Recaer

Volver a sucumbir en algo que sabemos que no nos beneficia, incluso que nos rebaja, es el tema de este ensayo de Vicente Undurraga del que ofrecemos un extracto. “Recaer es volver, contra las rejas de la propia vigilancia mental, contra las advertencias médicas o siquiátricas, contra las prevenciones amistosas, a aquello que nos sacía y desestabiliza”, continúa el autor en este texto que forma parte de su libro Todo puede ser, conjunto de 17 ensayos que tienen como punto de partida un verbo (perder, confiar, morir) y que se presenta mañana, a las 19 horas, en la librería Kalimera.

por Vicente Undurraga I 6 Diciembre 2022

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No sé ni cómo llamarlos. Pecados no, desde el ojo religioso no los miro, ni los vivo. Gustos o debilidades tampoco, son algo más. Vicios, tal vez, pero eso carga una carga moral, un enlace a lo punitivo que no solo no me interesa atender, sino que buscaría, vivo buscando desatender. Por recaer entiendo lo obvio, volver a sucumbir en algo que sabemos que no nos beneficia, que nos rebaja: que no mostraría a un hipotético testigo o espía un lado nuestro edificante o digno siquiera, pero volvemos a eso, una y otra vez, atraídos como clip por un imán.

El humano es el único ser vivo que tropieza dos o más veces con la misma piedra. Es el único que la busca, de hecho, a veces con arrojo y hasta con desesperación, para volver al tropiezo, para recaer y recaer en aquel charco, sea el que sea, que tanto goce como perjuicio le procura. “Las mejores promesas”, escribió Roque Dalton, “son las que dichas ardientemente / se violan luego con gran dolor / bajo la sombra de todos los remordimientos”.

Excederse está en la ruta del recayente. El exceso es muchas veces la recaída misma. Excederse es ponerse a la altura de la parte maldita, como diría el filósofo, alinearse con ese excedente de energía, de recursos, de deseos que el mundo, mal repartidos, contiene. Permitir que el alcohol no solo caiga garganta abajo sino que chorree por manos y brazos al rebalsarse las copas en vehementes brindis de precario equilibrio y honda amistad. Mezclar alcoholes y humos y lo que surja, no prever la mala caña del día siguiente sino solo devorar el presente, engullir lo que se cruce, fumar lo que no se fuma, tragarlo todo como un pacman libidinoso.

Excederse está en la ruta del recayente. El exceso es muchas veces la recaída misma. Excederse es ponerse a la altura de la parte maldita, como diría el filósofo, alinearse con ese excedente de energía, de recursos, de deseos que el mundo, mal repartidos, contiene.

No todo derroche es oneroso, se puede permitir una actitud así en la pobreza, no en la extrema probablemente porque entonces la sobrevida es la única ley, pero de niño, recuerdo, con la mesada de 350 pesos iba al instituto de tecnología pesquera que había en el viejo pasaje viñamarino donde vivía y me la gastaba toda de una comprando en el kiosco 35 galletones Fruna bañados en chocolate, me los entregaban envueltos o semienvueltos más bien en servilletas de fuente de soda que se teñían con el chocolate derritiéndose mientras yo corría a mi pieza o debajo de los abedules a comérmelos en un breve lapso-festín de la impudicia. Y es un continuo. Reviso ahora unos diarios de vida y en la entrada del 4 de marzo de 2013 leo: “Le compro gomitas masticables a mi hija, le doy unas pocas y me como las demás con una voracidad que, a los 31 años, tengo que calificar de obscena”. Y si hoy, llegando a los 40, siento el deseo de masticables, voy y me compro cincuenta o cien. Y ojalá no muy finos sino gruesos, kegoles, para decirlo todo de una vez, ese calugón frutal con el que cultivo una relación duradera e inconmovible que ni con los Beatles. De intimidad, de décadas. He escrito sobre los kegoles varias veces. En 2014, por ejemplo: “Aunque puedo devorar Starbust y apreciar un buen caramelo alemán o canadiense, soy un pirigüín feliz en el pantano de la cochina industria chilena. El Kegol es para mí irreemplazable. Duro como piedra a veces, latigudo como mala poesía otras, puedo comerme los que sean en pocos minutos. Antes de ayer fui con mi mujer a almorzar a un restaurant. Al salir para comprarle cigarros, vi que el kiosquero tenía kegoles y le compré quince y me los comí en cuatro o cinco minutos, antes de volver. El organismo entero se endulza, las venas pesan, pero caigo y recaigo”.

