El tejido social dentro del espacio digital

¿Qué rol jugaron las redes sociales en el estallido social? ¿Cómo contribuyeron a la organización de las protestas? ¿Qué formas de apropiación ciudadana y de significación podemos encontrar en estos espacios? Son las preguntas que dejaron las manifestaciones de octubre de 2019 y las que vinieron después, las que, en pleno siglo XXI, siguen sorprendiendo por su espontaneidad y falta de liderazgo, es decir, las mismas características que se le atribuyen a las propias redes sociales. Aunque es difícil reflexionar sobre un fenómeno en movimiento, es evidente que sobrepasa los marcos teóricos utilizados por las ciencias sociales y las humanidades.

por Carolina Gainza I 5 Octubre 2020

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El 25 de noviembre del 2019 #LaMarchaSorpresa era el trending topic en Twitter, con 38.000 tuits. Nadie sabía dónde sería ni a qué hora; la información se transmitía por mensajes internos entre los usuarios de esa red. En un mes, quienes participamos en manifestaciones habíamos aprendido que para burlar el control de Carabineros era mejor comunicarse por mensajes privados. Las calles, pero principalmente los centros comerciales, de repente se vieron invadidos por reuniones, en apariencia espontáneas, de personas protestando. En un fluir constante, este llamado en las redes se movía al lugar físico de estos malls, símbolos del modelo económico, y luego volvía a las redes a través de imágenes, mensajes, videos y otras formas de registro y comunicación.

En marzo llegó la pandemia y junto con encerrarnos forzadamente en nuestros hogares para no contagiarnos, también nos obligó a entrar aceleradamente en los mundos digitales. No solo tuvimos que adecuarnos a la educación online y el teletrabajo, sino que también tuvimos que reinventar la vida social, ahora cada vez más mediada por plataformas. La acción colectiva también se adecuó de alguna manera a la realidad digital: a través de manifestaciones online, viralización de imágenes y videos, instalación de hashtags, la ciudadanía se las arregló para mantenerse organizada políticamente. La cantidad de procesos de apropiación de las tecnologías digitales en estos espacios, así como en otros, como el arte, han configurado formas de cultura digital que seguramente serán tema de investigación y debate por muchos años.

“Esta generación tiene la revolución, con el celular tiene más poder que Donald Trump”, dice una canción de Mon Laferte lanzada unos meses después del 18-O. En efecto, si retrocedemos a los inicios de las manifestaciones, encontramos que el detonante, como ya sabemos, fue la evasión del pasaje del metro. ¿Cómo se coordinaron estas acciones? Estudiantes de liceos emblemáticos se organizaron a través del posteo de imágenes en Instagram, una de las redes sociales favoritas entre los adolescentes. Es interesante que el lenguaje de la imagen sea el que convoque, quizás el código predominante entre las nuevas generaciones, observable en sus cuentas en redes sociales y sus comunicaciones a través de servicios de mensajería, como Whatsapp y otros. Lo que partió como eventos aislados organizados por algunos descontentos se extendió de forma viral, como ocurre con las comunicaciones en las redes sociales: #ChileDespertó se volvió el hashtag del momento.

Con todo, se le ha prestado poca atención a las redes sociales como espacio de creatividad en el “despertar” chileno. Durante la pandemia, a pesar de la profundización de brechas digitales (tema que prácticamente no se ha abordado de forma seria) las redes sociales fueron utilizadas como espacios donde difundir información, instalar temas de debate público e interpelar autoridades de forma directa. Aunque las redes se utilizan para organizar acciones, expresar opiniones, transmitir mensajes y producir conversaciones a través de textos, imágenes, memes y gifs, un número no despreciable de analistas las miran con desprecio, como formas “light” de ejercicio ciudadano y democracia, donde no existe debate ni deliberación.

Quienes insisten en denostar las formas de comunicación en redes sociales utilizadas por los sujetos y movimientos, como espacios débiles e ineficientes, simplemente no quieren ver que frente a una esfera pública institucional que ha sido cooptada por los intereses de las élites, los movimientos actuales abren otros espacios, por supuesto no limitados solo a internet, que les permiten hacerse visibles.

¿Pero por qué no estudiar estos nuevos espacios tratando de entender sus particularidades?

Quizás el aparente desorden que observamos en las formas de organización en las redes obedece a que las acciones que ahí se desarrollan no se ajustan a los marcos interpretativos tradicionales desde los cuales se aborda el estudio de las formas de acción colectiva, la subjetividad, la participación política o, incluso, las formas democráticas y el ejercicio ciudadano. Pero de pronto este aparente “desorden” permite vislumbrar un horizonte de posibilidad más allá de lo existente.

