Populismo: la ilusión de un sistema sin castas

Gran parte del éxito electoral que han tenido en España los partidos Podemos y VOX se debe a la crítica a la Transición democrática, que lideró el PSOE y que produjo alternancia en el poder (con el PP, Partido Popular). Pero tener éxito es casi tan problemático como no tenerlo: las tensiones al interior de los partidos de corte populista se deben a la dificultad –en cuanto a intensidad y velocidad– para implementar los cambios en el sistema institucional, es decir, para fundar un acuerdo democrático que termine con los privilegios. Como se ve en este ensayo, las concordancias con lo que ocurre hoy en Chile son evidentes.

por Miguel Saralegui I 24 Julio 2020

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En la actual España pluripartidista, existen dos organizaciones populistas: Podemos y VOX. Ambas han surgido hace poco (2014 y 2013) y ambas han alcanzado un éxito respetable. En menos de cinco años lograron tener más peso electoral del que jamás gozaron los comunistas, la tradicional tercera fuerza política. De hecho, Podemos fagocitó en 2016 al Partido Comunista Español sin que la digestión le generara alguna molestia. A veces se ha sentido como un fracaso que Podemos no superara al PSOE, que no se produjera el previsto sorpasso. Quien había vaticinado la muerte del PSOE se olvidó de la fuerza de este partido, de su capacidad para superar faltas y ausencias (una dictadura de 40 años sin apenas incomodar al dictador), gracias a su increíble capacidad de mimetizarse con la sociedad española.

El éxito de VOX es también notable. Desde la muerte de Franco, los partidos más a la derecha del Partido Popular, la extrema derecha en un sentido neutro y geográfico, consiguió un solo diputado: en 1978, Blas Piñar, fundador de Fuerza Nueva. Es enorme la sorpresa por la popularidad de VOX, pues, hasta su aparición, nadie sabía que existía un 10 por ciento del electorado a la derecha del Partido Popular.

De este modo, la historia del populismo español es una historia reciente y de éxito. El triunfo es importante, incluso si no fuera duradero. En esta España, más inestable en las previsiones electorales que en la regularidad religiosa con la que los españoles van a los bares, los políticos y los partidos duran poco. Albert Rivera, otro de los dinamitadores del bipartidismo, estuvo a punto de comerse a la derecha española tradicional en las elecciones del 20 de abril de 2019 y solo medio año después se ha retirado de la política.

En momentos difíciles para la anticipación política, más que centrarse en encuestas y arriesgarse a prever el futuro, la pregunta que debemos hacernos es ¿hasta qué punto ha cambiado la política española a causa del populismo? ¿Qué novedad ha supuesto el populismo para el discurso político español?

La primera novedad, la más radical, no tiene nada que ver con la ideología populista. El populismo acabó con el bipartidismo (que en España no era tan contundente como a veces se imaginan los nostálgicos del viejo turnismo). Muchas veces, en 1993 y 1996, los partidos ganadores –PSOE y PP– tuvieron que establecer coaliciones con partidos nacionalistas –vascos y catalanes– para alcanzar el poder Ejecutivo. Sin embargo, la ruptura del bipartidismo ha colapsado el proceso de creación del poder en España. Hemos tenido gobiernos en funciones durante casi dos años: Mariano Rajoy y Pedro Sánchez (en funciones, un gobierno no puede desarrollar actividad legislativa, ni aprobar presupuestos).

Si la situación sigue así, es posible que España deba realizar una reforma del sistema electoral, ya sea hacia el presidencialismo, ya sea hacia el fomento de coaliciones. En cierta medida, esta novedad es la más fuerte y la que más tensión crea en el sistema. Por otra parte, esta novedad tiene muy poco que ver con el narcisismo con que el populismo se ve a sí mismo. Independientemente de su ideología y de sus propósitos, este colapso se hubiera producido siempre que se hubieran introducido en el bipartidismo otros dos partidos. De hecho, junto a los partidos populistas, Ciudadanos, el partido fundado por Albert Rivera, antipopulista en su concepción de la ortodoxia liberal, contribuyó a la explosión del bipartidismo tanto como el populismo de derechas y el de izquierdas.

Podemos nació en una España que vivía la peor crisis económica desde la vuelta de la democracia, un descalabro que le recordó a la generación de la que se nutren sus líderes, nacidos entre 1978 y 1988, que el futuro material sería mucho menos halagüeño y prometedor que para la esforzada, pero jamás desempleada, generación de sus padres (la nacida entre 1945 y 1960).

