Preguntas ante nuestra nueva cotidianidad digital

Dos aspectos estructurantes de nuestra vida en sociedad, como son la educación y el trabajo, se han movido al mundo online a una velocidad insospechada desde que se declaró la pandemia. ¿Qué consecuencias y desafíos traerá, en el futuro próximo, esta aceleración de lo digital? ¿Qué transformaciones vendrán en el plano de la subjetividad, la afectividad y la forma de comprender lo real?

por Carolina Gainza y Carolina Zúñiga I 15 Septiembre 2020

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No más beso o dar la mano al saludarse. No más abrazos. Mantenerse a más de un metro. No salir a las calles. No tomar medios de transporte colectivos. No más visitas al cine, teatros, librerías y museos. ¿Cómo la limitación del contacto físico y el encierro afectarán nuestra vida, tanto colectiva como individual? ¿Cómo cambia nuestra vida cuando lo digital se convierte en la vía principal para comunicarnos? ¿Qué ocurre cuando lo virtual efectivamente se vuelve nuestra “realidad”, desvaneciéndose la separación entre lo real y lo virtual?

El discurso dominante establece que la urgencia del momento tiene que ver con medidas sanitarias. Sin embargo, no hay que perder de vista que el impacto del virus es multidimensional y, por lo mismo, ha entrado con fuerza en el debate público la necesidad de abordar los aspectos sociales, políticos, económicos y culturales que plantea esta coyuntura, especialmente para el futuro. Es posible identificar que el traslado masivo de nuestras actividades al plano digital, pro­ducto de las medidas de distanciamiento físico, impacta en el ámbito de las acciones públicas (lo colectivo) y privadas (lo íntimo), donde, además, ambos planos se entrecruzan, como cuando en una videollamada se vislumbra el espacio privado de los otros.

Lo digital nos atraviesa

La vida digital no es tener una doble vida. Lo que llamamos “real” en todo momento está atravesado por lo digital. La brecha tecnológica hace patente la falta de ese elemento de lo real en la vida humana: aquellos que no poseen acceso suficiente a dispo­sitivos electrónicos o a internet quedan, de alguna manera, fuera de un aspecto de la realidad en la que vive gran parte de la humanidad hoy en día. Esta brecha también tiene que ver con las habilidades para procesar información y nuevas formas de aprendizaje para utilizar las tecnologías creativamente, aspectos relacionados con la alfabetización digital. Esto se hace aún más visible hoy, cuando las actividades se trasladan al espacio digital, desde las clases escolares y universitarias hasta los afectos.

Dos aspectos estructurantes de la vida en sociedad, como son la educación y el trabajo, se han movido al mundo online a una velocidad insospechada desde que se declaró la pandemia. Esto tiene una serie de alcances que solo se podrán calibrar en el futuro: ¿Cómo volverán las escuelas y universidades a la clase presencial? ¿Cuántos trabajos que antes se realizaban en oficinas continuarán desarrollándose online? Seguramente será una combinación de cosas, pero es muy probable que nada vuelva a ser como antes. Estamos aprendiendo que el medio digital no es igual a las formas presenciales, y que requiere comprender su lógica y su lenguaje. El mundo online ha permitido que continuemos realizando nuestras actividades cotidianas, pero no sin grandes paradojas. Esto ocurre porque, así como lo digital nos permite movilizarnos y organizar acciones conjuntas, también se ha convertido en una fuente de desigualdades sociales y territoriales.

La falta de libertad para moverse se ha compen­sado con la posibilidad de navegar en los flujos de internet. Los encuentros sociales, tales como las fiestas y celebraciones, proliferan en plataformas como Google Meet, Houseparty, Skype o Zoom, que si bien compensan la cercanía, se utilizan sin tener en cuenta los riesgos que conllevan respecto de la seguridad de los datos personales entregados. Las videollamadas disponibles en distintas plataformas nos permiten vernos, ante la imposibilidad de tocarnos. Podemos escuchar conciertos, visitar museos, ver películas y bajar libros en nuestros dispositivos. Tomamos clases de gimnasia y ensayamos recetas de cocina a través de videos de YouTube o Instagram Live. En redes sociales podemos asistir a charlas con escritores y analistas de diversos ámbitos. La banda ancha no estaba preparada para la “cultura de la virtualidad real” como la llamó Castells en su ya clásico La era de la información (1997). Internet comenzó a colapsar, y los gobiernos han tenido que tomar medidas para asegurar la conectividad.

En esta entrada masiva a lo digital existen peligros, como han señalado varios autores en sus últimas co­lumnas sobre la pandemia: un empoderamiento mayor de los gigantes tecnológicos (Néstor García Canclini), que ya están haciendo acuerdos con los Estados para construir “un futuro permanente y altamente rentable sin contacto” (Naomi Klein), donde nuestros datos y nuestra privacidad son capitalizados y nuestros movimientos controlados y trazables. Seguramente tendremos que pensar políticas públicas no solo enfocadas en desarrollar tecnologías e inteligencia artificial, sino también abordar el acceso a estas como un derecho, la protección de los trabajadores en contexto de teletrabajo y reforzar el derecho a la privacidad de las personas.

