Olor a tigre

Para el público del Indio Solari no existen las entradas agotadas. Se congregan en hipódromos y predios extensos, donde la marea humana puede entrar, acampar y retirarse. Días antes de sus conciertos, desde todas las provincias de Argentina y de algunos países limítrofes, más de 300 mil personas comienzan a ocupar el lugar, la ciudad, las afueras, incluso hasta doblar en número a la población local.

por Matías Celedón I 1 Agosto 2019

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por Matías Celedón

Cada vez que toca el Indio Solari en Argentina se organiza una estampida. La noticia es el rumor, meses antes, hasta que la ansiedad se hace insostenible. Los diarios nunca tienen la primicia. El Indio confía en sus propios canales. En una página no oficial de la banda, CyberTeddy anuncia el lugar y la fecha es ineludible.

Es un despliegue inusual. Para el público del Indio el sold out –como dice– no existe. Se congregan en hipódromos y predios extensos, donde la marea humana puede entrar, acampar y retirarse.

La “misa ricotera”, instituida en los legendarios conciertos de una banda de nombre extraño –Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, ícono fundamental de la contracultura rockera argentina de los 80–, se transformó en la antesala natural de las presentaciones de su exvocalista, el Indio Solari, luego de que se disolviera el grupo tras su quiebre con el guitarrista después de 25 años.

Días antes del concierto, desde todas las provincias y de algunos países limítrofes, más de 300 mil personas comienzan a ocupar el lugar, la ciudad, las afueras, hasta doblar en número a la población local (como ocurrió en Olavarría para el último recital del Indio), formando una línea continua de micros, autos y caravanas, asando y escabiando libres en la ruta, compartiendo con mochileros que hacen dedo escuchando a los Redondos y chicas agitando trapos encumbradas en el acoplado de los remolques.

Son rituales argentinos; toque en Salta o en Gualeguaychú, los seguidores, lo siguen. La primera vez que lo vi fue en Tandil, el 2010, con la promesa de escribir una nota. El Indio ya tenía 61 años y se decía que ese recital podía ser el último. De todo lo que sucedía, me sentí una parte tan insignificante que me fue imposible pretender cualquier tipo de autoridad sobre el tema. Nunca escribí sobre el Indio. Pero hasta hoy, formo parte de la caravana y canto sus letras aunque muchas veces no las entiendo.

Reliquia de un culto hermético, el Indio Solari oficia el ritual de una cultura en peligro de extinguirse. “Cuando el fuego crezca quiero estar allí”, reza el tatuaje de los más incondicionales. Cada vez que toca el Indio, las circunstancias me hacen jurar que será la última vez que vaya. En Mendoza, llenamos un autódromo a 50 kilómetros de la ciudad, una noche en que los termómetros marcaron cero grado y se contaron más de mil micros estacionadas en los alrededores. Digo, para qué.

 

Recital en Tandil, marzo de 2016.

 

“Es un monstruo”, reconoce Enrique Symns, otro monstruo, quien monologaba en el escenario en los primeros shows, cuando los testigos de Los Redondos no eran más de 150. Entonces, Patricio Rey, antes que un hombre, era una entidad que los habitaba.

Con 70 años, Carlos Alberto Solari es uno de los pocos sobrevivientes activos de una generación fundamental de músicos que definió el rock latinoamericano. “Mientras Luca Prodan tomaba ginebra en los bares, Gustavo Cerati diseñaba la estrategia del debut de Soda Stereo y Charlie García alquilaba limusinas, el Indio madrugaba para trabajar con chicos con problemas”, escriben Mariano del Mazo y Pablo Perantuono, en Fuimos Reyes. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (Planeta, 2015). Desde sus inicios, el “señor Solari” fue llamado a poner orden entre decenas de internados.

“Lo que tengo es una buena noticia que conmueve a mucha gente”, observaba en Tsunami, un documental realizado horas antes del recital de 2016 en Tandil. Esa noche también pudo ser la última. El Indio se lo recordó a todos con una mala noticia: “Por favor, quiero decirles algo. Anda circulando en internet una versión de que estoy enfermo, y es verdad: Mr. Parkinson me ha andado pisando los talones”.

La noticia caló hondo. Al último recital del Indio llegó casi toda su gente. Era la marea inmensa bajo una lluvia torrencial. En Olavarría vivían 150.000 habitantes y se calcula que el fin de semana del 11 de marzo de 2017 fuimos cerca de 500 mil personas. Lo que pasó hace dos años terminó con un muerto y la marea humana rebalsada. Desde el inicio hubo problemas y después del pogo (el slam) más grande del mundo, el sello incontenible del rito, la organización se vio superada: la masa se petrificó.

Seguramente el Indio no volverá a tocar en vivo, aunque Mr. Parkinson se lo permita; la autoridad lo prohibiría, el tema se politizó. El año pasado lanzó su último disco (El ruiseñor, el amor y la muerte), y las letras parecen más claras, traslucen. “Es una oportunidad muy especial, la muerte, para liberarte de tus compromisos y hacer lo que quieras”, reconocía el Indio en el mismo documental. Ahora que la imagen se aleja, es como si hubieran abolido un sentimiento: “Ya están aquí, los vi./ Fantasmas de juventud. / Llegan para despedirse de mí”.

 

Imágenes: Edgardo Kevorkian