Una derecha heterodoxa

En Francia florece una generación que se está dando el trabajo de pensar el mundo en lugar de plegarse irreflexivamente a la noción de progreso, de mercado absolutamente libre y de manipulación sin límites de la naturaleza. Sus miembros citan con frecuencia a George Orwell, Hannah Arendt y Simone Weil, y a diferencia de la derecha tradicional les importa más la cultura que la economía. Se oponen, sin embargo, al matrimonio homosexual y miran con recelo las posibilidades abiertas por la manipulación genética y la inteligencia artificial. Una nueva derecha que alumbra también la realidad chilena, donde las categorías del neoliberalismo penetraron tan profundamente, que el paradigma modernizante se asumió de modo dogmático y acrítico.

por Daniel Mansuy I 30 Julio 2019

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Hace algunos meses, el partido republicano francés -la gran colectividad de la derecha gala- anunció que François-Xavier Bellamy lideraría su lista de cara a las elecciones del parlamento europeo de este año. La decisión sorprendió a más de un observador: Bellamy es un ensayista y profesor de filosofía que se mueve con comodidad en el mundo de las ideas, pero de limitada experiencia electoral. Aunque sus libros han tenido cierto éxito, no es un autor leído a nivel masivo. ¿Qué pudo llevar entonces a la cúpula de la derecha a preferir su nombre al de otros políticos mucho más curtidos en estas lides?

La pregunta admite múltiples respuestas, pero hay un aspecto especialmente revelador: Bellamy es una de las figuras más representativas de una nueva corriente de derecha que lleva algún tiempo agitando las aguas de la escena político-intelectual del país galo. Aunque sus antecedentes son más remotos, puede decirse que se trata de una generación que irrumpió a partir de la discusión sobre matrimonio homosexual, iniciativa aprobada durante el gobierno de François Hollande. Contra todos los pronósticos, dicho proyecto produ­jo una amplia resistencia, y en muchos niveles. Por un lado, cientos de miles de personas salieron a las calles para manifestar su reprobación a una medida que, según ellos, atentaba contra los derechos de los niños al negar la relevancia de la alteridad sexual. Por otro lado, la discusión obligó a los detractores de las uniones entre personas del mismo sexo a desarrollar una argumentación razonada, en un ambiente parti­cularmente hostil (sobra decir que la intelligentsia era favorable al proyecto).

Así, la disputa propiciada por Hollande permitió la articulación de un pensamiento crítico hacia el progresismo dominante, y allí Bellamy jugó un rol importante. Desde luego, esta corriente está lejos de ser hegemónica al interior de la derecha (Francia si­gue y seguirá siendo Francia), pero ha logrado mover significativamente los ejes del debate. Además, es un mundo muy vital, movido por auténticas inquietudes intelectuales. Un dato puede servir para graficar el fenómeno: desde hace ya varios años que las páginas de opinión de Le Figaro (medio inclinado a la derecha) son infinitamente más interesantes y provocadoras que las mismas páginas de Le Monde (órgano oficial del cosmopolitismo biempensante).

No resulta fácil describir a esta nueva generación, pues en ella conviven diversas tradiciones y sensibilidades. Con todo, una idea compartida es la crítica severa a la derecha política tradicional. Según ellos, dicho sector ha aceptado someterse a los términos intelectuales de la izquierda más progresista, pues su temor patológico es no ser lo suficientemente moderno a ojos de sus adversarios. Allí reside, quizás, la principal causa de la inferioridad intelectual crónica que padece la derecha: le cuesta mucho pensar en sus propios códigos. De algún modo, esta generación busca romper de una buena vez con ese complejo que lleva necesariamente a la derrota. ¿Por qué la derecha habría de sentirse impelida a ser tanto o más moderna que la izquierda? ¿Qué secreto mecanismo opera en esa rendición incondicional?

Ahora bien, esta generación no rechaza las categorías de izquierda solo por razones políticas, sino principalmente por motivos intelectuales. La crítica puede formularse del modo siguiente. En los últimos siglos, la idea de progreso ha sido fundamental en nuestro modo de observar el mundo. Creemos en la historia y, más aún, creemos que la historia progresa en sentido ascendente. En consecuencia, miramos con suma benevolencia todo aquello que viene revestido con la autoridad del movimiento dominante. Así se promovió el matrimonio homosexual (y así se promueven, en general, todos los cambios culturales): el mundo va hacia allá.

