Un antídoto contra la política religiosa

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Diciembre 13, 2017

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El lunes se realizó en el GAM el lanzamiento de Lo que el dinero sí puede comprar. Publicado por el sello Taurus, el libro lleva varias semanas en los rankings de los más vendidos. En él, Carlos Peña emprende una exposición que pretende dar luces sobre el proceso de modernización capitalista, destacando su estilo preciso y erudito. A continuación reproducimos un texto de Leonidas Montes, el cual leyó durante la presentación, en la que participaron, además del autor, los académicos Sebastián Edwards y Kathya Araujo.

por leonidas montes

Lo que el dinero sí puede comprar, con su sugerente y provocativo título, es un análisis intelectual que pretende dar luces sobre el proceso de modernización capitalista. Este libro puede leerse de varias formas: lo que Carlos Peña escribe, cómo lo escribe y por qué lo escribe. Aunque pienso que este es un libro genuinamente académico, en el sentido que es fruto de una seria y rigurosa reflexión intelectual, al final daré mi opinión respecto a su contexto, o sea, por qué lo escribe. Ahora me concentraré en lo que escribe y muy rápidamente en cómo lo escribe.

La pluma de Carlos Peña, bien lo sabemos, es un ejemplo de nitidez intelectual. Pero su ágil y persuasiva narrativa sería vacía si no tuviera sustento. Por ahí cita ese famoso filtro cartesiano de “las ideas claras y distintas” y a lo largo de sus disquisiciones no esconde su ilustrado espíritu crítico kantiano. Pero este libro, así como su cautivador Ideas de Perfil (2015), a mi juicio lo sitúan en una particular tradición intelectual de la historia de las ideas, en esa aventura en la que se deslizan algunos grandes como Arthur Lovejoy (quizá no en vano Peña se refiere por ahí a la “cadena invisible del ser”, p. 215). En efecto, a partir de la sociología, la filosofía, la teoría política, la economía, la historia del pensamiento económico, la antropología, el psicoanálisis y la literatura, este libro busca desentrañar el capitalismo moderno como un fenómeno social. Ese es el gran objetivo. Y para ello despliega ideas claras y distintas bajo una mirada crítica. Es precisamente ese fondo lo que da lustre a esa, su propia forma de narrar esta historia. Por eso, a mi juicio, el título apelando a Sandel, por más sugerente y provocativo que sea, no es más que una excusa para adentrarse en una aventura de más largo alcance.

Partamos por despejar esto último. Peña desmenuza críticamente a Sandel. Si este autor fue una inspiración para el influyente El otro modelo (curiosamente Sandel no aparece en las referencias de ese libro), Peña no reacciona ni cae en la etiqueta del “modelo”, sino que a partir de Sandel se ocupa de las ideas acerca del mercado y lo que estas implican en relación a la democracia. Para Sandel el mercado no es apropiado para todas las esferas de la vida. Hay que recuperar el vivere civile republicano, el espíritu y el sentido de lo público. Peña argumenta que irónicamente la tesis de Sandel descansa sobre el mismo supuesto de Gary Becker, donde solo le pone límites a la racionalidad económica: hay objetos y experiencias que no pueden estar sujetos al intercambio de mercado. La crítica de fondo viene principalmente desde la sociología de Simmel: Sandel pretende poner límites a una institución que no funciona como él la describe. En esta tradición, que a mi juicio tiene sus raíces más profundas en el siglo XVIII, el mercado y el intercambio dignifican. En efecto, el dinero y el mercado tienen un “profundo poder liberador” (p. 222) y posee sus propios fundamentos morales. Desde Adam Smith y David Hume el mercado y el intercambio tienen un sentido social y un fundamento moral.

La pluma de Carlos Peña, bien lo sabemos, es un ejemplo de nitidez intelectual. Pero su ágil y persuasiva narrativa sería vacía si no tuviera sustento. Por ahí cita ese famoso filtro cartesiano de “las ideas claras y distintas” y a lo largo de sus disquisiciones no esconde su ilustrado espíritu crítico kantiano.

Pero volvamos a la motivación del libro: ¿acaso el mercado no tiene límites? Como la individualidad reemplaza a la comunidad y como la libertad y la autonomía nos empujan a ese individualismo posesivo que nos refriega McPherson, ¿no debemos hacer algo más, poner límites, convertirnos en nuevos “hombres de sistema”? En nuestro querido Chile este fenómeno que sorprende e inquieta, no es algo nuevo ni excepcional. Es, como esboza el autor, un fenómeno ampliamente tratado desde la tradición grecorromana, el humanismo cívico y el republicanismo clásico que encuentra su mayor expresión en la vertiente moderna que se dio en el siglo XVIII con el corruption debate (el “debate acerca de la corrupción”). En ese momento histórico aparecen los grandes representantes de la tradición de la Ilustración escocesa –Adam Ferguson, David Hume y Adam Smith– y por otro lado Rousseau. En ese momento también comienza la separación entre el liberalismo del republicanismo clásico.