[…]

En pasarse de la raya con uno mismo hay un goce. Estirarse en la voluptuosidad. Dejarse caer. Cebarse solo, por ejemplo escuchando una canción no dos ni tres ni cuatro sino quince, veinte y sin problemas cincuenta veces durante los tres o cuatro días en que esa canción y solo esa canción te exalta o hunde o aleona justo ahí donde ansías exaltarte o hundirte o ser león. Llevo, por dar otro ejemplo, casi veinticinco años escribiendo sobre papel que pillo (y pizarra o vidrio empañado, nunca en paredes) una misma palabra, seis letras, pero letras gruesas, tridimensionales, multiformes, deformadas, danzantes, estiradas, imitando la escritura rapera de los años noventa que veía ejecutar a los compañeros del colegio al que llegué a Santiago a la edad de 15. La palabra que escribo era el tag, la firma o chapa de un compañero. Se la robé como se roban letras o bases en el hip hop. Llevo un cuarto de siglo escribiéndola, con y sin conciencia, cuando hablo por teléfono, cuando me toca escuchar alguna lata larga, cuando estoy nervioso o bloqueado u ocioso. Mazics. MAZ!CS. mAzÏCs. maZ1Cs. MAzIcS-oNes. “Ones” era el remate usual a esos rayados, no sé por qué –pero también lo replico. E iban unas comillas atravesadas no cerrando la palabra sino despegando de alguna de sus letras, por lo general la última, en este caso la S, quedando algo más o menos así: S=.

MAz1Cs=…OnEs!

Son recaídas y excesos sin sentido. Por eso lo tienen. Porque riman o entroncan con el sinsentido que nos subyace. Son la forma de un pequeño abandono. De un no importar. Es una especie de consolación en el desborde, dejarse ir. “Cómo miraré yo el río / que me parece que fluye / de mí…!”, escribió la cubana Dulce María Loynaz y esa es la sensación que se impone, la de algo arrancando desde nosotros con nosotros.

La tacañería por eso es probable que sea la menos aguantable de las ruindades. Al pesado, al mañoso, al idiota o al neurótico se nos puede encontrar un lado, pero el avaro (como el latero) retiene y corta el flujo vital de goce que lleva al derroche y del que por añadidura pueden surgir, caldo de cultivo como es todo desborde, el baile, la carcajada y todos aquellos encantamientos en que el cuerpo y el alma, hartos ya de sí, salen por un rato al sol, al encuentro de otros.

La tacañería por eso es probable que sea la menos aguantable de las ruindades. Al pesado, al mañoso, al idiota o al neurótico se nos puede encontrar un lado, pero el avaro (como el latero) retiene y corta el flujo vital de goce que lleva al derroche y del que por añadidura pueden surgir, caldo de cultivo como es todo desborde, el baile, la carcajada y todos aquellos encantamientos en que el cuerpo y el alma, hartos ya de sí, salen por un rato al sol, al encuentro de otros, en lo que constituye quizás el más genuino de todos los encuentros, aquel de dos o más cuerpos y almas que se buscan no por un vacío inicial sino por el vacío terminal, ese con el que se enfrenta hasta el más intrépido ermitaño, la insuficiencia que nunca ninguna demasía saciará pero que por lo mismo buscaremos y buscaremos colmar con excesos, recayendo y recayendo y recayendo en el afán porque esa carencia es irreductible, como lo pinta Lucrecio al hablar de los amantes en La naturaleza de las cosas: “… y estrechan codiciosamente el cuerpo / de su amante, mezclando aliento y saliva, / con los dientes contra su boca, con los ojos / inundando sus ojos, y se abrazan / una y mil veces hasta hacerse daño. / Pero todo es inútil, vano esfuerzo, / porque no pueden robar nada de ese cuerpo”.

Recaer es volver, contra las rejas de la propia vigilancia mental, contra las advertencias médicas o siquiátricas, contra las prevenciones amistosas, a aquello que nos sacía y desestabiliza. Es incluso haber sido un perfecto imbécil y volverlo a ser.

Con el cigarro supe no recaer. O no supe recaer, para decirlo de acorde a este predicamento. Dejé de fumar de un día para otro hace once años después de haber fumado durante quince, desde los 13, una cajetilla al día. Y cualquier fumador sabe que una cajetilla al día es siempre en realidad una cajetilla y media. O dos. De eso se trata. De más, más, más. Quizás por qué se impuso en mí la prudencia pulmonar, tampoco es que me arrepienta de haberlo dejado, pero cuando escucho que algún familiar o amigo lo menciona como un triunfo de mi voluntad, secretamente farfullo que no, que al contrario, que se trata de una derrota, de una recaída a cuya altura no supe estar.

 

Fotografía: Emilia Edwards.

 


Todo puede ser, Vicente Undurraga, Mundana Ediciones, 2022, 150 páginas, $12.000.

Lanzamiento en librería Kalimera (Seminario 291, Providencia). Miércoles 7 de diciembre a las 19 horas. Presenta: Martín Hopenhayn.