François-Xavier Bellamy es una de las figuras más representativas de una nueva corriente de derecha que lleva algún tiempo agitando las aguas de la escena político-intelectual francesa. Aunque sus antecedentes son más remotos, puede decirse que se trata de una generación que irrumpió a partir de la discusión sobre matrimonio homosexual.

Esta tesis tiene, desde luego, muchas dificultades. La primera es que se renuncia a priori al examen crí­tico, que es reemplazado por la aceptación acrítica del movimiento. Además, las implicancias de la dinámica no siempre están a la vista. En el caso del matrimonio homosexual, sus detractores advirtieron tempranamente que su aprobación sería solo un primer paso antes de la legalización del vientre de alquiler (el tiempo les ha dado la razón). En efecto, si permitimos que parejas heterosexuales accedan a mecanismos de fertilización asistida, ¿con qué argumen­tos podríamos negarles a las parejas de hombres el recurso a la maternidad su­brogada? Sin embargo, ¿no equivale esa práctica a una mercantilización extrema del cuerpo humano? ¿Por qué estaríamos obligados a aceptar esa dinámica sin emitir ningún reparo?

Como puede verse, el pro­blema excede con mucho la cuestión del matrimonio homosexual. Esta genera­ción anda en busca de un diagnóstico adecuado de la modernidad, que permita pensar la realidad más allá de la idea de progreso. Para lograrlo, esta nueva derecha liderada por Bellamy no teme utilizar banderas asocia­das a la izquierda. No trepida, por ejemplo, en criticar severamente algunas lógicas inducidas por el mercado, que es el mejor aliado de la idea de progreso (por eso la izquierda progresista alimenta constantemente todos y cada uno de los principios de la economía liberal). Según ella, el proceso global de liberalización ha ido socavando las comunidades que fundan la vida social: a diferencia de la derecha tradicional, le interesa mucho más la cultura que la economía. El acelerado proceso de decadencia que padece Francia hace décadas se debe, fundamentalmente, a que dicho país ha dejado de creer en sí mismo, ha dejado de tener fe en su propia historia -y, por ende, en su futuro-. El desafío pasa entonces por reivindicar la idea de nación como única vía que permitiría salir del laberinto global que opera desdeñando las identidades particulares.

No debe extrañar, en este contexto, que esta nueva derecha sea particularmente crítica de la evolución que ha seguido la Unión Europea (UE). Sabemos que la UE se entiende a sí misma como un espacio económico abierto, regulado por normas jurídicas abstractas. Sin embargo, nunca ha quedado claro qué consistencia tiene ese proyecto: ¿son suficientes el mercado y el derecho para dotar de contenido a una comunidad? ¿No está fundada la idea europea en una ilusión cosmopolita parti­cularmente peligrosa? Para muchos de los miembros de esta generación, Europa ha sido un agente activo del proceso globalizador, olvidando que detrás de las normas abstractas hay grupos humanos que me­recen atención. Aunque la filosofía del progreso viene sugiriendo hace tiempo que las naciones son parte del pasado, hay quienes están dispuestos a argumentar que no hay política democrática fuera del marco nacional. La extensión ilimitada de los derechos, amparada en una judicatura internacional, solo tiende a debilitar el hábitat que permite el despliegue de lo humano.

Esta última expresión -el hábitat de lo humano- no es casual. En efecto, uno de los elementos comunes de esta generación es la afinidad con algunas variantes del pensamiento ecológico. Esto no tiene nada de extraño: después de todo, la preocupación por el medio ambiente fue la primera embestida seria que recibió la idea de progreso. Si la primera modernidad -Bacon y Descartes- buscaba explícitamente torturar la naturaleza para volverla dócil a nuestros deseos, hoy conocemos los efectos devastadores de esa visión. De allí que una de las revistas de esta generación se llame precisamente Limite. Revue d’écologie intégrale (Límite, revista de ecología integral). Si hemos de renunciar a la idea de progreso, ese abandono debe ir acompañado de una rehabilitación correlativa de la noción de límite: lo humano no admite ser pensado desde lo indefinido ni manipulado hasta el infinito. El objetivo es volver a pensar una ecología propiamente humana, en conexión con Laudato si, la encíclica del Papa Francisco. Por lo mismo, cabe pensar que el progreso técnico y económico ha ido demasiado lejos, en la medida en que hace cada vez más improbable la existencia de ese hábitat propio de lo humano.

