Sociología de la escucha: el viaje de Arlie Hochschild

La socióloga estadounidense escucha e intenta entender a aquellos que no piensan como ella, que no viven como ella y que en última instancia no votan como ella, dentro de la dividida sociedad norteamericana. En su último libro, Stolen Pride (Orgullo robado), llega a la ciudad de Pikeville, en Kentucky, y reconstruye la historia de grupos de extrema derecha: población blanca, empobrecida, que ha votado por los republicanos en los últimos años. ¿Qué sentimientos, experiencias o ideas los animan?

por Raimundo Frei I 26 Noviembre 2025

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El continuo uso de smartphones y el recurrente consumo de noticias en nuestras plataformas digitales parece haber cambiado la manera en que apreciamos las dinámicas políticas. Especialmente en los últimos años se ha dado una discusión académica sobre los efectos de la desinformación y de las noticias falsas que circulan en las redes sociales. Cuando se elevan figuras políticas de una flagrante irracionalidad, o cuando la población opta por alternativas políticas que en una instancia le podrían perjudicar severamente, nada mejor que culpar a la desinformación, las fake news, los algoritmos de TikTok (ahora la IA) y el financiamiento de sucias campanas para explicar las nuevas formas de “falsa conciencia”. El razonamiento en su forma más simplificada sería: si la gente elige mal es porque está mal informada.

Arlie Hochschild toma un camino distinto, más arduo y difícil, para comprender lo que está sucediendo en la sociedad norteamericana. Ella va, escucha e intenta entender aquellos que no piensan como ella, que no viven como ella y que en última instancia no votan como ella, dentro de una dividida sociedad norteamericana. Lo de ella es una verdadera sociología de la escucha, capacidad lograda luego 50 años de investigación continua —con clásicos como The Managed Heart (1983), The Time Bind (1997) y el renombrado Strangers in Their Own Land (2016)—, en donde cada trabajo ilumina un nudo central de la sociedad contemporánea, a partir de diversos desplazamientos y el constante ejercicio de la mirada comprensiva. Es a su vez el recorrido de una crisis en desarrollo, que por un lado u otro afecta a millones de personas en el mundo entero.

En esta ocasión se traslada 4 mil kilómetros desde su centro universitario en Berkeley, California, hacia la ciudad de Pikeville, Kentucky. La apertura del libro no deja de ser dramática: se acerca a Pikeville una marcha de grupos de extrema derecha, organizaciones reunidas bajo lo que Borges llamaría la historia universal de la infamia: Ku Klux Klan adeptos, renovados neonazis y otros grupos igual de renovados compuestos en su mayoría por hombres blancos. ¿Por qué eligieron Pikeville? ¿Por el gran porcentaje de población blanca, empobrecida y que ha votado por la derecha en los últimos años? ¿Por las historias y sentimientos que de ahí emanan?

Vergüenza es el sentimiento de haber hecho algo mal ante los ojos de otros, nos dice Hochschild (y nos recuerda a Sartre). Y de ahí emana también la rabia por quienes miran el lugar en que uno ha nacido o recaído con desprecio: gente ignorante, pueblerina, campesina, ‘fachos pobres’ en la jerga local.

Hochschild emprende una aventura narrativa al recolectar historias cotidianas, ejemplares, colectivas, buscando las voces de autoridades políticas, del rector de la universidad, del jefe de policía, del imán de la mezquita, de un judío sobreviviente del Holocausto, de un exadicto en proceso de rehabilitación, un reo furioso, el joven que organizaba la marcha, promotores acérrimos de Trump y, por sobre todo, trabajadores comunes y corrientes que incursionaron en la gran industria del carbón y luego vivieron un acelerado proceso de desindustrialización. Con la excusa de saber su opinión sobre esta marcha que advenía, ella se adentra en sus historias personales y familiares.

¿Qué es lo que sigue Hochschild en estas historias, en estas narrativas biográficas tan detalladas? Por un lado, va observando cómo las trayectorias se articulan con profundos cambios que ha vivido la sociedad norteamericana, mostrando el entrelazamiento entre biografía e historia. Pero más importante para ella es auscultar las emociones que conllevan estas narrativas, y que de algún modo alimentan los sentimientos políticos de la época. En particular, el libro se enfoca en dos emociones: el orgullo y la vergüenza. El orgullo de sentirse parte de algo, de ser alguien significativo para otros, el orgullo de vivir en un lugar, barrio o región. Así como su inverso: el sentir vergüenza por uno o por otros cercanos, por los fracasos y caídas, por no poder sostener la posición social, por no lograr el sueño americano. Vergüenza es el sentimiento de haber hecho algo mal ante los ojos de otros, nos dice Hochschild (y nos recuerda a Sartre). Y de ahí emana también la rabia por quienes miran el lugar en que uno ha nacido o recaído con desprecio: gente ignorante, pueblerina, campesina, “fachos pobres” en la jerga local.

