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El estilo de baile que nació en bares homosexuales estadounidenses de los 70 y 80 ya está en nuestro país. En realidad, ya forma parte de las rutinas de Rihanna y Beyoncé, y está en películas y series de TV. ¿Qué motivaciones e ideas hay tras este estilo? Aquí responde Mati Këller, un voguer chileno de 25 años: “Es como pegarle en la cara a toda la discriminación. El voguing es empoderarte de tu ser y pelear todo el tiempo. Pelear por quién erís tú”.

por constanza gutiérrez

El voguing nació en la década del 80, en la escena dragqueen de Harlem, Nueva York, como imitación de las poses que podían verse en revistas de moda. La historia cuenta que los homosexuales que solían bailar en clubs underground comenzaron a mirar las revistas y a imitar las poses de las modelos según pasaban la página, soñando con ser como esas mujeres privilegiadas: blancas, heterosexuales, millonarias. El estilo se hizo famoso mundialmente gracias al video de la canción Vogue, de Madonna, en 1990, y el documental Paris is burning, de Jennie Livingstone, pero para entonces el vogue o voguing ya contaba con unos cuantos años y había dejado de ser solo “posing”; se había complejizado hasta convertirse en un baile y una subcultura.

Por un lado, se trataba de un baile en el que algunos jóvenes pobres podían cumplir su fantasía de ser superestrellas, moviéndose al ritmo de la música en una danza que imitaba una pasarela: caminatas en línea recta, posturas y giros con música house de fondo (por eso su nombre, Vogue, en honor a la Biblia de la moda). Por el otro, una subcultura que daba un hogar y familia a aquellos que no lo tenían: pronto los voguers fueron agrupándose en bandas de bailarines a las que llamaron “houses” (como las casas de moda), que constituían una familia y un apoyo para quienes eran expulsados de sus casas por ser homosexuales.

Estas casas se configuraban tal como las familias biológicas tradicionales, pero sin lazos sanguíneos, en las que algún miembro cumplía una función maternal o paternal, haciéndose cargo de los jóvenes, que de otra forma serían vagabundos. El padre o la madre ejercía una figura de autoridad, los aconsejaba y guiaba, y se ocupaba de lavar, cocinar y otras labores domésticas. Al mismo tiempo, cada una de estas casas competía en balls, batallas de baile.

Actualmente existen tres estilos de vogue: old way (el estilo anterior a 1990), new way (posterior a 1990) y vogue fem (aparece a partir de 1995), y en cada una de estas disciplinas hay una infinidad de categorías para batallar: en el old way puede haber batallas solo de manos, o solo de poses, o solo baile. El video de Madonna es solo old way. Si se trata de voguin fem, entonces puede haber desfiles de moda (runway) y estos pueden ser american runway o european runway. Existen batallas llamadas “face”, en las que solo se evalúa la belleza de las caras y hay hasta batallas de reading, en las que los participantes se sientan en una silla a confrontar maliciosamente a su contrincante, y este tiene que responder rápido, agudo, como en una batalla de rap.

En Santiago

En Chile existe solo un grupo de voguers, The House of Këller. Su fundador, Mati Këller, tiene 25 años, es uno de los primeros voguer en Chile y, junto a sus compañeros de trabajo de The House of Këller organiza las únicas balls de voguing que se hacen en el país. Hasta ahora han organizado cuatro, de face, runway y también baby vogue, para la gente que recién está aprendiendo y nunca ha batallado. La primera vez estas batallas se realizaron en la Academia Urban Body Work, en Bellavista, donde Mati Këller imparte clases, y ahora se hacen en el Espacio Arte Nimiku, en Irarrázabal, de siete de la tarde a 12 de la noche, sin alcohol. “Así no hay nada que impida que lo pasemos bien e interfiera con el espacio de seguridad que tiene la gente”, dice Këller, quien actualmente imparte clases de twerk tres veces por semana. Comenzó el año pasado, con tres alumnos, y hoy hace clases a 20 personas “de todas las edades, de todos los cuerpos, todos los géneros. Mi clase no es para crear bailarines, es para crear voguers, y los voguers no necesariamente necesitan bailar ni ser flacos”.

¿Qué es el girly style?

