La guerra de las estatuas

Derribar una estatua es lo más cercano a matar sin matar. Es destrozar un cuerpo sin que haya sangre o vísceras de por medio. La violencia queda en el orden de lo simbólico. Ahora bien, la pregunta es si esta guerra simbólica logrará terminar con una cultura en que el racismo está enquistado en todas las esferas de la sociedad. Un racismo que está lejos de ser simbólico, sino que se expresa en un costo de sangre y heridos, un flujo ininterrumpido de violencia que hace que ser negro, inmigrante o pobre (que suele ser lo mismo) sea un peligro real y cotidiano.

por Rafael Gumucio I 3 Septiembre 2020

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El asesinato de George Floyd desencadenó un movimiento de protesta e indignación social que rompió incluso las infranqueables barreras sanitarias del coronavirus. En las más grandes ciudades de los Estados Unidos desfilaron miles de personas gritando “si no hay justicia no hay paz”. Bajo el lema de “Black Lives Matter”, o sea, “las vidas de los afroamericanos cuentan”, se pintaron avenidas, estatuas y muros. La violencia inicial de los primeros días, con sus habituales saqueos, lejos de ir escalando se fue moderando cuando las autoridades locales y sus policías fueron, de a poco, admitiendo las razones de la demanda. Que el presidente Trump hiciera justo lo contrario, sirvió para orientar el fuego: en plena cam­paña electoral, el racismo del presidente se convirtió en un argumento más de la oposición demócrata, la cual, además, tuvo el buen olfato (o la inteligencia) de no encabezar ni apropiarse del movimiento.

A diferencia de lo que ocurrió en Chile en octubre del 2019, la élite de la izquierda (o lo que se puede llamar así en Estados Unidos) no quedó aislada y a contramano del movimiento. Los Starbucks y las tiendas Apple dejaron de ser saqueadas, pero la rabia tantas veces juvenil se dirigió contra un objetivo que, para todo francotirador, tiene la enorme ventaja de no moverse: las estatuas.

Cuando se derriba una dictadura, de izquierda o de derecha, lo primero en caer son sus estatuas. Lo vimos en la ex Unión Soviética, lo vimos en Irak, lo vimos en Ucrania. Nadie derriba la estatua de un presidente mientras gobierna. Pero el hecho de que un presidente que encarna una supuesta supremacía blanca siga gobernando en EE.UU. es poco probable: las estatuas caídas de sus ancestros señalan que no tiene lugar en esta historia que se está escribiendo en las plazas de los Estados Unidos.

Derribar una estatua (como ha sucedido con los monumentos a militares del ejército del sur o de líderes racistas) es lo más cercano a matar sin matar. Es destrozar un cuerpo, que su cabeza ruede por el suelo, que las piernas y brazos se desprendan, sin que haya sangre o vísceras de por medio. Es una forma de vivir la violencia sin que esa violencia cueste vida o dolor. Todo queda en el orden de lo simbólico. El ataque continuo y coordinado a las estatuas se inscribe justo entre la acción directa de los Black Panther en los años 60, que no trepidaban en derribar también a humanos de carne y hueso, y la no violencia activa de Martin Luther King, quien decía que no había que tocar ni un solo cuerpo.

Las dos formas de lucha, activa o pasiva, implican sin embargo riesgos que están lejos de los que asumen los derribadores de estatuas, hombres y mujeres generalmente anónimos. Las estatuas no responden con fusiles, y la policía generalmente se ha mantenido impasible ante los ataques. Se agrede una cosa que tiene forma y nombre de persona, pero no se mata a nadie. La amenaza de Donald Trump de condenar a 10 años de cárcel a quienes sigan derribando las estatuas de “veteranos de guerra”, se parece a la mayor parte de sus promesas: está completamente vacía.

En Estados Unidos, donde el marxismo se enseña en las escuelas de literatura y parece ignorarse en las de economía, la lucha de clases es para la izquierda la verdadera palabra prohibida. La idea de que es la clase privilegiada la que designa y elige cómo y cuándo hay que respetar a los menos privilegiados, conserva la distancia entre la universidad y el suburbio, donde siguen viviendo ajenos al debate aquellos que sufren la violencia no simbólica.

Como el coronavirus está disparado, las grandes manifestaciones no han sido posibles. Otros actos de desobediencia civil, como huelgas de hambre, chocan con el mismo problema de salud pública. Y una resistencia armada choca con el poco apoyo de una población que siente por su Constitución un respeto casi religioso, y que tiene uno de los ejércitos y servicios de inteligencia más eficientes del mundo.

Con poca gente bien organizada, la caída de es­tatuas mantiene vivo el movimiento sin necesidad de un gran sacrificio humano. Bien lo supieron los talibanes al bombardear los monumentos budistas que contaminaban la Afganistán que deseaban fundar. Algo parecido se puede decir de Daesh, que acometió la destrucción de monumentos en Palmira, Siria, y si no es por la abundante exposición mediática que sus actos de iconoclastia tuvieron, nada los hubiera detenido.

La pregunta es si la guerra simbólica tiene los efectos que esperan, es decir, si logrará terminar con una cultura en que el racismo está enquistado en todas las esferas de la sociedad. Un racismo que está lejos de ser solo simbólico, sino que se expresa en un costo de sangre y heridos, un flujo ininterrumpido de violencia que hace que ser negro, inmigrante o pobre (que suele ser lo mismo) sea un peligro real y cotidiano.

