Saber o no saber

La agudeza de los análisis de Lilla en su libro Ignorancia y felicidad, la amplitud de los temas que abarca y la profundidad de su conocimiento histórico son deslumbrantes. La suya es una mente que rechaza la especialización, y ese es uno de los aspectos más estimulantes de estas páginas. Se siente tan cómodo con san Agustín y Freud como con Sófocles, Cervantes, Dickens e Ibsen.

por Costica Bradatan I 10 Septiembre 2026

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Según una antigua leyenda, el rey Midas buscaba en el bosque al sabio Sileno, compañero de Dioniso. Al rey le tomó un tiempo capturar al dios del bosque, pero finalmente lo logró. Ardía en deseos de saber qué era “la mejor y más deseable de las cosas para el hombre” y conminó a Sileno a darle una respuesta. El dios se mostró reacio al principio, pero tras cierta insistencia regia, habló. La respuesta, sin embargo, pudo haber hecho que Midas se arrepintiera de la pregunta: “¡Oh, miserable y efímera raza, hijos del azar y la miseria!”, comenzó Sileno, “¿por qué me obligan a decir lo que sería más conveniente que ustedes no oyeran? Lo mejor de todo para ustedes está completamente fuera de su alcance: no nacer, no ser, ser nada. Pero lo segundo mejor es… morir pronto”. Vive con ese conocimiento, ahora, si es que puedes.

En otra parte del mundo antiguo, se redactó en una sagrada escritura que “el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara. Y el Señor Dios ordenó al hombre: ‘Puedes comer libremente de cualquier árbol del jardín; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás’”. Por supuesto, Adán hizo precisamente eso: comió del árbol. Al hacerlo, tal como el rey Midas, demostró que era demasiado curioso para su propio bien. También demostró ese aspecto distintivo de la naturaleza humana: demasiado a menudo, una prohibición es una invitación a la transgresión disfrazada. Gran parte de la historia que siguió al incidente de Adán con la manzana sería incomprensible sin esta particular lectura de la prohibición.

Cada una de estas historias apunta, a su manera, a una íntima e inquietante conexión, en la mentalidad occidental, entre el conocimiento y la muerte. Saber o no saber, buscar el conocimiento o abstenerse de él, la comprensión (de uno mismo, de los demás, del mundo que está alrededor) o la falta de ella: estas no son trivialidades, sino cuestiones de vida o muerte. Uno puede perder su alma o salvarla, dependiendo de su relación con el conocimiento. La tragedia de Edipo encapsula, como pocas otras obras de la literatura occidental, la tragedia del propio Occidente.

Ignorancia y felicidad es destacable no solamente por lo que el autor aborda, sino también por lo que no: por lo que opta por ignorar. Para el epígrafe, el autor utiliza una cita de Daniel Deronda de George Eliot: ‘Se dice a menudo que el Conocimiento es poder, pero ¿quién ha considerado o expuesto como es debido el poder de la Ignorancia?’. La inquietante cita vuelve a aparecer luego en el cuerpo del texto, con el énfasis añadido de que es precisamente ‘el poder de la ignorancia’ lo que, en palabras del autor, ‘me propongo examinar aquí’.

Este es, a grandes rasgos, el nicho temático donde podría ubicarse el último libro de Mark Lilla. “¿Cómo es posible que seamos criaturas que quieren saber y no saber?”, pregunta. Ignorancia y felicidad no es de ninguna manera una obra académica, ni un tratado sistemático ni un ensayo convencional. En busca de una respuesta a la pregunta central del libro, el autor nos lleva en un tour. En cuanto a su proyecto, escribe, “quizá la mejor manera de describirlo sea como un cuaderno de viaje intelectual que repasa mis excursiones circulares y un tanto episódicas por lecturas e ideas sobre la voluntad de no saber”. Hace una promesa a sus lectores de que su invitación “se trata de un paseo, no de un viaje con destino establecido”, y cumple con creces. Su texto es de un carácter muy personal, a menudo caprichoso y desenfadado, pero difícilmente aburrido.

El método “paseo” también implica que Lilla se aproxime a su tema de forma oblicua. En lugar de buscar la “voluntad de ignorancia” en las monografías de estudiosos o teóricos especializados, la busca en las obras de fundadores de religiones, creadores de mitos, dramaturgos, novelistas y poetas. “Los tratamientos más profundos de la voluntad de ignorancia”, según considera él, “se encuentran en las obras de la imaginación: mitos antiguos, textos religiosos, poesía épica, obras de teatro y novelas modernas”. Esto no debería sorprendernos, añade Lilla, porque “sin la capacidad de resistirnos a ver lo que tenemos ante nuestros ojos, no habría drama ni movimiento en la vida humana”. Que alguien mantenga un secreto ante los demás es trivial. Que alguien se oculta un secreto a sí mismo: eso es precisamente lo que nos fascina y estimula la mente creativa.

