Enero 24, 2019

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Mientras en el resto de Latinoamérica los mayores representantes del trap adoptaron este género urbano dándole énfasis a líricas cada vez más osadas y explícitas, en Chile encontró voces propias. El veinteañero Gianluca Abarza es la muestra más clara de esto: su música cuestiona la noción misma de avance o progreso, confronta la idea de meritocracia y entrega una imagen vívida de cómo vive la generación que ha pasado más de la mitad de su vida conectada a un computador.

por roberto rubio ramírez

Dedicado de manera exclusiva a la música desde 2016, Gianluca Abarza tiene 22 años y 37 videos en su canal de YouTube. De manera autodidacta y apoyado por softwares libres e Internet, Gianluca comenzó escribiendo, cantando, componiendo y produciendo el material audiovisual de sus propias canciones. Su primer video fue subido el 24 de junio de 2016, y desde entonces las visitas y suscriptores solo han aumentado. Sus seguidores lo comparten en sus respectivas timelines y cada cierto tiempo llena centros culturales y clubes nocturnos con presentaciones en vivo, donde un público fiel corea sus canciones. Pasando rápidamente de boca en boca, este joven santiaguino ya ha aparecido reseñado y entrevistado en varios medios, catalogado como “la joven promesa del trap chileno”.

Si bien la etiqueta parece acomodarle –su estilo musical se adecúa al género, combinando bases ralentizadas de rap con toques electrónicos, casi psicodélicos–, sus letras se alejan de las temáticas que dominan el trap latino (drogas, violencia callejera, sexo explícito). Al contrario, se relacionan con vivencias cotidianas, desamor, redes sociales, ansiedad aplacada por antidepresivos y referencias a la cultura pop. Puede que sea por esto que ha alcanzado cierto reconocimiento masivo, y aunque hasta ahora se podría decir que ha perfilado un acervo inclinado hacia el pop, la música e imaginario del llamado príncipe del trap chileno apelan a un nicho más específico aún.

Gianluca le habla a una generación que ha habitado espacios virtuales durante más de la mitad de sus vidas, jóvenes que pasaron la adolescencia consumiendo cultura de Internet en su sentido más abstracto, conversando con extraños en foros online, generando relaciones pasajeras tanto fuera como dentro de la pantalla, desencantados, con padres endeudados, acumulando una deuda propia y bombardeados de manera constante por la idea de que a través del trabajo y el esfuerzo personal podrían sortear la adversidad.

Gianluca condensa estas preocupaciones en sus letras y videos, alternando la nostalgia por el pasado reciente con las preocupaciones del ahora; plasmando los recuerdos de una infancia de clase media, una juventud desencantada, la angustia de vivir bajo cierto modelo social y la ya inexistente barrera entre internet y el mundo “real”.

Si bien su carrera está apenas dando sus primeros pasos en la creación de una obra, ya se vislumbra en estas piezas líricas/audiovisuales una vocación artística, una primera exploración que parece anteceder un proyecto musical potente.

Si bien su carrera está apenas dando sus primeros pasos en la creación de una obra, ya se vislumbra en estas piezas líricas/audiovisuales una vocación artística, una primera exploración que parece anteceder un proyecto musical potente. Sería apresurado (y ambicioso) decir que estamos frente a “la voz de su generación”, pero sin duda podemos asegurar que Gianluca es una de las voces de una generación.

Hacerse cargo del presente

“Quemando billetes”, el título de la primera canción subida a su canal de Youtube, tiene, al menos, dos interpretaciones. La primera refiere al gesto gansteril de quemar dinero como señal de opulencia, un soberbio tengo tanta plata que puedo usarla como combustible para encender un puro. La segunda, en cambio, se sitúa en las antípodas de esta idea. Para Gianluca, “quemar billetes” se acerca más a una señal sutilmente contestataria. No es una forma de exhibir poder. Al contrario, es una muestra desinteresada, un desprecio agudo, contra lo que considera el tótem sagrado del Chile del siglo XXI: el dinero.

