Weber, un siglo después

Tanto en los discursos que prometen refundarlo todo como en los que se erigen como genuinos representantes del pueblo, en los idealistas y en los populistas, se encuentra ausente el sentido trágico de la política: lo que el sociólogo alemán hace 100 años estableció como la tensión entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, y la idea de que más que inflamar voluntades, el manejo del poder consiste siempre en elegir entre el mal menor.

por Diego Sazo I 6 Agosto 2019

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Concluía la Primera Guerra Mundial y Alemania perecía entre los escombros. Poco tiempo había acontecido desde el fin de las hostilidades y el panorama era desolador: millones de muertos, instituciones en el suelo y almas derruidas por un conflicto falsamente definitivo. Más que física, la ruina alemana era moral, y constituía el mejor abono para el surgimiento de ideas refundacionales. La caída del sistema monárquico de Guillermo II facilitaba las cosas, el advenimiento del cambio estaba al acecho: Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y la revolución espartaquista brotaron en esta época; Adolf Hitler y los movimientos de extrema derecha asomaban desde la trinchera opuesta. Eran tiempos de agitación, donde los jóvenes reclamaban un protagonismo hasta entonces desconocido. Incidir en el futuro político era el deseo movilizador.

Sin embargo, el mapa político mostraba caminos borrosos y la brújula trazaba rumbos inciertos. Qué orden construir y cómo hacerlo –para pacifistas y revolucionarios–, eran preguntas sin respuesta única. Varias ciudades se ensayaron como sedes para confrontar estas ideas. En Baviera, la asociación de estudiantes de la Universidad de Múnich se movilizó y organizó una charla para comprender el trance histórico que acontecía por esos días. La búsqueda de un referente intelectual pudo llevarlos a convocar a un académico antes que a un agitador de masas. El escogido fue Max Weber. Su discurso lo tituló La política como profesión. Era la tarde del 28 de enero de 1919.

Weber estaba lejos de ser un anónimo, era un personaje de alto prestigio en la escena pública de Alemania. Nacido en 1864, provenía de una familia liberal y calvinista, acomodada y con una fuerte herencia política. Su semblante era severo; tenía rostro anguloso, con mirada firme y decidida, la que escondía sus ocasionales episodios de depresión. Se distinguió como estudiante de derecho, historia y economía; luego obtuvo el grado de doctor y ocupó una plaza como profesor en la Universidad de Heidelberg. Allí destacó por sus aportes cruciales al método de las ciencias sociales (La “objetividad” del conocimiento en la ciencia social y en la política social, 1904), la sociología de la religión (La ética protestante y el espíritu del capitalismo, 1905) y el estudio de la burocracia moderna (Economía y sociedad, 1922). Asimismo, fue militante del Partido Demócrata –liberalismo de izquierda– y candidato a diputado en las elecciones de la asamblea nacional constituyente de 1919. También jugó un rol activo durante los años de la Primera Guerra Mundial: escribía en el periódico Frankfurter Zeitung sobre la situación política del país y el futuro que se aproximaba tras el conflicto. Su postura era fruto de un patriotismo crítico; cuestionador de la monarquía, pero ajeno a cualquier soplo de chauvinismo. Esto le valió el respeto entre los estudiantes socialistas y los integrantes del movimiento juvenil contrarios a la guerra y el régimen guillermino.

Pasión, responsabilidad y distancia

“La conferencia que, por deseo de ustedes, he de pronunciar hoy, les defraudará por diversas razones…”.

Esa fue la primera frase de Weber ante el auditorio repleto de estudiantes. El autor escogía con precisión sus palabras, sabiendo que entre los presentes se hallaban futuros políticos. Más que complacer y azuzar voluntades, su objetivo esa tarde era advertir a los espíritus idealistas sobre la condición trágica de la actividad política. También sobre los problemas éticos que conlleva. Esos jóvenes prontamente serían protagonistas y enfrentarían la tarea de levantar la patria caída; de ahí que debían estar a la altura del desafío y comprender, como diría Maquiavelo, la realidad efectiva de las cosas.

Para Weber, el Estado no era otra cosa que un vínculo de ‘dominación de hombres sobre hombres’, y la política era la actividad destinada a administrar ese vínculo maldito. Para hacer valer la ley, el político dispone, como ultima ratio, la fuerza física organizada.

La política como profesión aborda tres grandes temas: el significado de la política, las cualidades que exige ser político y el ethos de comportamiento del político profesional.

Weber expuso con arrojo y evitó rodeos, quizás como estrategia de provocación. “Política es aspirar a participar en el poder o a influir en la distribución de poder”, afirmó. El campo de batalla de ese juego es el Estado moderno, el que tiene como medio específico “el monopolio de la violencia física legítima”. Para Weber, el Estado no era otra cosa que un vínculo de “dominación de hombres sobre hombres”, y la política era la actividad destinada a administrar ese vínculo maldito. Por eso, quien se involucra en política se relaciona con la violencia, porque lo que busca en definitiva es dirigir los medios coercitivos que posee el Estado. Para hacer valer la ley, el político dispone, como ultima ratio, la fuerza física organizada.

