Última mirada

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Octubre 2, 2018

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Dadas las condiciones de violencia histórica, ser colombiano y escritor significa un desafío estético y moral más que considerable, uno al que Daniel Ferreira (1981) responde con Viaje al interior de una gota de sangre. Una matanza ocurrida a fines de los 80 o principios de los 90 en una zona rural es narrada aquí desde múltiples puntos de vista, dando cuerpo a una novela que formalmente subraya su carácter cinematográfico y que éticamente les permite a las víctimas compartir su versión de los trágicos acontecimientos.

por rodrigo olavarría

El año 2016, en la ceremonia de aceptación del premio José Donoso, el escritor Pablo Montoya reflexionó sobre el rol de los escritores colombianos ante la magnitud de la violencia desplegada en su país y concluyó, parafraseando a Camus, que una forma sería alinear a los muertos a lo largo de una playa para darles, uno a uno, una mirada de reconocimiento, aunque estos sean cientos de miles. En parte, ese ha sido el trabajo de la novela colombiana desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. De hecho, hay quienes afirman que la novela colombiana existe solo como una reacción a la guerra civil entre liberales y conservadores desatada entre 1948 y 1966, un conflicto armado no declarado conocido como La Violencia (con mayúsculas).

La literatura de los colombianos no pudo ignorar la sangre y, en una primera etapa, se manifestó como una narrativa meramente testimonial. Pero más tarde dejó de lado una visión polarizada y creó una forma nueva de concebir la realidad. Dos ejemplos de este logro insólito, separados por 15 años, son El cristo de espaldas (1952) de Eduardo Caballero Calderón y Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez.

El caso es que la violencia en Colombia no ha cesado un solo momento. Dicho gráficamente, esta es una hidra que no deja de sumar cabezas. En los 60 y 70, a la violencia bipartidista se sumó la violencia de grupos de guerrilla, como el Movimiento 19 de abril y las FARC; en los años 80 y 70 fue el turno de la violencia de paramilitares, ejércitos privados y del narcotráfico. Todo esto sin contar los millones de campesinos, indígenas y afrodescendientes que han abandonado sus tierras acosados por la guerra. En este escenario, ser colombiano y escritor significa un desafío estético y moral más que considerable, uno al que Daniel Ferreira (1981) respondió con la novela La balada de los bandoleros baladíes (2010), obra que le valió el premio latinoamericano de primera novela Sergio Galindo.

Viaje al interior de una gota de sangre (2011) es el segundo libro de Daniel Ferreira y la segunda parte de la Pentalogía (infame) de Colombia, un ciclo de novelas sobre la violencia en ese país a fines del siglo XX. Esta reedición de Alfaguara acerca a los lectores una novela de circulación restringida, premiada el 2011 con el premio ALBA de narrativa, publicada el 2012 por la editorial cubana Arte y Literatura, y reeditada el 2014 por la Universidad Veracruzana.

Durante casi toda la novela, Daniel Ferreira cumple con la regla de Flaubert según la cual un escritor debe estar “presente en todas partes pero nunca visible” en sus libros. Esta norma se quiebra en los dos primeros capítulos con algunos exabruptos líricos donde resuena el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre (1985), ese otro narrador de la violencia.

Viaje al interior de una gota de sangre arranca con un capítulo donde se describe pormenorizadamente una matanza en una localidad rural. No se precisa el año, pero podemos imaginar que transcurre a fines de los 80 o comienzos de los 90, cuando la clase política coordinó a la policía, el ejército, los paramilitares y los narcotraficantes para el asesinato de alrededor de 5.000 militantes de Unión Patriótica, un partido de oposición fundado en 1985 como propuesta política legal de grupos guerrilleros como las FARC, el ELN y otros.

En este punto cabe destacar el marcado carácter cinematográfico que Ferreira imprime a la narración, la velocidad con que nos introduce a la acción, a los paramilitares montados en camionetas, listos para atacar al pueblo y a la forma en que una galería de muy bien delineados personajes planeaba pasar ese 23 de septiembre, su último día de vida. La veloz sucesión de viñetas donde son asesinados los habitantes de este caserío petrolero es un gran trabajo de montaje, no hay cómo llamarlo de otro modo, donde a través de múltiples puntos de vista somos conducidos al objetivo de los paramilitares, el padre Bernardo Partigiani, un sacerdote socialista modelado según la imagen de Camilo Torres y el ideario de la teología de la liberación.

¿La razón de la matanza? El cura, acusado de comunista y de colaborador con la guerrilla, encargó al ebanista del pueblo un fresco para el altar de la iglesia. Este fresco, titulado Una hoguera para que arda Goya, ilustra una matanza en la plaza de un pueblo y, en la esquina inferior izquierda, a cuatro encapuchados que apuntan sus fusiles a un sacerdote con las manos atadas a la espalda. En otras palabras, los paramilitares están ahí para cumplir el vaticinio del pintor.

Durante casi toda la novela, Daniel Ferreira cumple con la regla de Flaubert según la cual un escritor debe estar “presente en todas partes pero nunca visible” en sus libros. Esta norma se quiebra en los dos primeros capítulos con algunos exabruptos líricos donde resuena el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre (1985), ese otro narrador de la violencia. Por ejemplo, cuando “El sol hunde en el vientre de la llanura su antorcha sangrienta y la luz crepuscular estalla en las troneras de las nubes incendiadas”.

Cada uno de los capítulos siguientes ofrece un ángulo distinto de los momentos previos a la masacre. Así se nos presenta a las víctimas, devolviéndoles la vida y sus historias, lejos del anonimato de las cifras. Así conocemos a la joven Delfina, al muchacho que la espía, al profesor nieto del último bolchevique, al niño del hotel con el don de la lectura y al grotesco Urbano Frías. Este recurso coral en la estructura vuelve a explicitar el carácter cinematográfico de Viaje al interior de una gota de sangre, recordándonos la estructura usada por Akira Kurosawa en Rashōmon (1950) al adaptar dos cuentos de Ryūnosuke Akutagawa, estructura popularizada por Quentin Tarantino en Pulp Fiction (1994).

Este recurso formal suele ser usado para recordarnos que dos personas que son testigos de los mismos hechos, tendrán distintos recuerdos de lo presenciado. Pero en esta novela Daniel Ferreira lo utiliza para, en un medio insensibilizado por la inmemorial y monótona repetición de la violencia, visitar las vidas de las víctimas una última vez y darles, siguiendo a Camus, una última mirada de reconocimiento.

 

Viaje al interior de una gota de sangre, Daniel Ferreira, Alfaguara, 2018, 140 páginas, $12.000.

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