Topografías salvajes, ciudades distraídas

Toda ciudad se asienta sobre un relieve al que debe acomodarse y desde el cual debería encontrar claves para su forma e imagen. En su empeño, la ciudad negocia, domestica y nivela en infinitas operaciones emprendidas predio a predio. Más aún cuando hablamos de ciudades que se forman cerca de cerros, como Atenas y Roma. En Santiago, independientemente de su monumental respaldo cordillerano que marca su impronta territorial, ¿por qué no se cae en cuenta de que su valle está salpicado de 26 cerros isla? ¿Y cómo inciden ellos en nuestras vidas e imaginarios?

por Rodrigo Pérez de Arce Antoncic I 11 Mayo 2026

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Fallas, remoción y desplazamientos en masa, colisiones de placas y plegamientos sugieren catástrofes telúricas; el lenguaje coloquial designa como “accidentes” ciertos episodios topográficos que interrumpen o alteran la tónica dominante de determinado paraje. La RAE nos aclara que “accidente” sería “un suceso eventual que altera el orden de las cosas”, con sinónimos como “incidentes, contratiempos y choques”; la irregularidad del terreno es una segunda acepción. El accidente es como una topografía de contratiempos.

No hay vuelta: toda ciudad se asienta sobre una topografía a la cual debe acomodarse y desde la cual debería encontrar claves para su forma e imagen. En su empeño, la ciudad negocia, domestica, nivela, geometriza, solo que, hasta cierto punto, y las más de las veces, en infinitas operaciones emprendidas predio a predio. Por más que quisiéramos hacerlo, no podemos cambiar la pendiente predominante del suelo de Santiago, producto de sedimentos aluviales, pero aquí también el micromanejo del territorio manifiesta un contrapunto de aterrazamientos, zócalos y geometrizaciones, a la par con la dotación de subsuelos, en los diversos tratos que emergen desde la voluntad urbana y las condiciones del suelo.

En donde hay “ciudades altas” y “bajas” o “cerro” y “plan” (Valparaíso y Lisboa, entre muchas), allí en donde el subir y bajar son rutinas, las trayectorias se estiman por los esfuerzos ejercidos en cubrirlas, y en donde la fatiga forma parte del cálculo asociado al recorrido, sobran las complicidades entre la base topográfica y el ingenio urbano. Pero cuando la ciudadanía percibe el suelo urbano como planicie (el caso de Santiago y su plano inclinado), ¿qué resonancias aportan sus “accidentes” geográficos al imaginario ciudadano?

Ciertas matrices topográficas atenuadas, como es el caso de las siete colinas de Roma, lograron inscribirse tempranamente en la imagen compartida de la ciudad, mediante un contrapunto de topografía y obra humana, a ratos sutil, a ratos más expreso, efectuado sobre las colinas (de contornos más suaves hoy que en la Antigüedad), que estimuló memorables “momentos” urbanos: la basílica de Santa Maria Maggiore, que se yergue sobre la colina del Celio; la colina del Capitolio, designada sede del Ayuntamiento, con sus palacios gemelos, configura una plaza-mirador; la del Quirinal, la más elevada, acoge al palacio homónimo, sede de la presidencia. París cuenta con un Montmartre y Londres con Hampstead, Highgate, Primrose Hill y Greenwich, entre otras prominencias, todas ellas reconocidas y de fácil acceso. Coronadas por edificaciones notables o reservadas como parques, ellas inciden en los respectivos imaginarios. Subrayan el hecho topográfico, a la vez que lo configuran al cargarlo de identidad. En tanto no interrumpen, sino que acomodan fragmentos de un tejido urbano continuo, no son percibidos como “accidentes”, menos aún como contratiempos.

Distinto es el caso de Atenas, de cierto modo más cercana en su complexión topográfica a Santiago, por distinguirse también allí unas emergencias abruptas y solitarias, como nuestros cerros isla cuya suerte selló, sin embargo, tempranamente la ciudadanía, singularizándolas. La “roca sagrada”, en torno a cuyas paredes se celebraron cultos anteriores al período clásico, dio pie a su “ciudad alta”, la Acrópolis, con sus pórticos y templos montados sobre el peñón. A un costado, y alcanzando un nivel notablemente más bajo, el Areópago, “colina de Ares”, que oficiaba de tribunal, sobre un macizo también de contextura rocosa. La cultura privilegió las lecturas topográficas al designar sus relieves más notorios como sedes del debate cívico o lugar de culto a los dioses.