A grandes rasgos, para que se entienda: el hip-hop es masculino, es rudo, es fuerte, tiene contraste de movimientos (rápido/fuerte), y había muchas niñas que querían tomar hip-hop, pero era demasiado masculino para ellas. Entonces acá empezaron a impartir estilos más femeninos y comerciales. Tiene muchos cortes con pelo, tirada al suelo, harta cadera, caminata exagerada, algo como Beyoncé. A eso se le llamó girly style. Este estilo existe en muchas partes, pero se le llama de diferentes formas.

Mati Këller se inició en la danza gracias a sus compañeros del restorán Chancho Seis, donde trabajaba desde antes de salir del colegio. Al ser el más joven en el equipo de trabajo, todos en el local estaban preocupados por el camino que debía tomar al terminar la educación media. Lo aconsejaban. Y fue en el mismo restorán donde, gracias a una amiga y compañera de trabajo, quien había trabajado con la bailarina Vicky Larraín, que logró realizar su primera prueba: “Me hicieron un casting en el restorán, porque la Vicky Larraín es muy crazy. Yo la estaba atendiendo, le fui a dejar su plato y me dice ‘A ver, baila’, ¡Y yo no sabía qué hacer! No recuerdo qué habré hecho, el ridículo habrá sido. Y no me dijo nada, solo ‘Te veo el viernes a tal hora’. Y fui pos. No tenía idea de nada, pero me dieron la oportunidad, así que fui. Me becaron. Así empecé”.

Pero encontrar la danza es una cosa y el lugar que más te acomoda dentro de ella otra. Después del Diplomado de Danza, Teatro Físico y Performance de Vicky Larraín, juntó algo de plata y entró al Centro de Danza Espiral, donde tomó clases de danza contemporánea, moderna y ballet. La investigación personal, por otro lado, lo llevó al taller del waacker Ángel Ceja, quien vino a Chile como profesor invitado al festival Street Dance Machine. Un paréntesis: el waacker es un estilo de baile que nació en los club LGBT de California en los 70, que se caracteriza por sus movimientos bruscos de hombros y brazos.

Mati Këller se le acercó después de la clase y, luego de un rato conversando respecto al waackin, este le dijo “¿Conoces el voguing? Investígalo, porque eso es lo que eres: un voguer”.

-Yo estaba conociendo el voguing, pero lo había visto como si fueran algunos pasos no más, como muchas personas que recién lo están conociendo. Entonces, en ese mismo evento, al finalizar, había unas batallas de baile y yo hice una presentación en la que mezclé los dos estilos, waacking y voguing, lo que sabía hasta ese momento. Y ahí caché que lo mío no era el waacking, era el voguing. Empecé a investigar, a buscar información en internet, a hablar como Tarzán en ruso, en alemán, en inglés… porque es una mafia en verdad. Todos estos estilos que son de los clubs son mafias, no hay una verdad absoluta respecto al lugar que vienen, quién lo inventó.

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¿Dirías que el voguing es más una cultura que un baile?

Sí, es un todo. Es una actitud, una forma de vida, porque viene de poder hacer todo lo que se te ha negado siempre: que no podís ser femenino si erís hombre, que no podís ser femenina si erís mujer… es como pegarle en la cara a toda la discriminación. Y tiene un baile que tiene que ver con eso también: el voguing es empoderarte de tu ser y pelear todo el tiempo. Pelear por quién erís tú. Se creó en bares gays y clubs gays, pero hoy en día hay personas heterosexuales, chicas que se sienten muy cómodas ahí, porque el ambiente es para eso, para mostrarse, para empoderarte de todo lo que erís. Sin vergüenza, sin miedo.

¿Y qué significa para ti?

Aceptar quién soy, no lo que me dijeron que era. El voguing es mi forma de vida, todo. Es interrogarme sobre cómo salgo a la calle, cómo me relaciono con las personas, cómo veo el mundo. Porque el mundo es malo, agresivo, peligroso; entonces trato de agarrar todo esto y ser fuerte. El voguing me da fuerza para seguir, para enseñar, para caminar y para querer seguir viviendo.

¿Por qué crees que revivió el voguing?