En 1750 Jean-Jacques Rousseau saltó a la fama con el premio de la Academia de Dijon a su ensayo “Discurso sobre las ciencias y las artes”. Con una retórica envidiable, plantea que el progreso corrompe al hombre y a la sociedad. Su segundo discurso acerca del “Origen de la desigualdad” no ganó el premio de la Academia. Pero fue publicado al año siguiente en 1755 y generó muchísimas reacciones. En este, su segundo discurso, el amor propio tiene un sentido peyorativo, no así el amor de sí mismo. El amor propio es la vanidad, una máscara que esconde el verdadero sentido del amor de sí mismo, esa especie de impulso natural que nos lleva a satisfacer las necesidades que nos asegurarían un tranquilo bienestar. Si las artes y el progreso corrompen la verdadera naturaleza humana, el “esto es mío y esto es tuyo” nos empuja a ese deseo sin límites que marcará, como nos recuerda Peña, el debate moderno. Y de este debate, que ha sido oscurecido o simplemente ignorado, debemos aprender. Esta es finalmente la invitación de Carlos Peña.

El mercado aparece como “un destructor de las relaciones comunicativas tradicionales” (p. 20). En el mercado todos somos extraños, rostros casi invisibles. Ese mercado frío y cruel, sin personalidad ni sentimientos es el que ahonda la subjetividad, pero también promueve la autonomía y protege la libertad. Y parece evidente que en el mercado, donde interactúan y cooperan millones de agentes, la persona y los ciudadanos desaparecen. Esta idea simple y generalizada es también el caldo de cultivo para la etiqueta de “neoliberalismo”. Aunque se puede definir a un neokantiano o un neodarwinista, el neoliberalismo es una idea que cuesta definir más allá de una oposición. Como escribe Peña, las críticas al mercado y al dinero transpiran “una suerte de queja con fundamento moral” (p. 15) que los más críticos “practican con riguroso entusiasmo como si encontraran un cierto deleite” (p. 16). Es cierto que desde la tradición grecorromana “ha tenido mejor prensa la literatura que ha subrayado los defectos del capitalismo” (p. 16). Basta recordar, como lo hace Peña, la distinción que hace Aristóteles entre oikonomía y crematistique y que llevará a la Iglesia a considerar el cobro de intereses como usura y como un pecado para continuar así con la teoría del valor en base al trabajo que culminó con el Mehrwert de Marx.

Si bien el giro de Habermas conducía a los acuerdos y consensos, en cierta medida la teoría crítica se sumó a la tradición de Rousseau y Marx. Este último, en su Crítica al programa de Gotha (1875) llama a que “crezcan las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva” para que la sociedad pueda “escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!” (p. 229). Estas ideas románticas, por cierto, escondían el dogmatismo y las consecuencias no intencionadas del “hombre de sistema” al que se refería Smith en su maravillosa metáfora de aquellos que veían a la sociedad como un tablero de ajedrez en el cual podían mover las fichas a su antojo. Por eso, la reflexión de Peña es también un antídoto o un baño de agua fría contra el ingenuo fanatismo que tiene una larga y vasta tradición en la historia intelectual de occidente. En efecto, la idea moderna del mercado que corrompe e impide la virtud cívica es de larga data. Es cierto que la idea de un liberalismo desnudo, sin humanidad, puede llevar al individuo a escindirse de su naturaleza social, del zoon politikon aristotélico. Pero por otro lado la tesis de la corrupción puede llevar al control como deber cívico, incluso a la pérdida de libertad.

Peña desmenuza críticamente a Sandel. Si este autor fue una inspiración para el influyente El otro modelo, Peña no reacciona ni cae en la etiqueta del “modelo”, sino que a partir de Sandel se ocupa de las ideas acerca del mercado y lo que estas implican en relación a la democracia.

El ideal del bon savage, un impulso con el que ciertamente quiso vivir el mismo Rousseau, se refleja en ese “anhelo o una cierta nostalgia de una imagen de la vida humana que el mercado ha ayudado a abandonar (la vida colectiva)” (p. 168). Pero la expansión del mercado –o todo aquello que Adam Smith visionariamente definió como “sociedad comercial”– se cuela por todos los intersticios sociales, generando el abandono de la comunidad. Esa nostalgia por la comunidad “alimenta el malestar y la desconfianza que desde antiguo acompaña al mercado y su sombra inevitable, la expansión del consumo” (p. 170). Lo que sucede sería “un reclamo de la ciudadanía” (p. 171). Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza de ese reclamo?

