Turismo accidental

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Abril 19, 2018

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Psicología animal

En el Amazonas ecuatoriano, el Centro de Rescate Amazoonico recibe animales salvajes que han sido rescatados del tráfico ilegal o descuidados como mascotas. Su objetivo es reintroducir a la mayor cantidad de especies, mientras se rehabilitan en microambientes de su hábitat natural. “He estado en muchos zoológicos y me gustan”, escribe el autor de esta crónica, “pero este era un lugar extraño, sombrío”.

por matías celedón

En Green Porno, Isabella Rossellini reconoce que los animales le han atraído desde niña: “Siempre me fascinaron las infinitas, extrañas y escandalosas formas en que copulaban los insectos”. La curiosa serie de cortometrajes (que además es un libro, un monólogo en vivo y un documental) tiene la sutileza de tocar temas sensibles que podrían ofender o escandalizar a algunos, si no se tratara de la vida sexual de la lapa o el delfín. Al presentar la diversidad natural de los animales de forma didáctica, Rossellini desnuda con aparente inocencia nuestros propios prejuicios respecto de la especie. Al final, sin disfraces, el animal es un espejo abstracto de nosotros mismos.

Son escasas las veces en que se está en presencia de un animal salvaje. En los parques o reservas suelen esconderse. Naturalmente, tienen otras preocupaciones; hay gacelas que ante la visión nocturna del leopardo mueren por falta de sueño, después de días y noches sin poder dormir.

En Ecuador, al este de la Cordillera Oriental, la llanura húmeda y selvática de la Amazonía se extiende hasta Perú. Salvo un par de caseríos y aldeas ribereñas, el Napo corre tranquilo desde Teno hasta el puerto Francisco de Orellana, donde sigue indiferente a la frontera hasta el Amazonas. Desde Ahuano salen canoas y botes a motor hacia el Centro de Rescate Amazoonico, un refugio de animales.

Considerando los rigores de la Sabana, la crueldad como argumento contra los zoológicos en algunos casos parece discutible. El cautiverio es objetable, pero a veces necesario. El Amazoonico, más que un zoológico, es un centro de rehabilitación: los animales no están heridos; la mayoría sufre trastornos mentales.

El entusiasmo de los voluntarios, en su mayoría extranjeros, contrastaba con las historias que llevaron a los animales al lugar. Un mono capuchino decomisado a un parque de atracciones padecía convulsiones y se comía las manos.

¿Qué se puede esperar de un pájaro que actúa como un perro? Es posible hacerse una idea en los alucinantes grabados de La vida pública y privada de los animales, donde J.J. Grandville, al modo inverso que Isabella Rossellini, viste a los animales y los sitúa en situaciones cotidianas para ilustrar una visión profunda de nuestros rasgos más humanos. Pero lejos de la caricatura, la fábula se torna siniestra. En río Araujo, este particular refugio recibe animales salvajes que han sido rescatados del tráfico ilegal o descuidados como mascotas.

Llegan en malas condiciones. Por senderos marcados entre la selva, monos de diferentes especies, coatíes, pumas yaguarundís, tucanes, tortugas y caimanes viven confinados en espacios relativamente amplios, que permiten contemplar su privacidad. Algunos sufren múltiples problemas físicos y de comportamiento; otros son escasos o han perdido sus destrezas, lo que los imposibilita para vivir libres.

En el Amazoonico el objetivo es reintroducir a la mayor cantidad de especies rescatadas. Mientras, se rehabilitan en microambientes de su hábitat natural.

He estado en muchos zoológicos y me gustan, pero este era un lugar extraño, sombrío. El entusiasmo de los voluntarios, en su mayoría extranjeros, contrastaba con las historias que llevaron a los animales al lugar. Un mono capuchino decomisado a un parque de atracciones padecía convulsiones y se comía las manos, nervioso, mientras era observado por otro, un mono lanudo con problemas de ira, que debía estar aislado porque si no mataba a los otros machos. Colindando con la soledad de la última capibara de la zona, un tapir huérfano miraba donde pasaría el resto de sus días, dado que los cazadores impidieron que sus padres alcanzaran a enseñarle cómo ser tapir para sobrevivir. Más allá, se escondía una tigrilla obesa que no sabía cazar: la exótica mascota de un político había sido alimentada con comida chatarra.

“El peso de la evidencia indica que los seres humanos no son los únicos que poseen los sustratos neurológicos necesarios para generar conciencia. Animales no humanos, incluyendo todos los mamíferos y pájaros, y muchas otras criaturas, incluyendo los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos”, concluye la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, firmada en julio de 2012.

En los zoológicos es común el desatino de la gente. Me acuerdo del oso pardo, en el cerro San Cristóbal, tratando de dormir mientras una señora le gritaba enojada: “¡Levántate! ¡Son las 12!”.

Si pensar puede tener sentido para un animal, no sabemos qué podría significar para él. Diferencia y parecido son solamente puntos de vista. Lo natural es confundirse. Dormimos como un lirón, nos estiramos como un gato y trabajamos como hormigas, para llegar a comer como cerdos o como pajaritos.

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