Las canciones de Gianluca buscan diagnosticar los efectos de una sociedad obsesionada con el éxito y la competencia, a través de un discurso anclado en la melancolía, la desazón y la resignación. No hay gritos de protesta, ni denuncias que encaran al poder, solo una mirada pasmada, cabizbaja, a la vida de un veinteañero nacido en la posdictadura. Le basta representar –con tristeza– su realidad, para lidiar con ella: desde el culto al dinero del sistema neoliberal (“Yo sé lo que tú quieres / la plata, los placeres / los autos, las mujeres / pero esto no es así”), pasando por las relaciones a través de Internet (“si te tiro likes de noche / no me hagas caso / debo haber estado borracho”), la incertidumbre adolescente (“y no me preocupo de ser real / el que se preocupa de eso es porque en verdad no es real”), el despeñadero que es Chile (“las noticias ni las leo / solo te muestran lo feo”).

Gianluca toma estos ingredientes para armar una propuesta que se hace cargo del presente y sus vicisitudes, consciente de su contexto y más cercano a la tradicional melancolía chilena que ha inspirado por generaciones a los creadores nacionales, que a la subcultura sadboy de Internet.

La pieza oscura

Hablar de Gianluca es hablar de Internet. O de algunas ramas de Internet. Para nadie es novedad que la red ha generado sus propias dinámicas, culturas, subculturas e intentos de corrientes artísticas. El contenido de la web crece a cada segundo y las posibilidades creativas son infinitas. La mezcla jazz-pop-kitsch del género Vaporwave, el humor dadaísta del shitposting, la reivindicación de la moda “normal” (Normcore) y la estética “gótico saludable” (Health goths) son algunas de las formas de subjetividad nacidas en Internet. Incluso la depresión y el abandono han encontrado su propia aesthetics: con una mirada irónica, los sadboys de Internet (jóvenes deprimidos seguidores de un estilo musical cercano al hip hop) convirtieron sus lamentos en una forma de vestir, relacionarse, producir imágenes, textos y sonidos, una estética de la angustia con un revestimiento digital.

La única línea en común que se podría trazar para estos subgrupos es que todos habitan en Internet y, por lo tanto, es posible saltar entre uno y otro con la rapidez de un click. Mirar, seleccionar, absorber. Ante un universo tan vasto, la forma de orientarse es, precisamente, filtrar para darle un sentido. El ejercicio que plantea Gianluca es ese. Tomar elementos diversos, estilos diferentes pero complementarios, y saltar entre ellos guiado por la brújula personal.

 

 

En los videos y canciones de Gianluca, el apropiarse y recontextualizar estas ideas/imágenes tienen como objetivo vestir un relato individual. Su sello es la necesidad de construir una obra situada, hablar haciendo referencia al lenguaje de Internet, desde su propio contexto específico. Adaptar los códigos de la Red a una experiencia local.

El video de “Avignon”, por ejemplo, muestra imágenes desplazándose en un movimiento vertical, a la manera de un timeline, superpuestas unas sobre otras, mientras Gianluca canta resignado: “Tú me puedes borrar de todos lados / en Instagram ya vi que me habías bloqueado”. O en la canción “Bart”, cuya letra dice: “Me siento como Bart cuando vende su alma / por más que esté tranquilo, nunca llega la calma”, haciéndole así una referencia a Los Simpson y a la tendencia de varios músicos de incluir guiños a esta serie animada en sus creaciones, un subgénero que algunos han bautizado como Simpsonwave.

No es extraño, además, que aparezcan los recuerdos brumosos de la infancia (“Éramos cinco, ahora somos dos / Viviendo juntos, yo y mi mamá, y yo con mi flow”), la serenidad de la madurez (“la familia siempre lo primero / con los problemas no me desespero”) y hasta el mismo proceso de creación artística (“ya no salgo de mi pieza / ahora estoy en esta / estoy de cabeza en esto”). Es un canto personal, su subjetividad expuesta frente a la webcam, intercalada con GIFs, memes y referencias abstractas a los recovecos oscuros de Internet.

