Marzo 29, 2017

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¿Qué pueden hacer países occidentales cuando se instala en ellos una población que no comparte sus costumbres ni parece dispuesta a integrarse? Esta pregunta atraviesa el último libro de Pierre Manent, quien plantea que la solución no radica en una cuestión de derechos individuales. El camino estaría en reconocer el carácter colectivo de los musulmanes y, en oposición a una Unión Europea carente de cualquier identidad, recuperar la vieja idea de nación: “No hay acogida desde el vacío, sino mera superposición”.

por daniel mansuy

Europa debe tener pocas tareas más urgentes que la de explicitar en qué consiste el problema musulmán. Naturalmente, después de la seguidilla de atentados es difícil negar que hay algo así como un problema, aunque no hay ningún acuerdo sobre cuáles son sus contornos, entre otras razones, porque no cabe reducir ni identificar la realidad musulmana con el terrorismo. En rigor, Europa está paralizada frente a un fenómeno que no sabe cómo comprender ni cómo tratar. ¿Qué pueden hacer países occidentales y democráticos cuando se instala en ellos una población que no comparte sus costumbres ni parece dispuesta a integrarse? La pregunta es crucial, porque aquí Europa se juega nada menos que su futuro.

Quizás el principal mérito del último libro de Pierre Manent, Situation de la France (traducido al inglés bajo el título Beyond Radical Secularism), sea formular con la mayor claridad posible estas interrogantes (y sin eludir ninguna de sus dificultades). Manent se resiste a conformarse con el lenguaje políticamente correcto, que tiende a volver estéril tantas discusiones contemporáneas (de hecho, en Francia es muy difícil siquiera abordar estas cuestiones sin ser tildado de islamofóbico: a falta de argumentos, siempre es posible atribuir algún tipo de fobia).

El texto fue publicado en septiembre de 2015, tras el ataque a Charlie Hebdo, pero antes de los atentados del Bataclan y Niza. Por lo mismo, el libro no ha perdido nada de su actualidad y ha dado lugar a una discusión muy intensa.

Para Manent, elaborar un diagnóstico acertado es la condición indispensable antes de proponer cualquier solución práctica. Y su diagnóstico parte de un hecho macizo y observable: en Francia hay una población importante de confesión musulmana cuya integración no ha resultado fácil. Muchos sostienen que la salida pasa por aplicar la misma receta que la Tercera República francesa aplicó al catolicismo a fines del siglo XIX. Así, bastaría reforzar el concepto de laicidad, esto es, la separación entre las esferas política y religiosa. La pregunta implícita aquí es la siguiente: ¿por qué habríamos de tratar de modo distinto a los musulmanes que a los cristianos?

La tesis implícita es que las sociedades occidentales tienen un solo camino para aproximarse a los problemas religiosos, que consiste en afirmar la igualdad de derechos y la neutralidad del Estado. Dado que el Estado no reconoce comunidades sino individuos, entonces una aplicación rigurosa de los principios democráticos sería suficiente para resolver la dificultad. En el fondo, se espera que los musulmanes se decidan a entrar en la historia y vivan su propio proceso de secularización.

La comunidad musulmana debe comprometer su respeto absoluto a algunos principios republicanos: ni la poligamia ni el velo que cubre totalmente el rostro son prácticas tolerables. Otro principio intransable para Manent es el respeto a la libertad de expresión, y el islam debe estar expuesto al mismo tipo de crítica que las otras religiones.

De más está decir que a Manent esta posición le parece muy estrecha. De hecho, es una buena muestra de las dificultades para percibir fenómenos que no encajan en las categorías occidentales. Aunque el problema tiene múltiples dimensiones, cabe advertir que la laicidad fue un modo francés de zanjar la tensión entre la Iglesia y el Estado. La historia de esa relación es larga y compleja, pero no puede obviarse que ese dispositivo estaba encarnado, y buscaba establecer reglas de convivencia al interior de una misma comunidad histórica. Dicho de otro modo, el mundo católico no necesitaba ser integrado a Francia, pues formó siempre parte constitutiva de la nación. Desde luego, esta salida no estuvo exenta de dificultades, pero no fue una respuesta abstracta a un problema teórico. Por lo demás, el Estado de la Tercera República tenía una fuerza y un prestigio que ya no existen. Pensar que la respuesta actual debe ser la misma es caer en un anacronismo fuera de lugar: los términos del problema son demasiado distintos como para aplicar la misma receta.

Ahora bien, esta ceguera es síntoma de una profunda dificultad que enfrenta Europa (y Francia en particular) y que está en el origen de la perplejidad. La primacía otorgada a los derechos individuales como instrumento de comprensión implica una severa amputación del horizonte: desde ese prisma, solo vemos a sujetos titulares de derechos, pero no comunidades. Estamos convencidos de que la extensión ilimitada de derechos es la respuesta adecuada a todos nuestros problemas, y creemos que solo falta que el mundo musulmán se integre a ese proceso en marcha. En la lógica de este relato progresista, toda comunidad cuya autocomprensión no se defina por la categoría de los derechos está destinada a desaparecer en virtud de una modernización irresistible. Sin embargo, la dificultad estriba precisamente en que nos enfrentamos a un grupo que se niega, de modo sistemático, a abandonar sus referencias tradicionales y su carácter efectivamente comunitario. Los musulmanes no se comprenden a sí mismos como átomos aislados, sino más bien como miembros de una comunidad. Además, su regla de obediencia está fundada en la ley divina, y tampoco concebimos con facilidad que la religión pueda seguir siendo, en pleno siglo XXI, algo capaz de motivar la acción humana. Para Manent, tenemos que romper con nuestros moldes si acaso queremos comprender lo que ocurre, pues no todos los hombres aspiran a vivir bajo las coordenadas occidentales.