Remontar el peñón de la Acrópolis demanda un considerable esfuerzo físico, a la vez que articula el trance de “salir” de la ciudad para adentrarse en un escenario ajeno, regido por sus propias reglas, dueño de otros horizontes y, para el caso de Atenas, cargado de resonancias históricas y míticas. Cuando la meseta fungía de lugar sacro, estos planos superiores acogieron procesiones resonantes con sus himnos y rituales, mientras las humaredas y los densos olores a barbacoa que emanaban de los sacrificios de bueyes u ovejas impregnaban el ambiente. Ratificados como espacio de excepciones, incluso en su acepción contemporánea —más bien degradada por el turismo masivo—, su valor simbólico y su imagen en el ideario nacional siguen siendo tan importantes que la legislación urbana moderna dispuso unas rasantes para garantizar a perpetuidad las vistas al Partenón desde la ciudad. Este privilegio del ojo se consagró desde entonces como derecho ciudadano, a la vez que como imperativo legal, requiriendo la tarea no menor de remitir los niveles superiores de los edificios a un horizonte por debajo de la altura base del Partenón. La suma de cubiertas y azoteas de Atenas articula desde entonces una suerte de zócalo virtual asociado a las topografías de la Acrópolis, en un reconocimiento de atributos intangibles, cuya renuncia a potenciales inmobiliarios difícilmente pasaría el cálculo urbano pragmático y monetizado hoy predominante. Más alejado, y de mayor bulto, el Licabetto también fue reconocido en su excepcionalidad, siendo designado como parque.

Cuando hablamos de Santiago, entonces, dejando aparte su monumental respaldo cordillerano que marca contundentemente su impronta territorial, ¿por qué no se cae en cuenta de que su valle está salpicado de 26 cerros isla, según varios recuentos? ¿Y cómo inciden ellos en nuestras vidas e imaginarios?

Articulan en su mayoría una suerte de trasfondo opaco, tornado en “accidente” palpable cuando algún barrio se arrima al cerro o cuando las vialidades se ven obligadas a sortearlo. En la mirada ciudadana, el archipiélago pareciera más bien invisibilizado: un niño romano puede memorizar las siete colinas de su ciudad, pero prácticamente ningún santiaguino podría hacerlo con nuestros cerros isla.

Alguna vez hubo que nombrar cada cerro en el valle de Santiago, arrancarlo del anonimato a fin de inscribirlo en cierto horizonte compartido. Nombrar fue, sin duda, también una potente señal colonizadora y, como tal, una herramienta de dominio, es decir, una herramienta política. Eventualmente, las toponimias se inscribieron en las cadencias del habla cotidiana.

No obstante, no todos los hechos significativos del territorio fueron rebautizados por los españoles. En consecuencia, transitamos indistintamente entre toponimias de alcances conocidos y opacos. Aquella mixtura de sonoridades y cadencias incorporadas al habla común que reúne en un mismo plano lenguas vivas y olvidadas, se replica en el continente americano: Mapocho, Huechuraba, Vitacura… o sus contrapartes: Massachussets, Milwaukee y Manhattan en el hemisferio norte.

Calan, Apoquindo, Manquehue, Macul, Chena, Renca, Navia, Chequen: todos ellos nos remiten a linajes anteriores a la Conquista, también a cuando las formaciones topográficas cumplieron funciones tutelares, configurando cierta imagen de mundo en donde los ceques, líneas imaginarias de la cultura andina, urdieron nexos entre cumbres, centros habitados y episodios cósmicos. Los nombres nos resultan perfectamente habituales, y en igual medida sus significados nos eluden.

Calan, Apoquindo, Manquehue, Macul, Chena, Renca, Navia, Chequen: todos ellos nos remiten a linajes anteriores a la Conquista, también a cuando las formaciones topográficas cumplieron funciones tutelares, configurando cierta imagen de mundo en donde los ceques, líneas imaginarias de la cultura andina, urdieron nexos entre cumbres, centros habitados y episodios cósmicos. Los nombres nos resultan perfectamente habituales, y en igual medida sus significados nos eluden.

Santa Lucía, San Cristóbal o San Luis remiten a creencias, revelando quizá en el primer caso cierto empeño de sanación de un territorio impregnado de resonancias paganas. Blanco, Negro, Los Morros, Loma Larga y Los Piques describen características o atributos salientes. Cerro del Medio subraya una relación territorial. La Ballena, en cambio, evoca una metáfora de giro más poético, probablemente asociada al bulto recostado del cerro, mientras que Las Cabras denota memorias del pastoreo que debió efectuarse en estas suertes de commons. Dieciocho, Amapola, Alvarado, Lo Aguirre, Hasbún, Manzano, Adasme, Jardín Alto, parecen hacer referencia a propietarios, terratenientes, hacendados, cultivos.

Que Huelen haya sido sustituido por Santa Lucía es un hecho conocido: era el primer peñón apropiado por la ciudad colonial, reconocido además por sus cultos ancestrales. Tal pulsión por rebautizar no fue consistente, como lo demuestra la indiferencia de los conquistadores con los ríos Maipo y Mapocho, al refrendar sin más los nombres heredados. Si rebautizar era tan fácil y efectivo, ¿por qué nunca los sustituyeron? Las cruces que coronaron muchos cerros urbanos y rurales (cuyas cumbres son más valoradas hoy para instalar antenas de trasmisión) consolidaron otra suerte de sincretismo entre el nombre indígena, inasible, las resonancias sacras de la cumbre, compartidas, y el conocido símbolo cristiano.

