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por cristóbal carrasco

En una antigua entrevista, de pie sobre la torre Eiffel, Susan Sontag habla en francés: “Un escritor puede hacer cualquier cosa, puede pensar sobre cualquier cosa, involucrarse en cualquier cosa”. Aunque el lugar de la grabación parezca accidental, su estadía en París no lo era. Según cuenta Daniel Schreiber, autor de Susan Sontag. Intelectualidad y glamour, su interés y compromiso con Europa se inició en la infancia, tras la temprana muerte de su padre, quien falleció en China cuando ella tenía seis años. “Lo que a Susan le quedó de su padre –cuenta Schreiber– es esa nostalgia especialmente marcada por los países lejanos y una marcada inquietud: el deseo de viajar para hallar explicaciones (…) De pronto, para esa niña Europa resultaba tan lejana, fantástica, glamorosa y desconocida como China”, escribe el biógrafo.

El contacto inmediatamente posterior de Susan Sontag con la cultura europea refiere a la lectura de Kafka y a su encuentro con Thomas Mann en la adolescencia, cuando el escritor alemán vivía en Los Ángeles. Ambos escritores fueron para Sontag, como ella dijo más de una vez, “la base y el fondo”, lo que la ayudó a encontrar su identidad como escritora y la puerta definitiva a la cultura europea, entendida ni más ni menos que como “fuente de toda cultura”.

Pudo haber sido, también, el inicio de su distanciamiento de la cultura norteamericana. En una entrevista citada en esta biografía, Sontag incluso dice que siempre había juzgado a Norteamérica como una “colonia europea” (dicho lo anterior, la curiosidad de la novelista y ensayista parecía incombustible: al igual que el cine europeo o Freud, la literatura estadounidense o el sonido de Bill Haley y sus cometas le resultaban igualmente inspiradores).

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Schreiber relata que la primera estancia de Sontag en París en 1958, luego de separarse de su marido, Philip Rieff, produjo tal anhelo y deslumbramiento que dejó de pensar en una carrera académica y comenzó a experimentar, por primera vez libremente, sus deseos sexuales. Empezó una relación amorosa con la escritora Harriet Sohmers, iba a fiestas con Allen Ginsberg y Jean-Paul Sartre, y pudo dedicar mucho tiempo al cine y a intereses vistos con cierto desdén en la universidad. En Estados Unidos era diferente. De hecho, años antes le había resultado imposible a Sontag contarle a su esposo que había disfrutado la película de Bill Haley. Como dice Schreiber: “En París aprendió que la formación de la opinión personal no era menos que un drama existencial, que la adopción de una posición intelectual puede estar influenciada por intuiciones, preferencias e idiosincrasias personales, ante todo cuando no son parte de un discurso académico”.

Fue en París donde su entusiasmo vital por la cultura (la literatura, el cine, los viajes y la música) se convirtió en una decisión: la de convertirse en escritora. Schreiber dice que “a diferencia de otros escritores que escriben porque tienen algo que decir, Sontag, a la inversa, quiere escribir para tener algo que contar”. Da la sensación de que París (o lo que vio y vivió allí) le otorgó esa libertad.

Sontag volvió a Nueva York y vivió esa época bajo el frenesí que había conquistado en París. Su pareja, Harriet Sohmers, la acompañó a Estados Unidos y le presentó a María Irene Fornés y Alfred Chester. Entre ellos vivieron un affaire a tres bandas, complicado y violento (cuentan que “eran capaces de lanzarse botellas de cerveza por la cabeza, acusándose de no amarse más”). Alfred Chester se separó de las tres y acusó a Sontag de ser su “odiada rival literaria”, para suicidarse años después. Sin embargo, la relación entre Fornés y Sontag resultó ser duradera: vivieron juntas dos años y, como cuenta Schreiber, fue una de las épocas más felices en su vida.

En 1963, Sontag irrumpió en la escena literaria norteamericana con la publicación de El benefactor y Contra la interpretación, una novela y un volumen de ensayos en el que ya se vislumbra su calidad como crítica. Sontag seguía viajando regularmente a Europa. “Pasó los veranos en París –leemos en la biografía– y viajó además a Checoslovaquia, Yugoslavia, Alemania, Marruecos, Italia, Cuba, Vietnam, Laos, Suecia e Inglaterra”. Visitó Suecia nuevamente a fines de los 60 para grabar dos películas (Duet for Cannibals y Brother Carl) y se radicó, desde comienzos de los 70, en París. Mucho tiempo después diría que su intención de vivir en París pasaba, en parte, porque “le gustaba estar en un lugar que no fuera Estados Unidos”.

Schreiber explica que desde mediados de los 60 Sontag atravesó por una crisis personal que afectó su obra de un modo directo. Sufría permanentemente por su temprana exposición pública y no le gustaba estar asociada a la imagen de “radical chic”. Además, estaba ahogada financieramente. Sus dos películas fueron un desastre económico y el dinero que recibía por los derechos de sus libros no era suficiente para pagar sus viajes y los dos departamentos que pagaba, en Nueva York y París. Se alejó de los ensayos (“es una carga ser considerada en primer lugar como ensayista”, dijo en esa época) y se negó a dar conferencias para ganar dinero (“¡Beckett no lo hubiera hecho!”, afirmó).