Las Tesis

Bastante se ha dicho ya sobre Las Tesis, pero no podemos referirnos a los usos de las redes sociales y las tecnologías digitales durante el estallido sin abordar el impacto que causó este colectivo. El jueves 28 de noviembre comencé a recibir invitaciones en mi Whatsapp para unirme al grupo Las Tesis. No sabía bien de qué se trataba, solo que era para organizar una intervención pública. Como en esas semanas estuve siguiendo varias actividades que utilizan las tecnologías digitales como medio de organización, me uní a través de un enlace enviado por una amiga. Entré al grupo y observé una red de solidaridad en la cual se iban tejiendo acciones que, al día siguiente, se trasladaron a varios puntos de la capital. En unas horas se extendieron a diversas ciudades de Chile y otros países. Vimos videos de miles de mujeres realizando la performance de Las Tesis en México, Argentina, Francia, Bolivia, Colombia, Alemania, España, Turquía, Puerto Rico, Kenia, Bélgica, Japón, Brasil y Estados Unidos, hasta que perdimos la cuenta de las ramificaciones y apropiaciones de una propuesta estética y política feminista que se transformó en una estética viral. Incluso, es posible postular que en estas ramificaciones se pone en juego un nuevo orden, no solo de lo político sino de lo estético, donde las tecnologías juegan un rol importante en cuanto vehículo de los mensajes y puesta en escena.

Parte del movimiento que presenciamos en octubre del 2019 y los meses posteriores, incluso hasta ahora en las campañas en torno al plebiscito por venir, se puede narrar, en parte por supuesto, a través de nuestras navegaciones por las redes sociales y los mensajes que intercambiamos en grupos de diversos sistemas de mensajería, como Whatsapp, Telegram o Signal. Las tecnologías alimentan nuevas narrativas y estas, a su vez, pululan y ocupan los espacios tecnológicos. Distintas formas de expresión, significación y comunicación se están desarrollando en esos espacios, que escapan a los marcos teóricos utilizados en las ciencias sociales y las humanidades. Antes de tratar de hacer encajar estas prácticas en las teorías existentes –muchas funcionan como camisas de fuerza–, prefiero ejercer la observación de una etnógrafa, participando de ellas, y presentar algunas reflexiones sobre un fenómeno actualmente en movimiento y, por lo tanto, difícil de fijar y teorizar.

Estamos ante un mundo que parece escabullírsenos, y como señala Franco “Bifo” Berardi en su libro Futurabilidad, “esta locura es la precondición de la creación de sentido”. La sensación de locura y descontrol que percibimos en el estallido social chileno es una reacción frente a la pérdida de sentido colectivo en la sociedad contemporánea, que se expresa a través de una lucha frente a la alienación de vivir en una sociedad organizada en torno a la competencia y la individualidad.

Hemos sido capaces de construir redes de solidaridad, como las llama Manuel Castells, inventando nuevas formas de acción que vinculan lo real y lo virtual, borrando incluso la distinción entre estas dos esferas. ¿No consiste en esto la ciudadanía, en la capacidad de invención de los sujetos, de ser capaces de apropiarse creativamente de los mecanismos que parecen ser de uso exclusivo del poder?

Autores como Alain Touraine, Adela Cortina y Manuel Antonio Garretón, entre otros, han analizado por años la crisis de la modernidad, las democracias liberales, la transformación de las identidades y las formas de ciudadanía. A pesar de las diferencias en las aproximaciones teóricas, ha existido un debate sobre el cambio en las formas políticas, sociales y culturales, asociado a la globalización y el debilitamiento de las instituciones modernas, evidenciándose una crisis de representación y un fuerte componente cultural, antes que político, en los movimientos sociales. La democracia, señalaba Touraine en su publicación de los 90 ¿Podremos vivir juntos?, “fue definida como la buena sociedad, la que hace de sus miembros ciudadanos y los protege contra la arbitrariedad del poder y los intereses de los poderosos (…) es esta concepción política de la sociedad la que se ha desvanecido”.

En este desvanecimiento, Touraine apela a una democracia cultural, donde es necesario reconocer y fomentar el diálogo entre proyectos de vida diversos. Podríamos decir que los estallidos sociales y culturales, en diversas partes del mundo, se deben a las crisis mencionadas. Sin embargo, pocos han puesto atención a la relación entre las tecnologías digitales, fundamentales en la configuración de las contemporáneas redes de poder, y las formas de apropiación de las tecnologías, que permiten generar espacios desde donde ejercer ciudadanía, visibilizar proyectos y construir espacios de deliberación y solidaridad con otros actores. Si miramos la historia, toda nueva tecnología ha generado temor e imaginarios monstruosos en torno a la degradación de los vínculos humanos. Quienes insisten en denostar las formas de comunicación en redes sociales utilizadas por los sujetos y movimientos, como espacios débiles e ineficientes, simplemente no quieren ver que frente a una esfera pública institucional que ha sido cooptada por los intereses de las élites, los movimientos actuales abren otros espacios, por supuesto no limitados solo a internet, que les permiten hacerse visibles.

