Retrato del artista suicida

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Los detalles, la mirada fragmentaria, clasificatoria y comparativa, la frase aparentemente insignificante, constituyen la materia de Autorretrato y Suicidio, libros escritos por Édouard Levé desde una conciencia oscurecida y a la vez iluminada por la certidumbre de la muerte.

por lorena amaro

La lectura de Édouard Levé (1965 – 2007), pintor, fotógrafo y escritor francés, sugiere de inmediato dos referentes importantes de la cultura francesa: Georges Perec y Roland Barthes.

Es tangible la incidencia de Perec, con sus catálogos, enumeraciones, recorridos y observaciones sobre el espacio y la memoria, al modo de Lo infraordinario, Especies de espacios y Pensar/Clasificar. Pero si Perec y otro precursor, Joe Brainard, construían sus “relatos” autobiográficos a partir de listas de recuerdos (Perec en Je me souviens, Brainard en I remember, ambos traducidos como Me acuerdo), en Autorretrato, libro publicado en francés en 2005, Levé se dibuja a sí mismo a partir de breves enunciados que dan cuenta de sus placeres, rechazos, ideas sobre los demás, pertenencias, pensamientos súbitos, sin que haya una cronología o una dirección establecida. Y sin que haya, tampoco, párrafos y puntos aparte que definan una jerarquía en esta dilatada enumeración de hechos, sentimientos, comparaciones: “De adolescente, creía que La vida, instrucciones de uso me ayudaría a vivir, y Suicidio, instrucciones de uso, a morir. He pasado tres años y tres meses en el extranjero. Prefiero mirar hacia la izquierda. Uno de mis amigos se deleita en la traición. Terminar un viaje me provoca el mismo dejo de tristeza que terminar una novela”, se lee al inicio de Autorretrato.

Ya aquí Levé explicita la genealogía perequiana, además de insinuar la cuestión del suicidio, idea que retornará una y otra vez a lo largo del libro y que será decisiva en Suicidio, publicado en 2008, poco después de que el autor se ahorcara en su departamento. Así, a lo largo de todo el “autorretrato” de Levé, hallamos pistas, frases, afirmaciones y dudas que dan cuenta de la personalidad suicida de su autor: “Si me asomo por encima del balcón con ganas de suicidarme, el vértigo me salva”; “Le dije a mi padre que lo quería cuando atravesé una depresión a los treinta y cinco años, pensé en suicidarme, me pareció una lástima morirme sin habérselo dicho”; “Solo podré decir una vez sin mentir: ‘Muero’”.

Levé se dibuja a sí mismo a partir de breves enunciados que dan cuenta de sus placeres, rechazos, ideas sobre los demás, pertenencias, pensamientos súbitos, sin que haya una cronología o una dirección establecida. Y sin que haya, tampoco, párrafos y puntos aparte que definan una jerarquía en esta dilatada enumeración de hechos, sentimientos, comparaciones.

Esta recurrencia se consolida en Suicidio, donde Levé narra en segunda persona, dirigiéndose a un “tú”, que es un amigo de juventud, el suicidio de este último. Ya en las últimas páginas de Autorretrato menciona esta historia del amigo, que parece marcar tanto la suya propia: “Este amigo le dijo a su mujer que se había olvidado algo en la casa cuando estaban saliendo para jugar al tenis, bajó al sótano y se pegó un tiro en la cabeza con la escopeta que había preparado cuidadosamente”. La escena, con la que prácticamente cierra Autorretrato, abre Suicidio: “Un sábado del mes de agosto, sales de tu casa vestido para jugar al tenis, con tu mujer. A medio cruzar el jardín, le dices que te olvidaste la raqueta adentro…”.

El modo en que Levé construye sus frases y va dando forma a su propio y sofisticado retrato no solo en el primero de estos libros, sino también en Suicidio, en que las figuras de él y su amigo llegan a traslaparse, dialoga con los interesantes planteamientos teórico-críticos de Roland Barthes, quien escribía en Sade, Fourier, Loyola: “Si yo fuera escritor, y estuviera muerto, cómo me gustaría que mi vida se redujera, por los cuidados de un biógrafo amistoso y desenvuelto, a ciertos detalles, ciertos gustos, ciertas inflexiones, digamos ‘biografemas’, cuya distinción y movilidad pudieran viajar fuera de cualquier destino”. Estos biografemas constituyen verdaderas huellas, materiales corporales del autor, que los lectores sienten y perciben leyendo en ellas trazos de sus propias vidas:  “Prefiero estar acostado a estar de pie y estar de pie a estar sentado”; “Preferiría pintar un chicle de cerca que Versalles de lejos” (Autorretrato); “Mi cerebro te resucita a través de detalles aleatorios, como uno va sacando canicas de una bolsa” (Suicidio).

Mención aparte merecen las rápidas frases en que plantea su relación con el arte y la escritura: “Puedo prescindir de la música, del arte, de la arquitectura, de la danza, del teatro, del cine, me cuesta prescindir de la fotografía, no puedo prescindir de la literatura”; “Nunca dejaré la literatura”; “Aprendí por mi cuenta lo más importante para mí: escribir y fotografiar”. Para Levé, las palabras son “como herramientas” y son los detalles, la mirada irónica, fragmentaria, clasificatoria y comparativa, la frase aparentemente insignificante, los que constituyen la materia de estos textos, escritos desde una conciencia oscurecida y a la vez iluminada por la certidumbre de la muerte.

En ambos libros Levé detalla un proyecto: mandar a hacer su propia tumba, con la fecha de su muerte, a los 85 años. Especula sobre esta “obra”, que tantos sentidos tendrá, dependiendo de que se realice o no el destino así señalado. Como esta, Levé dejó otras tantas por hacer, detalladas en Obras (Oeuvres, 2002). La producción literaria de Levé se completa con Diario (Journal), título engañoso porque no se trata de un diario íntimo, sino que aborda, al modo de un periódico, noticias de todo tipo, pero sin emplear nombres propios: nuevamente la influencia no solo de Perec, sino también de otros escritores del OuLiPo, como Jacques Roubaud o Raymond Queneau.

Es de esperar que Obras y Diario sean traducidos también, por Matías Battistón, en la editorial argentina Eterna Cadencia. Suicidio y Autorretrato habían sido traducidos antes por Julia Osuna para la española 451 Editores, pero hay que decir que las versiones argentinas (a excepción del uso de la palabra “linyera”) son menos localistas y parecen más precisas en el empleo del lenguaje, un factor fundamental en el abordaje de una obra como la de Levé, exenta de lirismos, precisa, minimalista y cotidiana.

 

Suicidio, Édouard Levé, Eterna Cadencia, 2017, 96 páginas, $22.000.

 

Autorretrato, Édouard Levé, Eterna Cadencia, 2016, 96 páginas, $16.300.

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