Este cruce entre realidad y virtualidad se hace más explícito al revisar cronológicamente sus videoclips: es posible ver en ellos un proceso de rectificación subjetiva, de desplazamiento ante la angustia, intrínsecamente conectado con Internet: un joven aislado socialmente y recluido en las pantallas de su computador y celular sale a la calle, se enfrenta a la naturaleza y al espacio público, conoce personas y lugares, y termina rodeado por un grupo de amigos en una fiesta. Un tránsito testimonial que se realiza sin límites claros entre online y offline, con la web y sus formas de representación disueltas en la vida cotidiana (“por todo el mundo vamos a navegar, si no al parque vamos a pasear / no importa si en avión o en Google Maps”).

Su sello es la necesidad de construir una obra situada, hablar haciendo referencia al lenguaje de Internet, desde su propio contexto específico. Adaptar los códigos de la Red a una experiencia local.

En sus primeros videos todo ocurre recluido en la pieza, la habitación a oscuras es el espacio natural donde se desenvuelve. En “Rosas” es tanta la neblina difuminando la imagen, que no alcanzamos a ver su rostro, nos limitamos a oír su voz relatando una decepción amorosa. El exterior se presenta como imágenes mostradas por una cámara de seguridad, todo aparece entre oculto o filtrado por los pixeles de algún dispositivo tecnológico. Parecido, pero menos lúgubre, es el autorretrato que realiza en el video de “Wanna know”, donde se limita a mirar estoico a la webcam, vemos su cama y al menos dos paredes de su pieza. Sin embargo, los elementos “reales” pasan desapercibidos frente al pop-art de Internet que satura el video: animaciones, textos en WordArt, extractos de videoclips, escenas de películas, de series de televisión y videojuegos. La realidad aparece como un lienzo para que pueda ascender lo digital.

El video de “11” es su clip más sombrío: a lo Peter Pan, la sombra es una figura casi autónoma del artista. La única luz es proyectada directo a su rostro, generando la figura de su propio contorno opaco y granulado, justo a sus espaldas, siguiéndolo, copiándole, atándolos a él y a la habitación –espacio de la adolescencia por antonomasia– en un solo plano.

De ahí en adelante, video a video, nos vamos asomando hacia el exterior. Se comienza con una visita al Museo Interactivo Mirador (“Ganar”), para luego vagar de noche por el silencio de la urbe y la templanza de la naturaleza (“Google maps”, “No te vayas”, “Luces rojas”) e, inesperadamente, terminar divirtiéndose con amigos y amigas en un parque de diversiones y bailando en un departamento iluminado con luces de neón (“Calma”, “Vórtex”). No solo los lugares van cambiando, sino que las texturas e iluminación de la imagen se enfrían, saturan o queman, a medida que nos paseamos por los diferentes lugares. Como si los miráramos por primera vez, o como si cambiáramos muy rápido de ventanas en nuestro computador, deben pasar unos segundos para que la vista se acostumbre al cambio de luz.

La memoria, el aventurarse a explorar, el transitar con la mirada perdida, la aparición de otros y otras; las piezas fragmentadas y necesarias para mapear un “yo” que termina ocupando un espacio en la comunidad, sin dejar de rodearse y empaparse del imaginario virtual. Una construcción interior/exterior que puede leerse de manera optimista, pues hay cambios y transformaciones más integradoras que excluyentes, que validan al ciberespacio como una extensión de nuestra realidad palpable, un complemento desde el cual es posible desarrollar ideas que se retroalimentan de ambos espacios.

Estos espacios, sin embargo, no son asépticos; ya que “lo que hay afuera” no se presenta de manera tan optimista. Retratar un momento implica retratar un contexto, y en el contexto donde se sitúan las letras y videos de Gianluca es imposible no intuir una sensación de descontento frente a un mundo que se abre más allá de la pieza oscura.