Esta reacción nos remite al debate desarrollado en la Escuela de Frankfurt a mediados del siglo XX, con Adorno y Horkheimer como puntas de lanza, respecto al efecto que provocaban las tecnologías de la imagen y las industrias culturales en la población, convirtiendo a los colectivos en una masa alienada. A esto responde Walter Benjamin, y luego la tradición de los estudios culturales en diversas partes del mundo. En América Latina, vale la pena mencionar a Jesús Martín Barbero, quien puso atención a los cambios en la percepción, los mecanismos de apropiación y las mediaciones construidas por los sujetos en su relación con las tecnologías.

Si los mecanismos de mediación que introducen las tecnologías digitales y sus redes han cambiado la organización de los movimientos sociales, ¿por qué no habrían de influir, entonces, en la configuración de la democracia y de nuevos espacios de participación?

Una de las cuestiones que hemos podido presenciar en diversas formas de acción colectiva desarrolladas en Chile en este año, desde el 18-O, y quizás de forma más patente durante la pandemia, es que no somos pasivos frente a las tecnologías. Hemos sido capaces de construir redes de solidaridad, como las llama Manuel Castells, inventando nuevas formas de acción que vinculan lo real y lo virtual, borrando incluso la distinción entre estas dos esferas. ¿No consiste en esto la ciudadanía, en la capacidad de invención de los sujetos, de ser capaces de apropiarse creativamente de los mecanismos que parecen ser de uso exclusivo del poder?

Lo que yo veo, por el contrario, son nuevas formas que se conectan a través de estructuras de redes extendidas, que han estado presentes en muchos otros movimientos alrededor del planeta en las últimas décadas y que se mueven, armándose y dispersándose como enjambres de pájaros. En esto hay un ejercicio de creatividad, una estética, una potencia que no seremos capaces de comprender si seguimos invisibilizándolas o denostándolas porque no encajan en nuestras preconcepciones teóricas.

Ciudadanías digitales

Desde las ópticas tradicionales, se observa una amalgama de individuos sin forma y sin liderazgos. Lo que yo veo, por el contrario, son nuevas formas que se conectan a través de estructuras de redes extendidas, que han estado presentes en muchos otros movimientos alrededor del planeta en las últimas décadas y que se mueven, armándose y dispersándose como enjambres de pájaros. En esto hay un ejercicio de creatividad, una estética, una potencia que no seremos capaces de comprender si seguimos invisibilizándolas o denostándolas porque no encajan en nuestras preconcepciones teóricas.

Es cierto que no debemos perder de vista la crítica al sistema tecnomediático que nos rodea, en manos de una élite tecnológica, pero resulta igualmente urgente poner atención a estos espacios de invención ciudadana. Las personas somos afectadas por esta tecno-élite y alimentamos todo el tiempo sus algoritmos, pero por otro lado hace falta mayor investigación sobre cómo las personas se convierten en ciudadanos digitales a través de la creación de redes de colaboración que permiten vislumbrar otros proyectos, que construyen formas autónomas a través de la invención de redes y espacios de sociabilidad.

Los ciudadanos digitales del siglo XXI parecen tener una tendencia a saltarse todas las formas de mediación instituidas hasta ahora: políticas, sociales, culturales y económicas.

¿Es posible, y deseable, aferrarnos a las formas de mediación que conocíamos?

Creo firmemente que no, porque significaría desconocer la mutación que han sufrido nuestras sociedades y sus sujetos, y que hoy experimentamos en Chile. Más bien, pienso que hay que poner atención a qué formaciones están surgiendo de este movimiento, donde, seguramente, se reorganizarán algunas y otras nuevas van a aparecer.

Quizá llegó el momeno –insoslayable– de poner atención a esos modos de conocimiento inscritos en las redes digitales, y dejar que salgan a la luz en sus propias y nuevas expresiones. Como señala Alessandro Baricco en The Game, “sigo coleccionando anotaciones y bocetos en los cuales me atrevo a poner nombres y sitios”. Un mapa de la condición digital, a ciegas por ahora; iluminado en el futuro a través de nuevas estructuras y modos de vida que hoy están en construcción. Así como los ciudadanos digitales inventan nuevas formas de acción colectiva, debemos crear nuevos conceptos que nos guíen en la lectura y comprensión de las posibilidades ya abiertas, sus contradicciones y desafíos, tanto a nivel local como global.