudios de la Mujer. Al año siguiente, ella –que era una mujer separada dos veces y con dos hijos de padres distintos– fue expulsada junto a sus compañeras. Patricia Crispi lo recuerda bien: “En ese tiempo divorciarse era un escándalo y ella, siempre controversial, creía que había que gritar ciertas cosas, como que no podía ser que solo el marido decidiera si un niño salía o no del país. O las diferencias que se hacían entre los hijos legítimos e ilegítimos”.

La ausencia de este apoyo institucional produjo un quiebre al interior del Círculo. Por un lado estaban las profesionales de las ciencias sociales, que investigaban acerca de la subordinación de la mujer (Centro de Estudios de la Mujer, CEM) y, por el otro, el grupo más radical, que se agrupó en la Casa de la Mujer La Morada.

“¡Tenemos un pichintún de poder y más encima nos vamos a pelear entre nosotras!”, decía Julieta para contener el conflicto, a pesar de que ella era de La Morada. Según Crispi, que estaba en el CEM, la división fue un golpe del que no pudo reponerse y que coincidió con el agravamiento de su enfermedad: “Julieta era una convencida de que era muy importante juntar la reflexión con la acción. Que así como no te podías quedar solo en el mundo de las ideas, y que necesitabas la praxis para poder avanzar, a su vez el movimiento feminista necesitaba de la reflexión para saber cómo seguir”.

La combinación de ambas cosas sigue siendo un reto para las feministas de ahora.

“Creo que los aportes de Julieta Kirkwood como militante, activista, escritora, historiadora, cientista social, constituyen una posibilidad de acercamiento entre aquella supuesta dicotomía entre calle y academia que muchas veces nos interpela y tensiona actualmente”, reconoce Sofía Brito, estudiante de derecho de la Universidad de Chile, cuya denuncia por acoso sexual de parte del exprofesor y miembro del Tribunal Constitucional, Carlos Carmona, motivó la toma de dicha universidad el año pasado. “Creo que esa potencia de comprender la necesidad de revolucionar todos los espacios, como dijo en algún lugar Alejandra Castillo, es una inspiración y una esperanza para quienes nos hemos reconocido como feministas en estos tiempos”.

A pesar de que se habla de olas feministas, la escritora Diamela Eltit cree que las mujeres nunca han estado dormidas: “Instancias feministas siempre han habido. Pasa que como ocurrió con el movimiento que se consolidó en los años 30, lo múltiple y masivo que tenía el de los 80 se diluye una vez que se consigue derrotar a la dictadura: el mayor número de esas mujeres entran en los partidos políticos o al gobierno, y al ingresar, estos las derivan hacia cuestiones domésticas: la infancia, la maternidad, y eso las reduce desde lo público al ámbito de lo privado”.

Dichos “nudos” que Julieta planteó en Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, la llevaron a realizar ponencias en convergencias socialistas o al II Encuentro Feminista Latinoamericano que se realizó en Lima, en julio de 1983. Ahí, en medio de conversatorios, guitarreo, baile y teatro, unas cinco mil mujeres que dormían por turnos por falta de camas, debatían sobre si era bueno o no meterse en política y también sobre la relación del feminismo con el cuerpo.

¿Se puede hacer feminismo fuera de los partidos políticos –de manera autónoma e independiente– si lo que se quiere es cambiar estructuras profundas? ¿Vale la pena entrar si a la larga, las mujeres al interior siguen siendo dominadas por ejes que no necesariamente las representan y eso las comprime?, se preguntaban en el II Encuentro Feminista Latinoamericano de 1983.

Kirkwood entrevistó a varias. ¿Se puede hacer feminismo fuera de los partidos políticos –de manera autónoma e independiente– si lo que se quiere es cambiar estructuras profundas? ¿Vale la pena entrar si a la larga, las mujeres al interior siguen siendo dominadas por ejes que no necesariamente las representan y eso las comprime?, se preguntaban.

La tarea sigue pendiente y a ojos de Sofía Brito –en medio de las tensiones entre feministas autónomas y militantes de partidos–, leer a Kirkwood cobra cada vez más sentido. “Es vital que ambas facciones conozcan el camino que han hecho sus antecesoras. Muchas veces escuchamos a compañeras decir que esta era una lucha que se daba ‘por primera vez’, como si nosotras estuviésemos inventando desde la nada el movimiento feminista actual. Para mí, la posibilidad de encontrarme con las escrituras de Julieta, y también, las experiencias y apoyo de aquellas feministas de los 80, con las que aún podemos compartir, trajo la sensación de estar menos sola, de que nuestra tarea es continuar, siempre críticamente, un camino que también construyeron nuestras madres, abuelas, tías”.

Diamela Eltit tiene esperanza en que la ola que está en curso pueda manejar este dilema. “Porque es bastante más amplia e intensa, y porque tocó a las jóvenes”, dice. “Eso es crucial. Antes del 2018 la palabra feminismo era una palabra cuestionada. Pero ahora la palabra se inscribió en el escenario nacional, y se declararon todos feministas, inclusive el Presidente de la república. Por supuesto que hay que debatir hacia dónde apuntaría, cuál sería ese feminismo más liberador y propositivo, pero es un hito que antes no existía”.

Julieta Kirkwood no alcanzó a estar más de dos años haciendo activismo con sus compañeras en La Morada, pero sí alcanzó a estar en el primer acto masivo de mujeres en el Caupolicán, en diciembre de 1983.

Semanas antes de su muerte, el 8 de abril de 1985, fue a comprar un buzo de color lúcuma con el que pensaba viajar a Estados Unidos. No alcanzó a tomar ese avión. En la Michita quedaron varias cajas de plátano: ficheros, archivos, borradores, ideas, entrevistas, pensamientos a veces fragmentados, que su amiga Ana María Arteaga, a pedido de la Flacso, ordenó para terminar su anhelado libro Ser política en Chile

“A todas mis amigas feministas”, se lee en la dedicatoria que dejó escrita. Y también el deseo que otras intentan cumplir hoy: “Tengo ganas de salir a la calle con carteles y encontrarme en multitudes para cambiar la vida”.