Sentirse mal juntos

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Diciembre 14, 2017

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La satisfacción con la propia vida es una señal más de que los chilenos se sienten desposeídos de la vida en común. Lejos del deber y del placer de actuar en la plaza pública, se abandonan a los placeres del consumo o se encierran en una vida privatizada. La nostalgia por lo comunitario, el empeño por obligarlos a participar de plebiscitos comunales y nuevas constituciones, termina por ofenderlos tanto como las “decisiones a puertas cerradas” de los políticos. A eso algunos iluminados de la élite llaman malestar, pero quizá sea la señal de una cultura que ha elevado los niveles de bienestar como nunca antes, aunque no para todos ni en las mismas proporciones.

por rafael gumucio

El malestar. Esa palabra, este concepto de por sí resbaloso, ha sido el centro del debate político e intelectual de los últimos cuatro años. Según la mayor parte de los analistas políticos, la presidenta se habría “comprado” la tesis del malestar de Pedro Güell, ex jefe de estudio del PNUD y actual asesor estratégico de la presidenta. Los chilenos, según él, cansados del individualismo extremo a los que los sometieron las políticas neoliberales, esperan un giro radical y restituir el sentido de comunidad, que vuelva a integrar clases, identidades, visiones del mundo.

El malestar es para Güell y compañía, antiguo. Empezaron al menos a hablar de él a finales de los años 90, cuando el país parecía completamente satisfecho con una economía en sostenido crecimiento, que había logrado bajar la pobreza a la mitad. Las marchas del 2011 y antes de la derrota de la Concertación en las elecciones del 2009, le darían a esta teoría un asidero visible. A ello se sumará la desconfianza o franca antipatía que en todas las encuestas confiesa la población sentir por políticos, por la élite intelectual, episcopal y empresarial que gobierna el país.

Muy lejos de la idea de rebelión, del “cambio de modelo” que algunos voluntaristas quisieron detectar en las protestas del 2011, los chilenos de hoy parecen revelar una sensación de vulnerabilidad, que es el nuevo eufemismo con que se nombra a la pobreza. Esa pobreza que, desnuda de toda mística, apartada de cualquier representación social, cultural o política, es el estrecho desfiladero por el que se llega a la tierra prometida.

¿Por qué las reformas que buscaban restituir el sentido colectivo son vistas, ahora, con la misma desconfianza que los políticos y los curas? ¿Por qué al saberse que las cuatro grandes cadenas de farmacias se coludían para subir los precios, los intentos de boicotearlas resultaron inútiles? Y lo mismo con La Polar, el papel higiénico, los pollos o los políticos reelegidos eternamente. Lo mismo, a pesar de acumular cada uno la vergüenza de las leyes redactadas en las oficinas de las empresas, las boletas falsas y los almuerzos de 20 millones de pesos. ¿Por qué los pocos que votan lo hacen por la derecha, que les recuerda que este sistema económico y político los ha hecho más ricos que nunca en la historia de este país? ¿Por qué esa gente que desconfía de las empresas y los empresarios sigue pagando puntualmente sus créditos, llenando los supermercados y declarando en todas las encuestas que se sienten satisfechos con su vida y la de su familia?

Para los investigadores del CEP, el malestar se llama inseguridad. Lo dicen con toda ingenuidad, sin darse cuenta de que la inseguridad, en uno de los países más pacíficos y seguros del continente, no es más que un sinónimo de malestar. Porque, ¿qué otra cosa que una sensación de fragilidad es el malestar que el PNUD denuncia?

Muy lejos de la idea de rebelión, del “cambio de modelo” que algunos voluntaristas quisieron detectar en las protestas del 2011, los chilenos de hoy parecen revelar una sensación de vulnerabilidad, que es el nuevo eufemismo con que se nombra a la pobreza. Esa pobreza que, desnuda de toda mística, apartada de cualquier representación social, cultural o política, es el estrecho desfiladero por el que se llega a la tierra prometida. Tierra prometida, la prosperidad de los “profesionales” del barrio alto, que no es una elección; porque el éxito y el bienestar no son un estilo de vida posible en un país donde los pobres viven 20 años menos que los ricos.

La satisfacción con la vida propia es, al revés de lo que quieren pensar los satisfechos, la mayor señal del malestar que atraviesa a la sociedad chilena. Porque ser infeliz es algo que no nos podemos permitir. Ante el ataque perpetuo de ese gran “otro”, que son los políticos, los empresarios, los intelectuales, la gente que tiene tiempo y espacio para pensar “el país”, no me queda otra que defender mi jardín incluso de mi propio agobio, cansancio, odio o amor. La autocrítica solo es asumible si el piso sobre el que te paras, el yo que se mira con crueldad, va a resistir en el intento. Frente a un crecimiento atravesado por crisis cíclicas que deshacen cual Penélope el telar que mantiene a raya a los prometidos, no hay cómo ni cuándo dejar de tejer y mirar con frialdad y distancia las formas que has conseguido o no plasmar.

