Eliot Weinberger: “Una curiosidad del siglo XXI es la ausencia de nuevas ideas en el arte”

Textos medievales, crónicas prehispánicas o jesuitas y poesía escáldica son las fuentes que Eliot Weinberger suele consultar para elaborar textos que, por momentos, parecen una extensión de las propias sagas islandesas. Su libro Ensayos elementales se nutre de las múltiples variantes de la imaginación humana, con muertos que le envían recados a los vivos y los recriminan —no sin ironía— por el estado de las cosechas, las venganzas o los secuestros. Un libro “sofá”, cuya forma ideal de lectura es, ojalá, al azar, cual I Ching, “para luego caer dormido y tener un sueño memorable”.

por Juan Íñigo Ibáñez I 9 Enero 2026

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Desde su adolescencia, cuando se propuso traducir poemas de Neruda y Lorca para “aprender a escribir”, Eliot Weinberger (Nueva York, 1949) ha trazado un camino propio al margen de los círculos académicos. Tras desertar de Yale después de cursar solo un año, su inclinación por los viajes, los registros eruditos y periféricos, y su creencia en la máxima modernista de que el camino hacia lo nuevo es lo antiguo, lo llevaron a escribir ensayos que entrelazan el mito, la poesía y fuentes olvidadas de múltiples culturas.

Antologador de la clásica American Poetry Since 1950: Innovators and Outsiders y traductor al inglés de los ensayos de Borges y la poesía de Vicente Huidobro y Octavio Paz —con quien trabajó desde su juventud y durante cerca de 30 años, hasta la muerte del Nobel mexicano—, en las últimas décadas se ha consolidado como una de las voces que con mayor contundencia han criticado la política exterior estadounidense. Su pieza “Lo que oí sobre Irak”” (What I Heard About Iraq), escrita después de los atentados del 11 de septiembre y publicada en 2005, es un discurrir de fragmentos de declaraciones, retórica belicista y citas de políticos sobre armas de destrucción masiva —antes y después de la invasión— que captura el espíritu de época de la era Bush.

Concebida inicialmente como un correo entre amigos, el ensayo escapó a su control: se viralizó en internet, apareció en la London Review of Books y se editó como libro independiente, inspirando performances de danza, una obra de teatro, instalaciones artísticas, y representaciones y lecturas en el Reino Unido.

Ensayos elementales es un destilado de aquellos textos en los que, a diferencia de sus escritos políticos, Weinberger se centra en temas atemporales de la imaginación y el mundo natural, como los sueños previos al martirio de una joven cristiana del siglo III d. C. llamada Perpetua, una larga transcripción de las conversaciones “a dos voces” que santa Catalina de Siena mantuvo en sus últimos años con Dios o fragmentos conservados de libros zoroástricos perdidos.

Con una prosa contenida, que proyecta imágenes muy claras en torno a ciertas claves recurrentes —el vórtice, los mándalas, la geometría ceremonial tras las líneas de Nazca—, sus ensayos, como la poesía de Ezra Pound, aspiran a la unidad, a ser un microcosmos de las diversidades de lo humano.

Weinberger construye sus piezas como un ebanista, a partir de investigaciones que pueden llevarle meses, desde hechos e información verificable que, para él, es “cualquier cosa que alguna cultura haya creído cierta, independientemente de si nuestra cultura actual está de acuerdo o no”. A diferencia de la erudición de Borges o Nabokov, su método logra dotar lo aparentemente conocido, sin imaginar ni inventar nada, de una pátina de irrealidad cercana al ensueño.

Personalmente, me siento más a gusto en las primeras décadas del siglo XX, cuando todas las nuevas ideas en ciencia, antropología y psicología, el compromiso político, el impulso no solo de hacer algo nuevo sino también de redescubrir lo antiguo, todo se combinó en la creación de todas las artes.

¿Qué cualidades del ensayo como género le atrajeron en un principio, y qué le llevó, con el paso de los años, a experimentar y subvertir su forma canónica, anclada en el siglo XVIII?
Gracias al modernismo, estamos acostumbrados a las muchas maneras en que se pueden escribir la poesía y la ficción, pero el ensayo, particularmente en inglés, ha estado, como usted dice, atascado en el siglo XVIII y en la idea de una investigación y una reflexión en primera persona. Por eso pensé que podría tomar las lecciones de la poesía y la ficción modernas y aplicarlas al ensayo. Era un territorio inexplorado, y perfecto para mí, ya que carezco de imaginación y podía construir cosas a partir de información preexistente.

Sus ensayos se leen como si fueran poemas. ¿Todavía se percibe, principalmente, como poeta?
Pienso en mí mismo como un ensayista, incluso si mis ensayos a veces se ven y suenan como poemas. En el fondo, me atrevo a llamarme escritor.

¿Por qué se define como un “modernista anticuado”” en lugar de un autor posmoderno?
El problema con el término posmodernismo (en inglés) es a qué modernismo es post. ¿A T. S. Eliot o Gertrude Stein? ¿A Matisse o Duchamp? Si la respuesta es Stein o Duchamp, entonces el posmodernismo no es tan post en absoluto. Personalmente, me siento más a gusto en las primeras décadas del siglo XX, cuando todas las nuevas ideas en ciencia, antropología y psicología, el compromiso político, el impulso no solo de hacer algo nuevo sino también de redescubrir lo antiguo, todo se combinó en la creación de todas las artes.

