Noviembre 13, 2018

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Profesora de arte, estudios de género y cultura digital, la reciente ganadora del premio Anagrama de ensayo por su libro El entusiasmo explica que el deseo de visibilidad es uno de los grandes combustibles de la precariedad laboral: lleva a muchas personas a trabajar gratis, especialmente en el campo cultural. En esta entrevista se explaya sobre otros temas muy actuales: las nuevas formas de lo humano, la ilusión de libertad que provoca la hiperconexión y la necesidad de defender la educación universitaria, pilar de la igualdad y el pensamiento crítico.

por constanza michelson

Si hay un fantasma que hoy recorre el mundo es el de la precariedad laboral. El progreso técnico no es más que una ilusión de emancipación, cuando es tomado por la agenda neoliberal. Particularmente en el mundo de los trabajadores culturales, las ventajas de la conectividad, que han multiplicado los espacios para la creación y exposición de ideas, se ve ensombrecido por la inestabilidad del trabajo remunerado en esa misma área. Es el deseo desesperado por visibilidad el que lleva a escritores, artistas y pensadores a transar su trabajo gratis. “Invitaciones” a escribir en un medio, ser grabados en una intervención, “colaboraciones” a cambio de difusión, son todas formas de la instrumentalización o de la autoexplotación… pero con entusiasmo. Ese es precisamente el título del último libro de Remedios Zafra, El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital.

Escritora, profesora de arte, estudios de género y cultura digital de la Universidad de Sevilla, Zafra, nacida en España en 1973, se ha dedicado al ensayo crítico de la cultura contemporánea. Es autora de Netianas, N(h)hacer mujer en internet, Un cuarto propio conectado y (H)adas. Mujeres que crean, programan, prosumen, teclean, entre otros libros. Desde comienzos del milenio ha sido parte de los debates en torno a la cultura digital y feminismo. En 2001 realizó una de las primeras conferencias sobre Ciberfeminismo en España, aquella filosofía que nace a comienzos de la década de los 90 y que reúne los trabajos de feministas sobre teoría y explotación del ciberespacio. “El ciberfeminismo aparece casi simultáneamente en contextos teóricos y artísticos que especulaban sobre lo que Internet podría suponer para las mujeres y para la igualdad. En sus orígenes, se apoyó en paródicas manifestaciones críticas con la masculinización de la industria tecnológica”, escribe Zafra. La oportunidad que el feminismo veía en la tecnología e Internet en esos años tenía que ver con las influencias del ciberpunk y los trabajos de la académica Donna Haraway, en lo que llamó posgénero y poscuerpo: la posibilidad de habitar un nuevo espacio que prescindirá de las construcciones sociales en torno al género y la diferencia sexual, estableciendo una red de relaciones más igualitaria.

 

¿Qué ocurrió con la utopía del ciberfeminismo?

El ciberfeminismo de los 90 teorizaba sobre un mundo futuro “mediado por pantallas”, donde el cuerpo queda aplazado y donde quizá podríamos deshacer los viejos estereotipos que tanto nos marcan en el mundo off-line. Pero lo que hemos visto a partir de la siguiente década no es una difuminación de los estereotipos, sino un mundo mucho más estetizado y apoyado en ellos. Las industrias digitales que han territorializado la red han reforzado la imagen de “lo real”, revalorizando todo aquello que venga apoyado en fotografías y videos propios. Este ha sido un fracaso no solo feminista sino también humano, dado que perdimos la oportunidad de construir un mundo digital desde poderes movidos por la ciudadanía, cediendo el control al poder económico y a empresas privadas concebidas como negocios de socialización y vida disfrazados de espacio público. Bajo el espejismo de red social, nosotros somos el producto.

 

¿Algo luminoso que rescatar?

Uno de los grandes triunfos ciberfeministas, a mi modo de ver, ha sido la alianza de mujeres a través de Internet, es decir la configuración de una colectividad política global donde las opresiones materiales y simbólicas que hasta hace poco se vivían en silencio y como algo interiorizado, por fin son compartidas y denunciadas; lo privado por fin se ha hecho público. La solidaridad feminista que ha marcado un gran hito en 2018 tiene parte de su raíz en Internet.

 

“Cabría pensar que aceptar que el trabajo creativo y cultural no se paga, supone aceptar que solo los ricos y los ociosos podrían dedicarse a estas prácticas, porque el pago simbólico en su caso puede convertirse en prestigio, pero en los pobres solo se convertirá en frustración y abandono por necesidad de buscar trabajos que permitan ganar dinero para vivir”.

El filósofo Franco “Bifo” Berardi, en su Fenomenología del fin, plantea que estamos entrando en una nueva situación antropológica a partir de la era digital. ¿Estamos en el ocaso del ser humano como lo conocíamos?

