Un mundo ocupado

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Agosto 11, 2017

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Desde distintos ángulos, tres libros invitan a disminuir las revoluciones y comprender el significado profundo del ocio. Mientras el neurocientífico Lamberto Maffei advierte que el verdadero aprendizaje jamás se ha producido a la velocidad con que se manejan las computadoras, Andrew Smart analiza los problemas del ajetreo actual y Byung-Chul Han ya diagnostica las enfermedades producto de vivir en la “sociedad del rendimiento”.

por cristóbal carrasco

El año 1965, IBM publicó un artículo sobre su nuevo aparato, la computadora System / 360. Allí explicaba una nueva funcionalidad: el multitasking. Esa computadora no podía hacer dos cosas simultáneamente, pero cada vez que requería que otra cosa sucediera para ejecutar por completo la tarea, entraba en un “modo de espera”, que permitía a la computadora pasar a la tarea siguiente de la lista. Así, la computadora estaba siempre ocupada.

El multitasking progresó rápidamente en la informática. La tecnología actual no solo permite a las computadoras ejecutar varias acciones a la vez, sino hacerlo en un mismo dispositivo. Suena trivial decirlo, pero hace 10 años no podíamos tomar una foto, hacer una llamada, escuchar una canción, hacer una transferencia bancaria y leer un libro en un mismo aparato.

El avance de esa tecnología ha supuesto que el multitasking se convierta en una condición habitual de nuestra vida. Así como pueden hacerlo los celulares, nos hemos acostumbrado a vivir de esa manera, y sobre todo, a trabajar bajo esa condición, a estar siempre ocupados. Buena parte de la literatura de autoayuda, de hecho, se aboca a la administración eficiente del tiempo, a ser exitosos en la vorágine del ajetreo. La autoayuda se ofrece también como una herramienta de mejoramiento de la productividad, y de la misma manera se fueron expandiendo los seminarios sobre gestión y management. Allá donde fracasamos por no rendir lo suficiente, los libros de autoayuda (como el clásico Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, de Stephen Covey) resuelven el problema ofreciendo la esperanza de que es posible lograr cualquier meta con rutinas o disciplina que hagan eficiente nuestro tiempo. El mensaje motivacional conllevaba, por supuesto, la idea de que el esfuerzo y la ocupación no solo nos harán más eficientes, sino también personas más plenas.

Aquella visión proviene en gran medida de la tradición calvinista, que contribuyó a la creencia de que el trabajo era una forma de servir a Dios y que el ocio es el padre de todos los vicios. En el siglo XX, los rasgos calvinistas se desarrollaron sin teología. Como explica Barbara Ehrenreich en Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo, un libro que revela las mentiras de la autoayuda, “en las décadas de 1980 y 1990 las clases medias y altas llegaron a considerar que el estar muy ocupado, fuera en lo que fuera, constituía un signo de estatus, que además les venía muy bien a los empresarios, porque era lo que se esperaba cada vez más del trabajador, sobre todo con la llegada de las nuevas tecnologías, cuando desapareció la frontera entre trabajo y vida privada: el teléfono móvil se lleva siempre encima, y el ordenador portátil va y viene con su dueño de casa al trabajo (…) las élites de antes presumían de su vida ociosa, mientras que las de ahora se jactan de estar ‘agotados’, siempre ‘metidos en mil líos’”.

Fruto de esa situación, el filósofo Byung-Chul Han escribió el año 2010 La sociedad del cansancio. Byung-Chul Han tomó la idea de Foucault sobre la sociedad disciplinaria para afirmar que esta había desaparecido en el siglo XXI, dando paso a una “sociedad de rendimiento”, caracterizada por los proyectos, las iniciativas y la motivación.

Tanto Maffei como Smart sostienen que el cerebro humano no está diseñado para responder con eficiencia al ajetreo ni al multitasking. De hecho, Smart señala que hay suficiente evidencia científica para afirmar que al desarrollar varias tareas en simultáneo nuestro rendimiento es peor en todas ellas.

A su juicio, el cambio de paradigma se produjo por una modificación del inconsciente social: “Con el fin de aumentar la productividad se sustituye el paradigma disciplinario por el de rendimiento, por el esquema positivo del poder hacer, pues a partir de un nivel determinado de producción, la negatividad de la prohibición tiene un efecto bloqueante e impide un crecimiento ulterior”.

