Diciembre 21, 2017

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Cartas entre un idólatra y un hereje, de Manfred Svensson y Joaquín García-Huidobro, demuestra que la diversidad auténtica y valiosa no es aquella que intenta aplanar todas las diferencias, sino aquella que no pierde de vista que esas diferencias solo cobran sentido si estamos dispuestos a aprender de nuestros desacuerdos. Porque si todo es verdadero, también todo es falso, en cuyo caso todo es indiferente. Ese mundo, ya lo sabemos, es un mundo débil, un mundo que no tiene motivos para defender nada.

por daniel mansuy

¿Qué valor y qué sentido puede tener en el Chile de hoy un diálogo epistolar entre un católico y un protestante? ¿Cómo y en qué medida una conversación de esta naturaleza puede hablarnos e iluminar nuestra propia situación? Pierre Manent ha dicho recientemente que el hombre contemporáneo tiene enormes dificultades para concebir que la religión pueda seguir siendo un motivo de acción humana; y esto ocurre porque hemos adherido (de modo más o menos consciente) a un relato de la secularización que nos lleva a creer que la religión está condenada a desaparecer a medida que las sociedades progresan. En esa lógica, el fenómeno religioso no es más que un vestigio del pasado, quizás útil para historiadores y antropólogos, pero que no tiene mucho que decirle al hombre actual. En el mejor de los casos, puede ser una experiencia privada, frente a la cual no tenemos nada que decir; pero no puede aspirar a convertirse en un hecho público (no queremos pesebres en las plazas, ni queremos abrir las sesiones del Congreso en nombre de Dios; y  aceptamos los feriados religiosos por motivos de estricta conveniencia).

Para el gran relato progresista, el desvanecimiento de la experiencia religiosa constituye una liberación. En sus versiones más radicales, la idea de autonomía no admite límite alguno, y el hecho religioso es quizás la limitación más importante que quepa imaginar. En ese contexto, el hombre liberado de toda atadura no puede ser un hombre de fe. Desde luego, la duda que surge es si acaso esta cosmovisión dominante nos permite comprender mejor al hombre, o si no induce más bien a un oscurecimiento de la perspectiva. La pregunta es sumamente difícil, pero debe ser formulada en toda su radicalidad: ¿comprendemos mejor al hombre y a la sociedad expulsando a la religión de nuestro horizonte, como un molesto trasto del pasado? Aunque intelectuales de fuste (basta mencionar a Taylor o Habermas) han mostrado las dificultades de la narración moderna, esta sigue influyendo de modo decisivo en nuestra vida pública.

Ahora bien, la afirmación de posiciones robustas es siempre realizada a partir de un esfuerzo por comprender al que piensa distinto. Las posiciones no son estáticas, sino que se van moviendo, porque el diálogo permite ir aprendiendo del otro: ninguno de ellos sale del diálogo siendo el mismo que cuando entró.

Quizás el primer mérito del Cartas entre un idólatra y un hereje, de Manfred Svensson y Joaquín García-Huidobro, es hacernos ver (mejor, hacernos tocar) la insuficiencia de la óptica antes descrita. Esto, naturalmente, resulta magníficamente contraintuitivo: si la modernidad tiene problemas para aprehender lo específicamente religioso, ¿será una controversia religiosa el mejor modo de salir de ese embrollo? Esto puede sonar paradójico, pero el ejercicio de Svensson y García-Huidobro muestra que se trata de un camino que puede ser fructífero. Así, un poco como en esa formidable novela de Chesterton, La esfera y la cruz, ambos autores se toman en serio el hecho religioso, y al cristianismo en particular. Por lo mismo, ponen en juego todas sus virtudes intelectuales (que no son escasas) con el fin de esclarecer y hacer inteligible su propia fe. Ambos quieren comprender aquello que creen y también aquello en lo que cree el otro. Uno podrá discrepar más o menos con cada uno de los interlocutores, pero ambos creen firmemente que el ejercicio de la razón no solo es compatible con la fe, sino también una exigencia que emana de ella. Esto no implica querer eliminar la dimensión misteriosa implícita en toda fe (como lo pretende cierto proyecto ilustrado), sino simplemente conocerla del modo más exhaustivo posible, sin forzar su propia naturaleza.

