Un frasco, una blusa, una carta

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Abril 20, 2018

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por maria dimitrova

En la novela de Laurent Binet La séptima función del lenguaje (2015), Julia Kristeva es presentada como una espía de la inteligencia búlgara, responsable de la muerte de Roland Barthes. El martes 27 de marzo, la Comisión de Archivos de Bulgaria, encargada de examinar y desclasificar los registros de la Seguridad del Estado de la era comunista, anunció que Kristeva había sido un agente de la Primera Dirección Principal.

El jueves 29 de marzo, Kristeva negó las acusaciones, describiéndolas como “grotescas” y “completamente falsas”. El día siguiente, la Comisión de Archivos publicó su dossier completo —cerca de 400 páginas— en su sitio web. El 2 de abril, Kristeva emitió otra declaración, insistiendo que ella “nunca había pertenecido a ningún servicio secreto” y que no había apoyado “un régimen del que escapé”. Criticó la “credibilidad otorgada a estos archivos, sin que haya ningún cuestionamiento sobre quién los escribió o por qué”:

“Este episodio sería cómico e incluso podría parecer un poco romántico, si no fuera por el hecho de que todo sea tan falso y su repetición acrítica en los medios tan aterradora”.

“El contacto con nuestras autoridades debe mantenerse vivo”, le aconseja a Kristeva su padre en una carta. “La gente debería sentir que en ti y en tu hermana tienen unas ciudadanas patriotas y agradecidas. Tal contacto hará que nuestra vida aquí sea más fácil”.

El “dossier” consiste en un archivo de “trabajo” (documentos atribuidos a Kristeva), un archivo “personal” (documentos recopilados sobre Kristeva) y formularios y tarjetas que la registran como “colaboradora secreta” (con fecha 14 de noviembre de 1969) y como “agente” (21 de junio de 1971). Una débil inscripción a lápiz junto a su nombre en uno de los formularios dice “refugiada”: un estatuto que era peligroso tener tanto para ella como especialmente para sus familiares. “El contacto con nuestras autoridades debe mantenerse vivo”, le aconseja a Kristeva su padre en una carta. “La gente debería sentir que en ti y en tu hermana tienen unas ciudadanas patriotas y agradecidas. Tal contacto hará que nuestra vida aquí sea más fácil”.

La Seguridad del Estado dividió a los búlgaros en el extranjero en dos bandos: los emigrantes leales y los “enemigos”. Una mirada al archivo “personal” de Kristeva —tres veces el tamaño de su archivo de “trabajo”— revela que ella estuvo bajo estrecha vigilancia desde los primeros años de su carrera. Su correspondencia privada, su obra académica y periodística, y sus conversaciones con otros búlgaros fueron rigurosamente monitoreadas, y la información sobre su familia fue metódicamente recopilada. Dieciséis funcionarios trabajaron en su caso. El contenido de un paquete interceptado decía: “Un frasco, una blusa, una carta”.

Nacida en Sliven en 1941, Kristeva primero aprendió francés con las monjas dominicas en un convento católico. Después de que ellas fueran expulsadas ​​de Bulgaria bajo sospecha de espionaje, fue transferida a una escuela francesa secular (la escuela inglesa estaba abierta solo para los hijos de los miembros del partido). Se graduó de la Universidad de Sofía en el primer lugar de su clase, participó activamente en organizaciones juveniles y trabajó como periodista para varias publicaciones, incluida Narodna Mladej. En 1965 fue autorizada para ir a estudiar a París durante un año. Pero ella se quedó más tiempo y en 1967 se casó con Philippe Sollers. En 1970, de acuerdo con un informe del agente “Petrov” en su archivo “personal”, después de una exitosa “charla de reclutamiento”, ella fue agregada al “aparato de agentes” bajo el alias “Sabina”.

“En aquellos años, solo había tres maneras de salir del país”, me dijo un ex miembro de la Comisión de Archivos. “Tenías que ser policía, tener un pariente en el Partido o aceptar colaborar con la Seguridad del Estado. Todo el mundo tuvo una verbovachna beseda —una charla de reclutamiento—, y muchos no la olvidaron por el resto de sus vidas”. El agente Petrov describe a Kristeva admitiendo que se sintió “un poco incómoda” por su matrimonio con Sollers: antes de marchar a Francia, ella había declarado que no tenía intención de casarse ni establecerse allí, y ahora temía que sus acciones fueran interpretadas de forma negativa. Petrov la refiere diciendo que ella en París se ha convertido en una “aún más firme partidaria del socialismo debido a la confianza que nuestras autoridades depositaron en ella al dejarle ir a París y permitir que sus padres la visitaran”. “Le pregunté si recuerda nuestra conversación en mi oficina”, escribe Petrov. “Ella me aseguró que la recuerda muy bien, y que de hecho había estado esperando ser contactada. A eso respondí que somos personas pacientes”.

El agente Lyubomirov, encargado de “asignar tareas” a Sabina, informa que en ella “se puede confiar” y que es “interesante”, pero que la información que ha proporcionado era de escaso interés o utilidad.

Nada en los archivos está escrito o firmado por Kristeva. Parece que las autoridades esperaban que ella “revelara centros ideológicos en Francia que trabajan contra Bulgaria y la URSS”, y encontrara información sobre otros intelectuales búlgaros y figuras culturales en Francia, pero Kristeva no escribió donosi, las denuncias personales que se habían convertido en una fuente de dolorosos ajustes de cuentas para muchos búlgaros, ni proporcionó información alguna que pudiera ser útil para los servicios de seguridad. Por el contrario, un compañero de estudios de Kristeva —alias “Krasimir”— entregó un informe describiéndola como “muy egoísta” y “excepcionalmente ambiciosa”, y quejándose de que lo trataba “de manera arrogante” en París.

