Un paso atrás

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Adiciones palermitanas no aporta mucho a la obra de Germán Marín, un escritor fundamental de las últimas décadas en nuestro país. Temas como el dolor, la ancianidad y la soledad se diluyen entre consabidas fantasías y apetitos eróticos de su protagonista, que hacen de su breve y limitado periplo por la ciudad, algo trivial e insulso.

por lorena amaro

Es indudable que Germán Marín, junto con Roberto Bolaño, Diamela Eltit y Pedro Lemebel, forma parte de un cuarteto tremendamente significativo en la narrativa chilena de las últimas tres décadas. Su obra, que incluye novelas breves y desgarradoras como El palacio de la risa, o proyectos ambiciosos y perdurables, como la trilogía Historia de una absolución familiar, ya forma parte de un canon de la memoria del país. Sin embargo, como bien observa la crítica argentina Nora Catelli, muchas veces “las cumbres literarias no van por autores sino por fragmentos de diversas dimensiones”. En otras palabras, un autor no siempre es bueno por ser tal autor. Todo esto para decir que Adiciones palermitanas, la última novela de Marín, es una obra menor, que no agrega mucho a la lectura de un novelista consagrado como él.

Marín presenta dos niveles de relato que se van alternando, diferenciados por el uso de cursivas en uno de ellos: por una parte, un escritor anciano y achacoso relata sus lentos y solitarios días entre la ventana de su casa y algunos cafés de Providencia, entre los que deambula procurando apaciguar un fuerte dolor físico que lo obliga a sentarse a cada momento. Este escritor trabaja en un relato sobre el Hotel Palermo del barrio Brasil, segundo nivel narrativo. Allí el administrador del lugar narra en primera persona la vida de sus habitantes. Hay pasajeros furtivos que utilizan el tercer piso del edificio como un motel y otros fijos, que en el segundo piso han hecho del lugar prácticamente una pensión familiar. Muchos de estos personajes recuerdan a otros creados por Marín, quien posee un consistente imaginario personal.

Más compleja (y negativa) es la comparación inevitable entre un libro como este, en que se narra sobre todo la historia de un espacio, de un lugar de tránsito convertido extrañamente en hogar permanente de sus personajes, con El palacio de la risa, una de las narraciones más potentes de la posdictadura, en que el autor explora diversas maneras de acercarse a un lugar que es una metáfora de la historia del poder en Chile.

Tres son los principales problemas de esta nueva entrega. Primero, no hay absolutamente ninguna variación entre las dos voces que emanan de este libro; las cuales, a su vez,  son iguales a las de otras novelas del autor (es evidente, a estas alturas, que Marín no es un impostador de voces y, por lo mismo, su valor está siempre en las novelas en que “Marín hace de Marín”).

Segundo, el uso particular de la sintaxis y las frases subordinadas suministradas a discreción, las notas voyeristas y el canto de macho anciano, son recursos que a ningún lector podrían sorprenderle, pero que en esta novela, reiterativa y sin asunto, agotan. Se podría decir que temas como el dolor, la ancianidad y la soledad (las reflexiones del escritor que sufre por sus piernas y su obligada renuncia a los placeres carnales) se diluyen entre consabidas fantasías y apetitos eróticos que hacen de su breve y limitado periplo por la ciudad algo trivial e insulso.

Y el tercer problema, la escasa prolijidad con que el libro fue editado. Por poner solo un ejemplo, lo que ocurre en el capítulo 9: hasta ese momento, el relato sobre la vida del escritor estaba en cursivas, pero aquí son abandonadas y pasan a distinguir el relato sobre el hotel. Da la sensación de que hubo un capítulo sobre el hotel que fue eliminado y se produjo este cruce extraño. Lo peor es que el libro plantea una puesta en abismo: el escritor, un poco más adelante, ingresa personalmente al hotel de su fantasía (o sea que este se vuelve real). Si tal vez el uso de las itálicas se hubiese reservado para ese juego, algo de sentido tendría, pero así como está solo produce una ligera confusión, un desajuste en la lectura. Al igual que este, hay varios otros detalles, como cuando escribe: “Ella ha sido la única persona tratada este último tiempo”, por Mónica, la amante ocasional del escritor, lo que indica que habría que olvidarse de que al principio de la narración se menciona la existencia de una esposa (tal vez, en este horizonte decadente y machista, las esposas no fungen como personas ni como personajes).

Más compleja (y negativa) es la comparación inevitable entre un libro como este, en que se narra sobre todo la historia de un espacio, de un lugar de tránsito convertido extrañamente en hogar permanente de sus personajes, con El palacio de la risa, una de las narraciones más potentes de la posdictadura, en que el autor explora diversas maneras de acercarse a un lugar que es una metáfora de la historia del poder en Chile. A su lado, Adiciones palermitanas no añade absolutamente nada. Como El Guarén, Dejar hacer o Notas de un ventrílocuo, no es más que una adición intrascendente.

 

adiciones

Adiciones palermitanas, Alfaguara, 2016, 201 páginas, $14.000.

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