Junio 28, 2018

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Realizando catálogos para museos, el hispanista estadounidense se dio cuenta de que había que rebelarse a la ultra especialización de lenguajes y enfoques, dejar de dirigirse a los expertos y privilegiar a un público amplio que se interesa en la historia. Así nacieron sus libros Los sueños de Lucrecia y Vidas infames, sobre la Inquisición, además de otros trabajos sobre educación, historia del arte, urbanismo y el surgimiento del hispanismo en Estados Unidos.

por patricio tapia

Elena (o Eleno) de Céspedes, fue una mujer que pasó a vestirse como hombre, se casó con otra mujer y fue juzgada bajo la acusación de falta de respeto al sacramento del matrimonio y de brujería. Es uno de los varios casos de desviaciones que la Inquisición Española del siglo XVI consideraba importantes y que Richard Kagan y Abigail Dyer recopilaron y anotaron en su libro Vidas infames, una serie de procesados vistos a través del relato que ellos hicieron a instancias del tribunal, verdaderas “autobiografías” que figuran en las actas judiciales.

En otro de sus libros, Los sueños de Lucrecia, Kagan se ocupa de una situación distinta del mismo siglo: una adolescente, Lucrecia de León, tuvo cientos de sueños sobre el futuro de España. Su caso causó tal revuelo que también despertó el interés inquisitorial; la acusaron de herejía y sedición, pero muchos de sus contemporáneos vieron en ella a una vidente inspirada por Dios que descubría los defectos de Felipe II y las deficiencias de su política interior y exterior.

Richard Kagan (1943), profesor emérito en la universidad Johns Hopkins, no solo se ha dedicado a la Inquisición. De hecho, ha destacado porque sus estudios sobre España y su imperio de ultramar se han desarrollado en múltiples aspectos: educación y derecho en la Castilla moderna, historia del arte, las vistas urbanas españolas y el urbanismo de las ciudades hispanoamericanas, cartografía de la edad moderna, historiografía del siglo XIX y el surgimiento del hispanismo en Estados Unidos (acuñando la idea del “paradigma Prescott”).

Uno de sus libros más recientes es su estudio de la imagen de los reyes y los imperios como propaganda frente a la contrapropaganda protestante que dio lugar a la leyenda negra. En Los cronistas y la corona, analiza las historias oficiales de los monarcas españoles desde la Edad Media hasta Carlos III: cómo se encargaban historias oficiales que presentaran sus reinados bajo una luz favorable, pero también la lenta desaparición de los cronistas militantes y la profesionalización de la historia.

 

Cuando habló del “paradigma Prescott” se refería al hispanismo estadounidense que vinculaba la decadencia española con el ascenso de Estados Unidos.

Habría que decir primero quién era William H. Prescott: el primer gran hispanista en los Estados Unidos, un historiador a la vez cuidadoso con la documentación y de estilo muy narrativo; fue también de los primeros historiadores en dedicarse detenidamente a los temas hispanoamericanos, al punto que quizá sus obras más conocidas sean sus historias de la conquista de México, primero, y luego la del Perú. Efectivamente, los Estados Unidos en el siglo XIX se veían a sí mismos como el símbolo del futuro de la misma forma que España (y por tanto, Hispanoamérica) lo era del pasado. Los “hispanos” estaban atrapados en un sistema o cultura o quizá una raza que no era capaz del cambio y el progreso. Esta oposición duraría hasta bien entrado el siglo XX, reforzada en parte por los conflictos políticos, como la isla de Cuba o la Guerra Civil española. El franquismo era una prueba de la incapacidad de los españoles y de la “raza española” para el progreso, la ciencia, la democracia, etc.

 

Pero el hispanismo estadounidense actual habrá cambiado de perspectiva, ¿no?

Hoy en día ya nadie piensa eso, bueno casi nadie, pues hubo un cierto candidato a la presidencia, ahora presidente, de los Estados Unidos, que parece sustentar ideas de ese tipo. Pero, en todo caso, la lengua y la cultura hispánicas interesan cada vez más y forman parte de los Estados Unidos. Han llamado la atención en el sentido que los que hablan español tienen mucho más que narcotraficantes: tienen su comida, su pintura, sus monumentos. No hay duda de que el estudio del español como lengua está en plena expansión. Esto mismo ocurrió después de la Guerra del 98 y la apertura del canal de Panamá. En la segunda década del siglo XX fue un momento de auge que declinó marcadamente en torno a la época de Franco, con un renacer en el último cuarto del siglo XX. Pero hoy es, sin duda, una lengua y un mundo cultural significativo: el segundo idioma de Estados Unidos es el español y va a durar.

 

Usted tuvo también la experiencia del hispanismo inglés.          

Sí, claro. Estudié en Inglaterra con John H. Elliott y era compañero de Geoffrey Parker. Mis intereses no tenían tanto que ver con la España imperial de guerras o conquistas y gracias en parte al “paradigma Prescott” no encontraba en Estados Unidos alguien que pudiera dirigir mi tesis. Me fui entonces a Cambridge, Inglaterra, pero volví a los Estados Unidos, para dar un impulso, dentro de mis posibilidades, al estudio del hispanismo. Soy profesor en la Universidad Johns Hopkins desde 1972.