El voguing siempre ha estado ahí, solo que ahora se puso más de moda en las academias de danza de Nueva York y Los Ángeles, y los artistas han empezado a incluirlo en todos sus shows. Y todo es comercial, si los artistas comienzan a meter cosas en sus shows, los fans quieren, los bailarines entrenan para poder trabajar con los artistas, entonces… ahora se puso full moda, está en Rusia, en Corea. Rihanna tiene el anti-tour donde está Dashaun Wesley, uno de los voguers más importantes del mundo; Danielle Polanco, la coreógrafa de Beyoncé, sale bailando voguing en sus videos; la película Magic Mike… en esta serie nueva de Netflix, The Get Down, aparecen unos voguers en el penúltimo capítulo.

¿Quiénes practican el voguing en Chile? ¿Hay una clase social que esté más presente?

A pesar de que todos pueden bailar, en el baile se nota tu historia, que es lo más importante. Se nota el sufrimiento, las ganas de querer ser alguien. Tu baile lo dice todo. Hay gente que está acostumbrada a tener un privilegio de poder estar en cualquier lugar sin que lo cuestionen y otra que solo tiene ese espacio para dar la vida, porque afuera no puede hacerlo, y eso se ve cuando estás bailando, cuando alguien está bailando y se ve que está cómodo ahí, cómo se muestra en el escenario, cómo disfruta el bailar. Hay gente que está acostumbrada a ser siempre figura, entonces eso se ve bailando. Siempre, siempre, siempre, la persona que más sufre, la más pobre, es la que baila mejor. Sorry, jaja. Es la que tiene más elementos y fundamentos para poder mostrar. No quiero decir que la gente que tiene otro nivel económico no pueda bailar, pero si sabes mostrar tu historia y sabes comunicarla, aunque no sea algo estudiado, se nota mucho. Eso es lo que se nota en las batallas: tengo que saber lo que te está pasando. No tienes que decírmelo, tienes que sentirlo.

¿Tienes alguna motivación extra para dedicarte al voguing, algo así como un ideario?

Sí. Siento que el voguing te enseña a aceptar quién erís. Quizás yo ya pasé esa barrera del prejuicio conmigo mismo, con mi cuerpo, con cómo me comporto frente a las personas porque me pueden criticar por ser femenino, porque ando masculino, porque tengo un zapato rosado. Y esas cosas que son banales para algunas personas, son súper importantes para otras, y siento que si a mí me sirvió, necesito ayudar a otras personas a que también salgan de ahí. Hay personas que se mueren queriendo hacer algo y no pueden por miedo a que esta sociedad de mierda los tire para abajo, los mate, les pegue. Entonces, siento que esto tengo que mostrarlo y qué mejor que bailando, que es algo súper liberador. Y la deconstrucción por supuesto, mostrar. Enseñarle a la gente que nada es como te dijeron que era sino como tú quieres que sea, porque al final vivimos en muchas estructuras y pensar así también puede ser una. Lo más sano para todos es hacer lo que uno quiere hacer, no lo que te dijeron que tenías que hacer.

¿Piensas que el voguing te ha dado un lugar en el mundo?

Sí. Me enseñó a mostrarme sin vergüenza y, después de eso, todo ha fluido. A pesar de que no he ido a Estados Unidos a batallar, me conocen en Francia, en Berlín. Tengo amigos que han viajado y que allá les dicen que me conocen, que saben que estoy haciendo esto. Me he sacado tanto la cresta trabajando y mostrando esto, que me ha dado una herramienta súper importante para romper esquemas, invadir espacios, para poder trabajar con gente e incluir. Encontré mi lugar y me encanta. Me encanta tener ese poder frente a los espacios. Antes no podía hacerlo. Ocupo todo ese poder que me dio el reconocimiento de mi trabajo para incluir a más gente y para poder mostrar que todos pueden hacerlo. Y me considero un líder positivo, porque no puedo trabajar solo. O sea, podría trabajar solo y sería más fácil no estar preocupado de grupos de personas o enseñarle a gente, pero siento que no gano nada trabajando solo. Entre todos vamos a crear algo mucho más grande.

¿A qué te gustaría llegar: autosustento, fama, estar en todas partes?

Mi objetivo principal es ser feliz. Y luego deconstruir todo el tiempo. Deconstruir, deconstruir, deconstruir. Porque esa es la única manera de que las personas puedan sentirse cómodas, porque están todo el tiempo pensando qué es lo que deberían hacer, cómo deberían comportarse. Eso cansa demasiado. Mientras las personas dejen el prejuicio de lado y dejen el miedo de lado, vamos a poder ser todos más bacanes.

(Fotografías: Camila Hurtado)

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