Formas iniciales

El turismo subterráneo recorre paisajes bajo la superficie, explorando cavernas que conservan un camino abierto al pasado geológico, biológico y antropogénico de la Tierra. Solo en Francia existe un circuito de 150 cuevas y cavernas, de las cuales 25 conservan rastros prehistóricos. Las cuevas de Arcy-sur-Cure están clasificadas como un sitio arqueológico de interés nacional por las pinturas, huesos y lámparas dejados por neandertales y cromañones desde hace casi 200 mil años.

por Matías Celedón I 2 Septiembre 2020

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En Talca, al recibir el Premio José Donoso, Ricardo Piglia dio una conferencia en la que establecía un posible origen de la narración rastreando su forma inicial en la prehistoria de los grandes modos de narrar. “Podemos imaginar que el primer narrador se alejó de la cueva, quizá buscando algo, persiguiendo una presa, cruzó un río y luego un monte y desembocó en un valle y vio algo ahí, extraordinario para él, y volvió para contar esa historia”.

Hace 400 mil años, los humanos conquistamos el fuego y esa iluminación artificial nos permitió entrar en galerías y cavernas más profundas. Es ahí donde encon­tramos la impresión más directa de nuestras primeras intenciones narrativas. “Al parecer, somos una especie predispuesta adaptativamente para contar, inventar y escuchar historias”, describe un reciente hallazgo arqueológico publicado en revista Nature, que sienta un nuevo precedente en la historia del arte. Se trata de la primera escena de la que hay registro, el origen del arte narrativo.

El panel encontrado en una cueva de un acantilado en la isla Sulawesi, en Indonesia, data de unos 44 mil años de antigüedad. Puede ser la primera narración co­nocida. La escena muestra ocho figuras pseudo antro­pomórficas cazando con cuerdas y lanzas a un grupo de jabalíes y búfalos enanos. El factor enano de los búfa­los aporta un componente fabuloso. Con todo, son más grandes que las figuras humanas.

Hasta este hallazgo, las escenas más antiguas se en­contraban en la cueva de Chauvet, cuyas impresionan­tes galerías con animales, que en la penumbra parecen en movimiento son develadas por Werner Herzog en el documental La cueva de los sueños olvidados.

El turismo subterráneo recorre paisajes bajo la su­perficie, explorando cavernas que conservan un camino abierto al pasado geológico, biológico y antropogénico de la Tierra. Solo en Francia existe un circuito de 150 cuevas y cavernas, de las cuales 25 conservan rastros prehistóricos. Las cuevas de Arcy-sur-Cure están clasi­ficadas como un sitio arqueológico de interés nacional por las pinturas, huesos y lámparas dejados por nean­dertales y cromañones desde hace casi 200 mil años. Menos célebres que las escenas de las cuevas de Las­caux, sus pinturas son las segundas más antiguas de Francia, después de las de Chauvet –lugar que mantuvo tras el reciente hallazgo–, y a diferencia de ellas, están abiertas al público.

Hace un año, en Dijon, de visita en casa de un ami­go, aprovechamos la cercanía para bajar a las cuevas a ver qué había. Junto al río Cure, Arcy es el principal complejo prehistórico subterráneo de la zona de Alps Franche-Comté. Desde Dijon, saliendo temprano, cal­culamos alrededor de una hora y media, asistidos por una aplicación. En silencio, por la autoroute du Soleil, ninguno sabía realmente adónde íbamos.

La señalética de la autopista advierte con un antí­lope el ingreso a una zona de animales sueltos. Los pri­meros habitantes los seguían y cazaban por la carne y el abrigo de sus pieles. Por una carretera rural, en medio de la neblina, una colina y un río separa el caserío de Saint Moré de Arcy-sur-Cure. Después de pasar el puente, si­guiendo el río por un camino de tierra, se pueden visitar las cuevas llegando a la hora de la visita guiada.

Debido a su resistencia al cambio y la relativa esta­bilidad de su clima (en Arcy, por ejemplo, la temperatura interna se mantiene en 12 ºC), el mundo de las cavernas conserva perfectamente mucha evidencia antropológi­ca y paleontológica. Algunos de estos restos –huellas humanas y de animales extintos, el arte rupestre de las paredes– se encuentran casi exclusivamente en este tipo de cuevas. Se entra en grupos reducidos. La gran cueva de Arcy permaneció deshabitada miles de años.

Los primeros rastros recientes aparecen en una de sus lagunas interiores, donde se han encontrado mo­nedas y piedras esculpidas que dan cuenta de un lugar que pudo ser utilizado en ceremonias y rituales medie­vales. Desde entonces, sus asombrosas formaciones de columnas y estalactitas fueron su principal atractivo, hasta que en 1990 se descubrió la figura pintada de un íbice equilibrándose en una de sus escarpadas paredes. Pronto fue un pájaro, después apareció un oso; luego, unos mamuts. Para la gente del pueblo, lo verdadera­mente sorprendente es que los dibujos hayan resistido a la profunda limpieza con ácido muriático que sufrió la cueva en 1976 por orden de la alcaldía.