 

¿Tuvo importancia la experiencia inglesa en ampliar sus perspectivas hacia temas aparentemente tan distintos como la historia de la universidad o de la cartografía a la historia urbana o artística?

Es posible. Pero yo diría que hubo un paso, quizá no muy brusco, desde la historia social (con estadísticas y todas esas cosas) a una historia cultural, que incluye el arte, que siempre me había interesado, o el urbanismo. Estudié las universidades españolas y de ahí salió el libro Students and Society in Early Modern Spain (1974); la mayoría de los estudiantes eran de Derecho, lo que me llevó a estudiar los pleitos y litigantes, de ahí Lawsuits and Litigants in Castile (1981). Como en la ciudad de Toledo había un Tribunal de primera instancia, fui allí. Y fue fundamental mi paso y mis estudios en los archivos de Toledo durante los años 70. La Toledo del Greco (pintor que me interesaba desde antes, de cuando era adolescente y vi una pintura suya en Nueva York). En Toledo habían papeles de la Inquisición que me llevaron a mi libro sobre las profecías políticas, Los sueños de Lucrecia y otros estudios sobre el mundo de la Inquisición. Había también libros de “corografía” toledana que incluían descripciones y representaciones de la ciudad, así como sus antecedentes antiquísimos e inmejorables, es decir, el uso de la historia para demostrar la importancia de una ciudad, que está en la raíz de Imágenes urbanas del mundo hispánico (1998). Es decir, podría decir que he tenido distintas aproximaciones y distintos objetos de estudio, pero quizá en el centro de todo está “la ciudad imperial”, Toledo.

 

¿Y cuándo ve su “ampliación” digamos desde España al mundo hispánico en general?

Yo diría que 1992, con el quinto centenario del descubrimiento de América, me hizo mirar en ese sentido. Entonces también trabajaba en la representación urbana, las diferentes maneras de presentar una ciudad, y que me llevó a la historia de la cartografía, todo lo cual tenía una perspectiva hispánica y no estrictamente española. No era que me escapara de España, sino más bien respondía a la idea de ver el imperio español como una totalidad, desde Barcelona hasta Santiago, desde Nápoles hasta la Patagonia. Todo era la monarquía católica, que debía mirarse con una visión más panorámica.

 

¿Es un error del historiador escribir solo para historiadores?

Sí, es un error del historiador escribir solo para historiadores. Es una lección que aprendí haciendo catálogos para museos, como El Greco de Toledo (1982). Hay un mundo de lectores que no son especialistas, pero a los que le interesa la historia. Es como volver a Prescott: alcanzar al gran público interesado. El mundo de la historia se ha sobreespecializado con lenguajes, términos, construcciones. El catálogo, en cambio, no va dirigido al experto. Tiene que explicar de qué se trata sin abandonar los principios de la buena historia. Escribo con la idea de llegar a ese público, un estilo que cualquiera pueda leer. También es una lección de la enseñanza. Tengo alumnos que no siempre están estudiando historia, pueden ser físicos o médicos que toman cursos de historia. Hay que entretenerlos con algo. Los museos y las aulas han moldeado mi estilo.

 

Usted visitó Chile el año pasado para hablar de Pedro de Valencia, un cronista de Indias. ¿Fue importante?

Era un humanista prestigiado y conocido por varias razones, como traductor y erudito. Fue nombrado en 1607 cronista real por Felipe III y se le comisionó que escribiera una Historia de las Indias. Su primera y más importante actividad fue dar forma a las relaciones geográficas de las Indias.

 

Entiendo que a él se le encargó una historia de Chile que no terminó…

Así es. Empezó a investigar y recogió información oral y escrita sobre la historia de la guerra de Chile. Realizó entrevistas con algunos de los veteranos de la guerra chilena, también con el jesuita Luis de Valdivia, quien se oponía a la guerra de sangre y fuego, siendo partidario de la guerra defensiva. Él no estuvo en la guerra, pero tiene dudas sobre el valor de esta historia, en que todo lo español era bueno. Tiene un cargo oficial, cronista, pero al ser historiador tiene el deber de decir la verdad. ¿Cómo reconciliarlo? La crónica oficial de la guerra de Chile, o pacificación del reino, quedó inconclusa. Es un caso curioso, documentado, de autocensura.

 

¿Está investigando algún tema?

Sí, mi próximo libro será sobre la “locura española”, la moda de todo lo español a finales del XIX y principios del XX en Estados Unidos: desde la música a la arquitectura y el arte; todos querían obras del Greco, Velázquez, Zuloaga o se construían casas al estilo “español”.

 

Imagen de portada: José Ramón Ladra.

 

Vidas infames, Richard L. Kagan y Abigail Dyer (eds.), Editorial Nerea, 2010, 252 páginas, €27.50.

 

Los cronistas y la corona, Richard L. Kagan, Editorial Marcial Pons / Centro de Estudios Europa Hispánica, 2010, 489 páginas, €28.00.

 

Los sueños de Lucrecia, Richard L. Kagan, Editorial Nerea, 1991, 259 páginas, €20.00.

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