Agosto 28, 2018

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No es raro escuchar que el Chile anterior a la dictadura está sobrevalorado, pues su épica republicana solo habría implicado a una pequeña clase media ilustrada. En su ensayo El liceo. Relato, memoria, política, la flamante ganadora del Premio Nacional de Historia ilumina el punto ciego de esa crítica: aquella épica, si bien minoritaria, sostuvo durante al menos tres décadas uno de los proyectos de integración social más consistentes que puede mostrar nuestro país. Y fue en el liceo, más que en la universidad, donde pertenecer a esa nueva sociedad se transformó en una experiencia vital, en un ejercicio de imaginación colectiva.

por daniel hopenhayn

Al menos en dos sentidos Sol Serrano se priva de convertir su libro en un fenómeno editorial: aborda la historia desde una escritura desapasionada, sin más armas de seducción que la precisión conceptual, y se ocupa de un relato oficial (“el aura heroica que rodeó la figura del liceo chileno durante el siglo XX”), para concluir que nadie nos ha estado engañando: el mito, dice, “finalmente, tenía mucho de verdad”.

Era verdad que el liceo fue el espacio donde la república de Chile, para cientos de miles de chilenos, dejó de ser un concepto abstracto y tomó la forma de una “comunidad imaginada” de la que podían sentirse parte y, más aún, protagonistas. De esa experiencia subjetiva, y no de las estadísticas que haya arrojado el liceo como política pública, trata el libro de Serrano, cuya investigación se centró en desempolvar –literalmente– los archivos de liceos de distintas regiones del país: planes de estudio, discursos de aniversario, pruebas de historia, controles de lectura. Allí encontró las evidencias de un imaginario de nación que, dotando al presente de conciencia histórica y de proyección hacia el futuro, le permitió a la sociedad chilena hacer pie en la modernidad cuando sus indicadores de desarrollo recién despegaban del piso.

El liceo fue clave, además, para activar la incorporación al espacio público de las mujeres, que en 1950 ya superaban a los hombres en la matrícula.

Nos referimos, desde luego, a la visión de comunidad que promovió la clase media del siglo XX, una vez que tomó en sus manos la Cuestión Social y se propuso, en palabras de Serrano, “incorporar con mística y orden a la totalidad de los sectores al desarrollo económico y a la democracia”. Ese relato político, que terminó de cuajar entre la Constitución del 25 y la llegada al poder del Frente Popular, concibió también un nuevo modelo de nacionalismo, la pertenencia a una “chilenidad” que ofrecía dignidad a cambio de compromiso, progreso a cambio de orden.

De todo ello el liceo –como espacio académico, pero más todavía, de sociabilidad– fue el caldo de cultivo. Son sus jóvenes egresados de clase media quienes, a comienzos del siglo XX, instalan la preocupación por la cultura local y popular, influidos por el naturalismo en la literatura o por la escuela romántica en los estudios del folclor. De inmediato el liceo acusa recibo y su universalismo decimonónico empieza a dejar espacio para la mirada hacia lo propio. Más temprano que tarde, sus planes de lectura contemplarán textos en los que hablan “los obreros del carbón, las prostitutas y los hijos de ladrones”.

La hegemonía de una tradición socialdemócrata y liberal, como explica Serrano, le permitió a este nuevo actor social hacer suya toda la historia de Chile, releída desde un enfoque inequívoco: de nuestro lado, las luces de la razón moderna; contra nosotros, el oscurantismo de la vieja tradición. Así, por ejemplo, se reivindicaba la Constitución liberal de 1828, mientras los decenios conservadores eran objeto de antipatía o desdén. A partir de esa conciencia histórica, que predominaba en el cuerpo docente, fue que el liceo produjo la suya propia. En 1948, por citar un ejemplo entre muchos, el presidente del centro de alumnos del Liceo Barros Borgoño convocaba a sus compañeros a “completar la obra de la emancipación política que nos legaron los próceres de la Independencia, incorporando al patrimonio cívico de la República los beneficios incalculables derivados de la emancipación de los espíritus”.

Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, a quienes considera hijos del liceo mucho antes que de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, serán para la autora los últimos representantes de esa tradición.

