En la colonia tolstoiana

“¿Cómo voy a vivir mejor si solo tengo una licenciatura?”, se defiende una joven que quiere ser escritora ante las acusaciones de Augusto D’Halmar y Fernando Santiván, cuyos espectros la asaltan en la Casa de la Cultura de San Bernardo, el lugar donde la protagonista ha conseguido un trabajo con la intención de poder pagarse un magíster. El dinero, el trabajo y la postergación del deseo son el nudo de este relato que forma parte del recién publicado libro de cuentos Pelusa Baby, de Constanza Gutiérrez, y del que ofrecemos este anticipo.

por Constanza Gutiérrez I 4 Mayo 2021

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Recién terminada la carrera de Literatura, entré a trabajar como funcionaria municipal a La Casa de la Cultura de San Bernardo, donde se consideró que podría ser un aporte organizando presentaciones y eventos. Según Internet, la casona que albergaba a mi equipo había sido edificada a comienzos de 1900 y su característica más llamativa eran sus antiguos habitantes: entre 1904 y 1905 vivió en ella un grupo de jóvenes que, encabezados por los escritores Augusto D’Halmar y Fernando Santiván, intentaba imitar el estilo de vida sencilla y cercana a la tierra del escritor ruso León Tolstói (1828-1910). Como a todos los recién llegados, alguien me advirtió que en la casona había fantasmas que robaban corcheteras y lápices y que por las noches prendían las luces que los seres vivos habían dejado apagadas.

Si bien lo único peor que tener trabajo es no tenerlo, yo no estaba contenta. Para cuando cumplí seis meses en ejercicio ya podía poner mi descontento en palabras: esa vida no era la que me había imaginado cuando fui a Santiago a estudiar Literatura. Yo quería ser escritora y no tenía tiempo para escribir, cumplía un estricto horario de oficina. Cuando llegaba a mi casa estaba muy cansada para seguir trabajando. Para coronar todo, tampoco ganaba mucha plata, solo la justa, y mi mamá todavía pagaba mi cuenta del celular. Así ni soñar con comprarme una casa a la que ir a escribir cuando vieja. Entonces empecé a pensar que quizás me hacía falta algo que mejorase mi currículum y me permitiese aspirar a un trabajo mejor pagado. Algo como endeudarme por un magíster.

Hasta aquí mi relato no es nada distinto al del resto de mis compañeros de generación, carrera e incluso del área de las Humanidades. Pero lo que voy a contar en adelante, amigos, no hay que menospreciarlo, más bien exige un oído atento. Para hablar como Homero: 

En la noche inmortal, mientras dormía,

tuve un sueño divino.

Un sueño tan claro que no se distingue en nada de la realidad. Una noche me vi en La Casa de la Cultura de San Bernardo, mi oficina, en medio de un juicio oficiado por el mismísimo Augusto D’Halmar y secundado por Fernando Santiván, en el que yo era la acusada. Y aunque habrá quien piense que miento o desvarío, le pido que si no me cree al menos me escuche, ya que estoy segura de decir la verdad y aun hoy, después de tanto tiempo, recuerdo las formas y palabras de estos fantasmas como si los hubiese visto ayer.

Cuando me di cuenta, la sesión ya estaba iniciada y yo en la silla del acusado. Augusto D’Halmar se acomodó la capota y dio unos golpes al suelo con su bastón:

—Cuéntanos, Constanza, ¿eres escritora?

—Bueno, escribo —dije con timidez.

—¿No eres escritora?

—Es que no he publicado.

D’Halmar y Santiván se miraron sonriendo y con los ojos se dijeron algo que no pude descifrar.

—Si así lo prefieres, dejémoslo en que quieres ser escritora —siguió D’Halmar.

—Eso.

—Bueno, ¿y por qué no estás escribiendo?

—¿Ahora? Porque estoy aquí —quise hacerme la graciosa.

—No, en tu vida. ¿Por qué no estás escribiendo un libro ahora mismo?

—¡Ah! Es que tengo que trabajar. No me queda tiempo.

—Claro, el trabajo —dijo D’Halmar con tono falsamente comprensivo—. ¡Pero tú para qué quieres un trabajo, si eres escritora! Ese es tu trabajo.

No supe qué responder, era tan obvio que me refería a que necesitaba la plata. Creo que Santiván me entendía mejor y cambió el tema:

—La verdad, Constanza, es que te vimos redactando una carta de intención para estudiar un magíster y creemos que podríamos ayudarte.

—¿Ayudarme cómo?

—Dándote otra perspectiva.

—Cuéntanos, ¿para qué fuiste a la universidad en primer lugar? —se metió de nuevo, burlesco, D’Halmar.

—Bueno, mis papás no me hubieran dejado… —empecé a contestar sin saber adónde iba—. Y yo tampoco hubiese podido estudiar algo con matemáticas…

—Ah, ¿no querías ser escritora?

—Sí, lógico.

—¿Por eso entraste a Literatura?

Asentí.

—¿Y con eso no fue suficiente?

—Yo creía que sí, pero parece que no.

—Yo también fui a la universidad una vez —empezó Santiván, como si fuese a contar una historia—, pero la dejé. ¿No has pensado que puedes aprender todas esas cosas en tu casa?

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

—Ay, Santiván, si sabemos por qué —interrumpió D’Halmar—. No se concentra. No tiene disciplina. Necesita que le pongan notas.