La satisfacción con la propia vida es una señal más de que los chilenos se sienten desposeídos de la vida en común. Lejos del deber y del placer de actuar en la plaza pública. La nueva clase media, privada de lo público, encerrada cada vez más en un concepto familiar de lo privado, que ya no incluye la empresa familiar, o el barrio, o la tribu, sino la casa, los niños y el perro. ¿Necesita más que eso? La nostalgia por lo comunitario, el empeño por obligarlos a participar de plebiscitos comunales y nuevas constituciones termina por ofenderlos tanto como las “decisiones a puertas cerradas” de los políticos de siempre. Su incomodidad es cómoda finalmente. En religión, política o medicina ha decidido creer en lo único que su lógica es capaz de entender. Considera que todo lo que requiere de explicaciones contraintuitivas es un engaño, una estafa largamente pensada contra él. Así, la historia de Chile contada por Jorge Baradit como una sucesión de mentiras y estafas de los poderosos contra el pueblo siempre virgen, les resulta la única creíble. No les interesa que haya algo realmente secreto; se sienten íntimamente poderosos al saber que los verdaderos poderosos se han esforzado tanto en esconder lo que hasta hace unos años jamás se imaginaron conocer.

No hay un espectáculo más cómico que ver desfilar por las radios y canales de televisión a gente tratando de explicarte que la mayoría de los que desfilaron bajo las pancartas de “No más AFP” están felices con el sistema de capitalización individual. Es cierto que la mayor parte no conoce ni aguantaría un sistema de reparto, pero es difícil pensar que no se sienten íntimamente estafados por un sistema que les prometía una tranquilidad que se convirtió en pura inquietud.

A esta clase media que no parece apurada por conseguir representantes políticos o mediáticos, le debe resultar consolador ver a las conspicuas cabezas de la élite pelearse por si ellos, los encuestables de siempre, son felices o no. No hay un espectáculo más cómico que ver desfilar por las radios y canales de televisión a gente tratando de explicarte que la mayoría de los que desfilaron bajo las pancartas de “No más AFP” están felices con el sistema de capitalización individual. Es cierto que la mayor parte no conoce ni aguantaría un sistema de reparto, pero es difícil pensar que no se sienten íntimamente estafados por un sistema que les prometía una tranquilidad que se convirtió en pura inquietud. Es inevitable que dejen de creer en las pericias técnicas y la buena voluntad de cientos de economistas y políticos que por 30 años no fueron capaces de pronosticar que esta debacle, fácilmente anunciable, llegaría tarde o temprano. Y claro, si a estos economistas doctorados en las más prestigiosas universidades norteamericanas, la economía de sus abuelos, la de su casa, no les interesa nada. Después de todo, para esos economistas y sus adláteres políticos, el sistema previsional nunca tuvo como objetivo entregar pensiones a los chilenos, sino utilidades a las propias AFP y a las empresas en las que estas invertían.

Los que desfilan detrás de las pancartas de “No más AFP” estarían dispuestos a apostar que Luis Mesina sabe más de economía que Rodrigo Valdés, Andrés Velasco o José Piñera. Negar el malestar de los que marchan (y los que sin marchar apoyan en todas las encuestas su causa) es, en el fondo, admitirlo. Porque el doctor no saca nada con negar los síntomas de su paciente si quiere sanarlo. Claro, puede que no le duela tanto el codo como dice, puede que el dolor que llama punzante, sea menos profundo de lo que afirma, pero es un hecho que hablando de malestar no solo la presidenta Bachelet llegó a la presidencia, sino que consiguió que casi todos los senadores y diputados que plantearon la tesis del malestar ganaran su elección. Se puede explicar de 100 maneras distintas que, en el fondo, los chilenos estaban felices con la educación privada, las isapres, la colusión, la polución, pero los hechos son los hechos. Todas las agendas procrecimiento no responden la pregunta que todos los chilenos de una u otra forma nos hacemos: ¿crecer para qué? Y sobre todo, ¿crecer para quién?

Mucho más útil que negar de manera infantil el malestar, es tratar de interpretarlo a la luz de la cultura. Para Freud, esas dos palabras, malestar y cultura, tienen una íntima relación. En 1930, después de vivir la experiencia de la Primera Guerra Mundial, respirando los aires de la Segunda, Freud termina por encontrar en la existencia del otro el cimiento que hace posible que la cultura sobreviva a las contradictorias pulsiones de los individuos que la componen. El malestar es entonces la señal de que no estamos solos, pero también es la señal de que no vamos a morir del todo. “El infierno son los otros”, decía Sartre, pero el infierno es también la otra vida, es también la eternidad, la única posible, la de la cultura común.