Desde esa perspectiva, ser político no es para cualquiera. Exige cualidades específicas para adiestrar el carácter y convivir con el peso de ejercer el poder. Sostenía Weber que un buen político es aquel que cuenta con tres aptitudes decisivas: pasión, sentido de la responsabilidad y de la distancia. La primera no tiene que ver con la intensidad, vehemencia o arrebato en el accionar, sino con la perseverancia hacia una causa determinada; la segunda, refiere a la conducción de esa pasión mediante la prudencia y la disciplina, y la distancia, con la capacidad psicológica de dejar que la realidad actúe sobre sí mismo con serenidad y recogimiento interior. Frente al sentido de distancia Weber era un incrédulo; advirtió que los acontecimientos de ese año rebosaban un peligroso voluntarismo. Sin complejos ante la audiencia sentenció: “La falta de distanciamiento como tal es uno de los pecados mortales del político y una de esas características cuyo cultivo por la joven generación de nuestros intelectuales la va a condenar a la incapacidad política”. El tiempo, claro está, no ha hecho más que darle la razón.

Pacto con el diablo

En cuanto al ethos del político profesional, Weber esbozó una propuesta tan pedagógica que es referencia casi obligada hasta nuestros días. Planteó que históricamente existen dos orientaciones por las que puede guiarse el actuar político: la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera mueve al individuo a conseguir sus ideales de manera absoluta e incondicional. Una moral de los principios que avanza subestimando las consecuencias previsibles de su acción. La ética de la responsabilidad, en cambio, pone énfasis en las decisiones del agente. Calcula y sopesa los resultados de los actos con una fuerte dosis de frialdad. Para Weber, ambas éticas son complementarias y un político con vocación debe atenderlas de forma permanente. “Es verdad que la política se hace con la cabeza, pero con toda certeza no solo con la cabeza”. Quien sepa integrarlas ostentará la fórmula para navegar con éxito en las turbulentas aguas de la política.

Al cerrar la conferencia, Weber asomó su lado más crudo y realista, delineando con elocuencia uno de los preceptos clave de la Realpolitik. Advirtió a los asistentes: “Quien se mete con el poder y la violencia como medios, firma un pacto con los poderes diabólicos”.

En estos días de tormentas emocionales, los preceptos weberianos aportan la dosis necesaria de mesura y sensatez política. Ellos operan como un antídoto eficaz frente a las voces de la ira que hoy avanzan en las urnas del mundo y que constituyen el triunfo de una forma hostil de hacer política.

Lo que aquí enunciaba era la incompatibilidad de la ética cristiana con los marcos normativos de la política. Según Weber, quien ejerce el poder gobierna sobre voluntades opuestas, decide ante principios incompatibles, resuelve frente a dilemas fatales. La acción política no es neutra, porque lleva en su esencia el choque de valores. Un político verdadero comprende esta realidad, opta siempre por el mal menor y se involucra con las consecuencias. Si la necesidad exige oponerse a algún mal con la fuerza y esto transgrede un precepto moral cristiano, el político estará justificado para hacerlo. De lo contrario, se hace responsable por los males derivados de su inacción. El que no vea esto, dice Weber, “es un niño”. Finalmente, advirtió: “Quien busque salvar su alma y la de otros, que no la busque por el camino de la política, que tiene otras tareas muy distintas, unas que solo se pueden cumplir con la violencia”. Su juicio no es normativo sino práctico; aquí reside su noción trágica de la política.

Con justicia muchos afirman que este libro es una obra capital del siglo XX, un imprescindible en la trayectoria del pensamiento político. Su influencia se expandió con fuerza y tuvo eco en espacios ideológicos diversos: si en la izquierda la recepción crítica provino de autores como Theodor Adorno, Max Horkheimer y Jürgen Habermas, en los liberales y conservadores la acogida estuvo en figuras como Joseph Schumpeter, Raymond Aron y Leo Strauss. Lo cierto es que las premisas de Weber envejecen con maestría y desbordan una vigencia saludable 100 años después. Algo que sorprende es el formato en el que se escribió este texto de tanta relevancia: una disertación pública, pensada para una audiencia masiva, con referencias libres a autores como Shakespeare y Dostoievski, ajena a todo formalismo fatigoso y estéril de un paper académico. Hoy día este texto con certeza habría perecido en los arbitrajes de una revista indexada.

Pero más allá de esta paradoja de nuestro tiempo, varias de las tesis alojadas en La política como profesión siguen incomodando, en especial a las mentes fanáticas. Ellas encuentran en Weber un enemigo común al recordarles porfiadamente que la política es una actividad espinosa, inextricable, que no se mueve solo por la pura convicción. También, que supone un problema ético inconmensurable, opuesto a lo que creen dogmáticos y utópicos. De ahí que ejercer el poder sea una pesada carga sobre los hombros, que exige prudencia, realismo y entendimiento de un mundo imperfecto donde no todo es posible. “Quien esté seguro de poder decir ‘a pesar de todo’, solo ese tiene vocación para la política”, concluía Weber.

En estos días de tormentas emocionales, los preceptos weberianos aportan la dosis necesaria de mesura y sensatez política. Ellos operan como un antídoto eficaz frente a las voces de la ira que hoy avanzan en las urnas del mundo y que constituyen el triunfo de una forma hostil de hacer política. El auge de la extrema derecha en los parlamentos de Europa, el éxito de Trump en Estados Unidos y el fenómeno Bolsonaro en Brasil, no son más que la vanguardia fecunda de esta oleada de fanatismos.

En Chile esta pulsión vive latente y su rostro habita en figuras que probablemente competirán en la próxima elección presidencial. Para oponerse a este avance no basta la ética de la convicción; también se requiere esfuerzo y pragmatismo a la hora de definir una estrategia política. Una ética de la responsabilidad que ayude a abandonar maximalismos que solo pavimentan el camino a estas peligrosas alternativas. Descubrir si la ex Nueva Mayoría y el Frente Amplio serán capaces de esta tarea es la pregunta pendiente por responder.

 

La política como profesión, Max Weber, Biblioteca Nueva, 168 páginas, $18.070.