En el capitalismo nos preocupamos de lo propio en general, del interés propio de Adam Smith que moralmente es más parecido al amor de sí mismo de Rousseau que al vanidoso y codicioso amor propio. Y no nos preocupamos tanto de la desigualdad, sino de su expresión. Esto último, afirma Peña, es el desafío “tanto del mercado como de la democracia” (p. 175). Tocqueville ya nos había dicho que “lo que odian los hombres es una clase de desigualdad más que la desigualdad en sí misma” (p. 184). A fin de cuentas, una sociedad cada vez más liberal reacciona ante esa desigualdad que no es producto del mérito o del esfuerzo personal (p. 185). Así la vida “sería el reflejo de las decisiones autónomas de cada cual, tanto del místico contemplativo como del asceta que trabajó día a día” (p. 185; en estas y otras citas, Peña parece estar más cerca de las preferencias reveladas de Paul Samuelson y del free to choose de Milton Friedman). Por cierto el mercado como motor de la movilidad social, una idea que se encuentra arraigada en la tradición liberal desde Adam Smith, nos ha llevado a que el éxito y los logros avancen con la orfandad y falta de arraigo, con una supuesta pérdida de vínculos. Este es el origen de la dicotomía entre “desencanto y satisfacción” (p. 20) que Carlos Peña discute en profundidad.

El valor de la autonomía, esa independencia interior a la que se refiere Simmel, donde cada uno, como nos recuerda Peña, es siervo de sí mismo (p. 190), es también un espacio de libertad. Y es precisamente la subjetividad –esa “insociable sociabilidad” kantiana que nos reitera Peña– la que hace posible la libertad. En cierto sentido, si la moral y la economía caminan de la mano sin mirarse, la dignidad individual y los derechos descansan sobre el mercado que las hace posibles. Como sostiene Peña, esta “es una de las paradojas de la cultura moderna: se siente incómoda con aquello que la hace posible” (p. 214).

La existencia de cosas que el dinero no podía comprar era una forma de control social, de asegurar la jerarquías sociales y el statu quo para impedir la movilidad (p. 189). Peña repasa algunas de las leyes suntuarias para explicar este hecho. Y como el gran Adam Smith solo aparece citado un par de veces y, es más, confundido con Mandeville, en este punto me permito recordar por última vez al padre de la economía quien, a propósito de este tema y pensando en los más pobres, se refirió a “la mayor impertinencia y presunción de reyes y ministros que pretenden vigilar la economía de los privados y restringir sus gastos promoviendo leyes suntuarias o prohibiendo la importación de bienes de lujo”.

Como escribe Peña, las críticas al mercado y al dinero transpiran “una suerte de queja con fundamento moral” que los más críticos “practican con riguroso entusiasmo como si encontraran un cierto deleite”. Es cierto que desde la tradición grecorromana “ha tenido mejor prensa la literatura que ha subrayado los defectos del capitalismo”.

Ahora bien, esbozaré algunas reflexiones respecto al por qué Peña escribe este texto. En otras palabras, cuáles podrían ser los significados subyacentes para nuestro contexto y su audiencia. Basta leer la contratapa para entender a lo que me refiero. En el segundo párrafo se habla del “polémico análisis sobre la importancia del consumo en las sociedades contemporáneas” y en el tercer párrafo se reitera algo similar: “un controvertido análisis sobre el proceso de modernización capitalista”.

El libro parte con una inquietud contingente –Aylwin y la pesadilla del mall– y se pasea por las ideas de diversos autores para volver en las conclusiones a nuestra realidad. Aunque, tal como lo sostuve al comienzo este es un libro fruto de una genuina reflexión intelectual que casi usa a Sandel como un medio para un fin mucho más ambicioso, es evidente que será interpretado como una apología a lo que ha sucedido en Chile en los últimos 30 años. La queja premonitoria de Patricio Aylwin, quien previó como el mall reemplazaría al humano almacén y a las juntas de vecinos y se refirió al mercado cruel, es solo una arista de este contexto. El debate actual respecto al “diagnóstico”, es otra. Y en este sentido el libro de Carlos Peña es un aporte intelectual a nuestro debate político actual.

Pienso que este es un libro potente en su contenido y que por eso mismo debería ser tomado cum grano salis. Pero en sus dos significados y sentidos. Como nos recuerda Peña, los antiguos pensaban que la sal evitaba los efectos letales en la comida envenenada (p. 100). Pero tampoco olvidemos que el salario, esto es el pago con sal (un bien muy escaso que servía para conservar el alimento), tenía un gran valor. En definitiva este libro es un antídoto contra la política religiosa y un aporte para mantener como alimento lo razonable.

Aunque en este libro Carlos Peña está mucho más cerca de Adam Smith que de Jean Jacques Rousseau, finalmente me permito una reflexión personal: como el liberalismo no es patrimonio ni monopolio de nadie, siempre he pensado que es posible ser socialista, demócrata y liberal. A mi entender, Carlos Peña, al igual que el gran Pepe Zalaquett, son buenos ejemplos.

 

Lo que el dinero sí puede comprar, Carlos Peña, Taurus, 2017, 284 páginas, $14.000.

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