Aristócratas, performers y radicales: Catalina Sforza y lady Hester Stanhope

La espigada lady Hester Stanhope, después de una vida llena de aventuras, acabó sus días hablando a solas sobre las proezas de Catalina Sforza. Tres siglos antes, la condesa deslumbraría también a Maquiavelo, quien dijo haber extraído de sus hazañas las semillas que germinaron en El Príncipe.

por Federico Galende I 22 Septiembre 2020

Compartir:

Relacionados

Sobre Catalina Sforza y lady Hester Stanhope, separadas en el tiempo por más de tres siglos pero emparentadas por la excepcional irrupción de una práctica que tendría hoy un carácter profundamente performático, se escribió poco. En una de las tantas cartas que dirigió a su amigo Biagio Buonaccorsi, Maquiavelo dijo haber extraído de las hazañas de la primera las semillas que germinaron en El Príncipe; sobre las que llevó a cabo la segunda, quedan las memorias moribundas que redactó su médico de cabecera –el doctor Meryon– y un breve artículo escrito en 1919 por Lytton Strachey, en el que se la emplea como ejemplo de rebelión contra la almidonada vida de la época victoriana.

La condesa Sforza había sido casada a los 14 años con un príncipe destemplado que, viendo en los florentinos un impedimento real para la creación de un pequeño estado en la Romaña –el estado de Forli–, planificó los crímenes de Lorenzo y Giuliano de Médici, conocidos hasta nuestros días como la Conspiración de los Pazzi. Los súbditos acabaron años después con la vida del príncipe, asunto que a la condesa no le habría importado tanto si no fuera porque en medio de la revuelta tomaron como rehenes a sus pequeños hijos.

Tras recorrer 80 kilómetros durante cuatro días (lo hizo a caballo, obvio), Maquiavelo, quien con esta misión debutaba como Segundo Canciller de Florencia, visitó a la condesa Sforza en la fortaleza en la que permanecía refugiada sin sus hijos. Con esta ventaja a favor, intentó hacerla firmar un acuerdo para que renunciara al castillo, acuerdo del que se precipitó en jactarse ante sus jefes en el Palacio de la Signoria. Pero el trato no funcionó: la condesa se arrepintió al día siguiente, tenía algo entre manos, y le hizo pasar al Canciller de Florencia su primer gran papelón.

Lo que tenía entre manos Catalina era una especie de performance, pues a pesar de que el término aún no existía, se mostró dispuesta a invertir la subordinación clásica del cuerpo respecto al guion. Se fundaría en la libertad moral para crear un texto tan fascinante como imprevisible, y por eso cuando los rebeldes la amenazaron con asesinar a todos sus hijos si no entregaba de una buena vez la fortaleza en la que se refugiaba, saltó hecha una fiera sobre una de las murallas, se levantó la falda y, sin dejar de tocarse la vagina, gritó: ¡Y qué! ¡Puedo tener muchos más!

El canciller Maquiavelo (por entonces un joven aprendiz en el sofisticado arte de hacerse temer) quedó boquiabierto y no es improbable, considerando las líneas que dirigió por esos días a Buonaccorsi, que haya tomado de ese mismo acto la idea de la política como un dispositivo de producción de la realidad.

El canciller Maquiavelo (por entonces un joven aprendiz en el sofisticado arte de hacerse temer) quedó boquiabierto y no es improbable, considerando las líneas que dirigió por esos días a Buonaccorsi, que haya tomado de ese mismo acto la idea de la política como un dispositivo de producción de la realidad. Un dispositivo no precedido por un texto ni por una moral.

La historia, según detalla el doctor Meryon en las Memorias que le dedicó, fascinó a la espigada lady Hester Stanhope, quien acabó sus días hablando a solas sobre las proezas de Catalina en la fortaleza en la que se encerró tres siglos más tarde. La fortificación era esta vez una casona amurallada en las alturas del monte Líbano, cerca del pueblo de Djoun, donde Hester cuidaba un inmenso jardín rodeado de montañas y repleto de rosedales, exóticas fuentes de agua y senderos que se abrían entre tupidos parrones. Desde el ala este, si se descendía por las colinas, se podía contemplar el intenso azul del Mediterráneo. Pero, ¿qué hacía una aristócrata como ella perdida en medio de Siria?

Nacida cerca de Canterbury durante los años convulsos de los motines de la ginebra (Van Daal destinó un preciosísimo libro a estos motines titulado Bello como una prisión en llamas, una suerte de Dieciocho Brumario abreviado en versión inglesa), Hester optó por dejar atrás su linaje para internarse siendo joven en el fascinante y desconocido mundo de Oriente. Abandonó una copiosa hilera de amantes, se permitió darle la espalda a Lord Byron cuando este se lanzó al mar para saludarla en Atenas, viajó hacia Constantinopla, sobrevivió como náufraga abrazada a una roca cerca de Rodas y apenas puso un pie en El Cairo decidió vestirse de turco.

Desde entonces, fumaría en pipa (Strachey la describe surgiendo del humo del tabaco como la visión de una sibila en un sueño) y, próxima a penetrar en Damasco, en cuyas afueras fue advertida sobre el fanatismo de la ciudad y el auténtico suicidio que suponía que una mujer apareciera vestida de hombre, cabalgó por las principales calles a rostro descubierto, montando como si fuera un cowboy. Conjeturó al principio que una multitud enardecida la perseguía para lincharla, pero al cabo de un rato notó que acababa de convertirse en un misterioso objeto de adoración. Un gesto mínimo, un desvío en la tediosa cadena de lo previsible, había bastado una vez más para girarlo todo. A veces hay que probar, se dijo.

Y probó: de allí al desierto y, del desierto, a las mismísimas ruinas de Palmira, donde a excepción de la guerrera de Zenobia (había sido en el siglo IV, y en calidad de gobernanta), jamás una mujer había estado. Despachó a la comitiva oficial que intentó acompañarla, y se confió a una escolta de beduinos dudosos y pobres. Para ella, lo segundo despejaba lo primero. Lo había aprendido viendo cómo se conducía la gente de su clase: los Pitt, los Stanhope y la fabulesca hilera de los que vivieron tomándose lo de todos como si fuese de ellos.

Algo le había quedado de aquel prejuicioso y mezquino Occidente del que se marchó una vez para no regresar, como dicen los cuentos, nunca jamás.