Silbando bajito

 •  0

By

Las crónicas y los cuentos de Hebe Uhart, reciente ganadora del Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, manifiestan preguntas sobre lo cotidiano en contextos en que resultan inesperadas, incómodas e incluso extravagantes. En su literatura todo es posibilidad, apertura hacia lo otro, lo desconocido.

por lorena amaro

En su último libro de crónicas, De aquí para allá, Hebe Uhart vuelve sobre varias de las preocupaciones que ha manifestado desde sus primeras publicaciones, en los años 60. Las crónicas y los cuentos de Uhart manifiestan preguntas sobre lo cotidiano en contextos en que resultan inesperadas, incómodas e incluso extravagantes. En sus últimas crónicas, estas preguntas giran en torno a las tradiciones, espacios y maneras de vivir de las comunidades indígenas. En este libro se refiere a colectividades de Ecuador, Argentina, Perú, Colombia y Venezuela; con oído y mirada atenta –otro de sus libros de crónicas se titula, significativamente, Visto y oído– descubre sus modos de habla, sin ocultar su extrañeza por una alteridad que se empeña en rozar.

“Todo arte es el arte de escuchar. Cuanto más miro, más salgo de mi prejuicio. Es difícil mirar lo real sin postergar el juicio, pero para escribir es necesario hacerlo”, explica Uhart en sus enseñanzas de taller, recogidas por Liliana Villanueva en Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos, 2015). Un arte que se transforma en goce, cada vez que en sus crónicas narra el significado de una palabra, sea quechua o quom, sea que se trate de una expresión guajira o propia de los otavalos: “Ya sentada y con mi material pedido me pongo a leer palabras derivadas del quechua. Aca, excremento; cumpa, compañero; poncho, de punchu, perezoso, porque no hay más que pasarlo por la cabeza; sur, avestruz, y zupay, demonio”. Estas pequeñas epifanías no tienen sistematicidad alguna. No buscan construir una verdad científica. El lector va descubriéndolas al ritmo de la narradora, cuyo movimiento incesante –De aquí para allá, título que recuerda otras de sus crónicas, De la Patagonia a México (Adriana Hidalgo, 2015)– es guiado por lecturas aparentemente minoritarias (muchas publicaciones históricas regionales, libros de niños, autoediciones), por recomendaciones de la gente que va hallando en el camino o, claro, por impulsos y corazonadas: “Y hace poco yo tenía muchas ganas de volver a La Paz, para ver cómo les iba yendo con Evo Morales, pero tuve miedo de los cuatro mil metros de altura. Entonces pensé: ‘Hay tantas colectividades en Argentina, están en La Plata, en Escobar, Liniers, en Morón. Voy a visitar alguna de aquicito nomás’.  Y así hice. Un domingo, tomé un micro hasta Once, el tren hasta Morón, otro colectivo hacia la base aérea de Morón y caminé tres cuadras”.

Uno de los rasgos distintivos de estas crónicas de Uhart es su transparencia, la forma en que se articulan las distintas formas del habla con la experiencia abierta de quien las narra, una cronista que no oculta nada y decide mostrar no solo hallazgos, sino también pequeñas frustraciones.

Uno de los rasgos distintivos de estas crónicas de Uhart es su transparencia, la forma en que se articulan las distintas formas del habla con la experiencia abierta de quien las narra, una cronista que no oculta nada y decide mostrar no solo hallazgos, sino también pequeñas frustraciones: “Cuando terminé la clase estaba descontenta. Hacían un silencio tan elocuente como el de la asamblea espartana que ponderaba las hazañas de los héroes de guerra: cuando llegaba a un cobarde, lo cubría un silencio oprobioso”. Una experiencia transparente, en que los pensamientos se dejan caer para luego recuperar el traqueteo del viaje: a los rincones íntimos de las casas, también a los museos, las ferias, los hoteles de provincia, los cafés donde no hay café. En todos estos lugares Uhart conversa; lo hace con naturalidad, sin mayores preámbulos, en plazas, cocinas y tiendas. También se aleja, se borra, se va de pronto, como dice en una de sus crónicas, “silbando bajito”.

“Todo lo que se exhibe o se expone en la escritura –o en el pensamiento que se le da al narrador– debe estar hecho desde la observación y la especificidad de los hechos”, enseña en sus talleres. Y así lo hace ella, de manera directa, desprejuiciada. La observación aquí tiene sobre todo como objetivo fundamental las cosmovisiones expresadas en la materialidad del lenguaje. La suya es una escritura que desarticula las formas y los significantes, lo preconcebido, lo normalizado, en una interrogación persistente, incluso obsesiva, sobre el habla y la presencia o ausencia del otro en el habla: este último giro lo vemos en grandes cuentos suyos como “Querida mamá”, en que la narradora destina una carta henchida de dolor, experiencia y significación, a su madre ya muerta.

La mirada de Uhart es antigua, sabia, pero sabe presentarse como hallazgo de algo nuevo, como contacto infantil con el mundo. Escribe la crítica argentina Nora Avaro sobre Uhart: “La viajera anda y observa sin postulados, sin sospechas, sin supuestos porque entiende (…) que hay mucho que aprender de aquello que se ignora: de una ciudad completa y de una habitación, de una mesa de luz y de un monseñor, de un mercado, un remisero, un cartel que publicita mortadela, una pérgola, un busto de plaza y hasta de unos alemanes”. La trayectoria de Uhart es un festín de hallazgos de este tipo. En su literatura todo es posibilidad, apertura hacia lo otro, lo desconocido. Y es así como cierra la crónica “La selva de Lima”, en De aquí para allá: “Hay un cuento del escritor peruano Daniel Alarcón en el que plantea que la mayor dificultad de los guerrilleros en la selva no fue la lucha, que era escasa, los enemigos eran el calor, los bichos, la larga espera cuando estaban incomunicados, que era casi siempre, escuchando ruidos desconocidos. Yo para eso iría a la selva, para escuchar ruidos nuevos y desconocidos”.

 

De aquí para allá, Hebe Uhart, Adriana Hidalgo Editora, 2016, 183 páginas, $27.900.

About the Author

 

Leave a Reply