Bajo tierra, a menudo se nos revela la evidencia de breves momentos en la existencia. Estas instantáneas, de calidad excepcional, narran el principio de la historia de la humanidad. El tiempo se acumula verticalmente, hundiendo y enterrando las cosas. A través de las ca­vernas se accede a sus intersticios. La cueva guarda un silencio que la humedad entibia.

Hasta hace muy poco se presumía que la explo­sión del arte sucedió en Europa con la llegada del Homo sapiens. Lo interesante de encontrar arte rupes­tre mucho más antiguo, es que podemos inferir que la expresión artística se da probablemente en todo el mundo a la vez.

Hasta hace muy poco se presumía que la explo­sión del arte sucedió en Europa con la llegada del Homo sapiens. Lo interesante de encontrar arte rupes­tre mucho más antiguo, es que podemos inferir que la expresión artística se da probablemente en todo el mundo a la vez.

Comparados con los trabajos de Sulawesi, las pinturas de las cuevas de Arcy-sur-Cure, como las de Chauvet o Lascaux, dan cuenta de que ciertos ritua­les, técnicas y motivos –como escupirse con tinta las manos para imprimir en el muro su negativo– se per­petuaron durante años, como una especie de lenguaje artístico común, anterior a las primeras sociedades.

Podemos imaginar, dijo Piglia en la casa central de la Universidad de Talca, que el primer narrador fue un viajero y que el viaje es una de las estructuras centrales de la narración. Pero como sabemos que no hay un origen único, aclara, también “podríamos ima­ginar que el otro primer narrador ha sido el adivino de la tribu, el que narra una historia posible a partir de rastros y vestigios oscuros (…) indicios que no se terminan de comprender (…) alguien que leía signos, que leía el vuelo de los pájaros”, y que para descifrar­los necesitaba construir un relato.

Para Piglia, la reconstrucción de una historia ci­frada a partir de ciertas huellas, para recuperar “una realidad ausente, un sentido olvidado” (el relato como investigación), sería otro modo primitivo de narrar, muchísimo más antiguo que el hilo negro.

Luego de una hora y media de caminata tierra adentro, pienso en el exterior como un paisaje hueco, la fachada engañosa de un bosque junto a un río apa­cible escondiendo el discreto macizo de roca, mientras los verdaderos cauces transcurren bajo la superficie. Abajo, en los intersticios, una profundidad anterior se interna en las cavidades geológicas del tiempo.

A medida que descendemos, las concreciones de piedra en la penumbra –cortinas y barridos de caliza, columnas y grandes bóvedas con simas dentadas por enormes estalagmitas y estalactitas que dan forma a seis grandes salas subterráneas– evocan las ruinas de una civilización perdida. Sus templos decorados con relieves lucen figuras irreconocibles, que van cam­biando con el silencio y la oscuridad.

Al fondo de la caverna, el techo comienza a acer­carse y la cueva se hace cada vez más baja. Solo al fi­nal, sobre un suelo de losas pulidas, hay pintado un grupo de animales. Las líneas son simples. Pájaros de un trazo, dos colmillos y la trompa de un mamut. Los contornos de algunos detalles. La línea de sus movi­mientos, el gesto que impresiona a un cavernícola.

Puede que los dibujos de Arcy-sur-Cure no pa­rezcan deslumbrantes, pero están ahí, narrando en silencio la misma escena desde hace miles y miles de años. ¿Qué sentido pudo haber tenido entonces pintar algo que no existe? ¿Se trata de una simple representa­ción o es una pieza de arte narrativo? ¿Es la represen­tación de una escena o son planos de distintas épocas superpuestas en el mismo espacio?

En la alocución inaugural del coloquio Artescritu­ras, en Madrid, César Aira propone otra narración pre­cursora, una variante procedimental, aunque enseguida reconoce que como mito de origen es bastante dudoso. “Contarles a los amigos o a los vecinos de caverna cómo cacé un bisonte es un simple acto de comunicación, al que la lengua es puramente funcional; pero contarles la historia que sugieren esos bisontes y cazadores en la pared… eso bien podría ser un anticipo de literatura”. Aira imagina un comienzo posible de la literatura como descripción o interpretación fabulosa de un dibujo o una estatua. “La mediación de las imágenes impone una distancia, y la distancia crea un espacio, en el que las pa­labras pueden resonar y multiplicar su expresión más allá de lo utilitario”, dice.

En La escritura de las piedras, Roger Caillois va más lejos y ve en las mismas líneas de las piedras –no en las figuras recreadas sobre ellas– el origen del lenguaje. Nunca sabremos si las pinturas se aprovecharon de los contornos rugosos de las cuevas, o fueron esos volúme­nes, esas texturas, las que dieron origen a las primeras formas narrativas.

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