Marzo 1, 2018

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Marxista y católico, Terry Eagleton es un representante cabal de la especie casi extinta del intelectual público, desde que en la década del 70 asumiera que la crítica literaria podía ser una herramienta de cambio. Su último libro llegado a Chile es Cultura, donde rastrea los orígenes del concepto y las emprende contra la exagerada inclinación posmoderna por la diversidad, pluralidad y relativismo. Eagleton advierte que si hoy todo parece diseñado y artístico, es justamente porque el capitalismo es maestro a la hora de borrar las diferencias.

por marcelo somarriva

El proyecto de ley que crea el nuevo Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio afirma que esta institución reconoce y promueve como valores fundamentales el respeto por la diversidad cultural, la interculturalidad y la dignidad de todas las culturas e identidades. Estas ideas, que sintonizan con la sensibilidad actual, tienen no obstante su origen en las ideas del clérigo luterano alemán Johann Gottfried Herder, quien vivió a mediados del siglo XVIII. A Herder hoy casi nadie lo recuerda, y quienes lo hacen asocian su nombre al origen del nacionalismo alemán y al lamentable uso que los nazis hicieron de sus ideas. Pero como observa el teórico y crítico literario Terry Eagleton en su libro Cultura, Herder fue uno de los primeros en introducir una visión de la cultura como una forma de vida y en destacar la importancia de la cultura popular. Herder, según él, sería el verdadero padre del multiculturalismo y un pionero no reconocido de los estudios culturales.

Eagleton fue también uno de los principales difusores de esta disciplina a comienzos de los 80. Siguiendo a autores como Raymond Williams, Richard Hogarth y E.P. Thomson, propuso que la vida cotidiana de la gente común era tan digna de estudiarse como la alta cultura, e introdujo a toda una generación de británicos en la obra de Foucault y Barthes.

Sin embargo, hace más de una década que Eagleton reniega del destino que siguieron estos estudios, según él cada vez más alejados de su misión política, y hundidos en la futilidad y la extravagancia. Su libro Cultura estudia el origen de este concepto y sus diversas manifestaciones en la historia moderna, y hace un alegato malhumorado contra el “culturalismo” y la exagerada inclinación posmoderna por la diversidad, la pluralidad, la hibridez y el relativismo. Más o menos habituados a escuchar críticas al relativismo cultural desde una derecha conservadora disfrazada de liberal, es interesante oírlas desde la izquierda.

Una hija ingrata

En cinco décadas de trayectoria –y con más de 40 libros publicados–, Eagleton es una figura emblemática de la izquierda británica y una celebridad académica. Su nombre aparece reiteradamente en la prensa, criticando libros sobre los más diversos asuntos y ostenta la peculiar distinción de haber sido denostado públicamente por el príncipe Carlos, quien desde su huerto de hortalizas orgánicas lo llamó “el espantoso Terry Eagleton”. Marxista y católico, o una mezcla de ambos credos en apariencia irreconciliables, Eagleton es un representante cabal de la especie casi extinta del intelectual público, desde que en la década del 70 concibiera la crítica literaria como una herramienta de cambio. Si bien no es seguro que este trabajo intelectual haya tenido éxito en la emancipación del proletariado, es indudable que como autor lo ha llevado lejos. Muchos de sus libros han sido extraordinariamente populares, lo que puede atribuirse a que Eagleton aborda temas filosóficos arduos e intimidantes de manera sencilla e incluso humorística. Esto último, que puede responder a una vocación por una intelectualidad democrática, se combina con un fino sentido de la oportunidad, que le ha permitido ofrecer reflexiones eruditas sobre asuntos contingentes en el momento preciso.

Cultura comienza con una cita a Raymond Williams, quien en su clásico ensayo de 1958, Culture and society: 1780–1950, propuso cuatro acepciones para el término: un hábito mental individual de autorrealización; un estado general del desarrollo de la sociedad; un cuerpo de obras artísticas e intelectuales; y una forma de vida, material y espiritual. Williams estaba reaccionando a visiones elitistas de la cultura y planteaba una visión elástica de esta, que crecía hasta formar un “inconsciente social” en permanente creación gracias a los aportes de toda la comunidad.

Eagleton propone que la historia de la Edad Moderna ha sido una crónica de la gradual desacralización del ideal de cultura, tal como lo entendieron quienes lo propusieron como un sustituto de la religión.

Es claro que a Eagleton no puede acusárselo de elitista en lo que se refiere a la oposición entre baja y alta cultura. En su reciente libro se encarga de hacernos saber que no es un profesor enclaustrado en la academia, porque habla de Justin Bieber, Lady Gaga y Liam Gallagher. Eagleton ha sabido celebrar la cultura popular cuando le parece buena: en Cómo leer literatura, por ejemplo, le dedica algunas páginas a Harry Potter, y en otra oportunidad escribió una crítica entusiasta sobre las memorias de Morrissey.

