Una vida para escuchar

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Diciembre 27, 2017

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Evocando una fecha, un año o un momento particular de nuestra historia reciente, Mauricio Redolés ofrece en Algo nuevo anterior (recuerdos) breves cápsulas del tiempo: las largas sobremesas familiares, los paseos por Quinta Normal, los días de prisión en la Academia de Guerra, los chascarros de los exiliados, las tocatas en distintos locales del país. Un libro que invita a la complicidad, que destila un humor a ratos ingenuo y a veces cruel, y que incentiva una reflexión sobre la libertad y el gozo del lenguaje.

por lorena amaro

Hace solo unos meses, Soledad Bianchi recordaba, en el lanzamiento de la antología El estilo de mis matemáticas, de Mauricio Redolés, la capacidad de este músico y poeta para desdramatizar, en los difíciles tiempos de la dictadura, la violencia ejercida desde el poder. Bianchi destacaba la “destreza, gracia y osadía con que usaba el humor (el cruel, incluso)”.  Sin duda que estas características siguen acompañando a uno de nuestros escritores más joviales, quien viviera la militancia comunista, la prisión y el exilio entre los años 70 y 80, cultivando en su música y su poesía imágenes y giros inesperados de la voz, ingeniosos e insólitos modos de lo coloquial y lo cotidiano que forman parte, también, de sus inolvidables presentaciones públicas.

No se puede considerar sino como un gran acierto que la misma editorial, Lumen, presente ahora este Algo nuevo anterior (recuerdos), a través del cual sus seguidores podrán acceder a una vida que Bianchi seguramente llamaría “redolírica”, al igual que su poesía. En él se hace tangible una misma capacidad de humor, de escucha de los otros, de humanidad incesante. Unas memorias más sencillas que las de Zurita (El día más blanco, 1999/2015) y menos políticas que las de José Ángel Cuevas (Autobiografía de un extremista, 2009), otros grandes poetas del mismo período que han incursionado en el género de la autobiografía.

Las de Redolés se caracterizan por ser unas memorias fragmentarias, anecdóticas, casuales, “recuerdos”, como subraya el propio autor, quien dice haber hallado sus modelos en grandes cronistas y columnistas del periodismo literario chileno (Julio Martínez, Daniel de la Vega, José Miguel Varas y Virginia  Vidal), además de su evidente diálogo con Me acuerdo de Georges Perec, que él mismo menciona.

Redolés prácticamente no habla de su poesía y de su música, sino que construye a un sujeto que está sobre todo en la calle: empático, en sintonía con el mundo y abierto a las diversas voces de la infancia, la juventud y la madurez.

Evocando casi siempre una fecha, un año o un momento particular de nuestra historia reciente, Redolés nos ofrece breves cápsulas del tiempo: las largas sobremesas familiares, los paseos por Quinta Normal y otros barrios antiguos de Santiago, los días de detención en la Academia de Guerra y un campo de concentración, los chascarros de los exiliados chilenos residentes en Londres, las tocatas y amistades en distintos locales de todo el país. Los fundamentales talleres realizados en la Penitenciaría y la escritura de los presos. Los últimos años, marcados recientemente por un accidente cerebro-vascular, que Redolés describe a su modo, siempre afable, sin dramatismos, en las páginas de este Algo nuevo anterior, título que pareciera querer proyectar el momento en que la conciencia hace su hallazgo de un recuerdo que apenas permanecía, subrepticio, en los laberintos próximos del olvido.

Los recuerdos están referidos sobre todo a los otros: su padre, su madre, su tía, los cantantes que conoció, los encuentros políticos y literarios, los seres anónimos con los que cruzó alguna mirada, pero sobre todo que escuchó, llevando esos distintos modos de habla a una broma, a una imagen o una metáfora que revela el potencial infinito del lenguaje, sobre todo en sus facetas más tiernas y humorísticas.

Redolés prácticamente no habla de su poesía y de su música, sino que construye a un sujeto que está sobre todo en la calle: empático, en sintonía con el mundo y abierto a las diversas voces de la infancia, la juventud y la madurez. El suyo puede ser un humor ingenuo, pero también, por momentos, muy negro. Así pasa de un recuerdo infantil sobre los chistes de sinónimos (“sinónimo de secretaria: Copiapó…”) o de “aparente bilingüismo” (“Desodorante en japonés: Susobakolesudaba…”), a historias más complejas y oscuras, en que se revela la fortaleza anímica de los prisioneros políticos: “Los torturadores de la Academia de Guerra Naval en Valparaíso nos gritaban desesperados cuando nos quedábamos en silencio en los interrogatorios: ‘¡Coopera, huevón, coopera!’. En el campo de concentración de Colliguay, donde íbamos a dar la mayor parte de los presos políticos de Valparaíso y alrededores, un equipo de baby fútbol que participaba de un campeonato interno se llamaba ‘Los Coopera Huevón Coopera’, y el grito de guerra era ‘¡Coopera Huevón!’…”.

Breves historias como estas, muchas basadas en malentendidos lingüísticos (el forzoso aprendizaje del inglés en el exilio o el encuentro con jergas locales en el mismo territorio nacional), posibilitan una reflexión sobre la libertad y el gozo del lenguaje, característicos de la poesía de Redolés. Una especie de sobremesa literaria, que podría expandirse horas y horas, entretenida siempre, sencilla, sin protagonismos ni egos desbordados, solo la música honesta de la conversación entre amigos.

 

Algo nuevo anterior (recuerdos), Mauricio Redolés, Lumen, 2017, 229 páginas, $12.000.

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