Lo curioso, explica el pensador coreano alemán, es que la sociedad del rendimiento hace que sean las mismas personas quienes se exploten a sí mismas, con el fin de lograr sus objetivos. El rendimiento no es una tarea que imponga un empleador o la autoridad. Tiene, en cambio, la apariencia de ser una elección libre. Sigue siendo una imposición, incluso en aquellas áreas que antes eran consideradas puramente recreativas, como el deporte. Aquello ha producido que las personas vivan en una constante “violencia neuronal”, que produce enfermedades como la depresión, el síndrome de déficit atencional o de desgaste ocupacional (según Byung-Chul Han, las enfermedades emblemáticas de nuestra época).

El multitasking aplicado a los humanos es el punto máximo de esa sociedad del rendimiento. Escribe Han que “el exceso de positividad se manifiesta, asimismo, como un exceso de estímulos, informaciones e impulsos. Modifica radicalmente la estructura y economía de la atención. Debido a esto, la percepción queda fragmentada y dispersa”.

La incomodidad de Han con el rendimiento tiene, por cierto, sus precursores. Simon Leys rememora en un pequeño ensayo de La felicidad de los pececillos una frase atribuida a Leonardo da Vinci, pronunciada luego de que le exigieran trabajar más: “A menudo los hombres de genio hacen mucho más cuanto menos actúan, pues tienen que meditar acerca de sus invenciones y madurar en su espíritu las ideas perfectas que expresarán posteriormente reproduciéndolas con sus manos”.

No resulta común afirmar ahora que existe un correlato entre el genio y el no hacer nada. La tradición filosófica de la inacción, sin embargo, es antigua. Tiene ramificaciones en el wu-wei taoísta, y en occidente, tanto Rilke como Bertrand Russell o Samuel Johnson la han honrado. Lo mismo puede aplicarse a la tradición judía del Sabbath. El séptimo día es el día del descanso, pero también es un día que Dios ha declarado como sagrado. Byung-Chul Han escribe en su libro que el Sabbath es el día del “no”, un día libre “de todo para-qué”.

Por otra parte, han existido esfuerzos desde la ciencia para favorecer la inacción. Andrew Smart es un investigador científico de la Universidad de Nueva York, quien comenzó a analizar los problemas del ajetreo en la sociedad moderna. En el inicio de su libro El arte y la ciencia de no hacer nada, cuenta que en el año 2001 un neurocientífico notó que cuando las personas estaban dentro de una máquina de resonancia electromagnética, su actividad cerebral cambiaba por completo: “Lo que halló fue una red específica que incrementaba la actividad cuando los sujetos parecían desentenderse del mundo exterior. Cuando se debe desempeñar una tarea tediosa en un experimento realizado en un resonador magnético, por ejemplo memorizar una lista de palabras, ciertas zonas del cerebro aumentan la actividad y otras las disminuyen. Sin embargo, si todo lo que el sujeto hace es permanecer con los ojos cerrados o mirar fijamente la pantalla, la actividad cerebral no disminuye, sino que simplemente cambia de lugar. La zona que se desactiva durante la ejecución de tareas aumenta su actividad durante el reposo: se trata de la red de estado de reposo”.

Desde ese descubrimiento, la neurociencia abrió un campo completo de investigación. Smart explica que el estado de reposo del cerebro (también llamado “red neural por defecto”) se encuentra en correlación inversa con la red que entra en actividad durante la ejecución de tareas que requieren atención (llamada “red orientada a tareas”), y así, “cuando corremos a tontas y a locas en nuestra vida cotidiana tratando de cumplir nuestro horario, tratando de responder a todos los dispositivos móviles que tenemos, publicando mensajes en Twitter y Facebook, recibiendo mensajes de texto, escribiendo mensajes de correo electrónico y revisando listas de cosas pendientes, suprimimos la actividad de la que tal vez sea la red más importante del cerebro”.

Smart apunta que la economía debe encogerse a fin de prevenir una crisis ambiental y reducir la pobreza. Asume que el esfuerzo del trabajo solo genera verdaderas utilidades para el pequeño grupo de personas que se aprovechan de él, pero no para los trabajadores, que deben trabajar –e incluso someterse a la presión del trabajo después de la jornada laboral– porque tienen cuentas por vencer que a veces solo existen por el trabajo mismo.