Eagleton celebra la multiculturalidad y cree que la tendencia a explorar la diversidad, marginalidad y diferencia puede ser provechosa, aunque no siempre. Parece inclinarse por una noción de la cultura como “ese vasto depósito de instintos, prejuicios, credos, sentimientos, opiniones apenas formadas y supuestos espontáneos que subyace tras nuestra actividad cotidiana”, pero también por una dimensión más elevada, donde puedan establecerse jerarquías basadas en un aprendizaje y criterios razonados y debatidos. En este sentido, su advertencia sobre la inminente extinción de las artes y las humanidades, y la decadencia global de las universidades no ofrecen un horizonte muy favorable.

Eagleton revisa las distintas fuentes del concepto moderno de cultura y sostiene que surgió a fines del siglo XVIII, como una reacción a la revolución y a la industrialización, oponiéndose a la idea de civilización surgida en esa época. En el siglo siguiente, el término se hizo habitual y se usó generalmente como un contraste ante una forma de vida cotidiana que aparecía cada vez más mecanizada y empobrecida. Después la cultura se sobrepuso a la clásica polaridad planteada entre civilización y barbarie, al sugerirle a la primera que ella misma era también una manifestación de la barbarie que tanto decía denostar.

Con todo, para Eagleton el papel de la cultura es el de morder la mano que le da de comer: la sociedad capitalista industrial producía la riqueza necesaria para crear instituciones como galerías de arte, universidades, editoriales y otras, pero luego la cultura denuncia a esta misma sociedad por su codicia y filisteísmo.

Volver a creer

Una de las más importantes fuentes del concepto moderno de cultura fue la muerte de Dios, cuando los románticos ingleses y los idealistas alemanes la propusieron en un intento por llenar el gran vacío que había dejado la religión luego de la paliza contundente, pero no letal, que le dio la Ilustración radical. Eagleton ya había abordado este asunto en La cultura y la muerte de Dios, donde hace una historia intelectual de la modernidad europea como la búsqueda de un sustituto para Dios. La fe católica, dice Eagleton, fue “la más tenaz y universal forma de cultura popular”, ya que era capaz de “abrazar el alma y el cuerpo” de innumerables hombres y mujeres en su existencia cotidiana. También recuerda en estas páginas que tanto al utilitarismo como al liberalismo no se les da bien esto de las formas simbólicas, y no suelen prender bien entre la gente común. Los románticos y los idealistas asumieron que la cultura y la estética podían ofrecer la síntesis que antes había proporcionado la religión, y que los filósofos y poetas podían convertirse en una nueva casta de sacerdotes seculares que ofrecerían al pueblo nuevos mitos, ritos y misterios para dar sentido a sus vidas.

El autor acusa a “la izquierda cultural” de haber dejado de hablar de capitalismo y menos de explotación o revolución, en su celo por su discurso de la diferencia, identidad y marginalidad.

Este proyecto de religión secular no prosperó, pero esta dimensión de la cultura como medio de salvación social adquirió una connotación más urgente con el surgimiento de la clase obrera. La cultura, observa Eagleton, descubrió entonces un nuevo opuesto en la “anarquía”, asunto que se manifestó en la obra del crítico victoriano Matthew Arnold, a quien este autor considera un ejemplo perfecto de mediocridad e hipocresía intelectual. Eagleton tiene en cambio una opinión cariñosa de Edmund Burke y Oscar Wilde, a quienes dedica dos ensayos. El nombre de Burke, dice, no suele asociarse a los estudios culturales –tal vez porque nunca habló directamente del término cultura– y ha sido injustamente considerado un reaccionario. Burke, sin embargo, fue un liberal antiimperialista que propuso una visión pionera de la cultura como forma de inconsciente social de vasta proyección, con adeptos tanto conservadores, como Eliot, y radicales, como Williams. Para Burke, la cultura y la política se oponían, pero el poder político no podía prosperar sin una sensibilidad que atendiera a las maneras y costumbres de la población. Wilde, en cambio, era una especie de embutido donde convergían todas las acepciones de cultura. Eagleton acentúa su faceta revolucionaria y observa que el autor irlandés en su ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo” (1891) esperaba que la mecanización del trabajo liberara a hombres y mujeres, para que pudieran cultivar sus personalidades. Para el ingenioso irlandés, el objeto del socialismo era paradójicamente el individualismo, algo en lo que no habría estado muy lejos del propio Marx. Los dos habrían coincidido en sus intenciones de crear las condiciones materiales para independizar al hombre de la dominación del capitalismo.

Eagleton propone que la historia de la Edad Moderna ha sido una crónica de la gradual desacralización del ideal de cultura, tal como lo entendieron quienes lo propusieron como un sustituto de la religión. Por una serie de razones, la cultura a lo largo del tiempo perdió su inocencia al ir mezclándose en los asuntos del poder político, que la utilizó para sus propios fines. Este proceso no se habría producido sin el surgimiento de la “industria cultural”, con la aparición del cine, la radio, la televisión, la música grabada, la publicidad, la prensa de masas y la literatura popular, que permitieron que la cultura impregnara la vida social de forma hasta entonces inédita. La cultura, plantea Eagleton, fue absorbida en la producción general de mercancías y, “lejos de aportar un antídoto al poder”, terminó muchas veces siendo cómplice de este.