Formando un archipiélago disperso, los cerros isla emergen por sobre el mar de sedimentos del plano aluvial que arma el suelo de la ciudad. Su gradual transformación en valle artificialmente irrigado u oasis de riego selló contundentemente y en otro plano la distinción entre plan y cerro, al relegar los cerros isla al secano en el léxico campestre, es decir, al dejarlos fuera del alcance de las aguas. Así, los cerros interceptaron el curso de la vida urbana y agrícola del valle, como también interceptaron el curso del riego, alzándose por sobre el nivel de las casas y cultivos. Sus topografías excepcionales, distintivas, de algún modo salvajes, fueron descritas alguna vez como meteoritos, si bien son en realidad cumbres emergentes de unas formaciones sepultadas por los aluviones que configuraron el suelo de la comarca.

Salvo muy contadas excepciones (el monasterio Benedictino en el cerro Los Piques, el Observatorio Astronómico en el Cerro Calán), nunca fueron pensados nuestros cerros isla como sedes institucionales. Nuestras instituciones políticas, civiles o religiosas, evitaron aprovechar esas prominencias para instalarse a la vista de la ciudadanía. Más allá de las razones prácticas, quizás la cotidianidad de la vida en torno al valle irrigado y la otredad del secano y sus terrenos agrestes y escasamente frecuentados determinaron la suerte de unos y otros espacios: uno adentro, accesible, asimilado; el otro afuera, inculto, vacío; pero todo ello también denota un sello cultural: si los portugueses hubiesen colonizado el valle, quizá algunas de estas prominencias hubiesen acogido ermitas o monasterios, como es el caso de los Morros de Río de Janeiro. Dejar a los cerros libres de instituciones condujo naturalmente a acentuar el contraste topográfico, sellándolo con un contrapunto morfológico y paisajístico, puesto que donde hay riego hay cultivo, siendo el valle un escenario de plantaciones de especies exóticas y, al mismo tiempo, el suelo en el que transcurre la vida ciudadana. Ajeno a esos ritmos y cultivos, el cerro isla configura espacios relictos y a la vez degradados.

El pasado de santuario, baluarte militar, cantera de basalto, observatorio astronómico, aparte de espacio de recolección de leña, pastoreo, escondite o refugio de cimarras, no hizo para nada evidente que el cerro Santa Lucia se transformaría en un parque urbano. Si hay un mérito especial que adscribirle al intendente Benjamin Vicuña Mackenna, es el de haber tornado un contratiempo en excepción (en el sentido de lo excepcional como juicio valórico). El logro indiscutible de imaginar desde el peñón desnudo del Santa Lucía, entonces rodeado de casas en su base, un parque de características únicas, demuestra que también las voluntades pueden torcerle la mano a las expectativas. Vicuña Mackenna imaginaba el Santa Lucía como parque, pero también como una suerte de foro de multitudes, santuario relicario y gabinete de curiosidades: “Algunos lo han comparado al monte Aventino —anotaba él—, otros lo censuraron por proyectar allí el reducto de futuros tiranos”. En fin, lo que nadie pone en cuestión es que el Santa Lucía es el más magnífico anfiteatro de la América y tal vez del mundo, considerando que tiene una capacidad similar a la del Coliseo romano y, además, múltiples atributos, como sus condiciones acústicas, que lo vuelven un verdadero fórum popular.

Aunque, más allá de los superlativos, es innegable que no prosperó su vocación de foro, no hay duda de que el Parque Metropolitano, instalado en el cerro San Cristóbal, con su miscelánea de lugares, programas y nichos especializados, es una secuela del Santa Lucía, como también lo son los instrumentos de planificación que hoy resguardan estos cerros. El trato con los cerros cambia: así como el esfuerzo físico del ascenso antes era valorado como penitencia, hoy es entendido como un desafío virtuoso al deportista.

Pero hay otras proyecciones de gran incidencia: se privilegia actualmente integrar los cerros isla bajo el concepto de reservas o parques naturales, configurando unos escenarios en donde el acceso de las personas es limitado y la imagen evocada es restitutiva. Poco se dice de las comunidades de canteros, pastores y recolectores de leña que los poblaron con sus prácticas y oficios, menos aún de la posibilidad de obras de arquitectura que pudiesen cargarlos de sentido. A nivel territorial, los corredores ecológicos que conectan estos relieves cobran prioridad, trazando otras redes ajenas a la participación humana, redes que de algún modo sustituyen las urdimbres invisibles de los ceques incaicos. Lo anterior da cuenta de una vuelta (idealizada) a la “naturaleza” (ya intervenida), en menoscabo de una justa ecuación entre la obra humana y el resguardo del medioambiente.

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