Voyerista al desnudo

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La historia del dueño de un motel que por décadas espió las prácticas sexuales de sus huéspedes –y hasta presenció un asesinato– tiene a Gay Talese en el ojo del huracán. El libro The Voyeur´s Motel trae secretos, intimidades y las viejas preguntas acerca de la ética periodística: ¿dónde está el límite entre el compromiso con la fuente y la complicidad? ¿Hay que proteger a un entrevistado cuando este miente? ¿Quién es más voyerista: el hombre que espía por la cerradura o los lectores que devoran lo que dice ese sujeto?

por paula escobar chavarría

El rey del nuevo periodismo está en problemas, probablemente en la peor polémica de sus 84 años. Su nuevo libro, The Voyeur´s Motel, publicado hace algunas semanas en Estados Unidos, ha provocado una ola de críticas y cuestionamientos a su ética periodística y a su complicidad con las fuentes. El volumen es un extenso reportaje sobre Gerald Foos, voyerista y dueño de motel que espió a sus huéspedes en Colorado.

Ex reportero del New York Times, Talese se catapultó a la fama cuando comenzó a escribir piezas periodísticas de largo aliento, utilizando algunas técnicas narrativas propias de la literatura, con brillantez y elegancia. A diferencia de algunos compañeros de ruta, Talese nunca cambió su destino de reportero: pasados los 80 persevera en el oficio de contar historias verdaderas. Sus perfiles son una magnífica muestra de la excelencia que el periodismo del siglo XX pudo dar. Su texto sobre Frank Sinatra, incluido en el libro Retratos y encuentros, es considerado lo mejor que ha publicado la revista Esquire en toda su historia.

Honrarás a tu padre, La mujer de tu prójimo y Unto the Sons, algunos de los libros que se encaramaron en las listas de best sellers, le dieron también libertad económica: pasó de ser el dueño del pequeño departamento 3F de un edificio cerca de Park Avenue, a comprarse todo el edificio. Allí vive con la destacada editora Nan Talese, su mujer por más de cinco décadas.

Talese sabe de polémicas. Para Honrarás a tu padre estuvo años ganándose la confianza del capo Bill Bonnano, hasta que logró que este rompiera el código de silencio y contara la vida de los mafiosos por dentro. Lo acusaron de cercanía con su fuente.

Para La mujer de tu prójimo, su investigación sobre la vida sexual de los estadounidenses, fue regente de una casa de masajes, participó en fiestas swinger y vivió varios meses en Sandstone, un centro nudista en California. “Fue un libro muy radical”, dijo, “que me trajo muchas críticas, particularmente por estar casado con una mujer destacada y tener hijas que estaban entonces en el colegio, adolescentes. Entonces en las clases a las que iban había chismes sobre este padre decadente y todo eso. Pero nunca sentí que había hecho algo malo… Era claramente un libro sobre la infidelidad. Y sobre la prevalencia de ella en la revolución sexual previa al sida. Y si escribes sobre eso, no lo haces desde una sala de prensa, como un periodista deportivo describe un torneo de fútbol… Yo quiero saber. Mi deseo era saber, y me refiero realmente a saber, no de segunda mano, sino de verdad. O eres capaz de hacerlo, o no. Y yo fui capaz y no me avergüenzo”.

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Conocí a Talese un día caluroso de agosto de 2009. A pesar de la humedad del verano neoyorquino, él estaba vestido con su traje a medida de tres piezas y un sombrero blanco. La tenida se completaba con la corbata y el pañuelo en la solapa. Ofreció gin tonic, pero –quizás considerando que eran las cuatro de la tarde– volvió de la cocina con agua helada en copas de cristal.

Durante las casi dos horas de conversación habló con detalles y entusiasmo de su carrera, sus entrevistados, su vida, su matrimonio, sus obsesiones. Una de ellas es, sin duda, la intimidad. Me dijo que su siguiente proyecto sería la historia de sus cinco décadas de matrimonio con Nan y hasta había contratado periodistas para que reportearan a Nan y a sus hijas de modo independiente.

“Desde que era un joven reportero me di cuenta de que además del tema mismo que estaba reporteando, era la intimidad lo que realmente me interesaba. ¿Cuál es la totalidad de la persona?… Hay toda una parte de la vida de una persona, incluyendo a mi esposa, que podría ser sorprendente para mi saber. Todos tenemos grandes partes secretas e inexploradas… La naturaleza humana es interminablemente impactante, si conoces la historia completa”, me dijo ese día.