La novedad más importante no tiene entonces nada que ver con la ideología populista, la indignación antiliberal de Podemos, la indignación anticatalana y centralista de VOX. Esta novedad involuntaria hace aún más necesaria la pregunta por la novedad real que el programa populista ha traído a España. En este punto, es preciso establecer una distinción. La retórica de ambos partidos se relaciona con lo nuevo de modo no solo diferente, sino hasta contradictorio. Para Podemos, que se inscribe en el viejo discurso de Ortega y Gasset de nueva y vieja política, no haber sido capaz de generar un nuevo discurso político representaría una gran decepción. Ellos son la nueva política y ellos deben crear un nuevo discurso. Para el VOX de Ortega Smith, inspirado por la nostalgia ficticia de una España inmóvil y unida, no haber conseguido novedad constituiría un motivo de orgullo. Solo cambian las cosas que, a diferencia de España, no son eternas.

Para comprobar si en España existe una originalidad propiamente populista, y no solo dependiente de algo tan prosaico como los porcentajes del sistema electoral, es necesario adentrarse en la insatisfacción que funda a la ideología populista. Los hombres hacemos sociedades (principio democrático). Al hacerlas, creamos sistemas legales, de un tipo o de otro. Desde hace 200 años, el poder constituyente optó por instaurar sistemas liberales, en los que el fin de la política consiste en proteger los derechos individuales (principio liberal). Cuando estos principios van de la mano, no hay partidos ni demandas populistas. El principio democrático está satisfecho con el principio liberal. Sin embargo, cuando las leyes de un país no satisfacen el principio democrático, el populista exige, en función de la legitimidad democrática, que cambie el orden legal. Si el sistema liberal ha generado una casta inasumible para el pueblo español, entonces será necesario volver al momento democrático para constituir un sistema político sin castas. Obviamente la casta es algo que existe en toda sociedad por el mero hecho de ser sociedad, pero este tipo de limitaciones sociológicas es algo que el principio democrático, en sí mismo absolutamente libre, no tiene por qué tener en cuenta.

Podemos nació en una España que vivía la peor crisis económica desde la vuelta de la democracia, un descalabro que le recordó a la generación de la que se nutren sus líderes, nacidos entre 1978 y 1988, que el futuro material sería mucho menos halagüeño y prometedor que para la esforzada, pero jamás desempleada, generación de sus padres (la nacida entre 1945 y 1960). Esta reacción llevó a Podemos a cuestionar la Transición, el milagro original del pueblo español, en cuyas bondades y héroes nos había educado Victoria Prego en sus videocasetes sobre la Transición. Para Podemos la Transición se convertía en un juego entre intereses creados, falsos izquierdistas cercanos al statu quo, orquestados por el miedo al búnker franquista (el paralelismo con Chile es evidente). Este relato sirve para desacreditar el sistema legal. El poder democrático debía hacerlo todo de nuevo. Si España quería ser una monarquía, era necesario que esta gozara de un inmediato respaldo democrático, y no de los tejemanejes entre Franco, Don Juan, el abuelo del actual rey y los monárquicos durante el franquismo. Sí, Podemos se encargaba de recordar algo a la vez incómodo y obvio para la política española: la persona que decidió quién debía ser el rey de los españoles (hasta que Juan Carlos abdicó) no es otra que Francisco Franco.

Tener éxito es casi tan problemático como no tenerlo. Se dice que el poder une. En el caso de Podemos, el principio no se cumple. El éxito de Podemos que le dio en un día lo que antes se ganaba durante toda una vida, supuso una tensión enorme. Muchas de las personas más importantes de Podemos se marcharon: sobre todo el número dos del partido, Íñigo Errejón, cuya inteligencia ya es proverbial, quien ha fundado un partido de escaso peso electoral: Más País. Aunque puede responder a factores puramente personales –el autoritarismo de Pablo Iglesias empieza a ser también proverbial–, esta tensión se debe al partido en que se ha convertido Podemos. De un partido que ponía en duda el sistema legal a un partido que ya sabe nadar a la perfección en el cuadro de castas. Que la negociación entre PSOE y Podemos se haya centrado en los cargos que este último va a ocupar recuerda la castificación del otrora heroico y anti-sistema Podemos.

Esta metamorfosis de la protesta a la casta, de la crítica a la Transición a la aceptación de su sistema, no debe ser juzgada en términos morales. Con su actitud, Podemos solo debe desilusionarse a sí mismo. Al aceptar los términos de la Transición, Podemos se ha dado cuenta de que los males de la democracia española no son la consecuencia de un sistema político antidemocrático y franquista, sino de las miserias y corrupciones de la idiosincrasia española. O Podemos es solo un grupo de hábiles jóvenes gatopardescos o las ineficiencias de la Transición española solo representan nuestro inevitable malestar en la cultura.

 

Imagen de portada: Manifestantes de VOX protestando con banderas españolas.