Porno Cinema

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Enero 4, 2018

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Hasta hace unos meses, en una destartalada sala de cine pornográfico del centro de Santiago, vecina del Museo de Arte Precolombino, el colectivo Nexo Cinema organizaba ciclos de películas y animaciones japonesas. Esta crónica se detiene en películas como Midori, la niña de las camelias de Hiroshi Harada y Kwaidan de Masaki Kobayashi, pero desde luego alumbra lo que ocurre dentro y fuera del cine, en una ciudad cada vez más diversa de razas, tribus urbanas y ondas de todo tipo.

por pablo d. sheng

No, me dice, que mejor vaya a Agustinas 840, porque el mayordomo de ese edificio conoce la historia de algunas construcciones del centro. No busco información sobre lugares, mucho menos historia. Pareciera esa la excusa. También me habían dicho que el mayordomo con que hablo sabría sobre el cine porno que está en el subterráneo.

Nada.

He venido unas cinco veces a averiguar cosas, pero las anteriores hablé con la cajera del cine porno. Ella dijo que hablara con don Juan, quien es la persona que más tiempo lleva trabajando. Me costó pillarlo, sabiendo, en todo caso, que trabaja entre las tres de la tarde y las 10 de la noche. Cuando lo encontré, se hizo el resfriado. Junto a él había otro trabajador, y este me dijo que no sabía nada del cine porno porque hacía apenas un mes que trabajaba allí.

Con ese fracaso informativo me devolví a la Plaza de Armas. Vez que pasaba por ahí hacía grabaciones, como para intentar tener algo. Revisando me doy cuenta que solo hay murmullos, que ni siquiera la cajera me entregaba información clara. A veces, desde su cubículo, separados por un vidrio, me decía que don Juan venía ciertos días de la semana y yo le preguntaba cuáles, pero no sabía responderme. En otra hablaba con el propio don Juan y decía que en el cine porno lo encontraba desde las ocho y media de la mañana en adelante.

En la fila encontré a un amigo. Andaba con sus compañeras que estudiaban arte y trataban de dirigir porno feminista. Hablaban del punto de vista, del tipo de gente que aparecía, de los vellos púbicos, que lo último que grabaron fue a una amiga de ellas masturbándose.

Nunca fue así.

De todas formas, grabé a un evangélico de la plaza. Haitianos, viejos, algunas señoras, oíamos atentos al pastor que decía vivir por la iglesia, salir a las calles, que no le importaba el dinero como a otros pastores, tanto así que por tanto predicar, en sus piernas, sufría de várices, pero él vivía para morir en la calle. Habló de cuando sintió la presencia de Dios, que fue un gozo y quiso oírlo. Desde ahí que no ha dejado de predicar. No quiso que nos condenáramos al infierno.

***

El cine porno se llama Cine Plaza. Me interesa porque está en pleno centro, en el edificio del Museo de Arte Precolombino y el mismo edificio de Gendarmería. Me interesa también porque hace un tiempo Nexo Cinema hacía ciclos nocturnos de cine, generalmente días viernes y sábado.

Unos amigos contaban que fueron a ver Ghost in the Shell, Akira, The End of Evangelion, o incluso Brother, de Kitano. Decían que era un cine porno y que se podía llevar vino y fumar adentro. Más adelante encontré la página en Facebook y les escribí. Claro, pensé que quienes organizaban estos ciclos intentaban mostrar cine un poco más under de manera novedosa y peculiar. En el inbox les puse que me gustaría entrevistarlos, entonces cómo coordinar, si acaso nos juntábamos o conversábamos por correo. Me respondieron que preferían no dar entrevistas y recomendaron que, si de verdad el proyecto de ellos me interesaba, debía, mejor, reseñar las películas que exhibían.

***

Antes de que Nexo Cinema dejara de mostrar películas en Cine Plaza, me tocó ver Midori, la niña de las camelias, dirigida por Hiroshi Harada y basada en el manga de Suehiro Maruo. Las imágenes montadas en Midori, a partir de marcos floreados, expresan aquello de lo que tratará esta animación japonesa de principios de la década del 90. Una voz en off anuncia: un perro hervido dentro/ una olla en el infierno/ un pequeño monstruo vestido en mis ropajes/ cabezas cortadas hervidas en juncos.

Midori, una niña que queda huérfana, es adoptada por una monstruosa tropa circense. Ella, de 11 años, vende camelias para mantener y cuidar a su mamá enferma, a punto de morir. Una noche alguien aparentemente normal y amable con Midori, le dice que si necesita ayuda, lo busque. Al regresar a casa, se encuentra con su madre muerta, devorada por ratones. Midori entonces va a buscar al hombre, que es el dueño de un extraño circo de freaks, al que pertenecen el Hombre Momia, la Mujer Serpiente, el Hombre Gusano, el Traga Espadas, el Hombre Pretzel. Allí la niña sufre violaciones, su historia se llena de crueldad, de sexo y se enmarca en paisajes oníricos y confusos.