Su crianza como hijo de inmigrantes italianos en Ocean City, que tenían una sastrería a la que acudía todo el barrio, y las contradicciones que veía en ellos, le avivaron esta idea de la duplicidad, la escisión: los padres eran de una manera cuando estaban con sus clientes y de otra, en la noche, en casa, con sus hijos.

Ese día pensé que, tarde o temprano, la transgresión que suponía revelar su propia intimidad conyugal lo haría desistir. Pero en los años posteriores insistía en que terminaría sus memorias.

Eso hasta que otro proyecto tomó prioridad. Un día de 2013, una antigua fuente, Gerald Foos, volvió a escena, con una historia que prometía aún más transgresión que la suya.

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Talese supo de Gerald Foos justamente a propósito de La mujer de tu prójimo. El 7 de enero de 1980, Talese recibió una carta anónima escrita a mano. Foos había leído acerca del libro que estaba haciendo y quería ofrecerle “su material” tras 15 años de voyerismo documentado en un diario. Le reveló que era dueño de un motel, donde había construido una “plataforma de observación” desde la que espiaba sistemáticamente a sus huéspedes.

Tres semanas después, Talese aterrizó en Denver, donde Foos lo estaba esperando y, en el mismo aeropuerto, le exigió que –antes de decirle o mostrarle nada– firmara un contrato de confidencialidad.

Realizado el trámite, el periodista conoció su sala de “observación”, e incluso miró a una inadvertida pareja. Quedó sorprendido e interesado en el personaje, pero como Foos nunca quiso que Talese lo identificara e insistió en guardar anonimato, el escritor decidió no utilizar su historia.

Después de tres viajes y la revisión completa de los diarios del voyerista, Talese completó su último libro, que ya despertó enorme interés: Steven Spielberg compró los derechos para el cine y Sam Mendes será el director.

“Cuando dejé Denver para volver a casa, nunca pensé que lo vería de nuevo, y realmente no tenía esperanza de escribir sobre él. Sabía que lo que estaba haciendo era muy ilegal (también pensé qué tan legal era mi conducta, haciendo lo mismo bajo su techo), e insistí en que no escribiría sobre él sin su nombre. Él sabía que esto era imposible. Los dos coincidimos en que era imposible, así es que volví a Nueva York”, escribe Talese en The Voyeur´s Motel.

Con los años se mantuvieron en contacto. Foos le fue enviando sus diarios de observación (del año 65 al 80), por partes, cientos de páginas que mezclan ingenuidad con negación. La narrativa que construye en sus diarios, llamados “The Voyeur´s Journal” –a partir de cierto momento comienza a escribir en tercera persona–, intenta asemejarse a la de un científico, investigando y retratando con acuciosidad y celo la verdadera revolución sexual en curso.

Entre los años 80 y 90 también hubo algunos llamados telefónicos y puestas al día de la situación del voyerista: le comunicó a Talese, por ejemplo, la muerte de su mujer, Donna, en 1984. Pero lo del anonimato seguía siendo una condición con la que no transaba.

Hasta que llegó 2013. Treinta y tres años después, Foos lo contactó de nuevo porque ahora sí estaba dispuesto a dar la cara y su nombre, y mostrar lo que había visto y oído y pensado. Ya tenía más de 80 años, estaba retirado del negocio de los moteles y sentía que ya no tenía mucho que perder.

Talese tomó un avión y comenzó lo que probablemente sea el capítulo más complejo de su vida de escritor.

La historia de su matrimonio quedaba postergada.

La intimidad del voyerista tomó su lugar.

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Después de tres viajes y la revisión completa de los diarios del voyerista, Talese completó su último libro, que ya despertó enorme interés: Steven Spielberg compró los derechos para el cine y Sam Mendes será el director.

“Conozco a un hombre casado con dos hijos que compró un motel de 21 habitaciones cerca de Denver muchos años atrás para convertirse en su voyerista residente”, comienza el relato. A lo largo de los capítulos, el periodista entremezcla trozos del diario del voyerista –que anotaba todo con una precisión a ratos fronteriza con el tedio–, con la historia familiar del sujeto y sus propias observaciones durante aquellos días juntos, entre 2013 y 2015.

Los diarios tienen una estructura de “reporte”: indican la fecha, el sujeto, la descripción de lo sucedido, la actividad realizada y una conclusión. Estas a veces son sobre prácticas sexuales –tratando de imitar a investigadores sexuales como Masters y Johnson o al Instituto Kinsey–, pero en otras ocasiones reflexiona sobre el matrimonio y sus miserias. Un ejemplo:

“Conclusión: Mis observaciones indican que la mayoría de los vacacionistas pasan su tiempo miserablemente. Pelean por dinero, por dónde ir de visita, dónde comer; dónde quedarse; todas sus agresiones de algún modo son inconmensurablemente aumentadas, y este es el momento en que descubren que no están bien emparejados (…). Las vacaciones producen todas las ansiedades”.

