La impaciencia

De Albert Camus y Virginia Woolf hasta Susan Sontag y Rebecca Solnit, este ensayo indaga en la noción de obediencia del paciente ante el médico. A partir de los años 60 la situación empezó a cambiar, si bien todavía sobreviven médicos que procuran enfermos y enfermas dóciles, médicos a quienes les irritan los pacientes que piden segundas opiniones y hasta aprenden la lengua de su biología. Pero como dice Lina Meruane, “ser un enfermo entendido e impaciente es una de las condiciones de la sobrevivencia cuando los gobiernos propician que cada uno se salve como pueda”.

por Lina Meruane I 14 Septiembre 2020

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1) Los pacientes ya no son lo que fueron, la impaciencia es ahora su modo y estos son sus verbos. Desconfiar. Inquirir. Refutar. El impaciente se resiste a la salud como dogma. Ya no acepta la verdad única sobre su cuerpo, rechaza el lenguaje incomprensible que lo describe y aquellos remedios que resultan peores que su enfermedad. Es un paciente activado en la gestión de su propio devenir.

2) El cuerpo es el lugar de los síntomas, esos signos secretos mediante los cuales nuestro organismo expresa sus contradicciones. Y aunque somos nosotros quienes los experimentamos o los sufrimos, no siempre hemos sabido decodificarlos y por eso hemos delegado en otros lectores, entrenados en esas señales, la tarea de descifrarnos mientras nosotros guardamos un atento y esforzado silencio.

3) No siempre fue el médico ese lector preferente de la enfermedad. Antes de que su rol se validara y se institucionalizara, los expertos del síntoma eran los representantes de la divinidad. Sus interpretaciones estaban atadas a las ficciones de la fe y al ejercicio de una moral muy a menudo punitiva.

4) Desconocido el mecanismo de contagio, ellos solían (aún suelen) empeorar las cosas: en los años de la peste negra (o bubónica) y de la peste blanca (o tísica) no faltó párroco que llamara a sus fieles a congregarse para honrar a Dios besando uno tras otro las imágenes sagradas, agudizando la transmisión y la muerte de manera exponencial.

5) Esas disposiciones y otras recomendaciones ineficaces irían erosionando la autoridad diagnóstica y paliativa de la religión, pero fue el auge de la ciencia lo que acabó validando al médico como lector, intérprete y efectivo gestor de la cura. Esa legitimación fue paulatina: todavía en el siglo XIX seguía en vigencia la antigua teoría miasmática que postulaba el aire contaminado como origen de todos los males (su expresión era la fetidez) y se hacía burla de aquellos científicos capaces de pesquisar microorganismos bajo un lente. Sus hallazgos diferían radicalmente de los preceptos hipocráticos impuestos desde la academia como verdad irrefutable.

6) Resulta sorprendente el acto de fe que exigían tanto la religión como la medicina en los asuntos del cuerpo. Los enfermos eran llamados (todavía lo son) a aceptarlos aun cuando contradijeran sus intuiciones y contrariaran sus deseos.

La ciencia destrona a la superstición en las postrimerías del siglo XIX, cuando por fin se disipan los aires de la teoría miasmática y surge un nuevo paradigma basado en la observación microscópica de los gérmenes. Es entonces que se instala en el ima­ginario social (y por qué no decirlo, en la realidad) la fuerza diagnóstica del doctor, su certeza predictiva, su autoridad discursiva.