Sin embargo, también surge una oportunidad. Como ha señalado Jean-Luc Nancy, en el aislamiento al mismo tiempo se genera un sentido de singularidades compartidas, donde la comunicación a través de las redes tecnológicas puede representar una oportunidad para imaginar formas de intercambio que fortalezcan la idea de comunidad. De esta manera, el énfasis en el uso y la apropiación de las tecnologías no debiera estar solo dirigido a desarrollar competencias; es fun­damental mirar aquellos lugares de empoderamiento ciudadano y fomentar un uso crítico y consciente de las tecnologías por parte de la población.

En esta entrada masiva a lo digital existen peligros, como han señalado varios autores en sus últimas co­lumnas sobre la pandemia: un empoderamiento mayor de los gigantes tecnológicos (Néstor García Canclini), que ya están haciendo acuerdos con los Estados para construir “un futuro permanente y altamente rentable sin contacto” (Naomi Klein), donde nuestros datos y nuestra privacidad son capitalizados y nuestros movimientos controlados y trazables.

Remediaciones de lo cotidiano

En este período la percepción del tiempo y la vivencia del espacio doméstico parecen haberse transformado en un loop continuo de días. El calendario se rearmó sobre la base de necesidades vitales, donde a los gastos básicos hoy se suma internet, lo cual, como ya men­cionamos, vuelve latente la desigualdad en el acceso a la información y la cultura que fluye por esta red.

Es en este mismo espacio del hogar donde hoy hacemos nuestra vida pública, por lo que la privacidad también se ha visto expuesta, en reuniones que hoy ocurren en nuestros dormitorios, en niños que se cruzan en conversaciones importantes del trabajo de los padres, en periodistas conduciendo noticias desde sus escritorios en casa, en el ruido del lavado de platos que se cuela en una seria discusión en una clase online. La pandemia y el aislamiento social readecuaron una separación de espacios que antes se daba naturalmente.

Por otra parte, a esta conexión digital permanente con el mundo exterior se suman nuestros afectos. Poder escuchar al otro, verlo viviendo del otro lado de la pantalla nos reconforta, ya sea en tiempo real o a través de audios, imágenes y videos. El lenguaje multimedia se transforma en una herramienta necesaria para que, ante la imposibilidad de tocarnos, podamos sentirnos cerca. No es un sustituto, por supuesto, pero sobrellevar esta pandemia sin estar conectados parece imposible, impensable, porque estas interfa­ces permiten empatizar, generar recuerdos, reírnos, discutir y reflexionar, acciones primordiales de lo que nos hace humanos. Si bien compartimos una nostalgia de nuestras vidas en libertad, de abrazos y contactos físicos, los remediamos con la ayuda de softwares, algoritmos y gigas que nos permiten estar virtual­mente comunicados. Por supuesto, acá también hay una paradoja: está latente el peligro de la vigilancia y el control biopolítico a través del almacenamiento de datos que dejan nuestras huellas digitales.

En las interacciones a través de internet mante­nemos los mismos gestos y la personalidad que nos caracteriza, pero sin corporalidad, sin la presencia física que es la que hoy nos tiene en jaque. Esta nueva cotidianidad obliga a mirar hacia adentro, cuestionando nuestras existencias y vidas automatizadas bajo formas de interacción humana que dábamos por sentado, que establecíamos como nuestra única realidad posible. Al comunicarnos sin contacto físico, sin tocarnos, sin respirar unos cerca de otros, nos volvemos inmunes al virus. Sin embargo, nuestras vidas son acechadas por otros mecanismos que pueden afectar nuestra subjetividad, convirtiendo ámbitos de la vida privada en productos transables.

En este escenario, nos vemos forzados a abrazar las oportunidades que presentan las plataformas para seguir produciendo, ahora en un ambiente de mayor flexibilidad laboral. La expansión de lo digital provoca que la productividad atraviese todos los ámbitos de la vida, con lo cual se hacen visibles nuevas caras de la explotación y precarización, cuestiones que permean y complejizan la relación con la intimidad que llevamos en nuestras casas, hoy también convertidas en oficinas. En este contexto, aquella idea de que las tecnologías digitales permitirían contar con un mayor tiempo de ocio se vuelve una falacia a la luz de la interrelación entre plataformas digitales, trabajo y vida cotidiana.

Así, nos desenvolvemos en un movimiento constante entre mecanismos que nos hacen entrar de lleno en el aparato de producción digital y, por otro, el surgimiento de formas de apropiación, donde construimos significados y damos sentido a nuestras vivencias. No somos pasivos frente a las tecnologías, las estamos resignificando constantemente, cuestión que pasa también por hacernos conscientes de sus alcances y límites. ¿Cómo cambiarán nuestros estilos de vida? ¿Qué espacios veremos surgir? Estamos inventando nuevas formas de relacionarnos en este cambio de paradigma que trastorna la dimensión de lo privado y lo público. Al verse alterados los espacios del trabajo fuera del hogar y unirse virtualmente la separación con el exterior, se vuelve necesario pensar en nuevos códigos que puedan establecer contratos sociales inéditos, aún no escritos, que permitan vincularnos desde dimensiones colectivas e individuales contemporáneas.

La realidad no es binaria, existimos en distintos niveles. Y aunque hoy la urgencia es mantenernos vivos, es necesario pensar que más allá de cuerpos biológicos somos seres sociales, políticos y cultura­les. Convivimos con otras existencias, por lo que las respuestas surgirán en las interconexiones, allí donde en nuestra condición digital y poshumana nos rela­cionamos con los otros, humanos y no humanos.