 

 

La apertura hacia la incertidumbre

Lo que hace varias décadas se hubiera materializado en una canción de protesta hacia el status quo, hacia la clase dominante, hoy toma otra forma. En las canciones de Gianluca la queja implícita contra el sistema es que parece no tener salida, pues la hegemonía está impregnada en todos los posibles puntos de fuga. No encara a un cuerpo único, sino que su crítica se centra en el entramado de relaciones en el que toda la comunidad participa, en un modo de vivir: “Hay que vender, lo entiendo, hay que ganarse la vida / aunque la vida no es eso, pero hay que traer la comida”, dice en “Quemando billetes”.

Aunque en sus letras nunca aparecen explícitas las palabras “transición” o “democracia”, la segunda mitad de los años 90 y principios de los 2000 son el telón de fondo. Las referencias culturales presentes en sus videos (los programas de televisión, los primeros acercamientos a Internet, la animación japonesa, los videojuegos) revelan una exposición a los productos culturales de la época y, por lo tanto, a sus discursos, a sus modos de pensar y sentir.

El Chile presente en sus canciones está constantemente atravesado por la retórica de la meritocracia que abunda en los medios masivos, por la ansiedad que conlleva ir hacia delante, “avanzar”, creyendo que en algún momento se llegará a algún lugar. Una carrera contra el fracaso, sorteando el avance de la sociedad de mercado y la competencia descarnada (“voy a ser rico antes de los 22 / el centro es el dinero ya no hay amor”).

En este punto habría que preguntarse hasta dónde es posible sostener una estética basada en lo virtual sin ilustrar que el ciberespacio se ha vuelto un lugar igual de angustiante que el mundo real y sus exigencias.

Este contexto parece ser el terreno ideal para que el trap se instalara cómodamente con sus apologías al forrarse en billetes, armas y drogas, a través de la violencia explícita. Sin embargo, en vez de seguir los códigos tradicionales del trap, Gianluca se apropia de ellos y los subvierte en forma de crítica hacia los valores que rigen el Chile de la posdictadura.

Cuando en sus canciones declama una y otra vez que “no me estreso, tranquilo vivo la vida, sé que no voy a llegar a la cima”, o “para nada soy muy bueno, así que ándate acostumbrando”, lo que propone es una apertura a la posibilidad de no tener éxito, a la incertidumbre, a la resignación, al no-saber, al circular sin rumbo y, en última instancia, a fracasar en una sociedad que reivindica de manera constante la prosperidad desbocada. Posturas que no se plantean como forma de resistencia directa, pero sí, al menos, de supervivencia (“yo estoy curao del espanto / ahora solo canto”).

Asimismo, es inevitable que al plantearse como sujeto social emerja también su condición de clase, que pese a no estar en una situación de carencia, sabe que hay un desacomodo existencial. La imagen más elocuente de esto se encuentra en “Siempre triste”, su video más visto en YouTube. Melón con vino en una mano, celular en la otra, rostro perplejo y movimientos incómodos dentro de la modesta piscina de un edificio que parece pretender ser más de lo que es. Rodeado de sábanas de billetes en forma de GIFs, dinero virtual, dinero etéreo, subraya desganado: “No soy pobre, estoy triste”.

En un intento de despojarse de la seriedad típica de quien expone sus tribulaciones, Gianluca se atreve a incluir chispazos que abogan por la distención. Despreocupado, en “Wanna know” le canta a la imposibilidad de responderle los mensajes a un interés amoroso porque “se le perdió el celular”; propone viajes en avión o evadiendo en una micro; se cuelga un cocodrilo de peluche al cuello, su propio Lacoste improvisado, mientras modela unos outfits roñosos.

En este punto habría que preguntarse hasta dónde es posible sostener una estética basada en lo virtual sin ilustrar que el ciberespacio se ha vuelto un lugar igual de angustiante que el mundo real y sus exigencias. Tal vez sus futuras canciones tomen este camino, o tal vez no: su carrera está en un momento tan incipiente que estas primeras piezas aún se sienten como los latidos que moldearán el futuro.

 

 

Imagen de portada: Facebook del artista.

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