7) La literatura del siglo XX da cuenta de esta tensión. Pongo por caso la crítica que elabora Virginia Woolf en una novela de 1925: La señora Dalloway presenta las reflexiones de una señora londinense que, al igual que tantas mujeres de su clase y de su generación, sufre de extraños males femeninos alentados por una casta de médicos que concebía, por conveniencia económica y convicción ideológica, a las mujeres de la clase alta como “enfermas” y a las de la clase trabajadora como sanas pero “enfermantes”. En la novela, las señoras aceptan esos diagnósticos que las mantienen en casa y en cama, más aburridas y atormentadas que otra cosa. Pero es aún más angustiosa la situación de Septimus, un veterano de guerra que ha perdido la razón. Su joven esposa italiana es quien lo cuida y quien lo lleva a la consulta de dos médicos sucesivos, insistiendo en que Septimus está gravemente enfermo. El primer doctor es un médico general, experto apenas en resfríos y otros males menores, y sin saber qué cosa es el trauma, negando su existencia, criticando las “extravagancias” del veterano, repite una y otra vez que “no tiene nada serio” o “de qué preocuparse”, que simplemente debe distraerse y dejar de conversar consigo mismo. Sobre todo debe comportarse como hombre en vez de avergonzar a su mujer, que no está preocupada por la masculinidad de su marido, o tal vez un poco, porque toda enfermedad se piensa como debilidad y lo débil es, en esos tiempos, un signo de lo femenino. Lo que verdaderamente le preocupa a ella es la salud de él, su intuición de que el family doctor está completamente equivocado. Por eso lleva a Septimus a ver a un segundo médico que resulta ser un temible especialista de esos que recién empiezan a aparecer en el horizonte de la medicina, y este, sin prestarle atención ni considerar su situación, diagnostica un mal sin nombre y prescribe su internamiento solitario en una costosa clínica de la cual es dueño. No importa que ella cuestione esta medida que la excluye del cuidado ni que tampoco la acepte Septimus: ese médico es inmune a las razones de los afectados. Conclusión: en un ataque sicótico detonado por la idea de que vienen a llevárselo, Septimus se lanza por la ventana para escapar del destino que le impone la ciencia.

8) Ninguno de estos médicos autoritarios se detiene a escuchar al enfermo ni menos a quien lo cuida, sobre todo, pienso, porque quien explica el caso, quien se niega a consentir la terapia, quien se queja cuando se lo permiten, es una mujer. Virginia Woolf conocía estos protocolos: sufría de un desconocido desorden siquiátrico y había consultado con múltiples médicos que le habían prescrito, con no poca soberbia, una serie de soluciones equivocadas, desde guardar reposo y suspender la escritura hasta arrancarle algunas muelas para disminuir la presión cerebral que estaría causando sus crisis. Esa ineficiencia y esa desafección es la que Woolf traslada a su novela años antes de suicidarse.

9) Pero La señora Dalloway es mucho más que una ficción con tintes autobiográficos. Woolf urde en ese libro una denuncia que, adelantándose a las sofisticadas formulaciones teóricas de Michel Foucault, acusa a la salud como extensión ideológica del proyecto colonial. En las páginas menos novelísticas (las más ensayísti­cas) del libro, expone las dos premisas de la medicina británica: el “culto a la Proporción”, es decir, al orden ciudadano, al control del disenso, y la imposición, “más formidable y severa” y hasta violenta de la “diosa Conversión”, que opera confinando aquellos cuerpos que no se ajustan al sistema de creencias del imperio.

10) Se escribe la denuncia pero aparece como re­flexión: demorará en narrarse la protesta ciudadana.

11) Es por la razón pero sobre todo por la fuerza que se acallan los primeros brotes de impaciencia de los pacientes. Pienso en un breve episodio descrito por Albert Camus donde la gente más pobre de Orán ha quedado dentro del cordón sanitario sin posibilidad de escapar hacia zonas menos contaminadas: el desconsuelo y la ira pronto surgen en los rayados de los muros, en los lemas que se oyen en las calles. “¡Pan o aire fresco!”. Son duramente reprimidos por las fuerzas policiales y no se vuelve a decir nada al respecto.

12) Releyendo, en estos días pandémicos, ese clásico contemporáneo que es La peste (1947), me centro en el privilegiado punto de vista del protagonista, un médico desorientado por los síntomas epidémicos. El doctor Rieux no logra determinar si lo que afecta a las ratas y luego a hombres y mujeres es un nuevo brote del cólera o el retorno de la peste medieval. Esa epidemia (que los críticos leyeron como alegoría del nazismo y que yo elijo examinar sin recurso a la metáfora) no corresponde con exactitud ni a una ni a otra: los síntomas se traslapan y se trenzan con la neumonia haciendo colapsar toda posibilidad diagnóstica. Rieux reconoce que no puede ni leer apropiadamente ni menos medicar, y a pesar de eso, o tal vez debido a eso, impone los mandamientos confinatorios dictados por el gobierno francés en su colonia africana. No objeta nada, Rieux, no pone nada en cuestión, tampoco escucha.

