Enero 10, 2018

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En El simpatizante, una novela escrita por un refugiado nacionalizado estadounidense, vemos representado por primera vez el carácter vietnamita, el de un pueblo que se consideran a sí mismos los italianos de Asia y que para ir a la guerra entonan canciones de amor en vez de himnos patrióticos. En estas páginas vibrantes asoma la imagen de un pueblo romántico, que deja de ser parte de la escenografía y se incorpora por fin a la acción.

por rodrigo olavarría

Todo lo que se ha escrito sobre esta novela es cierto: es un placer entregarse a ella, nos recuerda a John le Carré y a Graham Greene, y explota con virtuosismo el género de espías y el thriller. Pero también es cierto que parte de la crítica la caracterizó como sátira, descripción engañosa, pues difumina la acidez y actualidad de su mensaje. El simpatizante no es una novela complaciente con la industria estadounidense del libro o el lector blanco promedio de cualquier país con pasado colonialista. De hecho, es casi imposible que Hollywood decida convertirla en una película.

El protagonista es un sujeto escindido, en primer lugar es hijo de un sacerdote francés y una adolescente vietnamita, y también un doble agente infiltrado en el ejército de Vietnam del Sur mientras reporta, tras la caída de Saigón y su llegada a Estados Unidos, a sus superiores comunistas.

La novela es un no-tan-velado ajuste de cuentas con un país que se odia y se ama. El protagonista estudia la forma de pensar estadounidense y planea su guerra, hace suyas la historia, la jerga, la cultura y la literatura de Estados Unidos, el país que para 1954 aportaba a Francia el 78% del capital usado en la Guerra de Indochina (1946-1954) y que, entre 1964 y 1973, se hizo parte de una guerra que costó a Vietnam seis millones de personas. El fin de la Guerra de Vietnam en 1975 obligó a EE.UU. a recibir a 150 mil vietnamitas y a varios cientos de miles más en la década siguiente; el caso es que esta novela fue escrita por uno de esos refugiados, uno nacido en 1971 en las alturas de una aldea de una región cafetalera del norte de Vietnam.

Viet Thanh Nguyen habla del exilio y los desplazados, aquellos para quienes la distancia con el país perdido es grande pero finita, mientras la cantidad de años que los separa de recuperar su país es potencialmente infinita. Es el caso de los refugiados que instalan en sus casas relojes con la forma de Vietnam y la hora de Saigón, práctica que los sitúa en dos tiempos, alejándolos poco a poco de quienes eran hasta volverse extranjeros para sí mismos.

Cuando Marx habla de la clase social que no tiene consciencia política para verse como clase social, dice: “Como no se pueden representar, tienen que ser representados”. Esta línea fue tomada por Edward W. Said para hablar de las culturas subalternas y la ausencia de su relato en la historia. Quizás porque Nguyen es profesor de estudios étnicos en la University of Southern California o quizás solo porque fue un niño vietnamita que creció en EE.UU., tiene particular consciencia de la ausencia de ese relato, llegando a afirmar: “Esta es la primera guerra en que los vencidos escriben la historia en lugar de los ganadores, gracias a la maquinaria propagandística más eficiente que jamás ha existido (con todo respeto a Joseph Goebbels y los nazis…)”.

Hoy, ante las oleadas de inmigrantes llegadas a Chile y la xenofobia reinante en el mundo, es central pensar cómo esta novela nos habla como ciudadanos de países que, como Vietnam, fueron intervenidos por la política exterior de los Estados Unidos.

La maquinaria a la que se refiere Nguyen es Hollywood y los títulos de los relatos de estos primeros vencidos en escribir la historia son: Apocalipsis Now, Rambo II y Pelotón, entre otros. Películas donde los vietnamitas son solo cuerpos sobre los cuales disparar y donde para colmo son interpretados por otros asiáticos. Esta es la trampa de Hollywood para con los vietnamitas, sin importar su bando son retratados en roles de pobres, inocentes, malos o corruptos. Dice Nguyen: “Nuestro destino no era solo ser acallados, sino que nos quitaran del todo la capacidad de hablar”.

Pareciera en mi descripción que la novela tiene el tono de un ensayo de estudios asiáticos, pero no es así. Estas reflexiones aparecen con naturalidad en los capítulos donde el protagonista trabaja como experto en el carácter vietnamita durante la filmación de una película sobre la Guerra de Vietnam rodada en Filipinas. Rodeado de extras filipinos maquillados como muertos, el protagonista señala que la representación en el cine tiene dos objetivos: “practicarles una lobotomía a las audiencias mundiales” y “minar a cielo abierto la Historia y dejar la Historia verdadera oculta en los túneles con los muertos”. Así, el relato de una película bélica se nos presenta como la anestesia usada por la consciencia estadounidense para superar una guerra y Hollywood como el misil balístico intercontinental de la americanización.

En El simpatizante, Nguyen cita de forma textual un fragmento del documental Hearts and Minds (1974) de Peter Davis, sin mencionarlo de forma explícita. En él vemos al general Westmoreland, quien condujo la guerra entre 1964 y 1968, decir: “Para el oriental la vida no vale lo que para el occidental. En el oriente, la vida es abundante, es barata. Y, tal como la filosofía oriental señala, la vida no es importante”. En la novela esta afirmación es atribuida a un académico experto en Asia que trabaja como consejero del ejército estadounidense, personaje que junto a un jefe de departamento de estudios asiáticos que llama “Madame Butterfly” a su secretaria descendiente de japoneses, sirve para fustigar no-tan-veladamente a cierta parte de la academia.

Es en El simpatizante, una novela escrita por un refugiado nacionalizado estadounidense, donde vemos representado por primera vez el carácter vietnamita, el de un pueblo que para ir a la guerra entona canciones de amor y no himnos patrióticos, porque se consideran a sí mismos los italianos de Asia. Un pueblo para el cual el amor no correspondido es un doloroso placer en que hundirse con coñac, cigarrillos y canciones como I’d Love You To Want Me de Lobo o Bang Bang (My Baby Shot Me Down), que Nguyen propone como himno nacional alternativo de Vietnam.

En estos detalles, en el desenfreno hedonista saigonés al ritmo de Black is Black, en el uso de la salsa de pescado para alejar a los occidentales, en la imagen de las escolares en sus ao dai blancos o en la consciencia de los asiáticos sobre cómo se juzga su acento, asoma la imagen de un pueblo romántico que deja de ser parte de la escenografía y se incorpora por fin a la acción.

Hoy, ante las oleadas de inmigrantes llegadas a Chile y la xenofobia reinante en el mundo, es central pensar cómo esta novela nos habla como ciudadanos de países que, como Vietnam, fueron intervenidos por la política exterior de los Estados Unidos.

 

El simpatizante, Viet Thanh Nguyen, Seix Barral, 2015, 479 páginas, $19.900.

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