Junio 12, 2018

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Estampas de niña, libro debut de Camila Couve, se suma a muchos otros en que las escritoras chilenas cuestionan particularmente la figura paterna.

por lorena amaro

En 1965, Adolfo Couve publicó un breve y singular libro, titulado Alamiro. En 34 fragmentos y un epílogo, el artista y escritor daba forma a los recuerdos de su infancia, marcados por los temores nocturnos, una difícil escolarización y la severidad de los adultos. Una infancia en migajas, solitaria, algo triste, contada en un formato que privilegiaba las imágenes. Más de 50 años después, su hija Camila escribe Estampas de niña, que en 67 viñetas consigue alumbrar las zonas oscuras de una infancia con aparentes privilegios. Hija del pintor y de la famosa ilustradora Marta Carrasco, la autora aborda en este texto de carácter autobiográfico la conflictiva relación de sus padres, observada desde el lugar de una niña pequeña: “Es feliz esa niña extraña que no espera nada de lo que está por venir”. Poco a poco se develan capas de ese misterio familiar: “Los dormitorios de mis padres son dos. (…) Viven y conviven como si dos casas distintas y opuestas hubiesen sido construidas por el mismo arquitecto. (…) No se topan, no se enlazan, y sin embargo comparten el mismo pasillo y la misma puerta de entrada”.

Se insinúa así una relación homosexual normalizada al interior del infeliz matrimonio, un infierno que acaba con la huida de la madre y la hija, y la separación definitiva de los dos artistas.

Una relación tensa en que el padre suele ejercer la violencia, pero su retrato se torna ambiguo: tan pronto aparece devorando un damasco lleno de “hormigas negras que huyen despavoridas” (casi un Cronos devorando a sus hijos), como le regala a su hija una muñeca de Blanca Nieves: “La compra para mí y para él”, dice ella, que a través de estos pincelazos va contándole al lector las aristas de un secreto familiar.

El secreto es un ingrediente común a los relatos de filiación —cada vez más frecuentes en la narrativa chilena—, y en este caso se trata de algo que ocurre con el padre: su ira, sus frustraciones de artista y también la presencia de otro hombre en la casa, un amigo de él, que “vive con nosotros desde hace algún tiempo, no sé por qué”. Él “es amigo de mi papá. No de la familia” y suele desaparecer, a ciertas horas, en “una de las habitaciones de la parte trasera de la casa”. La niña percibe que su vida es “un caos que se enreda entre mis padres”.

Se insinúa así una relación homosexual normalizada al interior del infeliz matrimonio, un infierno que acaba con la huida de la madre y la hija, y la separación definitiva de los dos artistas. Pero hay una serie de otras situaciones que también son relatadas con el sesgo parcial de la niña, como los problemas de salud de la madre, el exilio de una parte de la familia a un “país temporal”, los intentos de la madre por rearmar su vida en compañía de una nueva pareja. Aquí es importante lo que no está dicho. También, la capacidad de la narradora de sobreponerse a los aspectos más duros de su historia: “Las cosas fueron buenas y malas y en este punto siempre intento rescatar lo que de dulce se fue grabando en mi memoria; lo otro está ahí, no lo desconozco pero no lo traigo a pasear de junto, para qué”.

Aquí es importante lo que no está dicho. También, la capacidad de la narradora de sobreponerse a los aspectos más duros de su historia.

El libro de Camila Couve se suma a muchos otros en que las escritoras chilenas cuestionan particularmente la figura paterna, desde un texto autobiográfico como Correr el tupido velo, de Pilar Donoso, hija del escritor José Donoso, a otros en que la figura paterna aparece ficcionalizada (En voz baja, Cansado ya del sol y “Había una vez un pájaro” de Alejandra Costamagna; Fuenzalida de Nona Fernández; Cercada de Lina Meruane; Kramp de María José Ferrada). El telón de fondo, en todos estos casos, es la dictadura, presente también, aunque en escorzo, en el relato de Couve. Lo interesante es observar cómo estas autoras, con esta recurrencia, presentan aristas no solo del abismo político que se impuso en Chile durante 17 años, sino también de una experiencia familiar que marca especialmente a las mujeres, la mayoría de las veces en los años cercanos a la pubertad y al hallazgo de la sexualidad. Ellas enfrentan con dolor, rebeldía o creatividad la ausencia, la violencia o la imposición del orden paterno.

“Un padre es una bomba de tiempo”, escribe Alejandra Costamagna en “Había una vez un pájaro”. Transpongo esta frase al relato de Couve, en que la figura paterna es medular y conflictiva, incluso temible; a ella se contrapone la figura de la niña, que se representa en las primeras páginas con la delicadeza de una bailarina: “Giro y giro con los pelos enredados”, y que cierra con esa misma imagen: “La niña que fui y que se quedó bailando en medio de la sala más grande”. La bailarina que no llegó a ser, la bailarina que la adulta rememora y en que se adivina la pérdida, el baile truncado. Hay, pues, otra cita que se podría trasponer a esta historia, una cita de Gabriela Mistral: “La bailarina ahora está danzando/ la danza del perder cuanto tenía. / Deja caer todo lo que ella había,/ padres y hermanos, huertos y campiñas, /el rumor de su río, los caminos, / el cuento de su hogar, su propio rostro/ y su nombre, y los juegos de su infancia/ como quien deja todo lo que tuvo caer de cuello y de seno y de alma”.

Un debut sencillo, sensible y con una cuota importante de valentía.

 

Estampas de niña, Camila Couve, Alfaguara, 2018, 100 páginas, $10.000.

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