Cementerio de barrio

por Milagros Abalo I 27 Abril 2026

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Hay palabras que desaparecen con un estilo de vida y con las personas que las decían. Pasa por ejemplo con la palabra dedal: se fueron las abuelas y con ellas esa palabra tan delicada como la función que cumplía en la cotidianidad. ¿Quién en estos tiempos habla del dedal, quién usa o tiene ese instrumento de costura neolítico? Dedal suena en la punta de la lengua y brilla como un pequeño escudo de metal en la punta del dedo. De dedales y rosales está hecha mi guarida imaginaria. ¿Se extinguirá la palabra barrio como la palabra dedal?

Mi barrio se llama Recreo y su vecino Esperanza, parecen los nombres de dos personajes de una historia de Mario Levrero: barrios separados al nacer por un cementerio que en la chapa de su reja une todos los tiempos o ninguno, y pasan cosas. O en un modo clásico, dos barrios-escenarios de un amor imposible, tipo Romeo y Julieta, aquí conocidos como Clemente y Amaral, con trap de fondo.

Barrios que conservan una detención en el tiempo y, por lo tanto, todavía tienen en su luz la partícula invisible de una mirada que recuerda la infancia, como cuando se escuchaba cantar a las madres un sábado por la mañana “Chico de mi barrio”. Barrios todavía siendo barrio, aunque no por barrio hay que andar menos vivo, mirar el teléfono en la calle o alumbrarse tanto.

En la esquina de diamante de Recreo hay una costurera, una panadería y un cementerio. Hay más, pero esto es lo que sobrevive a los vaivenes del tiempo y las grúas. Si en un tatequeto visual te detienes y miras alrededor, verás la entrada sencilla del cementerio. Lo que había sido mirado de reojo o con indiferencia, se mira de pronto y cobra vida, aparece. Abiertas sus puertas de par en par, el cementerio comparte cuadra con el pan que vas a comprar en la tarde. El pan se vuelve olor recién salido del horno que cala en los huesos de los difuntos José Palomo, Guillermo Quiñones, Porfiria Díaz.

Una señalética de tránsito cerca del cartel de Pepsi indica Cementerio. Te recibe el estacionador de autos, tiene tres palomas que lo siguen a todos lados, y con horarios las alimenta y baña en un recipiente con agua. Sus ojos verde claro son del mismo color que el destello en la nuca del ave, palomas que son tres nombres en un mundo mágico de barrio. El cementerio da la bienvenida con un mensaje tallado en piedra. Ya no tiene para dónde crecer, a no ser que aparezca la mano de la usura elevando torres-nichos cerca del sol, “con usura nada está en su sitio (no hay límites precisos)”, escribió Ezra Pound.

En general en provincia todavía hay cementerios en mitad del barrio, lo que inevitablemente permea la dinámica del día a día, por ejemplo, ya tan solo con decirle a alguien: estoy en el cementerio o te espero en el cementerio se presta para una resignificación jocosa en este caso de la situación vital. De tal manera está presente la palabra cementerio en lo cotidiano. Ahora en cambio por una cuestión práctica, sanitaria y también de la época, los cementerios están en las afueras, desplazados.

Es posiblemente el cementerio más viejo de Viña del Mar; otro menos antiguo pero que también está en medio del barrio es el de Santa Inés. En Valparaíso están los Cementerios n.° 1 y n.° 2, ambos emplazados en el cerro Panteón y declarados monumentos históricos. En general en provincia todavía hay cementerios en mitad del barrio, lo que inevitablemente permea la dinámica del día a día, por ejemplo, ya tan solo con decirle a alguien: estoy en el cementerio o te espero en el cementerio se presta para una resignificación jocosa en este caso de la situación vital. De tal manera está presente la palabra cementerio en lo cotidiano. Ahora en cambio por una cuestión práctica, sanitaria y también de la época, los cementerios están en las afueras, desplazados, de lejito nomás diría mi octogenaria vecina, por lo tanto, al salir de lo cercano irremediablemente la relación con la muerte queda fuera del horizonte diario.

En el cementerio de Recreo existen sepulturas tan antiguas como Emily Dickinson, quien escribió esos versos rotundos como el mármol: “Para los Muertos / No hay Geografía”. Las raíces del barrio se topan con las de los árboles del cementerio: un Pimiento, un Jacarandá, un Pino, y esa especie de pequeño sauce llamado Maitén, todos los árboles dan sombra y no han sido podados, sus ramas tapan algunos nichos en altura. Un gato salta de tumba en tumba, un gato que nada sabe de muerte, aunque le queden menos de siete vidas. Y la caravana de autos que toca la bocina anuncia la llegada de un féretro seguido por un piño de negras siluetas. Algo de jardín chileno tiene este cementerio parroquial: desordenado, mixto, asimétrico, hecho de patillas, viento y azar, como un poema antes de los poemas cementerios-parques hechos a la medida y llenos de higienizadas connotaciones estéticas/estáticas como tumbas.

Tener un cementerio en el corazón del barrio es algo que te reubica en otra frecuencia cuando se anda como caballo de carrera por la vida, sin conciencia de su fragilidad, menos de su fugacidad. Y la convivencia de los dos mundos en el plano cotidiano hace que su paso no sea sorpresa ni para quien pasa ni para quienes ven pasar, así nadie se abisma —o se abisma un poco menos— ante la conciencia de que siempre la muerte es un abismo. Hacer del más allá un más acá presente en los días, es como estar adentro y afuera a la vez, oscilación necesaria no solo para vivir, sino para el ejercicio crítico del pensamiento y la creación.

Recreo es un barrio donde la gente quisiera ser enterrada, cerca del lugar donde han vivido, donde compran el pan y los tomates y los helados para los niños, quizás como una forma de seguir ahí, una ilusión. A la vieja usanza campesina, la muerte se vuelve algo familiar, menos solitaria, menos lejana, parte de un reino habitable en el día a día y no en las afueras. En la tarde de un martes vemos pasar a los que llevan flores. Lo colectivo aparece, las relaciones con la gente el barrio, la palabra vecina, la bolsita de té, la manera común de percibir o afrontar la realidad.

Y en la inmovilidad y el silencio de lo que se va transformando en ruina de murallas trizadas, un cementerio guarda lo secreto, lo que no conocemos, lo que solo conoceremos estando ahí como protagonistas y una vez ahí, en nuestro papel protagónico, no podremos decir ni pío, el secreto se va a la tumba. De ahí que la presencia en el barrio de este lugar te instale en la perspectiva del tiempo y eso siempre supone una detención; después de la mirada de soslayo se piensa en la existencia y al pensarla pensamos en su habitar, en la relación con los espacios, no como un ejercicio de nostalgia sino de tiempo expandido; pensamos también en los habitantes del cementerio, en sus vidas pasadas, en sus nombres ya no dichos, ni usados, como Porfiria o Filomena o la palabra dedal. En cómo habrán sido sus voces ahora extintas. Entonces el ejercicio de la memoria se echa a andar, como el duelo echa a andar la máquina de los recuerdos y la vigencia del rito, que ojalá no se extinga, como tampoco el camión de la chatarra que pasa de manera sagrada y repite en coro con su viejo megáfono too lo malo too lo viejo llevamo. En los vivos pensamos, en darse el tiempo y abrir las puertas, bajar un cambio, como una forma de resistencia y oxígeno en la inestable prisa del hoy.

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