13) La ciencia destrona a la superstición en las postrimerías del siglo XIX, cuando por fin se disipan los aires de la teoría miasmática y surge un nuevo paradigma basado en la observación microscópica de los gérmenes. Es entonces que se instala en el ima­ginario social (y por qué no decirlo, en la realidad) la fuerza diagnóstica del doctor, su certeza predictiva, su autoridad discursiva; el médico usurpa el lugar sagrado del religioso en los saberes del cuerpo y pacta con las instituciones del poder prodigando normas de higiene que coinciden con las de buena moral y recto comportamiento ciudadano. El médico adquiere un poder (objetivo) que le permite prescindir del relato (subjetivo) del paciente de quien se espera obediencia. No hace falta decirle por qué sufre ni a qué corresponden sus síntomas ni cuál es su prognosis ni cuánto tiempo le queda. No se le dice si está muriendo ni de qué. Los médicos hacen y deshacen y deciden sin consultarle.

El cuerpo es el lugar de los síntomas, esos signos secretos mediante los cuales nuestro organismo expresa sus contradicciones. Y aunque somos nosotros quienes los experimentamos o los sufrimos, no siempre hemos sabido decodificarlos y por eso hemos delegado en otros lectores, entrenados en esas señales, la tarea de descifrarnos mientras nosotros guardamos un atento y esforzado silencio.

14) En un ensayo literario que es también memo­ria, la ensayista esta­dounidense Rebecca Solnit relata los últimos tiempos del alzhéimer de su madre y su propia experiencia de cáncer. En The Faraway Nearby (2013), Solnit escribe agradecida del afecto y la consideración que ha recibido de parte de un personal médico ya transformado por una “revolución en el cuidado” que empezó a ocurrir, dice Solnit, tras las “revoluciones antiautoritarias” de los años 60, así como de la “revolución de los pa­cientes que insistieron en su derecho a estar plenamente informa­dos y a participar en las decisiones sobre sus cuerpos”.

15) Es cierto que abundan esos médicos atentos, pero ese no es el punto sino la transformación a la que Solnit apunta. Porque sobreviven todavía los médicos que procuran pacientes dóciles, médicos altaneros a quienes les irritan las pacientes impacientes: la que se rehúsa a comportarse como tal, la que pregunta, pide exámenes adicionales o segundas opiniones, la que estudia su caso clínico y aprende la lengua de su biología y que se niega a seguir el tratamiento. La impaciente que desobedece para obedecerse a sí misma. Esa rebelde se materializa en la ya difunta figura de Susan Sontag, a quien su impaciencia salvó. En 1974 no aceptó el diagnóstico terminal que había recibido: exigió un tratamiento de quimioterapia que pudo matarla y se hizo extraer no solo la mama sino los músculos del pecho y hasta del brazo. Esa odisea le aseguró 30 años que ella aprovechó para escribir una serie de libros emblemáticos, entre los que se cuentan dos ensayos esenciales sobre las metáforas de la enfermedad.

16) En La enfermedad y sus metáforas (1978), al que siguió Las metáforas del sida (1988), Susan Sontag examina los usos perniciosos del lenguaje que se les imponen a los enfermos haciéndolos y haciéndolas responsables de sus males, estigmatizándolos socialmente, incidien­do en las políticas que se establecen para ayudarles o negarles toda ayuda. Sontag se propuso alertar a los lectores de las consecuencias reales que tiene el len­guaje metafórico, sea literario, sea oficial, y entregarles herramientas críticas para combatir la opresión del mismo sistema que ha­bía descartado su vida de antemano.

17) Si su primer ensayo examinaba la histórica mutación de las metáforas, el segundo se centraba en la denuncia contemporá­nea: eran los años 80 y en las grandes y peque­ñas ciudades del planeta había miles de personas rechazadas y abandona­das, muriéndose de sida.

18) Es entonces que emergen los impacientes como actores políticos decisivos. Cientos de hombres y decenas de mujeres se saben sentenciados a muerte por la sociedad, comprenden que sus vi­das dependen de que se ayuden mutuamente y se eduquen en su propio virus, que activen estra­tegias de desobediencia civil y se hagan notar con protestas y performances que convoquen a la prensa; esos impacientes reclaman recursos estatales para desarrollar vacunas y apurar los protocolos. Proclamando su estatuto ciudadano y sus derechos humanos demandan ser atendidos y cuidados como personas enfermas, en vez de inculpados por la orientación de su deseo.

19) Porque ser un enfermo entendido e impaciente es una de las condiciones de la sobrevivencia cuando los gobiernos propician que cada uno se salve como pueda, mientras los Estados se ocupan de mantener los ideales de moral o los mandatos de la economía. La respuesta impaciente no es nunca una respuesta solitaria sino colectiva, crítica, consciente del derecho a la vida y decidida a exigirla.