Ahora bien, otro gran mérito de este libro reside en el ejercicio que los autores llevan a cabo. Se trata de un diálogo honesto y cargado de sentido, que se genera a partir de dos actitudes simultáneas. Por un lado, ambos asumen posiciones robustas, sin caer nunca en la tentación de diluir o aguar las propias convicciones para abuenarse con el interlocutor. No es de extrañar entonces que el título sea Cartas entre un idólatra y un hereje porque, en términos estrictos, así se definen el uno al otro.

En tiempos de pensamiento débil y de éticas mínimas, esa claridad en el lenguaje se agradece. Ahora bien, la afirmación de posiciones robustas es siempre realizada a partir de un esfuerzo por comprender al que piensa distinto. Las posiciones no son estáticas, sino que se van moviendo, porque el diálogo permite ir aprendiendo del otro: ninguno de ellos sale del diálogo siendo el mismo que cuando entró. Hay allí una lección implícita: la diversidad auténtica y valiosa no es aquella que intenta aplanar todas las diferencias, sino aquella que no pierde de vista que nuestras diferencias solo cobran sentido si estamos dispuestos a aprender de nuestros desacuerdos y emprender así la aventura común de buscar la verdad. La diversidad desconectada de esa aventura común termina por despreciar cualquier afirmación: si todo es verdadero, también todo es falso, en cuyo caso todo es indiferente. Ese mundo, ya lo sabemos, no solo es un mundo débil (porque no tiene motivos para defender nada), sino que también es un mundo donde lo propiamente humano ha perdido buena parte de su sentido.

Esto es más conversación que disputatio escolástica. Por lo mismo, los temas aparecen y desaparecen; y quien lea este texto esperando encontrar un ganador probablemente salga desilusionado, cuando no irritado.

Todo esto se traduce en un diálogo en el que los interlocutores van tratando con mucha meticulosidad cada una de sus diferencias: el culto a María, el estatuto del sacerdocio y de la celebración eucarística, el ecumenismo, la autoridad papal, la confesión, la historia de la Iglesia y de la Reforma, todo combinado con anécdotas que van ilustrando la compleja y alambicada historia de la relación entre catolicismo y protestantismo. Esto permite distinguir las diferencias reales de aquello que (por lado y lado) constituye simple prejuicio o caricatura. Hay que advertir, eso sí, al lector: esto es más conversación que disputatio escolástica. Por lo mismo, los temas aparecen y desaparecen; y quien lea este texto esperando encontrar un ganador probablemente salga desilusionado, cuando no irritado. Cabe mencionar, por otra parte, que esta discusión no tiene un carácter puramente teológico, sino que además contiene reflexiones muy interesantes sobre el estado general del país y de la sociedad. Por otro lado, también resulta refrescante una discusión entre personas que, perteneciendo a una misma tradición, tienen diferencias sustantivas.

En un texto referido a la fuerza del diálogo, Gadamer dice que la conversación lograda es aquella que transforma a los interlocutores. Por eso, continúa el filósofo alemán, la conversación es tan parecida a la amistad: “Solo en la conversación (…) pueden encontrarse los amigos y crear ese género de comunidad en la que cada cual es él mismo para el otro porque ambos encuentran al otro y se encuentran a sí mismos en el otro”. Lo menos que puede decirse de Cartas entre un idólatra y un hereje es que se trata precisamente de una forma de amistad (de la que además, he tenido el privilegio de ser testigo durante casi 20 años). Por lo mismo, este texto merece ser leído por creyentes y no creyentes, pues es un testimonio vivo de que la fe puede seguir siendo motivo de acción humana y, además, motivo de auténtica amistad.

Imagen de portada: La Reconnaissance Infinie (1963), René Magritte

 

Cartas entre un idólatra y un hereje, Joaquín García-Huidobro y Manfred Svensson, Ediciones UC, 2017, 176 páginas, $13.000.

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