Resulta contraintuitivo pensar que la red no orientada a tareas sea el área más importante del cerebro, pero Smart afirma que las estructuras cerebrales que pertenecen a esa área son las que “dan sustento al autoconocimiento, los recuerdos autobiográficos, procesos emocionales y sociales y también a la creatividad. Persisten en tanto se mantenga el estado de relajación”. Todos esos procesos, en conjunto, son aquellos que nos permiten “percibirnos como un ‘yo’ coherente y continuo” y en consecuencia, a medida que las personas se enfocan en resolver las tareas urgentes, dejan de lado las actividades que se desarrollan en la red neuronal por defecto y que son beneficiadas por el ocio.

Lamberto Maffei es un neurocientífico italiano que ha llegado al mismo diagnóstico que Smart. En su libro Alabanza de la lentitud, explica que el desarrollo cerebral de los seres humanos se debe, en esencia, a la lentitud: “El gran truco de la prolongada infancia del hombre hizo posible su gran cerebro”. La lentitud acompaña a los humanos toda su vida, pues también el cerebro se va deteriorando lentamente, hasta llegar a la demencia senil. Esa forma de desarrollo posee varios efectos. Algunos ventajosos, según Maffei, como “brindar tiempo para que todos podamos imprimir una impronta personal al desarrollo de nuestro cerebro, ajustando progresivamente las conexiones de las fibras nerviosas conforme a los estímulos seleccionados por nosotros”. Sin embargo, nuestro pensamiento rápido no está tan desarrollado. De hecho, responde a la clase de pensamiento que poseían nuestros antepasados y que se vinculaban con la supervivencia.

Tanto Maffei como Smart sostienen que el cerebro humano no está diseñado para responder con eficiencia al ajetreo ni al multitasking. De hecho, Smart señala que hay suficiente evidencia científica para afirmar que al desarrollar varias tareas en simultáneo nuestro rendimiento es peor en todas ellas.

¿Cuál es la solución, entonces? Smart, Maffei y Byung-Chul Han coinciden en la importancia del ocio como un mecanismo esencial para lidiar con los males de la hiperconectividad. Byung-Chul Han, citando a Walter Benjamin, afirma que se requiere de una relajación producida por el aburrimiento: “Sin relajación se pierde el ‘don de la escucha’ y la ‘comunidad que escucha’ desaparece (…). El don de la escucha se basa justo en la capacidad de una profunda y contemplativa atención, a la cual el ego hiperactivo ya no tiene acceso”.

Por otro lado, Smart detalla investigaciones sobre los efectos que produce el ruido en el cerebro. Explica que a diferencia de los sistemas predecibles, el ruido en el cerebro agudiza la percepción de lo sensible. El ingreso de un distractor, como el ruido, permite que el cerebro focalice su atención en un estímulo sobre los demás. Aunque parezca extraño, las investigaciones sobre personas con déficit atencional demostraron que ellas pueden ejecutar mejor algunas tareas cuando las hacen bajo niveles moderados de ruido.

Todas son tareas desagradables. A nadie le interesa ya aburrirse o escuchar ruido. Y en nuestra época –a diferencia de décadas anteriores– podemos esquivar el aburrimiento con facilidad. Lo mismo sucede con los límites. Hacia el final de su libro, Smart apunta que la economía debe encogerse a fin de prevenir una crisis ambiental y reducir la pobreza. Asume que el esfuerzo del trabajo solo genera verdaderas utilidades para el pequeño grupo de personas que se aprovechan de él, pero no para los trabajadores, que deben trabajar –e incluso someterse a la presión del trabajo después de la jornada laboral– porque tienen cuentas por vencer que a veces solo existen por el trabajo mismo.

Ese estado de cosas no tiene por qué mantenerse. Smart imagina un mundo donde cada vez se trabaje menos, donde no se considere el ocio como un mal. Aquella convicción ahora suena quimérica o hippie, pero es antigua: es la misma que se lee en el Antiguo Testamento o se practica en algunas tradiciones orientales. Es bastante obvio que la hiperconectividad no nos dejará jamás, pero sucumbir a ella no es adecuarse al progreso, sino desconocer nuestros límites.

 

El arte y la ciencia de no hacer nada, Andrew J. Smart, Tajamar Editores, 2016, 196 páginas, $13.090.

 

Alabanza de la lentitud, Lamberto Maffei, Alianza Editorial, 2016, 128 páginas, $13.200.

 

La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han, Herder, 2012, 80 páginas, $16.990.

 

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