Para quien haya leído los diarios de madurez de Sontag, La conciencia uncida a la carne, esa crisis es evidente. Donde antes prevalecía el entusiasmo, ahora había miedo, abatimiento y una constante sensación de inseguridad. Sin embargo, Schreiber agrega que Sontag sentó en esa época “de desorientación e incapacidad” las bases de su nuevo registro: la publicación de relatos (reunidos en la colección Yo, etcétera) y de tres de sus libros más importantes: Sobre la fotografía, La enfermedad y sus metáforas y Bajo el signo de Saturno, publicados a fines de los 70 y comienzos de los 80. París fue, podría decirse, el lugar donde ella nació y renació como escritora.

Sobre la fotografía y La enfermedad y sus metáforas son obras esenciales en el corpus creativo de Sontag, pero la publicación de Bajo el signo de Saturno dio cuenta de dos cuestiones fundamentales: su vuelta al ensayo literario (Sontag dirá que tras su publicación había llegado al final de lo que el ensayo podía significar para ella) y su interés y admiración casi absoluta por la cultura europea.

Si su primer libro de ensayos, Contra la interpretación, ponía énfasis en el cine de Godard (a quien conoció en París) y de Bresson, las obras de Ionesco y las novelas de Sarraute, Bajo el signo de Saturno expresa, por sobre todo, una especie de política cultural: aquella que tiene como fin acercar el arte europeo al mundo norteamericano. Quizá por lo mismo, el libro que contenía textos sobre la obra de Artaud, Leni Riefenstahl, Walter Benjamin, Barthes y Elias Canetti fue mucho mejor recibido en Europa que en Estados Unidos.

Schreiber cuenta que gran parte del tiempo que ocupó Sontag tras la publicación de ese libro fue invertido en su trabajo cultural y político, consistente en la publicación de prólogos para autores “que buscaba apoyar con su propia popularidad”. Así, redactó introducciones para las obras de Marina Tsvetáyeva, Roland Barthes y Robert Walser. Un amigo de Sontag recuerda que “su meta explícita era hacer conocidos en Estados Unidos a autores europeos que ella encontraba interesantes, así como conseguirles editor”. Sobre ese punto, Schreiber tiende a lamentarse, porque en esos años Sontag prefirió dedicarse más a la difusión de escritores extranjeros que a la creación de una obra nueva. Sin embargo, no hay razón –salvo la de aquellos que creen que la ficción puntúa más que el ensayo o la crítica– para pensar que ese trabajo de difusión no pueda ser considerado una obra en sí misma, una pura y genuina intención de tender lazos entre dos culturas que parecían alejarse después de la Segunda Guerra Mundial.

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Susan Sontag estaba en Berlín el 11 de septiembre de 2001. Debía dar una lectura de su novela En América, y sin embargo leyó un texto sobre los atentados que, días después, publicaría The New Yorker. Ese artículo fue la última y, quizás, la más importante de las diatribas que emprendió contra el pensamiento norteamericano (o la política o el espíritu). En el artículo, rechaza que los ataques a las Torres Gemelas sean tildados de cobardes y responsabiliza a la política exterior estadounidense de ellos. Cuenta Schreiber que Sontag debió defender su posición frente a quienes la consideraban una “traidora” o una “idiota moral”, frases que venían incluso de la izquierda liberal norteamericana. Criticó también la guerra contra el terrorismo iniciada por Bush (“una guerra fantasma”, la llamaba) y las torturas en Abu Ghraib.

Sontag pensaba que sus argumentos eran de sentido común. Casi 30 años antes había vivido una polémica similar, en la que también parecía tener especial vocación para adscribirse a posturas antipopulares. Durante una conferencia en apoyo al movimiento sindical polaco Solidaridad, afirmó que los intelectuales de izquierda –incluida ella– no habían criticado con la dureza necesaria a los regímenes comunistas. En esa época, ella también fue acusada de traidora (su discurso terminó entre abucheos, relata Schreiber) y debió explicar sus dichos durante meses.

Había algo en sus críticas que revelaban una incomodidad, una sensación de que había un lugar mejor donde estar, donde sus opiniones no serían consideradas sacrílegas. Para ella, Europa representaba eso. De hecho, a fines de los años 80 escribió el ensayo “La idea de Europa (otra elegía más)”, que aparece en la recopilación Cuestión de énfasis. Allí intenta esbozar la Europa que vendrá después de la caída del bloque soviético y las implicancias que tendrá para la cultura europea. Sontag dice que Europa libra una lucha por “mantenerse europea”, en circunstancias de que todo ha cambiado y ya se ven “taxistas sijs en Frankfurt y mezquitas en Marsella, médicos italianos en hospitales de Nápoles, Roma y Turín queSusan practican extirpaciones del clítoris a hijas pubescentes de inmigrantes”.

Sontag comprende su lealtad a Europa “como seguir escribiendo a mano cuando todos están usando una máquina de escribir”. Teme que el viejo continente se “modernice” del mismo modo en que Estados Unidos y Japón lo han hecho; y que en consecuencia se pierda el mundo en el que ella se ha sentido cómoda. La Europa “del arte excelente y la seriedad ética, de los valores de la privacidad y la introspección y del discurso no amplificado y hecho a máquina: la Europa que posibilita las películas de Krzysztof Zanussi y la prosa de Thomas Bernhard y la música de Arvo Pärt”.

Como en muchas otras ocasiones, la idea de Sontag resulta conmovedoramente anticipatoria. Entiende que ese lugar que admiró estaba destinado a perder protagonismo. Por eso, no parece tan extraño que los últimos sucesos ocurridos en Europa (el Brexit, el auge nacionalista, la consternación por el islamismo radical) sean un reflejo de esa pérdida.

 

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