
por Samuel Salgado Tello I 25 Febrero 2026
Antes de ser fotógrafo, Lincoyán Parada siguió muchos oficios. Sacristán, obrero, repartidor de Soprole, auxiliar en el Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile. Su entrada al mundo de la fotografía, por lo tanto, estuvo marcada por circunstancias y fortunas, de las cuales él dio distintas versiones. Primero, el azar, cuando un amigo del curso de yudo le pidió que le tomará unas fotografías. No le costó hacerlas. Luego, un aprendizaje autodidacta, alentado por su padre, que trabajaba en la Casa Fotográfica Loben y le acercaba revistas, folletos, recortes. Más tarde, en 1972, tomó sus primeros talleres con Bob Borowicz, donde conoció las bases formales del oficio. En 1973, se integró al Foto Cine Club de Chile. Hacia 1974, en el Departamento de Estudios Humanísticos, conversó sobre fotografía con Mario Góngora, Cristián Huneeus, Ronald Kay, Enrique Lihn, Nicanor Parra, Jorge Guzmán. Más tarde pasó a ser reportero gráfico en los diarios La Nación y La Tercera, y en las revistas Paula, Caras y Revista del Domingo. Así, entonces, fue expositor, concursante, editor. Vivió la dictadura, la transición y la ostentación del libre mercado. Documentó el cierre de las minas de carbón y también la vida cultural y política mapuche.
Mas, la biografía de Lincoyán Parada no acabó su archivo. Este solo se multiplicó desde que ingresó a los fondos fotográficos de la Universidad Diego Portales en diciembre del 2024. Cada imagen que dejó no cierra, sino que abre secciones de otras colecciones de la universidad. En sus fotos hay más que autoría. Hay relaciones, sujetos y comunidades. Hay preguntas. Y hay archivo. Pero no como depósito cerrado, sino como campo expandido, como espacio de interpretación inestable, donde no resuelve, sino que inquieta.
Lo documental, en su obra, no es un estilo. Es una actitud, una forma de cuidado. Un respeto o un intento de dejar al otro ser, sin imponerle un marco. Por eso algunas de sus imágenes parecen espontáneas, hasta cotidianas. Pero basta detenerse para encontrar las capas. Hay decisiones. Hay imágenes que buscan la mirada como si estuvieran al borde de borrarse tras la bruma de algunos paisajes, o sujetos delineados en los retratos, que miraron la cámara esperando no ser olvidados. Y así construye la paradoja: tras cada fotografía de Lincoyán Parada queda la sensación de que él no estuviera. Que se hubiera ido un segundo antes del disparo. Una forma de presencia que no ordena, una ética del desplazamiento y de los desplazados.
Visto así, el archivo de Lincoyán Parada supera al autor y su intención. Lo que hace de él un fotógrafo muy distinto al que creíamos conocer: está presente, el archivo lo cuida, pero también lo repliega y proyecta.