Hochschild explora la “paradoja del orgullo” en Pikeville: una larga tradición cultural que valora el esfuerzo, el trabajo duro, la responsabilidad individual como fuentes de orgullo, y una economía decrépita, que no logra salir de la añoranza de la industria del carbón. La paradoja sería: las causas que explican las trayectorias descendentes estarían fuera de la esfera individual (una economía que decae y decae), pero sus habitantes —especialmente el votante republicano— solo encuentran sentido a las explicaciones individuales que le atribuyen el éxito al esfuerzo, o el fracaso a la falta de él. Es un orgullo dañado, avergonzado en términos morales, que solo puede responsabilizarse a sí mismo por estar donde está. Es una “vergüenza injustificada” (unwarranted shame).

Las fuentes de la caída no son solo económicas; hay también razones que se encuentran en el deterioro de la vida cívica, la pérdida del valor de las organizaciones comunitarias o sindicales, y aún más importante, el significativo consumo de opiáceos y diversas drogas que han dejado en la miseria a muchas familias norteamericanas. En esto Hochschild ve claramente —como muchos otros— el rol de empresas farmacéuticas que han hecho negocio con el sufrimiento y la dependencia humana, siendo la región de los Apalaches una de las más golpeadas.

Los habitantes se sienten haciendo una fila en dirección hacia el ‘sueño americano’ (bienestar, prosperidad, seguridad), pero que pese al esfuerzo que realizan, avanzan poco o nada. El problema para ellos es que hay quienes se ‘saltan’ la fila: mujeres, población afroamericana, comunidades LGTBIQ+, migrantes o cualquier población que haya sido favorecida por algún tipo de discriminación positiva.

Dicho esto, ¿qué explica que la extrema derecha haya logrado conectar con esas emociones y orgullos caídos? ¿Qué fibra tocan sus discursos? ¿Por qué los demócratas se alejan de ese mundo? ¿Se explica únicamente por el deterioro de la economía? ¿O solo por el poder de las historias que se transmiten desde Fox News y redes aledañas? Hochschild cree que más bien se relaciona con una “economía del orgullo”. En ese sentido, una de las contribuciones importantes de este trabajo va en línea con lo que algunos autores han venido trabajando para desentrañar cómo se estructura una economía moral de la desigualdad y la polarización, donde se busca entender qué valores y afectos se articulan y se tensionan con las experiencias cotidianas, jugando un rol clave en la demarcación de antagonismos en la vida pública.

En uno de los capítulos más penetrantes de este trabajo, Hochschild se pregunta por qué uno de sus entrevistados cree que la elección donde Biden fue elegido fue robada. Incluso pese a todas las declaraciones de republicanos, asesores de Trump, la propia Fox News, que admitieron que no hubo fraude, su entrevistado seguía manteniendo eso. ¿Qué hay en la idea del robo que se incrustaba tan profundamente? La respuesta de Hochschild pasa por entender el sentido moral de stolen y el propio ritual de orgullo y vergüenza que Trump practica.

Para entender el sentido moral hay que darse una vuelta más larga. En Strangers on Their Own Land, Hochschild relevó el rol de una importante narrativa (a deep story) que circula y se encarna como central en los adherentes de esta nueva derecha. En este relato los habitantes se sienten haciendo una fila en dirección hacia el “sueño americano” (bienestar, prosperidad, seguridad), pero que pese al esfuerzo que realizan, avanzan poco o nada. El problema para ellos es que hay quienes se “saltan” la fila: mujeres, población afroamericana, comunidades LGTBIQ+, migrantes o cualquier población que haya sido favorecida por algún tipo de discriminación positiva. En Stolen Pride esa historia es complementada por los propios entrevistados mediante dos personajes: the bad and the good bully. Por un lado, hay un abusador que “empuja a todos, deja que sus amigos se metan por delante y agrede a quienes se queja” (este sería el Estado federal y los amigos demócratas). Por otro lado, se ve “un segundo hombre, engreído, algo cruel —también un abusador. Tiene defectos evidentes, pero se los perdona, porque es un buen abusador, lo bastante fuerte como para enfrentarse al abusador malo. Te está protegiendo; es tu abusador. Así que, cuando otros critican a este segundo abusador, lo defiendes no porque sea perfecto, sino porque es tu abusador”. Trump, entonces, entra en escena.