Como puede verse, el filósofo francés busca rehabilitar una comprensión propiamente política del dilema. No habrá salida, afirma, mientras no se reconozca la insuficiencia de las categorías individualistas. Se hace necesario entonces partir reconociendo el carácter colectivo de los musulmanes. Nos cuesta ver al islam como fenómeno político porque nuestras categorías son demasiado abstractas para tomar en serio su realidad. Para peor, el proyecto europeo ha acentuado este hiato. Dado que Europa solo quiere ser forma sin contenido, o estructura jurídica sin pueblo ni identidad, queda abierta a una alteridad que no comprende. Los europeos quieren acogerlo todo, pero la acogida solo cobra sentido cuando se posee una identidad definida. No hay acogida desde el vacío, sino mera superposición.

El desafío propuesto por Manent es colosal: llama a los europeos (y particularmente a los franceses) a rehabilitar la idea misma de nación, último recurso disponible para detener la creciente expansión de las costumbres musulmanas en el espacio europeo. Y aquí nos encontramos con el fondo de su diagnóstico: la verdad latente de la situación actual, dice, es que si nadie hace nada, Europa sufrirá (y está sufriendo) una islamización por defecto.

La consideración de estos hechos lleva a admitir que el islam ejerce cierta presión sobre Europa, presión que obliga a adoptar una actitud más bien defensiva. Para Manent, y esta afirmación no está exenta de polémica, se debe partir aceptando que los musulmanes tienen costumbres distintas. Cuando se inició la inmigración musulmana en Francia, nunca se les exigió abandonar sus prácticas ni su religión. Sería por tanto injusto (además de suicida) pedirles renunciar a ellas. Si en esa decisión hubo un error, fue cometido por gobiernos de todos los colores, y no hay espacio para echar pie atrás. Por lo mismo, sus costumbres deben ser respetadas; y a Manent le parecen francamente absurdas las discusiones que sobre esta materia suelen encender los ánimos en Francia (como las relativas a los horarios diferenciados para hombres y mujeres en las piscinas públicas, o los menús especiales en los colegios, reivindicaciones tradicionales de la comunidad musulmana que a los franceses les cuesta mucho aceptar).

Naturalmente, es innegable que la aceptación de estos hábitos puede modificar la fisonomía del país, pero en verdad eso ya está ocurriendo. Si se quiere contener ese movimiento dentro de límites razonables, lo mejor es explicitarlo. Sin perjuicio de lo anterior, la comunidad musulmana también debe comprometer su respeto absoluto a algunos principios republicanos: ni la poligamia ni el velo que cubre totalmente el rostro son prácticas tolerables. Otro principio intransable para Manent es el respeto a la libertad de expresión, y el islam debe estar expuesto al mismo tipo de crítica que las otras religiones.

Ahora bien, subsiste una interrogante fundamental: ¿a qué agrupación humana los musulmanes deberían integrarse? Sabemos que la Unión Europea es demasiado abstracta como para constituir una alternativa seria. En efecto, ninguna comunidad auténtica va a integrarse a una estructura procedimental que solo busca proteger derechos individuales, porque eso implica la disolución de su propia colectividad. Para Manent, esa vía está condenada al fracaso. El único camino que queda entonces disponible es la vieja idea de nación, pues, aunque debilitada, solo la forma nacional constituye una realidad efectiva capaz de acoger en su seno. Esta incorporación supone, entre otras cosas, que se detenga el generoso financiamiento proveniente de los países del Medio Oriente a las actividades religiosas y proselitistas de los musulmanes franceses. La integración a la nación implica renunciar a ello, porque el objetivo es precisamente que se vinculen a Francia y renuncien a una relación demasiado estrecha con los países árabes. Desde luego, el desafío propuesto por Manent es colosal: llama a los europeos (y particularmente a los franceses) a rehabilitar la idea misma de nación, último recurso disponible para detener la creciente expansión de las costumbres musulmanas en el espacio europeo. Y aquí nos encontramos con el fondo de su diagnóstico: la verdad latente de la situación actual, dice, es que si nadie hace nada, Europa sufrirá (y está sufriendo) una islamización por defecto.

Uno puede compartir en mayor o menor medida las propuestas de Manent, pero es menester reconocer que hay pocos intelectuales dispuestos a tratar esta cuestión sin rodeos ni ambages de ninguna especie. Con todo, su propuesta –un llamado desesperado a sus compatriotas, una invocación quijotesca a recuperar el apego por la nación para evitar la islamización de su propio país– tiene dificultades serias, y el mismo Manent es consciente de ellas. Tal vez la principal es que el hombre europeo no parece dispuesto a renunciar al etnocentrismo implícito en su visión del mundo. El progresismo imperante, en virtud del cual el hombre occidental cree encarnar el fin de la historia (y el último hombre), le impide siquiera suponer que hay otras agrupaciones humanas que se mueven con otras lógicas. En otros términos, el europeo parece dispuesto a morir esperando que se consume su relato histórico de disolución de la política antes que enfrentar los desafíos que le impone esa misma historia. Triste destino para una cultura fundada por los griegos, acaso el pueblo más consciente del carácter político del hombre.

 

situation de la france

Situation de la France, Desclée de Brouwer, 2015, 173 páginas, €15,90.

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