—En parte —admití—. Pero también porque estudiar sola no es lo mismo que acompañada. Además, ¿quién certifica lo que leí en mi casa? Se necesitan certificados para conseguir trabajos.

—¡De nuevo el trabajo! —saltó D’Halmar.

Yo sabía, como sabe mucha gente, que D’Halmar nunca trabajó, que lo mantenía su madre, y esa arrogancia empezó a enojarme.

—¿Y ustedes vinieron para esto? ¿Se aparecieron acá para hacerme sentir mal? No había visto fantasmas en veintitrés años y cuando por fin veo ¡vienen a maltratarme! Váyanse, yo sabré lo que hago con mi vida. Ustedes no entienden porque son de otra época, pero yo necesito un diploma —seguí alegando—. Y si no, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo voy a vivir mejor si solo tengo una licenciatura?

—Ah, Constanza, si la cosa no es contra el trabajo o los estudios. Es contra postergar tus deseos, ¿no lo entiendes? Pregúntate si tendrás tiempo o energía como para trabajar en una oficina, estudiar un magíster y después de eso, al final del día, ser una escritora, que se supone que es lo que más te importa.

—No, no creo que me dé el tiempo —respondí con sinceridad.

—¿Cierto? Y entonces serían dos años más sin escribir, todo para conseguir un trabajo con el que tampoco podrías hacerlo.

—¡Pero el magíster sí me va a servir para ser escritora!

—Bueno, puede ser —se ablandó Santiván—. Nadie niega que tengas que estudiar. Pero si no escribes nunca serás escritora y el trabajo de funcionaria va a consumirte. ¿Vas a estudiar más para seguir trabajando todo el día en otra cosa, como ahora? ¿No te parece una manera innoble de vivir?

Empecé a dudar de todo y ellos a ponerse cada vez más crueles. Quise bloquearme. Cerré los ojos y empecé a perderlos. Pero a ratos oía retazos, porque no podía decidirme entre mis ganas de escuchar y las de tapar sus palabras con mis pensamientos:

—… la vida será difícil sí o sí, deberías vivirla como quieras…

—… cuando no es por algo que realmente deseas, las dificultades se hacen aún más duras…

—¿Y tú piensas que alguien puede enseñarte algo? ¡Los mecanismos de la ficción tienes que descubrirlos tú misma!

—… crees que un día habrás trabajado tanto como para poder salirte de este sistema, pero no es así. O haces lo que quieres ahora o no lo vas a hacer nunca.

Eso último resonó en mí y me entró un miedo: ¿Y si moría ahí mismo entonces nunca habría hecho lo que quiero? ¿Habría pasado del colegio que eligieron mis padres a la universidad que pude y de ahí a funcionaria municipal y esa habría sido mi vida? ¿No habría hecho ni una sola cosa por gusto? Tenía que escribir, no podía posponerlo más. Anuncié en ese mismo momento que renunciaría a la municipalidad y me encomendaría a sus espíritus de fantasmas escritores para encontrar modestos trabajitos de cinco días que me permitieran vivir por veinte.

—¡Albricias! —gritó D’Halmar en su jerga de señor—. Ven, ahora te mostraré todo lo que te hubieses perdido de haber elegido la vida de la funcionaria.

Entonces, blandiendo su bastón con gesto frenético, me agarró de la mano y emprendimos el vuelo. Comenzando por Oriente y en dirección al Occidente, aceleramos por sobre los pueblos y países esparciendo, como Triptólemo, semillas varias sobre la tierra. Y aunque quizás nunca sepa si dieron frutos ni cuáles, el vuelo me hizo más feliz que lo que mis labores mundanas me habían hecho nunca y entendí que solo con eso ya bastaba.

Al mes siguiente renuncié a mi trabajo en la municipalidad y hoy paso mis días leyendo lo que quiero y escribiendo lo mismo. En cuanto al dinero, me las he arreglado con trabajos esporádicos y espero poder seguir haciéndolo. Cada cierto tiempo, una empresa o el gobierno necesita licenciados en Literatura para que corrijan una prueba estandarizada y yo me uno a ese rebaño por un par de meses, así puedo escribir otros tres. A veces alguien me paga por escribir o revisar su tesis, otras por hacer un reemplazo atendiendo un negocio.

Vivo con justeza, pero no me arrepiento y es por eso que les cuento algo tan íntimo como un sueño mío de mi mente a la suya: con el propósito de animar a otras jóvenes que sientan que late dentro de ellas una escritora y están esperando quién sabe qué para ponerse a escribir.

He decidido enfrentar salvaje y plenamente el milagro de vivir. ¿Me hará esto mejor escritora? ¿Tenían razón mis amigos de ultratumba? A diferencia de lo que pasaba con mi antiguo plan de vida —en el que, según yo, todo terminaría conmigo retirada en el campo, a los setenta años, siendo lo que quiero por fin—, el desenlace de esta historia no lo sé. Pero el presente me tiene contenta, ¿se pueden imaginar cómo se siente eso? Lo digo sin vergüenza: soy Constanza, soy escritora. No sé hacer mucho más, pero tampoco quiero.

 

Fotografía: Nicolás Díaz

 

Pelusa Baby, Constanza Gutiérrez, Alfaguara, 2021, 130 páginas, $12.000.