También yo tengo la sensación de que vivimos una nueva situación antropológica. Un cambio acelerado por la tecnología. El sujeto humanista forjado a finales del siglo XVIII que protege y busca su intimidad está mutando en un contexto donde no solo no se protege lo íntimo, sino que se promueve que sea exhibido, donde la representación de la subjetividad es hoy más exposición y mercado. La figura humana parece excluirse progresivamente de las decisiones en manos de sistemas numéricos que operan, anticipan y producen mundo, poniéndose en crisis su espontaneidad y su libertad.

 

El imaginario cultural hoy tiene un fuerte discurso de reivindicación de la diversidad, pero ¿es la multiplicidad de identidades sinónimo de diversidad?

Hay una ilusión de diversidad provocada por el “exceso”, por la posibilidad de acceder a un mundo online inabarcable en sus manifestaciones. Pero ser muchos no garantiza ser distintos. Hay inercias homogeneizadoras que atraviesan las redes, creando espejismo de diferencia, pero limitándola a lo epidérmico y banal (una pose distinta, una ropa diferente, otro filtro). Es este un mundo más apoyado en la impresión que en la profundidad o la concentración. Y creo que esto pasa porque las lógicas que movilizan el mundo digital son lógicas “precarias”, apoyadas en la velocidad, la caducidad y el exceso. Lógicas que priman “parecer” frente a “ser”, ser visto en Internet como forma de “existir” en el mundo. Solo lo superficial permite la velocidad de ahora, pero la diferencia es también una cuestión de profundidad y estratos.

 

En tu nuevo libro analizas la hipermotivación: un sistema que logra explotar el entusiasmo voluntarista de los creadores y pensadores…

Me parecía necesario reflexionar sobre cómo el capitalismo tecnológico contemporáneo se vale del entusiasmo de quienes desarrollan una práctica (habitualmente creativa) para incorporarlos a la maquinaria productiva, rentabilizándolos y argumentando que su entusiasmo es “ya un pago”.

 

Hablas también de la gestación de un proletariado cultural.

El ámbito cultural como campo de trabajo está muy sustentado en la pasión creativa, incluso en la vocación. En este contexto es cotidiano encadenar todo tipo de colaboraciones que llevan tiempos de preparación para terminar perdiendo dinero, cuando te piden un texto, una conferencia en otra ciudad, un recital, un concierto, colaborar con un proyecto motivador. Nos motiva y lo hacemos, pero pronto nos sentimos ridículos viendo que seguimos alimentando la idea de que el trabajo cultural se satisface en sí mismo y que está pagado por su mera realización. Porque cabría pensar que aceptar que el trabajo creativo y cultural no se paga, supone aceptar que solo los ricos y los ociosos podrían dedicarse a estas prácticas, porque el pago simbólico en su caso puede convertirse en prestigio, pero en los pobres solo se convertirá en frustración y abandono por necesidad de buscar trabajos que permitan ganar dinero para vivir.

 

Haces una relación entre la feminización del mundo y la precarización del trabajo. ¿Es necesario que las mujeres y los trabajadores culturales acepten entrar en lógicas más fálicas, para asumir de una vez que el dinero importa?

El punto de partida de esta reflexión es observar que los trabajos feminizados siguen siendo los más precarizados. No solo son los más expuestos a la temporalidad y están peor pagados, sino que suelen compaginarse con los trabajos de cuidados. Hacia ambos (trabajos culturales precarios y trabajos de cuidados) son empujadas las mujeres desde niñas. Mujeres a las que en las sucesivas crisis económicas y frágiles logros de igualdad, pronto les salpica la abdicación de los poderes públicos en sus responsabilidades sociales de cuidado y atención social a las personas dependientes. La similitud a la que apunto tiene que ver con cómo allí donde ha habido explotación y pago simbólico, allí donde los trabajos no han sido considerados “empleos”, han estado las mujeres. No pasa desapercibido que tradicionalmente los trabajos que ellas hacían han estado despojados de prestigio, denostados y normalizados como aquello sobreentendido que no cabía negociar, que “no necesitaba pago”, si acaso ya lo estaba con el calor de la familia, con la deuda simbólica del amor y la reproducción de la vida.

 

Hablemos de dinero entonces. ¿Te siguen “invitando a colaborar”, a trabajar sin pago?