¿Se ha convertido el posmodernismo, con su falta de ironía y de tensión, en una limitación para la búsqueda de nuevas formas en la literatura contemporánea?
Una curiosidad del siglo XXI es la ausencia de nuevas ideas en el arte; no hay argumentos apasionados sobre lo que debería ser una determinada forma de arte. Estamos en un momento en el que hay brillantes profesionales individuales, pero no hay movimientos o estilos. Y el gran número de personas que producen todo tipo de arte hace que sea imposible tener una idea de lo que está sucediendo.

Borges concibió el paraíso como una biblioteca. ¿Está de acuerdo con esta visión?
Siempre me han intimidado las bibliotecas y nunca las uso. Así que, para mí, una biblioteca es más un laberinto borgeano que un paraíso. Mis paraísos son los diversos paisajes de belleza natural no desarrollada que he tenido la suerte de ver. Debido a que he editado y traducido a Borges, la gente a veces me compara con él. Aparte del desequilibrio completamente desigual, realmente tenemos poco en común.

Es seguro decir que casi toda la escritura importante en español en el siglo XX fue obra de latinoamericanos. Algo similar ya está sucediendo en inglés y francés con escritores de África subsahariana y del Norte, Asia y el Caribe, así como en muchos países donde los escritores están trabajando en el idioma nacional como segunda lengua. En América Latina y otros lugares también existe el fenómeno de los escritores indígenas que escriben en sus propios idiomas o en el idioma nacional, en una conjunción muy interesante de las tradiciones moderna y oral. Todo en el mundo global está en flujo y esto es muy saludable para la literatura.

Una de las máximas de las escuelas y talleres de literatura es a menudo “escribe sobre lo que sabes”, lo cual parece ser precisamente lo contrario de lo que usted hace…
Nunca he entendido ese principio. Los escritores jóvenes deberían escribir lo que imaginan, o lo que no saben pero quieren averiguar. Yo principalmente escribo sobre lo que no sé.

Si en sus ensayos nunca inventa nada y cada afirmación proviene de una fuente primaria, ¿cuál es la intención estética detrás de yuxtaponer versiones a menudo contradictorias del mismo evento, como la muerte de Empédocles?
No hace falta decir que el registro histórico está lleno de contradicciones. No estoy cuestionando su autoridad, estoy celebrando las diversas narrativas.

¿Cómo supo de la existencia del poeta chileno Omar Cáceres?
Leí a Cáceres por primera vez en una edición editada por Pedro Lastra hace 30 años. La escogí porque tenía un prólogo de Huidobro, ¡he traducido Altazor tres veces!, aunque es dudoso que Huidobro realmente escribiera el prólogo.

¿De qué manera la presencia fantasmal de ese poeta chileno terminó por filtrarse en su ensayo “Sobre Omar Cáceres”, incluido en Rastros kármicos, acerca de su viaje por Latinoamérica a los 16 años?
De alguna manera, Cáceres me recordó a este hombre que conocí cuando era adolescente, haciendo autostop y saltando trenes de carga en Sudamérica. Estaba en el desierto de Atacama, durmiendo en los campamentos mineros, y un camionero, riendo, me dejó en Humberstone, que alguna vez fue un pueblo minero extravagante, pero en 1965 estaba completamente abandonado. Estaba deambulando por las calles vacías cuando de repente apareció un hombre vestido con un traje negro de tres piezas y polvoriento. Él y su anciana madre eran los únicos habitantes. Me mostró el lugar, incluyendo la suntuosa casa de la ópera, y su madre nos preparó el almuerzo. Luego me acompañó de vuelta a la carretera y después de esperar muchas horas, pasó un camión y logré salir haciendo autostop. Quizás fue más Pedro Páramo que Cáceres…

Hace algunos años usted predijo que la gran literatura del siglo XXI provendría de autores no blancos y de la diáspora. ¿Qué impacto han tenido las políticas antiinmigración y los tribalismos identitarios de Trump en Estados Unidos o todavía es muy temprano para ver esos efectos?
¡No estaba excluyendo a los autores blancos! Es seguro decir que casi toda la escritura importante en español en el siglo XX fue obra de latinoamericanos. Algo similar ya está sucediendo en inglés y francés con escritores de África subsahariana y del Norte, Asia y el Caribe, así como en muchos países donde los escritores están trabajando en el idioma nacional como segunda lengua. En América Latina y otros lugares también existe el fenómeno de los escritores indígenas que escriben en sus propios idiomas o en el idioma nacional, en una conjunción muy interesante de las tradiciones moderna y oral. Todo en el mundo global está en flujo y esto es muy saludable para la literatura. Las políticas de inmigración y otras iniciativas de Trump son criminales, pero son los últimos estertores del culto de los creyentes en un mundo gobernado por gente blanca que simplemente ya no existe. Ya estamos en una nueva era.

 


Ensayos elementales, Eliot Weinberger, traducción de Aurelio Major, Anagrama, 2025, 416 páginas, $32.000.

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