Cada cierto tiempo, Foos hace una suerte de ranking o catálogo de las prácticas sexuales más recurrentes a las que tiene acceso. Trata de no hacer juicios de valor, de transmitir exactamente lo que ve, incluso con cierto candor narcisista acerca de la importancia de sus hallazgos. Calcula las posiciones más usadas, las prácticas que van surgiendo (como los tríos), describe la prostitución masculina o las discapacidades sexuales de los veteranos. Lleva estadísticas, trata de encontrar “noticias” y extraer conclusiones científicamente válidas.

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Talese se fue, sin denunciarlo. Y también fue cómplice de voyerismo, en su primer encuentro.

Pero eso no fue lo peor.

En su diario, el jueves 10 de noviembre de 1977, Foos escribió con detalles cómo fue testigo de un asesinato. Dice que “el voyerista” ese día entró a la habitación de un huésped, pues sabía que vendía droga. Para remediar la situación, las botó por el excusado y se olvidó del asunto, sin notificar a la policía que había un traficante en su motel.

Más tarde, a través de su “plataforma de avistamiento”, observó cómo el hombre culpó a su pareja –una mujer “atractiva”– por la falta de las drogas. “Esta fue una experiencia horrible, muy ofensiva y alarmante. El hombre blanco le pegó un golpe en su cabeza, lo que aparentemente la aturdió, y ella gritó: me hieres, no lo hagas, y él contestó: ¿dónde están mis drogas, puta? Dime o te mataré. Ella dijo: ¡no sé, no hice nada con ellas!”.

Cada cierto tiempo, Foos hace una suerte de ranking o catálogo de las prácticas sexuales más recurrentes a las que tiene acceso. Trata de no hacer juicios de valor, de transmitir exactamente lo que ve, incluso con cierto candor narcisista acerca de la importancia de sus hallazgos.

El hombre le pegó más fuerte, mientras ella trataba de defenderse, hasta que la estranguló. “En pánico, (él) tomó todas sus cosas y huyó del vecindario del hotel”, continúa el relato.

Foos asegura que vio el pecho de la mujer moverse: pensó que estaba viva. Y abandonó la plataforma por ese día.

Fue la mucama la que se dio cuenta, al día siguiente, de que estaba muerta. Asegura que llamó a la policía, pero omitiendo que lo había presenciado como testigo. La policía descartó la evidencia por vaga. “El sujeto estaba usando un nombre falso, una dirección falsa, una patente falsa en un auto robado”, explica.

Talese recuerda que quedó choqueado cuando leyó esto, unos años después del primer encuentro, y que lo llamó inmediatamente. “Quería saber –dice Talese– si se había dado cuenta de que, además de haber sido testigo de un asesinato, él pudo haberlo causado de alguna manera”.

El voyerista le enrostró el acuerdo de confidencialidad y “pudo haberle” recordado que, en todo caso, él era ahora un co-conspirador en cualquier crimen que Foos se viera implicado. Talese quedó conmocionado: “Estuve varias noches sin dormir, preguntándome a mí mismo si debía entregar a Foos o continuar honrando el acuerdo que él me había pedido firmar en Denver en enero de 1980 (…). No pensé que Gerald Foos era un asesino (…). Archivé sus notas sobre el asesinato junto con todo el material que me había mandado él antes ese año”.

Tampoco lo denunció.

Y continuó con su nuevo libro, en el que exploró las raíces de sus ancestros italianos. Unto the Sons lo llevó a vivir en Italia por muchos meses, alejado de Manhattan y de la pesadilla –o el dilema moral- del voyerista.

manor house

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En abril del año pasado, el New Yorker publicó un adelanto del libro. Causó bastante revuelo y el Washington Post chequeó algunos de los datos y encontró imprecisiones. El reportaje de Paul Farhi, periodista del Post, revela que Foos vendió el motel The Manor House en 1980 y volvió a comprarlo ocho años más tarde, pero en esos años dijo que seguía “observando”.

Talese acusó mal el golpe a la falta de rigor, lo que aumentó el tono de las críticas sobre su complicidad, falta de distancia e independencia periodística con la fuente, y los cuestionamientos por transformar casi en un héroe a un voyerista que violó la intimidad de quienes confiaron en él como huéspedes de su motel.

En un principio, Talese se volvió contra Foos y dijo que no promovería el libro. “Su credibilidad ha quedado en la basura”, dijo. Foos, en cambio, aseguró “no haber dicho nunca una mentira”.