Sí, por supuesto. Aunque desde que salió El entusiasmo, menos. Las propuestas siempre llegan vestidas de oportunidad de publicar, de tener más visibilidad, de conseguir méritos académicos. A cambio se nos pide un trabajo, por ejemplo, una conferencia, seguida de un “¿nos pasarías un texto?”, “¿te importa que grabemos?”, de forma que todo se convierte en un producto que “te obliga”, pues va configurando tu máscara social. Muchos creen que la energía, tiempo y concentración del trabajo intelectual y creativo se paga con visibilidad y esto me parece perverso. Pero también es como si hubiéramos puesto en funcionamiento una fábrica de producción “incontenible” de voces y expresiones, que se sustenta en la gratuidad y presuposición de tiempo e interés para “hablar de todo”.

 

“Quizá la trampa mayor sea la sensación de que conectados habitamos un espacio realmente público, cuando el espacio de socialización online está pensado y gestionado como un gran mercado, regido por empresas y capital”.

No todo entusiasmo es perverso. Haces una interesante distinción entre entusiasmo íntimo y el entusiasmo inducido.

Cuando hablo de entusiasmo íntimo me refiero a esa potencia para quienes se dedican a la práctica creativa o intelectual, ese entusiasmo sincero que puede funcionar como fuerza transformadora de mundo movilizando la investigación, la creación y la práctica intelectual movidas por la “libertad”. Pero lo que se sugiere en el libro es que el sistema productivo tiende a inducir entusiasmo artificialmente, cuando las personas se ven encadenadas a trabajos sin perspectiva de futuro. Y me parece que sin tiempos de reflexión y fantasía se penalizaría toda ideación de mundo, condenándolo a repetirse.

 

Corporaciones como Facebook y Google han dicho que prefieren contratar a personas sin estudios universitarios, apelando a que la formación académica está obsoleta. Más allá de las críticas necesarias a la formación universitaria, ¿no se pone en riesgo el pensamiento crítico en la idea de que sean las corporaciones las que “formen” a sus empleados?

Hay un gran riesgo en este asunto. Por un lado, al desacreditar la educación pública universitaria se cuestiona uno de los pilares sociales capaces de garantizar igualdad, justicia social y pensamiento crítico. Pero pienso que también podemos entender el asunto como un necesario zarandeo a la universidad, para que sea capaz de valorar e integrar las transformaciones que Internet supone para la formación y la autoformación de las personas. De nada nos vale una universidad concebida como expendedora de títulos. Creo con convicción que la universidad pública debiera ser el corazón del pensamiento, la libertad y la garantía de igualdad social. Hay que defenderla, pero debemos ayudar a mejorarla. Hoy no hace falta tener un título específico para conocer y trabajar, Internet pone un mundo de posibilidades a nuestra disposición y muchos ya valoran más la voluntad y pasión que el título enmarcado. Las industrias digitales lo saben y desvelan la impostura que se esconde detrás de una formación basada en superar cursos y trámites, y no en una formación real en un mundo que es hoy muy distinto al de hace 20 o 30 años.

 

El progreso es una ilusión llena de zancadillas. ¿Qué otras trampas lees en los tiempos que corren?

Quizá la trampa mayor sea la sensación de que conectados habitamos un espacio realmente público, cuando el espacio de socialización online está pensado y gestionado como un gran mercado, regido por empresas y capital.

 

Entre la depresión y el entusiasmo capturado por el mercado, ¿cuáles podrían ser los bolsones de resistencia hoy? Leí por ahí que tienes un teléfono móvil de los antiguos.

La alianza con los otros, la imaginación y la autoconciencia. En relación a esta última, creo que no hay conciencia posible de uno mismo sin la posibilidad de gestionar nuestros tiempos propios, también los necesarios tiempos de “desconexión”. Y sí, tiene que ver con lo de mi teléfono. Desde hace 15 años tengo uno con tapa y sin internet, que es el que uso diariamente para hablar con mis padres. Tengo otro también antiguo, aunque con la posibilidad de conectarse, que uso puntualmente para el trabajo. Casi siempre está apagado o en silencio. Para hablar prefiero la escritura y su tiempo más lento.

 

Frente al desarrollo de la inteligencia artificial y el genoma, los psicoanalistas decimos que lo único irreplicable de lo humano será el inconsciente. ¿Qué piensas que quedará tras el avance tecnológico?

Posiblemente coincidamos en la nebulosa interior a la que miramos, denominándola de manera distinta. Por mi parte, en los tiempos de la inteligencia artificial veo lo humano como el reducto íntimo sin reglas y no donado al exterior, donde podemos pensar más libremente y a veces configurar subjetividad y mundo público. Pero de otro lado, se me hace que lo humano es también lo cultural, lo que nos permite abordarnos como especie, incluso cuando supone un fracaso en nuestros grados de libertad y autonomía.

 

El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, Remedios Zafra, Anagrama, 2017, 264 páginas, $20.000.

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