Otro agente, que más tarde se reveló como el escritor y crítico Stefan Kolarov, dice que conoció a Kristeva en La Closerie de Lilas. Le preguntó si ella había tenido la oportunidad de seguir los desarrollos de la literatura búlgara. Ella le respondió que leía algunos de los poemas publicados en los periódicos que envolvían los frascos de mermelada que su padre le enviaba, y los encontraba “desesperantemente flojos”. “Carecen de la más mínima idea, ni siquiera pude encontrar una chispa de poesía”, se la cita diciendo en la denuncia de seis páginas de Kolarov.

Sabina no denuncia a nadie. En cambio, ella le cuenta al agente encargado de su expediente acerca de un coloquio sobre Bataille y Artaud, y le explica que a la revista de tendencia izquierdista Politique Hebdo no le está yendo bien debido a su perspectiva “provinciana”. Louis Aragon se estaría acercando a los surrealistas; él está preocupado por la muerte de Elsa Triolet; él parece más distante del Partido Comunista Francés. Cada muestra de información supuestamente suministrada por Kristeva va acompañada de una “hoja de verificación” con un sistema de calificación de seis puntos. Sus puntajes son notablemente consistentes: la información es invariablemente “de poco valor”, “no secreta”; “para uso interno”, pero nunca “confidencial”; “creíble” y “oportuna”; a menudo es “incompleta”.

El agente Lyubomirov, encargado de “asignar tareas” a Sabina, informa que en ella “se puede confiar” y que es “interesante”, pero que la información que ha proporcionado era de escaso interés o utilidad, y que a menudo ya estaba públicamente disponible. El mismo patrón se repite en un puñado de informes entre febrero de 1970 y diciembre de 1972. En mayo de 1973 se toma la decisión de interrumpir el contacto operativo con Sabina, porque “ella no quiere trabajar”, “no se presenta a las citas programadas” y, junto con su marido, ha adoptado “posturas maoístas”. Que ella pudiera haber estado demasiado ocupada escribiendo su tercer o cuarto libro, editando dos revistas, trabajando para Editions du Seuil y convirtiéndose en la mujer más joven en recibir una cátedra en Francia en ese momento, con 500 personas asistiendo a la defensa de su tesis en 1973, no llega a aparecer en los archivos ni de hecho en la actual cobertura de las acusaciones.

“Es obvio que ella quiere que sus padres vengan aquí”, concluye un informe de junio de 1976, “pero está tratando de actuar de una manera que le es característica: obtener algo de nosotros sin dar nada a cambio”.

“Es obvio que ella quiere que sus padres vengan aquí”, concluye un informe de junio de 1976, “pero está tratando de actuar de una manera que le es característica: obtener algo de nosotros sin dar nada a cambio”. Algunos periodistas han sugerido que pueden haberse perdido archivos incriminatorios, pero un extenso sumario de 1984 concluye que Kristeva fue “indisciplinada” y “excluida del aparato de colaboración a comienzos de 1973”. Después de que su hijo naciera en 1976, todavía las autoridades se niegan a permitir que sus padres la visiten; ella casualmente deja caer en una conversación con un funcionario de la embajada que Philippe puede escribir una carta de protesta a Le Monde. Cuando el funcionario interpreta esto como una amenaza, ella rápidamente atribuye esto a la “personalidad expansiva de su marido y a la falta de comprensión del clima político en Bulgaria”.

El “dossier” es un documento fascinante, no solo por lo que revela sobre la encrucijada en la que se encontraron en los años 70 el socialismo soviético, los partidos comunistas de Europa occidental y el maoísmo, sino también por los notables detalles personales sobre la vida y el pensamiento de Kristeva (incluso si leer sobre las dudas de Kristeva sobre “mi nuevo papel como ama de casa”, o enterarse que se dirigía a su padre como “el padre” y que algunas veces usaba un lenguaje altamente teórico incluso en sus cartas a él, puede hacerte sentir como un intruso o un voyeur).

Buena parte del debate en los medios búlgaros tiene que ver con la semántica: ¿Kristeva era una “espía”, una “agente” o una “colaboradora secreta”? ¿La documentación es inconsistente o incompleta? Es muy posible, según el ex miembro de la Comisión de Archivos con el que hablé, que Kristeva nunca supiera que le habían dado el alias “Sabina”. Era una carátula, no un seudónimo, y ella nunca lo usó para firmar documento alguno. Casi todos los búlgaros que lograron salir del país fueron designados “colaboradores secretos”, sin haber sido formalmente reclutados, entrenados o usados (muchos de ellos permanecerán sin identificar, ya que casi el 40% de los archivos fueron destruidos en 1990).

Como ha señalado un periodista búlgaro, estamos en la “situación absurda” de tener que formarnos una opinión de Kristeva basados no en sus acciones “sino en apreciaciones institucionales de parte de la Seguridad del Estado, una institución que denunciamos como amoral y represiva, aunque al mismo tiempo aceptamos sus criterios”.

 

Aparecido en el blog de la London Review of Books el 3 de abril de 2018. Traducción de Patricio Tapia.

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