Una farsa mal orquestada

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Mayo 15, 2018

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Los personajes de Cohen son caricaturas vacías, sin humanidad, y las historias crueles o de supuesto humor negro son farsescas en el peor de los sentidos: farcire, en latín, significa “rellenar”.

por lorena amaro

Además de dramaturgo, cineasta, guionista y poeta, Gregory Cohen es autor de tres novelas, aparecidas con un gran desfase temporal: El mercenario ad honorem (1991), El hombre blando (2011) y la reciente El judío y la pornografía, publicada simultáneamente en México y Chile. En lo que va de su trayectoria como novelista, Cohen suele optar por la fórmula del antihéroe, por protagonistas avasallados pero hasta cierto punto resistentes a las ignominias del poder, con mucho de alter ego (ya sea por su oficio, o por su condición de judío-chilenos), también con algo de esperpentos: desde las primeras líneas de El judío y la pornografía nos encontramos con que Kolia Kohan, su protagonista, camina desenfadadamente con un abrigo sin botones, porque antes que andar con algunas hilachas de botones perdidos, opta por arrancarlos todos. El narrador muestra los movimientos erráticos de Kohan; su mundo está hecho de pequeñas intuiciones y sospechas que rayan en la paranoia, pero que se explican por las experiencias sufridas bajo la dictadura de Pinochet.

Pero la novela de Cohen aborda temas enormes y pierde el norte más de una vez; no se capta del todo su reflexión política, a pesar de sus frases grandilocuentes.

La narración no deja dudas sobre la identidad Kohan/Cohen, quien a poco andar se reúne con su mejor amigo, el falsificador Kaplan Kaplan, y luego con otros dos personajes: Sosa, converso al judaísmo y experto en simbolismos religiosos, de dudosa importancia en esta historia, e Ingrid, una voluminosa anciana de origen alemán. La reunión tiene lugar en un misterioso departamento ñuñoíno, donde parecen haber sido atraídos por una suerte de trama policíaca.

El relato alterna tres niveles: breves textos que explican la relación de los judíos con la pornografía (y por qué Dios es un pornógrafo); otros escasos pasajes de Kolia Kohan (desechables) y una narración en tercera persona, la más extensa. Ella da cuenta del encuentro entre estos personajes y las historias que esconden, que abarcan desde la vida de una joven chilota que sorprendentemente estudia un “máster en Matemáticas” en la Universidad de Barcelona en las primeras décadas del siglo pasado, hasta la desaparición de un joven ruso bajo la dictadura chilena, pasando por varias historias de la Segunda Guerra Mundial y una escena ridícula en la que Ingrid, joven, baila una cueca con un militar chileno-ruso al mismo tiempo que tienen una relación sexual. A los 13 capítulos de la novela se suman dos secciones finales, en el mismo tono anterior, “Material desclasificado” y “Material actualmente censurado”.

En todos estos niveles interviene una y otra vez el mismo, farragoso y efectista narrador. Los personajes son caricaturas vacías, sin humanidad, y las historias crueles o de supuesto humor negro son farsescas en el peor de los sentidos: farcire, en latín, significa “rellenar”. Un relleno que en la antigüedad se producía entre dos tragedias, pero que aquí busca eludir lo trágico o hacerlo tragicómico.

La historia de Ingrid, hija de un nazi y una mujer judía, abandonada a su suerte en los últimos días del Reich y recogida por un voyerista, podría ser interesante, pero Cohen la desperdicia en pos de la anécdota bizarra.

El problema de esta novela no es su falta de realismo. Un relato farsesco, estrafalario, esperpéntico, puede ser de gran interés, e instalar una crítica política y social. Pero la novela de Cohen aborda temas enormes y pierde el norte más de una vez; no se capta del todo su reflexión política, a pesar de sus frases grandilocuentes, del tipo: “Todo judío (…) todos forman parte de una conjura” o “Ser judío es un presentimiento”. También son muchas las frases rebuscadas y los chistes sin gusto: “Mientras, seguía subyugada por la punta de ese pene (…) Tanto, que lo consideró un pene buenmozo”.

Cohen dispersa, sin mayor fineza, la historia de los campos de concentración alemanes y chilenos, y sobre todo lo que ocurrió después de ellos, con un humor más destemplado que negro. La crítica se reduce a una mueca, a una serie de diálogos bastante teatrales, muy propios del absurdo, que en este caso no conducen a reflexiones más hondas.

El resultado es una novela deshilvanada, en que priman el sinsentido, la adjetivación inútil, la arbitrariedad de algunas imágenes. La historia de Ingrid, hija de un nazi y una mujer judía, abandonada a su suerte en los últimos días del Reich y recogida por un voyerista, podría ser interesante, pero Cohen la desperdicia en pos de la anécdota bizarra. Los subtítulos de la novela son contundentes: “La épica del ano” es tan solo uno de ellos y lo dice todo; lo que busca es negar la épica, ya sea del pueblo judío, de las víctimas de la dictadura, de la búsqueda de venganza o reparación. Y bien que lo logra, contándonos una historia desflecada y desechable.

 

El judío y la pornografía, Gregory Cohen, Desatanudos, 2017, 219 páginas, $15.500.

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