Ciertamente, fue una élite de sectores medios y altos la que se educó en el liceo. La cobertura de la educación secundaria, que en 1932 llegaba al 14% de la cohorte de edad, en 1960 recién había alcanzado el 36%. No es verdad que la educación pública construya igualdad social por defecto, constata Serrano. En definitiva, la revolución del liceo fue engendrar una nueva élite, más amplia y diversa, cuyo “ethos republicano y meritocrático” desafió el modelo de comunidad heredado de la hacienda y de Portales, para oponer otro que apostaba a socializar –desde el Estado– la cultura letrada, la democracia política y, con ellas, el progreso económico.

El liceo fue clave, además, para activar la incorporación al espacio público de las mujeres, que en 1950 ya superaban a los hombres en la matrícula. De ahí que Pedro Aguirre Cerda y Gabriela Mistral –quienes, como se sabe, fueron buenos amigos– sean para Serrano las dos encarnaciones de este “relato fundante”.

El éxito de ese proyecto, sin embargo, incubó también su crisis. Ya en los años 50 empezaba a ser evidente que las expectativas y la realidad no progresaban al mismo ritmo, y que la solución a ese problema no era materia de consenso. Aquella mezcla virtuosa de liberalismo y socialdemocracia fue perdiendo consistencia: unos estaban cada vez más temerosos de la izquierda popular; otros, cada vez más dudosos de las bondades del reformismo.

El encanto del liceo no tardó en verse trizado. La matrícula no daba abasto para acoger a los nuevos grupos que presionaban por ingresar. Un alto porcentaje de los egresados reprobaba el Bachillerato (vía de acceso a la universidad) y el énfasis humanista de la formación cayó en tela de juicio, pues parecía desatender la realidad económica del país. Los directores de liceos se quejaban de la inaudita desproporción entre las metas que la sociedad les demandaba y los medios que tenían para cumplirlas. Mientras tanto, el protagonismo de los liceanos en el creciente movimiento social (ya habían formado federaciones con gran poder de convocatoria) y las afiliaciones partidarias de sus dirigentes (que se movían entre el centro y la izquierda) alimentaban el clamor contra la politización excesiva de los estudiantes, el proselitismo de los profesores y la decadencia académica que resultaba de las clases perdidas y la indisciplina galopante.

Resulta inevitable preguntarse si ese liceo republicano, tal como el proyecto de sociedad que lo inspiró, nacieron condenados a esa crisis; es decir, si sus ideales de igualdad social y de unidad nacional entrarían tarde o temprano en colisión.

Serrano deja esta historia en 1963, cuando la dinámica recién descrita entra en la etapa de ebullición cuyo desenlace final conocemos. Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, a quienes considera hijos del liceo mucho antes que de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, serán para la autora los últimos representantes de esa tradición, en cuyo nombre lideran la recuperación de la democracia pero ya sin poder recuperar lo demás. “Ambos representan esa conciencia histórica forjada en el liceo y con ellos concluye su vigencia”, reafirma.

Resulta inevitable preguntarse si ese liceo republicano, tal como el proyecto de sociedad que lo inspiró, nacieron condenados a esa crisis; es decir, si sus ideales de igualdad social y de unidad nacional entrarían tarde o temprano en colisión. La pregunta concierne, pues no cuesta encontrar paralelos entre el Chile de los años 50 y el actual: un país que carga sobre la educación pública una promesa de inclusión que ha caído en falta y que se debate indeciso entre la crítica radical a ese rezago y la valoración de lo avanzado. Con la diferencia, eso sí, de que hoy la educación pública también debe responder por la épica individualista que dejó el Chile posterior, el mismo que barrió con su prestigio y su relato. ¿Cabe, entre esas dicotomías, una visión de sociedad que le dé a la educación pública un espejo en el cual reflejarse, que le permita volver a ser el símbolo de un proyecto y no el de una deuda?

Como buena historiadora, Serrano retrotrae la pregunta más atrás. Su sospecha es que mal podrá surgir una idea de comunidad desde una política sin conciencia histórica, absorbida por un presente que cerró el círculo en torno a sí mismo y se tragó la línea del tiempo. Seguimos recurriendo al pasado, sí, pero en procura de memorias que refuerzan identidades particulares más que en función de una historia común “de la cual somos responsables en tanto es nuestra”. Tanto es así –observa la autora– que el sentido de pertenencia a un pasado común, despojado por la globalización de coordenadas geográficas, parece haber migrado desde los relatos de la política a los de la biología evolutiva. Y para imaginar un mundo con conciencia prehistórica, pero no histórica, afortunadamente es demasiado pronto.

 

El liceo. Relato, memoria, política, Sol Serrano, Taurus, 2018, 109 páginas, $10.000.

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