Genealogía de la identidad

En Huaco retrato, la reconstrucción que Gabriela Wiener hace de la vida de su tatarabuelo —un ladrón de tesoros precolombinos— se cruza con la muerte de su padre y su propia relación poliamorosa con un marido peruano y una mujer española. Siendo crítico, feminista y poscolonial, el libro no pretende teorizar ni darnos respuestas, sino mostrar lo complejo de la identidad desde un punto de vista subjetivo, que tiene un vínculo particular con la historia del continente, las relaciones sexoafectivas y la escritura.

por Sebastián Duarte Rojas I 30 Junio 2022

Compartir:

Relacionados

La rebeldía en disputa

por Daniel Hopenhayn

Retrato del artista suicida

por Lorena Amaro

Gabriela Wiener, escritora peruana residente en España que forma parte del llamado nuevo nuevo periodismo latinoamericano, ha desarrollado una obra íntima, desinhibida y coherente: Sexografías (2008) se lee como una biografía de sus experiencias sexuales; en Nueve lunas (2009) nos introduce en los aspectos más oscuros de su propio embarazo; Kit de supervivencia para el fin del mundo (2012) narra su participación en un taller para experimentar la propia muerte; y Dicen de mí (2017) está construido a partir de entrevistas a terceros sobre ella misma. Esta breve selección de su trabajo basta para ver que estamos frente a una cronista que pone su corporalidad y subjetividad en el centro del relato.

Huaco retrato, su última entrega, continúa esta persistente exploración y exposición del yo a través de una narración fragmentada, que se enfoca en tres ejes: la muerte de su padre, también periodista, y la esposa y la amante que lo lloran; su propia relación poliamorosa con su marido peruano y su mujer española; y la reconstrucción de la vida de Charles Wiener: “El europeo [que] dejó a un niño peruano que a su vez tuvo diez hijos, uno de los cuales fue mi abuelo, que a su vez tuvo a mi padre, que me tuvo a mí, que soy la más india de los Wiener”.

“Mi identidad marrón, chola y sudaca —escribe la autora— intenta disimular la Wiener que llevo dentro”, pero este libro precisamente pone el foco en lo que hay en ella de quienes le heredaron su apellido: su padre y su tatarabuelo. Charles Wiener fue un famoso explorador de origen austriaco y nacionalizado francés, un huaquero —ladrón de tesoros precolombinos— que se llevó muchos huacos —cerámicas incaicas y mochicas— a Europa, y un escritor que narró sus aventuras en un tomo de casi mil páginas. Pese al rechazo que le provocan las afirmaciones racistas de ese libro, tras el funeral de su padre la cronista emprende esta lectura en busca del patriarca de la familia.

Al mismo tiempo, el equilibrio de su propia vida entra en crisis cuando tiene un breve amorío que le oculta a sus dos parejas, y se enfrenta al hecho de que le cuesta mucho no celarlos. “Soy mi padre infiel y celoso de que su amante le ponga los cuernos con otro. Su versión posmoderna”. Esto la lleva a ingresar a un taller llamado “Descolonizando mi deseo”, con el que trata de liberarse del hecho de que hemos “aprendido que los cuerpos deseables son los blancos, delgados y normativos, mientras despreciamos lo que se parece a nosotros. La teoría me la sé. Pero cómo me la meto al cuerpo”.

‘Hay algo en esta mezcla perversa de huaquero y huaco que corre por mis venas, algo que me desdobla’, dice. Pero a diferencia del europeo, Wiener reconoce estar trabajando ‘con fragmentos robados de una historia incompleta’, y se huaquea sobre todo a sí misma en este libro que es también un museo, un archivo, un zoológico humano en que se expone ante nuestra vista.

En cuanto a la escritura de Charles Wiener, la autora descubre que él ha sido criticado por ser un mejor publicista de sí que científico, lo que llevó a un historiador a afirmar: “Su estilo a veces enfático, otras sentencioso y lleno de humor (…) se avenía más con un salón mundano que con un gabinete de trabajo”; estas palabras, por cierto, también describen perfectamente la obra de la periodista. A partir de eso, ella llega a sentir “empatía por su postura involuntariamente antiacadémica y ególatra”, la misma que rige las crónicas en que, al igual que él, narra en primera persona sus exploraciones, aunque estas sean de una naturaleza muy distinta a las de su antepasado.

La escritora inicia esta narración con su visita a la colección Wiener en un museo de París, pero no solo se ve reflejada en los huacos retratos ultrajados por su tatarabuelo, esos rostros parecidos al suyo, sino también en aquel que se los llevó al continente en que ella es una inmigrante. “Hay algo en esta mezcla perversa de huaquero y huaco que corre por mis venas, algo que me desdobla”, dice. Pero a diferencia del europeo, Wiener reconoce estar trabajando “con fragmentos robados de una historia incompleta”, y se huaquea sobre todo a sí misma en este libro que es también un museo, un archivo, un zoológico humano en que se expone ante nuestra vista.

A pesar de tener una clara postura crítica, feminista y poscolonial, Huaco retrato no pretende teorizar ni darnos respuestas, sino mostrar lo complejo de la identidad desde un punto de vista subjetivo que tiene un vínculo particular con la historia del continente, las relaciones sexoafectivas y la escritura. Quizás por eso, aunque prima la no ficción, esta narración genealógica encuentra una salida ficcional en la historia de Juan, un niño indígena llevado a Europa por Charles Wiener. Y quizás por eso, la autora menciona más de una vez el libro favorito de su padre: Cien años de soledad.

 


Huaco retrato, Gabriela Wiener, Literatura Random House, 2021, 176 páginas, $12.000.