Para muchos de los miembros de esta generación, Europa ha sido un agente activo del proceso globalizador, olvidando que detrás de las normas abstractas hay grupos humanos que me­recen atención. Aunque la filosofía del progreso viene sugiriendo hace tiempo que las naciones son parte del pasado, hay quienes están dispuestos a argumentar que no hay política democrática fuera del marco nacional.

Si la tesis es plausible, entonces debemos modificar radicalmente el modo en que miramos el mundo: de­beríamos hacer el inventario de su movimiento antes de seguir avanzando lo más rápidamente posible. En virtud de lo anterior, este grupo mira con recelo las posibilidades abiertas por la manipulación genética, la inteligencia artificial y el posthumanismo, que suelen defenderse precisamente en nombre del progreso.

De más está decir que todas estas reflexiones son particularmente atingentes a la realidad criolla, pues nuestra derecha tiene enormes dificultades conceptuales con la noción de progreso. Las categorías de la economía neoliberal penetraron tan profundamente en ella, que el paradigma modernizante se asumió de modo dogmático. La derecha se quedó sin herramientas conceptuales para defender incluso aquello que quisiera defender, y de allí su debilidad estructural. El conservadurismo quedó solo como un incómodo vestigio del pasado, condenado a una muerte lenta pero segura. El motivo es que resulta imposible (digo bien: imposible) tomar distancia de la idea de progreso si se piensa desde Hayek. Para peor, en asuntos culturales la izquierda más progresista puede doblar la apuesta indefinidamente, y dejar a la derecha fuera de juego. Dicho de otro modo, la izquierda siempre será más moderna que su adversaria: en esa cancha, solo se puede perder. Más allá de las contingencias electorales, es imposible comprender nuestra escena política si no se considera debidamente este punto.

Pero volvamos a Francia. Según decíamos más arriba, Bellamy es solo una de las figuras de esta generación. Puede mencionarse, por ejemplo, a Bérénice Levet, quien escribió el libro Teoría de género o el mundo soñado de los ángeles. La tesis central del texto es que la sexualidad humana no puede ser absorbida completamente por la categoría de género, pues somos seres corpóreos. Otro nombre relevante es el del canadiense Mathieu Bock-Côté, autor de un ensayo crítico del multicultura­lismo dominante. Según él, los países cometen un error grave al renunciar a su identidad con el fin de acoger a otros, porque dicha acogida supone que hay una enti­dad previa, capaz de recibir aquello que llega. Eugénie Bastié, por su parte, ha escrito textos que reivindican la noción tradicional de femineidad. El mismo Bellamy ha criticado duramente los discursos pedagógicos en boga, que ponen el énfasis en la autonomía por sobre la transmisión cultural. Esa tendencia estaría en el origen del fracaso del sistema educacional francés, que perdió su capacidad de integración precisamente porque renunció a la idea de cultura compartida.

La lista de nombres es larga, pero la idea subyacente es clara: la dirección del movimiento moderno bien merece una interrogación. Si se quiere sintetizar, puede decirse que esta generación busca hacernos ver que la autonomía personal no puede ser concebida al margen del don. Nuestra libertad solo cobra sentido si com­prendemos que antes de ser libres somos herederos.

Por cierto, esta corriente no brotó por generación espontánea. Hay autores vivos que influyen en ella, como Jean-Claude Michéa, Pierre Manent, Alain Finkielkraut, Philippe Bénéton, Rémi Brague y Chan­tal Delsol. También leen -y citan con frecuencia- a George Orwell, Cristopher Lasch, Marcel Mauss, Hannah Arendt, Alexis de Tocqueville y Simone Weil. La lista es heterogénea, pero muestra bien la libertad de espíritu que los mueve: quieren comprender lo que está ocurriendo bajo nuestros ojos. Como bien ha advertido Mark Lilla, el peor negocio que podría hacer la izquierda sería despreciar a una generación que -guste o no- se está dando el trabajo de pensar el mundo en lugar de plegarse irreflexivamente al movimiento dominante.