Para Freud, la cultura produce malestar y el malestar de alguna forma permite la cultura. La promesa de un mundo en que las pulsiones puedan expresarse con absoluta libertad, no permite la vida en común, que aceptamos quizás porque nos obliga a limitar la expresión de esas pulsiones, con la consecuente frustración, descontento y neurosis. Una neurosis que se puede curar, pero que es imposible, si se quiere al menos mantener la cultura como una posibilidad, sanar del todo. Porque ese malestar que es individualmente un síntoma desagradable, es socialmente el simple latido del corazón que nos recuerda que estamos vivos.

Parte de lo que hace aguantable el pésimo transporte público de Londres o de Nueva York es la idea de que su incomodidad compartida tiene aura, encanto, que nos hace parte de una película, de una novela, de una leyenda. El malestar es el precio que pagamos para ser parte de una historia que nos trasciende y explica mejor que nadie. El Transantiago es, en cambio, una maldición que solo sufren algunos, que no cuenta ninguna otra historia que su incomodidad. La agitación relativa de Santiago de Chile deja de ser un terreno en común para ser solo un castigo que algunos sufren, mientras otros nos repiten de todas las maneras posibles que el malestar no es su asunto, porque la cultura, esa nueva cultura nacida de la transición, tampoco es su cultura, una que puede adoptar, explicar, comprender o relatar.

Lo que une a la clase media, lo que la distingue de la élite, es justamente la preservación de un malestar propio e intransferible. El lujo extraño de sentirse apretado en el transporte público, de habitar los hospitales viejos, los palacios perdidos del centro, las escuelas de antes, de ser dueño de la ciudad de la que los ricos arrancan detrás de los cerros.

Negar el malestar de la nueva clase media chilena sería, de alguna forma, negar también el acceso creciente a la cultura que originó ese malestar. Es negarle el derecho a esa cultura por la que sacrifican, sacrificamos día a día, la pulsión de matar en el metro, de violar en la calle, de gritar en la plaza, de correr en la oficina. Puros impulsos reprimidos, impulsos que nos gustaría de alguna forma ver celebrados por las autoridades morales, como si la élite fuera capaz de ponerse en nuestro lugar y comprender lo que significa vivir en un gueto. De algún modo, da lo mismo dónde o cómo vivamos; no sirve de nada obedecer órdenes y consejos: hagamos lo que hagamos, siempre vamos a vivir mal. En campamentos, en poblaciones, en villas, en condominios, en edificios, en suburbios o en el centro, si estamos nosotros siempre es un gueto.

Algunos gozan de la modernidad, del contacto con el mundo, del crecimiento y la prosperidad, sin esperar en la cola, sin pagar de más por servicios básicos, sin llegar tarde a la casa, fijando precios y redactando leyes. Quizás por eso los cortes de luz que sufrieron ricos y pobres en los últimos años han hecho más por la paz social que todas las reformas de Bachelet juntas. “Claro, ellos se joden cuando nieva, nosotros cuando llueve”, no faltaron los que comentaron, porque renunciar a la idea de que otros se joden siempre menos que nosotros sería renunciar al cuento de hadas que permite, a los niños que somos, irnos a dormir.

Lo que une a la clase media, lo que la distingue de la élite, es justamente la preservación de un malestar propio e intransferible. El lujo extraño de sentirse apretado en el transporte público, de habitar los hospitales viejos, los palacios perdidos del centro, las escuelas de antes, de ser dueño de la ciudad de la que los ricos arrancan detrás de los cerros… En el Festival de Viña, los humoristas no alentaron la rebelión al desnudar las pulsiones que agitan a nuestra sociedad, como creen las autoridades, sino que exaltaron esa señal de identidad que es sentirse mal juntos, de abrigar esa pequeña herida sin sangre de la que habla Manuel Rojas en Hijo de ladrón, que es lo que le permite a Aniceto Hevia, el héroe de la novela, no perderse en la miseria y la agitación de Valparaíso.

El malestar, si seguimos a Freud, no es una fiebre de la que podemos curarnos con fármacos. Es inútil negarlo, como quieren hacerlo los satisfechos, y peligroso solucionar sus cambiantes petitorios, como quiso la Nueva Mayoría y ahora el Frente Amplio. El malestar, tan crónico como la muerte o las alergias primaverales, puede ser aliviado, pero es peligroso prometer y más aún creer sinceramente sanarlo (era lo que Mussolini, Hitler o Stalin prometieron en la década de 1930, cuando Freud escribió su ensayo). El malestar es algo que debemos cuidar, vigilar, acariciar, perdonar y compartir, como cuando sentimos que el olor de la fritanga de la cocina flota por toda la casa y llega hasta el escritorio donde queremos olvidarnos de la esposa, de los hijos, de la hora y el día.

El malestar es lo que nos recuerda que esta casa es la de todos. El malestar es el amigo más fiel que nos queda. No tenemos nada que agradecerles a los que quieren quitarnos ese amigo, ni nada que reconocerles a los que niegan su existencia siquiera. Quizás necesitamos que los posgraduados y los profesores eméritos nos recuerden más bien que solo a los muertos no les molesta ya nada, que saber dialogar con tu propio malestar es nuestro papel en esta vida.

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