Vidas paralelas

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Agosto 4, 2016

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Kafka y Walser escritores discretos

por federico galende

Sobre Robert Walser se han escrito con demora libros por montones, ninguno de los cuales deja de aludir a su temprano retiro en el manicomio cantonal de Appenzell, en Herisau, donde los días solía dividirlos entre largos paseos por la nieve, platos rebosantes de comida y cigarrillos que fumaba en el descanso. Las exiguas pruebas de reconocimiento que le llegaban como un rumor de otros lugares (se habían vuelto a imprimir sus obras, había aparecido en dos periódicos, circulaba en Viena un libro sobre su trabajo) no le interesaban: desayunaba en silencio, no hojeaba esa clase de periódicos ni consideraba que el hombre sobre el que escribían tuviera algo que ver con él.

No le importaban siquiera sus enfermedades, que asumía como si fuesen de otros. Pero una vez sí le importó algo: en medio de la nieve de Degersheim, su amigo y tutor Carl Seelig le mencionó al pasar que el director de la Oficina de Seguros de Accidentes de Praga lo estaba leyendo: leía con devoción Los hermanos Tanner, Jacob von Gunten y sus delicados escritos sobre colinas y montañas. Lo que le importó no fue eso, en realidad, sino el hecho de que el director fuera aconsejado por un empleado que había muerto 20 años atrás. El empleado respiraba mal, como él, pero a diferencia suya no era aficionado al cigarrillo. 

Walser vendió 100 ejemplares de su primer libro, y a Kafka le fue un poco mejor: 102 ejemplares de Meditaciones. Ambos fueron publicados por el mismo editor y murieron internados: en un manicomio el primero y en un sanatorio para tuberculosos el segundo.

El empleado era Franz Kafka, para muchos el mejor escritor del siglo XX: se había enterado de que estaba enfermo mientras tomaba un descanso en la campiña bohemia de Zürau, hacia donde se había mudado en 1917 a pasar una temporada con su hermana. Walser simulaba, le comentaba a Seelig que en Praga seguramente había cosas más estimulantes que hacer que consultar aquellos libros suyos, pero saber que Kafka no solo lo había leído sino que era capaz de recitar fragmentos enteros de su prosa de la época de Berlín, no podía no conmoverlo. Había una letanía entre los personajes, una afinidad distraída, y de no ser porque en la minúscula aldea de Zürau sobraban los animales, como en Herisau los ancianos y los locos, la situación contaba con la misma pureza y la misma economía de elementos a la que por vocación ambos escritores aspiraban.

La idea de que escribieran así (desprovistos de intrigas amorosas, de acción, de decorados) evidentemente no había sido del editor, quien había perdido dinero publicando los primeros libros de ambos. Por casualidad Kafka y Walser lo habían contactado el mismo año: el primero se había presentado una tarde de 1912 en el despacho de Kurt Wolff –el editor–, en compañía de un empresario sospechoso que hablaba de él como si fuese una estrella de rock; el segundo había enviado una sucinta carta manuscrita en la que lucía una caligrafía a lápiz del siglo XVIII.

La estrella de rock no había abierto la boca en toda la tarde: era un muchachito tímido, que miraba hacia abajo y que apenas logró sobreponerse a la vergüenza que le hizo pasar Max Brod despidiéndose con esta frase: “Señor Wolff, siempre le quedaré más agradecido porque me devuelva mis manuscritos que por su publicación”. En sus Memorias, Wolff recuerda que nunca antes un escritor se había referido así a su obra, ni nunca más alguien lo haría, salvo Walser, quien en la carta que le enviaba ese mismo año exhibía un tono tan simple como profundamente singular: hablaba de un libro que había terminado y al que veía “como una obra modesta pero, también, grata quizá o acogedora”.

Los relatos de Walser fueron publicados en tres tomos al año siguiente y no vendió más de 100 copias, muy parecido a lo que logró Kafka, quien en 1917 rendía cuentas a Max Brod: “Liquidación de la editorial por 102 ejemplares de Meditaciones, asombrosamente mucho”.

Kafka había vendido esa cifra de ejemplares en cinco años y le parecía bastante; una década después el propio Wolff contaría una edición de La condena que iba por los 347 mil volúmenes. El único problema es que había pasado una década y el escritor de Praga agonizaba ahora en una clínica de Viena, donde dedicó sus últimos días a corregir un manuscrito.

El manuscrito que Kafka corregía era “Un artista del hambre”: la tuberculosis le había estropeado la garganta, no podía tragar y la inanición se lo llevaba mientras revisaba estas pruebas en las que un actor de circo se entregaba al ayuno profesional para morir tranquilo en una jaula.

En sus escenas finales, los escritores no se parecían: la Navidad de 1956 Walser almorzó un buen plato de choucroute con carne y salchichas de cerdo, que acompañó de un postre de merengue con nata montada. Después salió a dar un paseo, caminó un par de kilómetros por la nieve y sintió que le dolía el corazón: resbaló por una hondonada, su sombrero quedó a unos metros y Jürg Amann escribió que aquella tarde lo encontró primero un perro, después la gente de la granja próxima y finalmente el mundo entero. Kafka en cambio no comía: no había hallado en este mundo un solo plato que lo complaciera. La fama también le llegaría de manera póstuma.

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