Lilla toma prestada su noción de “voluntad de ignorancia” de Friedrich Nietzsche, quien la describe —con un estilo inimitable— como “una súbita resolución de ignorar, de aislarse voluntariamente, un cerrar sus ventanas, un decir interiormente no a esta o aquella cosa, un no dejar que nada se nos acerque, una especie de estado de defensa contra muchas cosas de las que cabe tener un saber, un contentarse con la oscuridad, con el horizonte que nos aísla, un decir sí a la ignorancia y un darla por buena”. Como Nietzsche suele ser contagioso, su influencia es perceptible a lo largo del libro de Lilla, con su énfasis en el pensamiento genealógico, el análisis psicológico impulsado por la sospecha, el desenmascaramiento metódico y el desencanto. Al igual que Nietzsche, Lilla no está convencido por las mentiras piadosas con las que tendemos a rodearnos, y a menudo busca las motivaciones más profundas y más oscuras que están bajo mucho de lo que pensamos, decimos o hacemos. Continuamente nos engañamos a nosotros mismos, con más frecuencia y más fuerza que lo que engañamos a los demás. Y tenemos buenas razones para hacerlo.

“El mundo es un lugar recalcitrante”, escribe Lilla, y “hay cosas que preferiríamos no tener que reconocer”. Algunas de estas cosas son “verdades incómodas sobre nosotros mismos; son las más difíciles de aceptar”. Otras son “verdades sobre la realidad exterior que, una vez reveladas, nos roban creencias y sentimientos que habían hecho nuestra vida mejor, más fácil de vivir, o eso creemos”. Estas creencias y sentimientos son parte de una red más amplia de autoengaños que tejemos constantemente, y a través de la cual preferimos vislumbrar el mundo en lugar de enfrentarlo en toda su inmediatez. A medida que envejecemos, nos volvemos cada vez más dependientes, si no adictos, al uso de este recurso óptico. Si alguien nos lo arrebatara repentinamente, obligándonos así a ver todo —el mundo y a nosotros mismos en él— tal como realmente es, nos consideraríamos los más desafortunados de los mortales. Sin embargo, esa sería nuestra mayor oportunidad: la verdad nos haría no solamente libres, sino propiamente humanos.

La actual crisis de la democracia tiene mucho que ver con el conocimiento y, especialmente, con la ignorancia: el cada vez más profundo problema de la alfabetización cívica en nuestras sociedades; el creciente uso de plataformas impulsadas por IA para moldear la opinión pública y condicionar el comportamiento político; la manipulación de las decisiones de los votantes mediante el uso encubierto de sus datos.

La agudeza de los análisis de Lilla en este libro, la amplitud de los temas que abarca y la profundidad de su conocimiento histórico son deslumbrantes. La suya es una mente que rechaza la especialización, y ese es uno de los aspectos más estimulantes de su obra. Se siente tan cómodo con san Agustín y Freud como con Sófocles, Cervantes, Dickens e Ibsen. Escribe con la misma facilidad sobre la teología de san Pablo, el Mein Kampf de Hitler, la demonología contemporánea y Billy Budd, marinero.

Ignorancia y felicidad es destacable no solamente por lo que el autor aborda, sino también por lo que no: por lo que opta por ignorar. Para el epígrafe, el autor utiliza una cita de Daniel Deronda de George Eliot: “Se dice a menudo que el Conocimiento es poder, pero ¿quién ha considerado o expuesto como es debido el poder de la Ignorancia?”. La inquietante cita vuelve a aparecer luego en el cuerpo del texto, con el énfasis añadido de que es precisamente “el poder de la ignorancia” lo que, en palabras del autor, “me propongo examinar aquí”. Lo cual Lilla hace de manera cautivante y persuasiva; sin embargo, es desconcertante que opte por ignorar uno de los significados más brutalmente obvios de la palabra “poder”: el poder político.

La actual crisis de la democracia tiene mucho que ver con el conocimiento y, especialmente, con la ignorancia: el cada vez más profundo problema de la alfabetización cívica en nuestras sociedades; el creciente uso de plataformas impulsadas por IA para moldear la opinión pública y condicionar el comportamiento político; la manipulación de las decisiones de los votantes mediante el uso encubierto de sus datos; el uso cada vez mayor de teorías conspirativas para sacar partido y controlar la ignorancia colectiva; la fatal colusión del populismo con el gran capital y las grandes empresas tecnológicas. Debe ser una especie de récord: nunca antes se había desplegado tanto conocimiento experto para producir una ignorancia a tan gran escala. Sin embargo, todo esto está en gran medida ausente en Ignorancia y felicidad. Por parte de un autor con un tan marcado interés por la política como Mark Lilla, la omisión es difícil de comprender. Por otra parte, no puedo evitar pensar que un libro sobre los beneficios de la ignorancia bien podría beneficiarse de tener él mismo alguna que otra laguna.

 

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Artículo aparecido en Times Literary Supplement. Traducción de Patricio Tapia.

 


Ignorancia y felicidad, Mark Lilla, traducción de Daniel Gascón, Debate, 2026, 240 páginas, $20.000.

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