Desde un punto de vista, la muerte de George Floyd sería la confirmación de la inefectividad de las guerras simbólicas. Porque nadie puede igno­rar que en los Estados Unidos hay hasta palabras que no se pueden pronunciar en voz alta, días en que se conmemora a Martin Luther King y a otros próceres de los derechos civiles, que se estudian sus batallas, dolores y victorias en los colegios. Son muchas universidades las que se especializan en los estudios de la cultura afroamericana. Pero nada de eso paró a Derek Chauvin a la hora de estrangular a su víctima. Un acto, y este es el fundamento mismo de la protesta, que es cualquier cosa menos aislado.

Aunque podría ser al revés, que la airada reacción no solo de la comunidad afroamericana sino de la población general y de muchas autoridades, sea una victoria de la guerra cultural. El rechazo al racismo no tiene que reinventarse cada vez, encuentra su pathos en la vieja lucha por las palabras, las imágenes y los gestos. Los puños en alto, las canciones, los conceptos que el movimiento por los derechos civiles acuñó en sus años de gloria, resucitan de la misma forma en que lo hace un conocimiento que no es del todo instintivo, de cómo graduar su fuerza y mantener la tensión sin ceder terreno a sus enemigos.

La llegada de Donald Trump al poder fue quizás la prueba de que esa guerra simbólica tenía otras vueltas inesperadas. Revestido de un aura de desparpajo, Trump se convirtió en el hombre que podía hablar sin filtro, es decir, de comentar lo que muchos piensan pero no se atreven. Lo políticamente correcto resultó ser políticamente ineficiente o claramente perjudi­cial a la hora de conseguir que un hombre abierta y francamente xenófobo sucediera a un presidente afroamericano e internacionalista.

En las guerras simbólicas nadie muere, y carecen de un resultado claro y evidente. Es imposible saber cuántos crímenes racistas impiden los grafitis, las canciones, las coreografías, las tesis universitarias. Es imposible, sin embargo, no constatar que hacen visibles temas y urgencias, que despiertan debates atávicos, y que muy lejos de las calles o las casas donde mueren las personas por las que marchan, hay algo importante que cambia y avanza.

No cabe duda de que sin esas luchas simbólicas jamás un afroamericano, hijo de un inmigrante nigeriano, habría llegado a ser presidente de Estados Unidos. Obama es un evidente fruto de la tan denostada co­rrección política y un reflejo de la apertura de las universidades y otras instituciones a cuotas de representa­ción de minorías has­ta ayer marginadas. Con todo, su llegada al poder no impidió que los policías si­guieran matando a afroestadounidenses en las calles con una impunidad que hizo que varias veces los guetos se encendieran de impotencia y rabia. El sentimiento de injusticia, que era más que un sentimiento, se calentó mucho más, justamente porque en los símbolos la guerra parecía haberse ga­nado. Es como si les dijeran: no, era broma, no han triunfado.

La llegada de Donald Trump al poder fue quizás la prueba de que esa guerra simbólica tenía otras vueltas inesperadas. Revestido de un aura de desparpajo, Trump se convirtió en el hombre que podía hablar sin filtro, es decir, de comentar lo que muchos piensan pero no se atreven. Lo políticamente correcto resultó ser políticamente ineficiente o claramente perjudi­cial a la hora de conseguir que un hombre abierta y francamente xenófobo sucediera a un presidente afroamericano e internacionalista. Lo políticamen­te correcto implica la idea de que alguien corrige políticamente a otro. Ese alguien es con frecuencia de la élite universitaria, en su mayoría blanca. En Estados Unidos, donde el marxismo se enseña en las escuelas de literatura y parece ignorarse en las de economía, la lucha de clases es para la izquierda la verdadera palabra prohibida. La idea de que es la clase privilegiada la que designa y elige cómo y cuándo hay que respetar a los menos privilegiados, conserva la distancia entre la universidad y el suburbio, donde siguen viviendo ajenos al debate aquellos que sufren la violencia no simbólica.

Desde la perspectiva de la lucha de clases, bien podría acusar a las guerras simbólicas de usar el dolor de George Floyd para promover agendas y temas y preocupaciones de la misma élite a la que el policía que lo mató pensaba proteger. Obama, un representante de la élite afroamericana, se vio bendecido por la lucha que dio Rosa Parks en los 50, pero eso no impidió que en su mandato las nuevas Rosa Parks fueran arrastradas fuera de otros bu­ses. Porque los buses aquí son como las estatuas: simbólicos.

Que una élite afroamericana, o que las mujeres pro­fesionales, consigan un trato justo, es un logro que bien vale celebrar, pero, ¿qué parte de ello les toca a los George Floyd o a los cientos de miles de mujeres asesinadas por sus maridos?

Cuando la aten­ción se focaliza en la plaza central de la ciudad, vuelve indefectiblemente a alejarse de los guetos donde viven los que no importan. Las estatuas sitúan la pelea jus­tamente entre los que tienen el poder. Historiadores, sociólogos, escritores e intelectuales de toda laya de­fienden los méritos de tal o cual estatua. O la critican. Son estatuas, qué duda cabe, de hombres blancos. El sueño tantas veces negado por los hechos de que el pasado puede corregir el presente o evitar que los errores de ayer se repitan mañana, domina de pronto un debate por completo universitario, un debate que está muy lejos de la calle de Minneapolis donde todo empezó esa tarde de primavera en que un hombre gritó que no podía respirar y otro le quito incluso ese poco aire que le quedaba.

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