Luego, tras el apoyo que Talese recibió de personajes influyentes como el editor de New Yorker, David Remnick, dijo que en The Voyeur´s Motel es claro en establecer la poca credibilidad de la fuente. De hecho, en la página 91 dice: “En las décadas que han pasado desde que nos conocimos, en 1980, he encontrado varias inconsistencias en su historia: por ejemplo, las primeras entradas a The Voyeur´s Journal están fechadas en 1966, pero la escritura de la venta de Manor House (…) muestra que compró el lugar en 1969. Y hay otras fechas en sus notas y diarios que no coinciden del todo. No tengo duda de que Foos fue un voyerista épico, pero a veces podía ser un narrador impreciso y no fidedigno. No puedo dar fe de cada detalle que él cuenta en su manuscrito”.

A esto se sumaba la polémica que Gay Talese había protagonizado a principios del mismo mes, en la Universidad de Boston, donde le preguntaron qué mujeres escritoras lo habían inspirado más en su carrera. “Mary McCarthy fue una”, contestó. Luego dijo que no se le ocurría ninguna otra de su generación.

Los reclamos de machismo y misoginia no tardaron.

Gay Talese estaba por los suelos.

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El problema que plantea The Voyeur´s Motel es tan antiguo como la profesión periodística: ¿cuál es el límite con las fuentes? Por cierto, para lograr que una fuente revele hechos nuevos, de su vida o de alguna historia, es necesario crear una relación de confianza. Pero, ¿cuál es el límite para esa relación? ¿Cuánto hay de cinismo? Ya lo dijo Janet Malcolm en el notable El periodista y el asesino: “Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza, que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”.

Talese, probablemente, fue un cazador cazado. La excentricidad que vio en Foos lo cautivó al punto de suspender el juicio crítico. Fascinado por su relato –acaso sintiendo que Foos era un doble suyo, un buceador de intimidades y secretos, del lado oculto de las personas– no chequeó los datos que le proporcionó. Ahí radica su error. Su primer error. Es evidente que cuando habla de sus emociones, motivaciones, personalidad, el testimonio de Foos no se puede contrastar. Pero todo aquello que pertenece al mundo de los datos, la información verificable, debe serlo. Talese en esto fue vago: no chequeó lo suficiente, pero dejó un cierto manto de duda sobre la credibilidad de la fuente, guardándose las espaldas.

Parece que tampoco considera que las invasiones a la privacidad –la suya y las de Foos– hayan sido tan reprobables. No parece empatizar con los “observados”, sino con los voyeristas. Ya lo había escrito, muchos años antes, en The Kingdom and the Power:

“La mayoría de los periodistas son voyeristas inquietos, que ven las verrugas en el mundo, la imperfección en la gente y los lugares”.

Pero tal como notó Paul Farhi, el asunto más de fondo que plantea este caso es el de la responsabilidad de un periodista cuando es testigo de una actividad criminal, aunque haya acordado confidencialidad con la fuente. “¿Debiera denunciar a la policía, exponiendo de esa manera a una fuente que ha confiado en él? ¿O debe callar hasta que esté listo para reportar lo que ha conocido?”, escribió Farhi en Washington Post. Y agrega: “¿Tiene el periodista alguna responsabilidad de proteger a una fuente cuando sabe que la fuente no le está diciendo la verdad a la policía de todo lo que sabe sobre un crimen serio? ¿El silencio, como Talese ha reconocido, lo hace cómplice?”.

La contundencia de las estocadas, pero sobre todo las titubeantes respuestas que Talese ha dado, lo han hecho trastabillar. Porque parece ser que estas preguntas –qué se compromete con una fuente, hasta qué punto, cómo mantener la independencia de la misma– ni siquiera se las hizo con la profundidad requerida.

Es cierto que gracias a ese “correr la cuerda”, periodistas osados y arriesgados han dado a conocer nuevas realidades y han ampliado el conocimiento del que disponemos. Pero más allá de la calidad de la escritura y de lo enganchadores que puedan ser ciertos temas, el periodismo se juega siempre el todo por el todo –es decir, la credibilidad– en la independencia frente a las fuentes y las presiones, y en la rigurosidad en el reporteo y el chequeo de la información.

Talese una vez más ha logrado atraer la atención de sus lectores: el rey del Nuevo Periodismo siempre ha sido un provocador. Aunque es probable, quizá, que el costo haya sido demasiado alto.

The voyeur’s motel

The Voyeur´s Motel, Grove Atlantic, 2016, 233 páginas, $16.879 en Bookdepository.

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