La escritura al rojo vivo

En su libro de ensayos Fragua, Simón Soto abre su cocina o su caja de herramientas, para mostrar los principios y fundamentos literarios y morales que lo inspiran. En estas páginas conviven su desprecio por las prosas planas y deslavadas con su atracción por el wéstern, y no está exento de declaraciones provocadoras, como que el teatro debe pasar “al mausoleo de las artes extintas”.

por Sebastián Duarte Rojas I 15 Diciembre 2025

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Trabajo artesanal, manual; que requiere sudor, precisión y disciplina; comparable a la herrería, alfarería, agricultura, jardinería. En Fragua, su primer libro de ensayos, el narrador y guionista chileno Simón Soto define la escritura con esta clase de analogías desde el comienzo: “La escritura es moldeada con el fin de llegar a un objeto auténtico, reconocible, a la manera de un cántaro sobre el papel. Primero, encontrar una técnica que permita trabajar la arcilla en bruto. Cuando esta es dominada y las manos se deslizan con naturalidad sobre la materia prima —suave y humectada— se abre el mundo de la forma. Sencilla, consigue una función específica: un jarro para escanciar vino o verter agua, un cuenco para amasar o moler granos”.

La naturaleza aforística de aquella larga primera sección, “Metales candentes”, contrasta con la segunda, “Herramientas de trabajo”, que está formada por ensayos sobre temas como la narrativa breve, el origen del gusto por leer y escribir, o la violencia, tan presente en su propia narrativa. También analiza la figura del padre en las series The Sopranos y Battlestar Galactica, esto a partir de la Poética de Aristóteles y las ideas del psicoanalista italiano Massimo Recalcati en El complejo de Telémaco, y termina con su discurso de aceptación del Premio José Nuez Martín 2019 por la novela Matadero Franklin.

Entre estos ensayos destaca el que aborda el wéstern chileno. Tomando como punto de partida la antología hecha por Enrique Lihn para Quimantú en 1972 —reeditada como Relatos de bandidos chilenos (FCE, 2022)—, que incluye a autores como Rafael Maluenda, Mariano Latorre, Manuel Rojas y Óscar Castro, al tiempo que excluye, bien nota Soto, a Francisco Coloane, pasa a comentar a quienes abordan este género en la actualidad, como Antonio Gil, José Miguel Martínez o Mike Wilson. Así perfila a un conjunto de escritores que han usado el wéstern desde un trabajo literario con el lenguaje y no como simple plantilla para reproducir folletines, que es el modo en que este género abunda en las editoriales de pago (fenómeno al que Soto también presta atención), y construye, aunque sin declararlo, una genealogía para su propio wéstern: la novela Aguafuerte.

Pero volvamos al primer capítulo, el corazón del libro. “Metales candentes” está compuesto por 105 pasajes numerados, varios de los cuales son citas, fragmentos que se funden en esta fragua para elaborar la noción de literatura defendida por Soto con una pasión, como sugiere el título, férrea y candente. Y sin temor a la polémica: desprecia las “prosas planas y deslavadas, desprovistas de cualquier particularidad, recursos manoseados, psicologías llanas, uniformidad, exaltación de la ideología imperante entre las frondas progresistas. Total descuido de los cimientos del edificio narrativo”; señala el carácter excepcional de la buena narrativa (“la novela actual difícilmente se acerca a la literatura”), e incluso declara obsoleto el teatro (“que pase al mausoleo de las artes extintas y allí padezca su lenta desaparición”).

La discusión que toma un lugar protagónico en estas páginas es ‘la tensión entre política y literatura’, tan contrapuestas que Soto entiende su relación en términos bélicos, como una guerra que se pelea sin tregua en la escritura: ‘La política siempre va a estar frente a la literatura, al acecho, con estrategias de asedio y ataque constante, intentando mover sus líneas hacia el territorio del país contrario’. Más que negar las ideologías, su llamado a los escritores es a trascenderlas.

Aquí no hay un simple afán de controversia. Antes de aquella entrevista para La Tercera que desató comentarios furiosos de fans de Hernán Rivera Letelier, Arelis Uribe y Francisca Solar, ya explicaba Soto en el libro: “¿Cuál es la diferencia entre una prosa recargada y una densa, florida, pero estéticamente funcional a la obra en su totalidad? […] ¿Por qué el exceso de Yo el supremo hipnotiza con su oscura belleza, y el de Himno del ángel parado en una pata es solo una sintaxis bruta y descuidada? Encuentro una posible respuesta: el encargo de Rivera Letelier no emerge de la necesidad orgánica de cada texto, sino desde la idea preconcebida que tiene de cómo debe escribir alguien que realiza obras narrativas. En ese equívoco radica el abismo insalvable entre el escritor y los simples redactores”.

Pero la discusión que toma un lugar protagónico en estas páginas es “la tensión entre política y literatura”, tan contrapuestas que Soto entiende su relación en términos bélicos, como una guerra que se pelea sin tregua en la escritura: “La política siempre va a estar frente a la literatura, al acecho, con estrategias de asedio y ataque constante, intentando mover sus líneas hacia el territorio del país contrario”. Más que negar las ideologías, su llamado a los escritores es a trascenderlas, ya que “incluso aquellos que han militado en partidos (un ejemplo de extrema obviedad: Neruda), en sus momentos más inspirados y virtuosos superan sus propios dogmas, los pervierten, consiguen transformarlos en favor de sus respectivos proyectos. Vuelven utilitarios los recursos de la ideología, como si fundaran una con su obra”.

Sostiene, en cambio, un vínculo inquebrantable entre literatura y moral: “Toda obra de ficción se hace preguntas morales (incluso aquella que la evita o que conscientemente expresa no abordar un incordio moral, lo está haciendo). En base a estos cuestionamientos que acechan al escritor, la literatura se despliega y encuentra los materiales con los cuales erigir estructura y estilo”. Pero que no se malentienda: aquí la moral no tiene nada que ver con una simple moralina, es algo más esencial, un componente del armazón narrativo, un problema escritural que, como todas las verdaderas preguntas literarias, solo puede resolverse en su interior.

Y no podía ser de otro modo para un autor como Soto, tan preocupado por los procesos de escritura como se muestra en Fragua, un libro en que defiende a pluma limpia los fundamentos de la literatura: “El lenguaje como fuerza interpretativa, la estructura en cuanto forma de innovación perpetua, la autonomía artística como principio fundador”.

 


Fragua: notas sobre literatura, el oficio de escribir y otras aficiones, Simón Soto, Ediciones UDP, 2025, 126 páginas, $18.000.

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