Sostener la mirada

 •  0

Enero 16, 2018

By

Trabajo de campo, antología de poemas de Jaime Pinos, incluye textos que abordan desde los primeros años de la transición a la democracia hasta el cinismo electoral y el bombardeo publicitario, pasando por la ferocidad de la violencia institucionalizada que retrata en su poema sobre “El Tila”. Una obra que recupera el aliento trágico de la vida y que conserva el espíritu crítico frente al poder.

por nicolás meneses

La obra de Jaime Pinos ha tenido un auge estos últimos dos años. La reedición de su mítica novela Los bigotes de Mustafá (1997) fue seguida por la de sus igualmente inencontrables libros de poesía Almanaque (2007) y Criminal (2003). El 2014, la editorial Alquimia publicó 80 días, un pequeño libro impreso en cartón kraft que reúne sus poemas con fotografías de Alexis Díaz, publicación que viene a cerrar el ciclo de su escritura. Fragmentos de estos tres libros, más una compilación de textos inéditos de su nuevo proyecto, Documental, conforman Trabajo de campo, la primera antología del autor compilada por el poeta ariqueño Rolando Martínez.

Para empezar a hablar de la poesía de Pinos habría que partir por Criminal, un libro que retrata la violencia institucional llevada al límite. Aquí el hablante se hace de la voz, historia y repercusión mediática que tuvo el caso de Roberto Martínez Vásquez, alías “El Tila”, también llamado “psicópata de La Dehesa”. Criminal nos enfrenta a la historia de una víctima de un sistema social escandalosamente impasible frente al abuso en sus instituciones de resguardo y rehabilitación: un niño cruelmente maltratado y abandonado que se transformó en victimario y acumuló un expediente de monstruosidad. Es la voz de ese niño devenido en adulto la que nos interpela frontalmente, con una lucidez que atemoriza, como se lee en el poema “Discurso del resentimiento”: “Que me dieron oportunidades, dicen./ Que pude ser otra cosa.// Pero si alguna vez me dieron algo/ fue la condena de crecer en el encierro”.

Así, el poemario se mueve entre confesiones, informes psiquiátricos, prontuarios y recuerdos que “El Tila” suma en su trayecto hacia el infierno. Consciente de su culpa, enjuiciado por un sistema hipócrita y acosado por una vigilancia de 24 horas en prisión, como en un thriller policial, termina suicidándose; cito del poema “Final”: “Cuatro minutos,/ según el cálculo de los forenses, tardará El Criminal en morir/ Cuatro largos minutos/ penderá de los barrotes/ antes de dejar de respirar”.

La poesía de Pinos es la parte de una película que incomoda, que jamás concluye. Es una respuesta contundente al cinismo electoral, de los profetas, de los mensajes edulcorados de la publicidad y de una realidad a veces insoportable.

La selección continúa con poemas de Almanaque, un libro que aborda los primeros años de la Concertación y el desencanto de una democracia a medias. Los poemas son las páginas de un catálogo de la indignación, la desesperanza, el asco. El rechazo generalizado de una transición política que no hizo más que profundizar y agudizar los abusos de la dictadura que impuso un modelo económico devastador. Los versos no hacen más que aflorar la rabia contra un presente que intenta borrar ese pasado de lucha a muerte que se vivió para salir del callejón sin salida en que estuvo sumido Chile. Pinos acá relata, casi en un tono de crónica, cómo se fueron asentando los valores neoliberales implantados a la fuerza y todos los coletazos que este trajo. En “Elegía” se lee: “Como vez,/ Nada ha cambiado./ Violencia Poder Dinero./ El Dictador ha muerto/ en su cama/ cuando ya no importa/ nadie recuerda o quiere recordar/ la hora de los chacales”. Pese a que se extraña el poema “Elecciones”, los textos cumplen con los requisitos mínimos de una muestra, apelando a la heterogeneidad del conjunto: notas periodísticas, cartas a amigos, fotografías difusas y versos cuya tónica es la sequedad y aspereza de una cotidianidad maldita.

La tercera sección de la antología es una muestra bastante representativa de 80 días, un libro-viaje que nace del azar. Acá el hablante es un transeúnte que recorre durante el cronómetro de Verne distintas zonas de Santiago, marcado por una cartografía sentimental de lugares bañados por una leve nostalgia. Un itinerario que solo confirma la consolidación de una ciudad pesada, hostil, rapiña. Con un registro más templado que en sus libros anteriores, impersonalizado y conciso, Pinos logra un fluido diaporama de la capital, hasta de sus espacios más inhabitables, como en el poema “Eriazo”: “Vacío de la ciudad, la maleza creciendo salvaje entre los escombros. Manchas, contornos de cuadros o de muebles, persistencia del papel tapiz sobre las paredes contiguas que aún se mantienen en pie”. Lo importante de este libro es la persistencia de Pinos a no dejar de interrogar la ciudad, aunque la visión publicitaria del consumismo caiga encima como el vuelo de los buitres.

El país devastado que Pinos mira, enfoca y registra se profundiza en la crónica de la tragedia social que de alguna manera encarnan sus libros, en ese adentrarse angustioso que lo lleva a escribir de las zonas más espinudas y dolorosas de esta “angosta faja de tierra”. La poesía de Pinos es la parte de una película que incomoda, que jamás concluye. Es una respuesta contundente al cinismo electoral, de los profetas, de los mensajes edulcorados de la publicidad y de una realidad a veces insoportable. El país que el año pasado estaba en llamas, sumido en un incendio que se inició hace mucho, como se lee en uno de los poemas de Documental, su libro inédito: “El país se quema/ ¿Quién quemó quién quema este país?/ ¿Cuándo se inició el incendio?/ El fuego se inició hace mucho tiempo aquí/ Tal vez con la bandera chilena hecha una flama/ durante el bombardeo a La Moneda/ Tal vez con la quema de libros en las calles/ durante el Estado de sitio/ Tal vez con Sebastián Acevedo como una antorcha/ en la plaza de Concepción/ Tal vez con Rojas Denegri como una antorcha/ frente a la patrulla militar que lo detuvo/ Tal vez con Eduardo Miño como una antorcha/ frente al Palacio de Gobierno”.

A pesar de que la tragedia no termina, la postura es firme y se resiste a desviar la mirada. Así lo atestiguan estos libros que marcan muchos años de escritura, una escritura que mantiene esa postura crítica lejos del lenguaje del poder. Un gesto que en su contundencia nos permite avizorar las posibilidades políticas del presente. Y tal vez apagar este incendio.

 

Trabajo de campo, La Liga de la Justicia Ediciones, 2016, 76 páginas.

About the Author

 

Leave a Reply