En esta narrativa, Hochschild observa que es muy difícil darle al Estado una función positiva. En las historias recolectadas, el gobierno —federal o local— aparece imponiendo restricciones, más que favoreciendo trayectorias individuales. En ese sentido, aparece una idea de personas que se sienten estafadas, heridas, con un orgullo robado. Especialmente en esta región, sus habitantes habrían sufrido tres tipos de pérdida: una absoluta, que son los trabajos de la industria del carbón; una del valor de las cosas que aún permanecen (como la tradición local); y una pérdida del valor de la vida rural estadounidense, frente a lo que significa ser residente de una gran ciudad (una pérdida relativa). En esto juegan un rol fundamental los juicios que circulan en películas, redes sociales y discursos políticos sobre la caricatura del hombre rural norteamericano.

En las historias recolectadas, el gobierno —federal o local— aparece imponiendo restricciones, más que favoreciendo trayectorias individuales. En ese sentido, aparece una idea de personas que se sienten estafadas, heridas, con un orgullo robado. Especialmente en esta región, sus habitantes habrían sufrido tres tipos de pérdida: una absoluta, que son los trabajos de la industria del carbón; una del valor de las cosas que aún permanecen (como la tradición local); y una pérdida del valor de la vida rural estadounidense, frente a lo que significa ser residente de una gran ciudad (una pérdida relativa).

Ahora bien, todas estas pérdidas (y rabias) se mezclan con la internalización de la culpa: parece ser mía la precariedad donde me encuentro, no es responsabilidad de los otros. Pero cuando miran al Estado federal, lejano y bueno para poner obstáculos, encuentran a quien poder culpar de lo que les viene sucediendo. La gran pregunta, a mi parecer, y que trasciende el caso de EE. UU., es saber si esta relación con el Estado es meramente simbólica o discursiva, o si realmente opera a nivel de las interacciones concretas, es decir, que las personas se relacionan con Estados que no los apoyan (o más bien los perjudican) en sus proyectos de vida. En esto no hay que mirar los índices de “eficiencia del gasto púbico” sino ir a mirar cómo las personas se relacionan con las instituciones públicas a nivel local, especialmente en sectores populares. En Argentina, algunos trabajos, como el de Pablo Semán, dieron indicios del déficit de estatalidad a nivel local para entender la resonancia del discurso de Milei.

Volviendo hacia el norte, ciertamente el propio Trump aleona estas emociones. Hochschild disecciona lo que ella observa como un clásico ritual del actual presidente en la escena pública: primero provocar al statu quo demócrata con afirmaciones que con un grano de verdad, esconden mucha falsedad (“Cuando México envía a su gente… traen drogas… traen crimen…”). Este inicio del ritual provoca siempre una acelerada respuesta para desmentir y anunciar como falso lo dicho por Trump. Y luego, en un tercer momento clave, Trump revierte sobre sí un manto de víctima inocente, donde dice ser atacado injustamente por sus oponentes. Dice sentir una vergüenza injustificada. “Mira lo que me están haciendo. Yo soy bueno, ellos son los malos. Esto te puede suceder a ti si me apoyas a mí”, parece decir un Trump que aboga por su inocencia. Finalmente, en un cuarto momento del ritual político, Trump devuelve el ataque con furia (entra en escena el bully bueno), acusando a sus oponentes de invisibilizar un problema (la droga que ingresa a Estados Unidos y afecta a las localidades más pobres) e incluso demandando a quienes supuestamente lo habrían difamado. Un ritual con mucho poder a cuestas.

Este nuevo libro de Hochschild es una invitación a pensar el valor de los discursos sociales, la tensión permanente entre esos relatos y la ley. Son múltiples los recuentos y vidas que nos permiten entender este lugar de montañas y precariedades. No son solo anécdotas ni “vidas prestadas”; es un intento de entender las complejidades de la democracia actual, partiendo de las experiencias e historias que contamos sobre la vida cívica. El libro abre el espacio para comprender lo que es el fundamento de la democracia: las historias que dan sustento a nuestros miedos, orgullos, rabias, vergüenzas, nuestros malestares con nuestros representantes o sus oponentes. Es la fuente emocional del carácter narrativo de toda democracia, y quizás también el principio de su propia crisis.

 


Stolen Pride: Loss, Shame and the Rise of the Right, Arlie Rusell Hochshild, The New Press, 2024, 400 páginas, $32.440.

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