Tras verla me pregunté cuántas veces he ido a un circo. Me acordé de una ida al Timoteo, y también haber asistido, de niño, a las revistas del Che Copete en el estero Marga Marga en Viña del Mar. La última vez fui a una muestra de un taller en Peñalolén. Tenía presente algunas imágenes de El pejesapo y la secuencia en un circo de población: Daniel SS mirando a una transformista, haciendo el amor a escondidas y después ellos intentando una vida de pareja. O incluso las resonancias de algunas obras teatrales de Andrés Pérez.

 

A Midori, la niña de las camelias, le tocó vivir en un circo. De hecho participó en un show, “Enano en la botella”, del mago Masamitsu, donde él es capaz de entrar y salir de una botella de vidrio. El enano se enamora de Midori y ella lo considera su esposo. El trabajo de Hiroshi Harada reivindica el del manga de Suehiro Maruo, ligado al interés por emplear personajes infantiles e imágenes perturbadoras que, junto a un estilo bello, permiten enredarse en lo grotesco y lo extraño. La intención de ambos es dar forma, casi en fotomontaje, a malos sueños y, así, hacer circular una historia. De ahí que la niña de las camelias venda sus productos en la feria de una ciudad bulliciosa y la única imagen que le sobre sea la de su madre devorada por ratones. La lluvia ilumina sobre sus días malos, donde todo da vueltas en un último poema hecho por Midori:

El cuello de la niña de las camelias ha caído.

Se sumergió en el mar de lágrimas de su madre.

Ojo y cuenca están rasgados por la luna roja creciente.

El espejo arde en llamas.

Las ropas del infierno son los pétalos de las camelias.

El cinturón de la ropa dorada será fuertemente atado esta noche.

***

Terminaba marzo. Las horas de luz ya eran menos, es decir, oscurecía a eso de las siete. La función comenzaba a las nueve de la noche. En la Plaza de Armas aún quedaba gente. Algunos humoristas, pastores evangélicos y su público, las personas que hacen de estatuas, los últimos comensales del Portal Fernández Concha. Me senté a la entrada del edificio y se armaba fila para entrar. Afuera un anciano se detuvo, me habló, dijo que hace años no iba al teatro, que se acordaba de ir al Cariola, pero ahora no tenía tiempo para ese tipo de actividades. Caminaba al paradero de la esquina con Ahumada, iba en dirección a la Gran Avenida.

Apenas Nexo Cinema anunció su tercera temporada quise ir. Además, la inauguraban con la muestra de Kwaidan y Shuffle, ambas musicalizadas en vivo por dos músicos contemporáneos japoneses, Motoharu Fukada y Fumiko Tori.

En la fila encontré a un amigo. Andaba con sus compañeras que estudiaban arte y trataban de dirigir porno feminista. Hablaban del punto de vista, del tipo de gente que aparecía, de los vellos púbicos, que lo último que grabaron fue a una amiga de ellas masturbándose.

Ya se podía entrar.

Fui al baño del cine porno. En el mesón, un caballero –creo que don Juan– vendía confort y bebidas Fruna.

La película empezó. Kwaidan, de Masaki Kobayashi. Un samurái fantasma acecha a Hoichi, un músico ciego. Antes, unos monjes pintaron en su cuerpo ideogramas sagrados y protectores, para que no fuera asesinado por el samurái. Pero olvidaron pintar la piel de sus orejas. Estas parecían suspendidas en el aire y el fantasma, con su katana, las desmiembra. La imagen está basada en algunos cuentos recopilados por Lafcadio Hearn y relacionados, en su mayoría, con la vida más allá de la muerte.

Apenas Nexo Cinema anunció su tercera temporada quise ir. Además, la inauguraban con la muestra de Kwaidan y Shuffle, ambas musicalizadas en vivo por dos músicos contemporáneos japoneses, Motoharu Fukada y Fumiko Tori.

Fumiko Tori sabía hablar español. De hecho, en el intermedio improvisaron “El derecho de vivir en paz”, de Víctor Jara. Ella cantaba y Motoharu la seguía con su saxo.

A pesar de algunos problemas técnicos, más bien propios de sesiones jam, el objetivo de la función se cumplió. En Shuffle, de Gakuryû Ishii, hay una única y larga escena, la de alguien que corre, perseguido por asesinar a su novia. Esta no la terminé de ver. Cuando salí de la sala, el sonido se había caído y la proyección se puso amarilla, borroneando las imágenes de la película.

El proyecto de Nexo Cinema, hoy, parece detenido. No ocupan el Cine Plaza para mostrar películas y, si se revisa la página de su Facebook, solo hay posteos diciendo que preparan un regreso y comentarios que exigen su vuelta.

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