Eagleton celebra que el ideal tradicional de una cultura única y unida se haya desplazado hace varias décadas, y que nuestra existencia social se caracterice por un alto grado de diversidad. Cree, sin embargo, que la diversidad y la diferencia no son beneficiosas en sí mismas. A su juicio, los supuestos posmodernos que valoran la diversidad de manera irrestricta, con independencia de su contenido real, son dogmas que debieran abordarse de manera más crítica. Hay “diferencias ofensivas” que deberíamos tratar de erradicar y uniformidades que pueden ser positivas. La defensa de lo marginal y de las minorías, por otro lado, también ha producido cambios favorables, pero ha traído consigo un recelo contra los consensos y las mayorías. Aplaudir la diferencia, dice, no debiera llevarnos a suprimir el conflicto. A veces necesitamos unión y solidaridad, más que diversidad, lo que no debería implicar borrar las diferencias; el conflicto puede servirnos para eliminar diferencias negativas y establecer algún acuerdo.

Cultura y capitalismo

Durante gran parte de la historia, la cultura ha estado separada de la política o se ha presentado como una forma de resistencia al poder. Sin embargo, Eagleton observa que en el último tiempo esta situación se ha estado invirtiendo, en parte por las políticas culturales que tratan de reducir la cultura a la política, o por el extremo opuesto del “culturalismo”, donde se le asigna a la cultura un papel tan decisivo en todos los asuntos humanos que considera a hombres y mujeres como criaturas enteramente culturales, y se pasan por alto la naturaleza y los dilemas económicos y políticos. Eagleton recuerda que no pueden soslayarse las condiciones materiales que hacen de la cultura algo posible y necesario para nuestra supervivencia: “Las personas que necesitan dedicar la mayor parte de su energía a permanecer vivas, no tienen ni el tiempo ni los recursos para organizar fiestas refinadas o componer poemas épicos”.

La estetización de la vida cotidiana, gracias a una industria cultural capturada por la publicidad, el diseño y las nuevas “industrias creativas”, no implica que el capitalismo haya trocado sus valores por los de la estética o la cultura, sino que solo ha adoptado sus métodos de producción y distribución.

Pero más parece preocuparle la forma como la cultura se asimiló con el capitalismo. Su análisis plantea aquí de manera implícita algunas paradojas, ya que como ocurre en algunas películas, la cultura parece ignorar al capitalismo mientras está siendo absorbida por este. Así como advierte que el aumento del interés por el pluralismo, la diferencia y la diversidad en las políticas y los estudios culturales ha desplazado la atención desde las cuestiones materiales hacia un terreno simbólico; acusa a “la izquierda cultural” de haber dejado de hablar de capitalismo y menos de explotación o revolución, en su celo por su discurso de la diferencia, identidad y marginalidad. “La industria cultural”, tal como lo indica su nombre, es una forma de producción, cuyas causas y ambiciones no son culturales. La cultura de masas podrá estar más presente que nunca en nuestros estilos de vida, pero es cada vez menos autónoma y trabaja para reforzar “un sistema global” cuyos fines son en su mayor parte adversos a la idea tradicional de cultura.

Los prejuicios posmodernos por la diversidad y sus afanes por desmontar toda forma de jerarquía, se combinan muy bien con el espíritu del capitalismo que en la clásica visión de Marx era imbatible a la hora de borrar diferencias. El capitalismo, apunta Eagleton, es tan enemigo de las jerarquías como los estudios culturales. Eagleton usa reiteradamente la expresión capitalismo tardío, frase que según Annie Lowrey, en un excelente artículo en The Atlantic, se ha vuelto hoy recurrente en los medios anglosajones para designar las innumerables ocasiones en las que la vida económica muestra su infinita capacidad de idiotez y delirio, desde el famoso comercial de Pepsi de Kendall Jenner, hasta las distintas tendencias en la moda del “homeless chic”. Eagleton asimila este fenómeno al posmodernismo que convierte todo en mercancía de consumo, pero también a una reciente manifestación de la industria cultural, que podría llamarse como un capitalismo de rostro estetizado y aura cultural, donde no hay cosa que no parezca diseñada y artística. Esta estetización de la vida cotidiana gracias a una industria cultural capturada por la publicidad y el diseño y las nuevas “industrias creativas”, no implica que el capitalismo haya trocado sus valores por los de la estética o la cultura, sino que solo ha adoptado sus métodos de producción y distribución.

En otro ensayo, Eagleton advirtió que el capitalismo tardío hacía que la esperanza quedara obsoleta, porque no cabía esperar un futuro que no fuera una repetición del presente. El optimismo no sería más que una alternativa inútil, porque supone el entusiasmo por un futuro “que no implicará ningún desorden” o un cambio sustantivo respecto de la situación actual. Esta idea del futuro como una vasta planicie donde el presente parece repetirse hasta la náusea sería, para Eagleton, una señal evidente de la ineficacia política y teórica del posmodernismo. En esta situación, deberíamos devolver la cultura a su lugar, o por lo menos volver a ponerle sus colmillos.

 

Cultura, Terry Eagleton, Taurus, 2017, 200 páginas, $12.000.

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